lunes, 28 de noviembre de 2011

EL CONSUMISMO

"Consumir cada vez más y ser cada vez menos..."


Cuando el dinero, más allá de su fin natural, que es determinar la equivalencia de las cosas, domina seductoramente sobre los que viven en una ciudad, ésta se convierte en un gran mercado, y su habitante, en un ser productor y consumidor --homo faber atque consumens--, regulado por estrictas normas cuantificables de rendimiento y eficacia.

El “hombre económico” tiene dos caras: el empresario, por una parte y el consumidor por otra. El principal intento del empresario no es siempre el afán de lucro. Lo que preocupa y absorbe a todo hombre de negocio es el interés por su empresa. “El objeto en que concentre el hombre de negocios su trabajo, sus preocupaciones, en el que cifra su orgullo y sus deseos, es su empresa, llámese comercio, fábrica, compañía naviera, teatro o ferrocarril. La empresa es para él como un ser de carne y hueso que, gracias a su contabilidad, organización y tratos comerciales, lleva una existencia económica independiente. El hombre de negocios no sabe de otro anhelo, no conoce otra preocupación que la de ver este negocio suyo crecer, hasta convertirse en un organismo floreciente, fuerte y próspero” [Walter Rathenau, 1979].

No todos los empresarios, por cierto, ya que los hay verdaderamente ejemplares, pero sí la mayor parte de ellos, se dedican febrilmente a su actividad hasta el límite de sus posibilidades humanas. Un exceso tal de actividad acaba por destruir el cuerpo y corromper el alma.

Dejemos ahora la figura del empresario, cara activa del espíritu consumista, y vayamos a la otra parte de la moneda: la figura del consumidor. También él está obsesionado por el valor económico, también él es homo oeconomicus, siempre en busca de lo útil, de lo cuantitativo por sobre lo cualitativo. En este sentido, la idea que tienen los marxistas nos les pertenece en exclusividad, sino que es ya una forma mentis difundida en todo el mundo. Porque la palabra de orden, tanto en el Oriente como en el Occidente, es “producir al máximo”. Y el hombre es la máquina de la producción y el consumo.

Shopping compulsivo*
Para el hombre consumista sólo cuentan los bienes terrenos, las cosas perecederas, como si fueran definitivas. Es la era del plástico: tener y usar, usar y tirar, volver a tener… La metafísica de la nada, por la posesión de un montón de cosas y la muerte casi total de los ideales. Rojas afirma que la “enfermedad del Occidente es la abundancia: tener todo lo material y haber reducido al mínimo lo espiritual” [Enrique Rojas, 1994]. Repleto de objetos, el hombre se siente vacío. Al revés de lo que decía San Pablo: “No teniendo nada, lo poseemos todo” (2 Cor 6, 10).

La civilización moderna, que no sabe ya lo que es el hombre, que ignora el sentido de la existencia y está amputada de toda finalidad, puede ser definida esencialmente como una civilización de medios, una civilización técnica. Ya nos es el fin el que hace surgir los medios. Los mismos medios se han convertido en fin. Poseer los medios será poseer el fin.

Dijo el sabio: "Me siento millonario al
ver tantas cosas que no necesito".


Bien ha hecho Héctor Padrón al señalar la entraña metafísica del consumismo: “Este consumir todo lo que rodea al hombre, alimentos, productos de toda especie, modas, valores, ideas, neologismos, novedades, noticias, ídolos, marcas, imágenes, y todo esto de una manera frenética, manifiesta en el hombre un deseo profundo de asimilarse a lo que él no es ni su condición humana le permite. Se trata de la experiencia multitudinaria y degradada de un éxtasis falaz que exige de este hombre consumir cada vez más y ser cada vez menos, sin hablar del tedio inenarrable que acompaña toda esta agitación”.

El hombre consumista es un hombre inquieto. No inquieto, por cierto, al modo como lo entendía San Agustín cuando decía que el corazón del hombre “está inquieto hasta que no descanse en Dios”, inquieto en razón de sus apetencias superiores, sino inquieto por su búsqueda incansable de lo que le es inferior.

Así es el hombre de hoy: homo consumens, un hombre sin apetencias sagradas y trascendentes, que no admite otra más allá que la de la adquisición incesante y universal de bienes. En su urgencia de consumir cada vez más, el hombre no se consuma como ser humano, consumido por una vida totalmente superficial. Cuán bien lo dijo Valéry: “¡Lo más profundo que hay en el hombre moderno es su piel!”.

P. Alfredo Sáenz, en “El Hombre Moderno”, 1998.

* Ser adicto a las compras compulsivas, o ‘shopaholic’, está relacionado en muchas ocasiones con algún tipo de trastorno de personalidad de ámbito moral o emocional: vacío espiritual, tergiversación de la escala de valores, falta de autoestima, escasez afectiva, frustraciones, dificultades económicas, necesidad de sobresalir por encima de los demás, problemas en el entorno, etc., o una combinación de estos elementos.
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