jueves, 28 de mayo de 2009

EL LABRADOR

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Los que vivimos largo tiempo en la cultura urbana solemos albergar una sutil discriminación respecto de los campesinos. El adjetivo "rústico", por ejemplo, se aplica a lo que pertenece al campo; pero al mismo tiempo es sinónimo de "tosco, grosero, incultivado". Los humoristas tienen un buen repertorio de chistes con "huasitos", que en general los dejan mal parados en cuanto a inteligencia.
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Quienes conocen más de cerca la cultura rural saben bien que, tras esa apariencia rústica, suele incubarse una inteligencia o sabiduría superior. Ya el contacto con los animales, salvajes o domésticos, familiariza al hombre con las leyes de la naturaleza. La exploración del cielo y la interpretación de sus señales son parte sustantiva del calendario y agenda agrícolas. El hábitat campesino favorece un modo de relación con las demás personas, mucho más marcado por la solidaridad e intercambio que por la competencia excluyente.
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En la cultura rural se hace fácil la comprensión y respeto de la sexualidad, sin los traumas o perversiones que abundan en la gran ciudad. La familia asume un rol capital, como agente trasmisor de un patrimonio espiritual, y como unidad de producción en que cada uno cuenta positivamente. El espacio abierto y amplio, el silencio habitual, enriquecido por las voces de la naturaleza, que no son ruido sino equilibrada armonía, y la pureza del aire que se respira van conjugando una actitud de simpatía por la vida, de reconciliación con el entorno, de paz en el corazón. En el campo no se vive agobiado por la aglomeración y la prisa. La misma alimentación, y los ritmos de reposo y sueño siguen muy de cerca los códigos de la naturaleza.
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Esta suma de factores, que los hombres de la ciudad reconocen y vienen a buscar cuando desean purificarse, calmarse y renovarse, configuran una inteligencia o cultura agraria de envidiable nivel. Uno de sus indicadores más expresivos es su sentido del tiempo, y la sabiduría de su paciente espera. La naturaleza ha dispuesto que toda vida crezca de adentro hacia fuera, lentamente, sin saltarse etapas. Quien vive en el campo lo sabe, y no pretende forzarle la mano a la naturaleza. El labrador respeta la estacionalidad y acata los plazos de maduración. No necesita hacerlo por convicciones religiosas o principios morales: es simplemente exigencia de realismo, obediencia al ser de la naturaleza. En el fondo, claro, obediencia a Dios, Creador de la naturaleza. El hombre rural es profundamente religioso. Intuye que cuanto le rodea es obra de Dios, a cuyas leyes y voluntad somete sin protestas su cronograma anual y diario.
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De ahí también que la cultura campesina no sea violentista ni rupturista. Los pueblos agrícolas tienden a ser conservadores, respetuosos de sus tradiciones, entre ellas, la de obedecer y honrar a sus autoridades, a sus mayores, a sus jerarquías. Muestran intuitiva suspicacia a lo foráneo, más aún si su oferta conlleva cambios estructurales en su modo de vida. No es que profesen sumisión servil, ni su obediencia admite compararse a la que se exige a un rebaño. Por el contrario, quizás sea en el campo donde se guarda la mayor reserva de libertad y dignidad ciudadanas. Pero esa libertad y dignidad transitan por el sendero y se ajustan al horario de la vida natural.
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La epístola de Santiago, que leemos en este tercer domingo de Adviento, pone el acento en esa cualidad típica del labrador, sobre la que parece sustentarse la constelación de virtudes arriba enunciadas: la paciente espera. "Tengan paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra. Tengan paciencia también ustedes, manténganse firmes, porque la venida del Señor está cerca".
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Esta apelación a la virtud teologal de la esperanza tiene, como correlato y punto de apoyo, la sabiduría natural de la paciencia. El que por experiencia sabe que el fruto sólo vendrá después de una prolongada maduración, está naturalmente dispuesto a esperar los frutos de su fe y esperanza, cuando el Creador de todo así lo disponga. Y Dios, por lo general, hace sujetar la dispensación de sus frutos a la misma ley de crecimiento lento que rige en la naturaleza.
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En pedagogía esta ley es inderogable. Un educador estará dispuesto y preparado para invertir largo tiempo e ingentes recursos en el proceso de estructuración de la personalidad de su educando. Conocerá frustraciones, desmayos en su esperanza, señales erráticas sobre lo adecuado u oportuno de ese proceso. Pero no cejará. Como el labrador, apostará a la maduración y triunfo de la semilla laboriosamente cultivada. Los que siembran entre lágrimas, cantando cosecharán. El padre del hijo pródigo supo esperar. Y no se equivocó. Contra todas las apariencias, la semilla era de buena calidad, y el corazón receptor de ella conservaba su primigenia inocencia. El buen pedagogo apuesta siempre a ganador.
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Jesús apostó al crecimiento y maduración gradual de Pedro. Fue consecuente con su parábola de la higuera que por tres años no daba fruto. El propietario, probablemente radicado en la ciudad, dijo entonces al viñador: córtala. Pero el hombre del campo le respondió: "Señor, déjala un año más. Mientras tanto yo cavaré a su alrededor y echaré abono, a ver si da fruto en adelante. Si no da, entonces córtala". Jesús esperó esos tres años de maduración, y no se dejó desalentar por la aparente esterilidad de su apuesta. Su formación de labrador prevaleció finalmente, y Pedro pudo ofrecerle el fruto más dulce: su fidelidad hasta el martirio. La ley de paciente espera hasta que los frutos maduren tiene particular aplicación en el matrimonio y familia. La estabilidad del vínculo conyugal, y la consiguiente firmeza de los lazos familiares proveen el escenario y formato adecuados para un proceso de crecimiento gradual y consistente. La educación se construye pieza a pieza, integrando las nuevas vivencias en un núcleo que asimila y elabora lo recibido. Si el proceso se interrumpe o aborta, por cambio de escenario o sustitución de formato, todo empieza a partir de cero, o de menos que cero. Las nuevas vivencias entran a competir contradictoriamente con las antiguas. Ya no se sabe bien a quién debe llamarse papá o mamá, o en qué consiste la paternidad y maternidad, y si acaso existe algo así como fidelidad, que no es otra cosa que permanencia en el amor primero.
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¿Cuánto se tarda uno en comprender que el rigor autoritario de los padres es su manera de expresar el amor? ¿O que las continuas trasgresiones de un hijo a la ley doméstica pueden ser lo que él considera su única manera de protestar por una imposición injusta, o de preservar su identidad? ¿Cuántas veces comprobamos que los defectos, muletillas o pequeños vicios de un cónyuge, que parecían insoportables, se convierten en otros tantos motivos de añoranza nostálgica?
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Las personas pueden cambiar positivamente sus hábitos y su modo de enfocar esos hábitos. Pueden también rendirse a la sabiduría de aceptar lo que no está en sus manos cambiar. En ambos casos se requiere el apoyo de una estructura estable y permanente. Sin ese vínculo jurídico y moral, asumido por libre convicción, es muy difícil que alguien apueste al cambio de sí o del otro, y todavía más difícil que esté dispuesto a pagar el precio de una paciente espera. La cultura del divorcio navega a contracorriente de esa cultura del labrador.
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En nuestros noviciados y seminarios recibimos cada año un contingente de jóvenes idealistas, sedientos de misión y heroísmo. Sus primeros meses son de enclaustramiento, de vivir en pequeñas islas, rozándose con las mismas caras y lidiando con reglamentos fastidiosos. Algunos, egresados de Ingeniería y Derecho, son destinados al aseo de los baños o administración de la cocina.
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Quizás refunfuñan, pero pronto entienden: es una inversión. A largo plazo, y muy rentable: tanto como los 30 años que Jesús, maestro y modelo de los apóstoles, pasó exclusivamente dedicado a vivir y trabajar en familia.
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Para que la mujer "domestique" a su marido; para que los hijos ejerzan también su función de educar a sus padres, se necesita una mentalidad e institucionalidad de largo plazo. Cuando el Papa habla de "invertir en la familia", sabe que es la inversión más rentable, con la condición de no retirar los fondos prematuramente. Una familia basada en el simple espontaneismo, uni-o-bilateral, no provee ese formato sustentador de un crecimiento consistente. Más bien favorece el reducirlo todo al "aquí y ahora". La misma visión de paciente espera ayuda a soportar las injusticias. Si algo quebranta las leyes de la naturaleza y decencia (es decir, lo que debe ser), el orden de la naturaleza se encarga de restaurar el equilibrio y poner todo en su lugar. La injusticia no puede prosperar ni prevalecer, por inmanente exigencia del sistema. Es la lógica del Magníficat: la soberbia se destrona a sí misma. Los hambrientos son colmados de bienes. Job termina venciendo, por su paciente espera de la justicia y misericordia de su Dios.
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El labrador no se cruza de brazos. A la naturaleza hay que ayudarla: cavar, arar, regar, fertilizar. Pero el fruto lo da Dios, premiador y premio de quienes saben esperar.
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Pbro. Raúl Hasbún Z.

Tomado de C.A.R.
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Comentario de CATOLICIDAD:
.Este artículo encierra muchas verdades que, actualmente, miles y miles han olvidado o, que otros, ni siquiera han alcanzado a vislumbrar.

El hombre crecerá nuevamente, en cuanto tal, cuando retorne al aprecio y al contacto con la naturaleza. ¡Hay tanta sabiduría en personas iletradas pero que han tenido la bendición de vivir en el campo y aprender una genuina ciencia de él!.

Hoy la ultraespecialización (que olvida que el conocimiento debe tener un sentido más amplio y universal, así como una adecuada jerarquía y no un ámbito reducido y único), la globalización (que mal manejada, encierra el peligro de desbaratar sanas identidades), la socialización (que tiende a sacrificar las peculiaridades y características individuales, así como las necesidades de cada persona, todo con pretexto del "progreso" colectivo), son factores que, como hoy se practican, han incidido en la deshumanización. La tecnología se ha convertido en un fin que esclaviza al hombre, en vez de ser un medio para su utilidad. La ciudad moderna en nada se parece a la "ciudad de Dios". Atrapa al individuo, lo vacía de sí mismo y lo homologa al común denominador. Lo despersonaliza a tal grado, que le da todas las "recetas" de cómo debe pensar y actuar. Ahí es donde el estado laico y la sociedad liberal paganizada establecen sus falsos dogmas, que a todos quieren imponer bajo pretexto de convertirlos en dizque hombres "modernos" y alcanzarles un supuesto "criterio amplio" para que puedan ser reconocidos como "progresistas" y pensadores "sensatos", cuando en realidad sólo repiten lo que han recibido como consigna, a través de una brutal mentalización y una condicionante y pertinaz manipulación, haciéndolos balar como corderos mientras se consideran muy originales y doctos.

La sociedad moderna condiciona y homologa al individuo, vaciándolo de sí mismo. El genuino raciocinio (fruto de la meditación y la contemplación) y el contacto con las leyes naturales -y obviamente con la naturaleza misma-, hacen crecer al hombre en cuanto hombre, que se sabe parte de la misma Creación; salido, al igual que todo, de las manos de su Autor. Por ello busca como Fin lo que fue su principio. Es la senda de "los pocos sabios que en el mundo han sido". Algo tan lejano al error del ultra ecologismo(*) o de su extremo contrario: la tecnificación como valor supremo.

Es pues necesario practicar y predicar ese tan necesario retorno a la naturaleza, que no implica -de ninguna manera- una mentalidad de rechazo al genuino progreso, sino un criterio correcto que pone a la ciencia y a la tecnología al servicio verdadero del hombre y de su fin último y trascendente. El hombre es un ser de naturaleza caída, por lo tanto el dominio de sus pasiones es lo que lo hace verdaderamente libre. Por ello, debe aspirar a su fin por medio de esa verdadera libertad y evitando nuevas ataduras, como las que emplea -para aplastarlo- todo lo que constituye la antítesis de la Ciudad de Dios.
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(*) Evidentemente que sí existe un sano ecologismo.
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A continuación un fragmento
del libro: "Volver a la tierra"*:


Señor, soy un labrador.
Mi piel tiene el sabor y el color de la tierra.
He visto durante más de sesenta años nacer el sol.
La tierra ha bebido miles de veces el sudor de mi frente y de mis brazos.
Pero he sentido también el gozo de saborear las cosas genuinas.
Y en ellas me ha parecido encontrar todavía el frescor de la creación.
.¿Me equivocaré Señor, cuando te siento presente
en todo lo que me regala mi tierra no contaminada
por la vil explotación del consumo?

Yo me he sentido vivo en el agua limpia de mis fuentes y de mis arroyos.
En el pan amasado por mi mujer, cocido en el horno de mi pueblo:
un pan sólo pan; en el vino hecho con las uvas de mi viña madura
y fecunda como un poema bíblico.
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Te he sentido al saborear el fruto de mis cerezos
y de mis manzanos, de mis perales y de mi huerta.
Son frutos que no han perdido el sabor del sol ni de la lluvia
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A los sesenta años de comunión con todo lo que me
regala la creación, hoy me encuentro en la ciudad,
donde nadie se acuerda de nuestras tierras,
donde a nadie le interesa ya nuestro pan-pan
y nuestro vino-vino.
Mis hijos pensaban que todo aquí sería mejor,
más grande, más divertido, más fácil…
Sí, hay más hierro, más cemento, más gente, más coches,
más cines, más ruido y más dinero: más iglesias también.
Pero poco se puede rezar.
.Siento la rebelión de mi sangre.
No logro dormir porque oigo el lamento angustioso
de mi tierra que protesta y llora y se arrastra
por las calles y mercados, humillada,
escondiendo su vergüenza.
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Si, porque la sociedad, por amor al dinero,
ha deshonrado lo mejor de tu creación.
El hombre, que debería seguir la obra que Tú comenzaste,
para hacerla cada día más auténtica y más rica,
se ha apoderado de ella para mecanizarla,
adulterarla y sofisticarla.
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Aquí el agua no es el agua que cantó Francisco de Asís:
está sucia y contaminada.
Aquí el pan no es el pan: es un producto químico.
Aquí el vino no se hace con las uvas
de nuestras viñas: es agua teñida.
Aquí la fruta no tiene sabor a sol: es de plástico.
Aquí todo tiene sabor a laboratorio, a medicina:
ha perdido el gusto de la tierra.
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Todo sabe a lucro, a especulación, a explotación.
Déjame, Señor, que grite mi dolor.
Préstame por un momento la rabia de tus profetas,
porque tengo ganas de maldecir.
No maldeciría la técnica ni la ciencia,
si fueran capaces de servir a la naturaleza
para perfeccionarla, de multiplicar el pan sin que deje de ser pan,
-como lo multiplicaron tus manos-,
de hacer el milagro de que los frutos de la tierra
pudieran llegar a todas las mesas
pero sin que la manzana dejase de ser manzana
y sin que la lechuga perdiese su sabor a tierra
y la leche su sabor a hierro.
.Yo maldigo proféticamente la tierra puesta
al servicio del lucro y no de la vida.
Ya que nadie me escucha, ya que todos me miran como a un loco,
deja que pueda gritar al menos a Ti mi indignación
y mi angustia: ¡Nos están envenenando!
.Tengo miedo de que los hombres acaben
comiendo cemento o billetes de banco.
Señor, coge de nuevo tu látigo y recorre
el gran templo de la sociedad y golpea
los nuevos mercaderes: échales fuera,
porque están convirtiendo la casa de tu Padre, tu creación,
en una cueva de ladrones, donde ya no es posible rezar
a Quien nos regala el pan de cada día.
.Perdóname, Señor, pero hoy me marcho:
dejo la ciudad, dejo "el progreso".
Sacudo el polvo de mis sandalias
y me vuelvo pobre a mi tierra.
No es cobardía, ni evasión, ni nostalgia estúpida.
No es condena al verdadero progreso.
Es miedo a perder mi dimensión profunda de hombre.
Miedo a oler demasiado a cemento y a hipocresía.
Miedo a no poder seguir rezando con
el lenguaje puro de la tierra, del sol, del viento y de la lluvia.
Miedo a olvidarme de que el hombre vale
más que lo que construye.
Y ¿cómo podríamos seguir siendo hombres si prostituimos
cada día, sutil pero diabólicamente, la tierra que nos da
el ser y el gusto de la encarnación?
Desde mi tierra, pobre y solo, no me olvidaré de mi prójimo.
Por él te haré cada mañana, al nacer el día, esta oración:
"Que los hombres sean capaces de descubrir todavía el sabor a pan".

* Editado por la revista Espiral hace más de veinte años.


Haz click para ver video de la siguiente zarzuela:



"LA ROSA DEL AZAFRÁN"
Canción del Sembrador
(Juan Pedro y Coro)

Cuando siembro voy cantando,
porque pienso que al cantar,
con el trigo voy sembrando
mis amores al azar.
No hay empresa más gallarda
que el afán del sembrador.
¡Por sembrar en tierra parda
soy a gusto labrador!
Pisan mis abarcas la llanura,
raya el firmamento mi montera,
porque al sembrador se le figura
que es el creador de la panera.
Y el grano arrojo
con tanto brío,
que me parece
que el mundo es mío ...

¡Ah! Sembrador
que has puesto en la besana
tu amor:
la espiga de mañana
será tu recompensa
mejor.
Dale al viento
el trigo y el acento
de tu primer lamento
de amor ...
Y aguarda el porvenir,
sembrador.

Todos. No hay empresa más gallarda
que el afán del sembrador.
Por sembrar en tierra parda
¡quién no fuera labrador!

Juan Pedro. Vuela la simiente de mi puño,
cae sobre la tierra removida,
siente la caricia del terruño
y abre sus entrañas a la vida.
Y al sol de mayo,
que es un tesoro,
millares brillan
de lanzas de oro.

Todos. Sembrador
que has puesto en la besana
tu amor:
la espiga de mañana
será tu recompensa
mejor.

Juan Pedro. Dale al viento
el trigo y el acento
de tu primer lamento
de amor ...
¡Y aguarda el porvenir,
sembrador!
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