jueves, 6 de mayo de 2010

EL SECRETO DE MARÍA


Al día siguiente de haber venido el ángel, aparentemente todo era igual. María se levantó a la misma hora, su casita no la convirtió Dios en castillo; ni su cama tenía un dosel de Damasco. Al despertar no encontró campanillas de plata para llamar a sus doncellas… Todo era igual que siempre.

Sin embargo, todo era imponentemente distinto.

Desde ayer María era la Madre de Dios.

Desde el momento en que Ella dijo “Fiat” (hágase en mí según tu palabra). Ella que era la misma María, humilde y sencilla, confiada en Dios, alegre y buena a más no poder. Ella era ahora la Madre de Dios, tenía en su interior a Dios. Pueden suponer lo que es esto. Tener en su interior a Dios mismo, al creador de todo, al Dios omnipotente y eterno. Al Rey de Reyes y al Señor de los Señores. Y lo tuvo todos los 9 meses de su gestación. Igual que nosotros cuando comulgamos y lo tenemos dentro, pero con la diferencia que nosotros lo tenemos sólo de 10 a 15 minutos.

María, por eso que pasó el día anterior, va a ser coronada Reina de Cielos y tierra. Va a ser bienaventurada por todas las generaciones. Va a ser la Reina de los ángeles.

María no pensó, ni por un momento, en subir de categoría social. Sabía, porque humilde no quiere decir ignorante, que era el ser humano –hombre o mujer- más excelso de todas las razas y generaciones. De todos los tiempos. Y no le dio vergüenza de que la vieran lavar la ropa y los platos o ir a tirar el bote de la basura.

Al día siguiente del ángel, aparentemente todo era igual.

Sin embargo, María sabía la noticia más sensacional de la historia y Ella era después de Cristo, la principal protagonista.

No, no había periódico en Nazaret, ni había radio o televisión Pero había un lavadero público en donde podían ventilarse todas las noticias, los comentarios…donde podía darse a conocer cualquier cosa…

Cuando llegó María al lavadero con su balde de agua y su ropa, las mujeres de Nazaret entre el chapoteo de la ropa y el agua, repasaban las noticias y los pequeños chismes de siempre:

… que si fulanito o fulanita eran novios formales, que si anoche se oyó una riña en la casa de fulano, que si habían llegado forasteros al pueblo…

En ese momento María podría haber soltado la noticia fantástica: que había llegado al pueblo y a Israel y al mundo, el Personaje más grande de la historia. Que había llegado el esperado Mesías, que la llamarían bienaventurada todas las naciones...

Pero no dijo nada. Ella sabía que no era la voluntad de Dios que difundiera el hecho en esa forma, el ángel se lo hubiera dicho, Ella sabía que debería quedar lo acontecido en secreto. La Madre de Dios siguió frotando la ropa y exprimiéndola. Todo igual que antes. Ella no era sino la esclava del Señor.

Me imagino si Dios hubiera escogido por Madre o por padre a cualquiera de ustedes que leen estas líneas o a mí que las escribo. Es probable que se nos hubiera ocurrido obviamente, pedir al Cielo, una casita con jardín, para sacar al niño a tomar el sol, y por lo menos una doncella para el cuidado del niño.

María no creyó necesario nada de esto, y no es que no supiera la inmensa dignidad con que estaba revestida en aquel momento. Como buena y piadosa israelita, Ella conocía muy bien todas las profecías acerca del Mesías y de la que había de ser su Madre.

Sabía, en su corazón, que Ella era aquella mujer que Dios prometió en el Paraíso, aquella que sería la gran enemiga de la serpiente, aquella que le aplastaría la cabeza con su carcañal (con el talón de su pie, con el hueso calcáneo de su talón).

Sabía que Ella era la virgen prometida por Isaías que concebiría y daría a luz un hijo cuyo nombre sería Emmanuel.

Sabía que Ella era la vara de la raíz de Jesé.

Sabía que Ella era más importante que las más célebres mujeres de la historia de Israel: Eva, Sara, Rebeca, Raquel, Esther o Judit.

Sabía todo lo que le había dicho el ángel: que estaba llena de gracia, que el Señor estaba con Ella, que era bendita entre las mujeres y que su hijo era Dios. María sabía muy bien la dignidad a la que Dios la había elevado.

Pero María antes que nada era la Santa Humilde y entendía que todo eso se lo había dado Dios y no perdió la cabeza. No se puso el vestido de días de fiesta. Ni se cambió el peinado.

Todo seguía aparentemente igual.

Pero ahora María tenía un secreto, que no dijo a sus familiares, ni a sus amigas, ni a las mujeres del lavadero.

Vamos, que no se lo dijo ni a José. ¿O debería de decírselo a Él, a su esposo?Aquella tarde, también salieron juntos a dar una vueltecita. A María no le salían las palabras. José hablaba con mucho ánimo de su taller, de sus proyectos… María se daba cuenta de que ser la Madre de Dios ya empezaba a exigirle dolores y sacrificios… No, Ella no le diría nada a José, a pesar de saber que en unos cuantos meses él se lo notaría.

Iba a ser terrible y sin embargo, Ella no se lo diría. Sentía claramente que no era la voluntad de Dios el que Ella se lo comunicara a su esposo, que Él -Dios- tenía otros planes. Y que debía esperar, confiar en Dios. Si a Ella se lo había avisado mediante un ángel, ya se las arreglaría Dios para enterar a José. Ella guardaría su secreto.

Aunque era muy duro guardar un secreto así, un secreto tan grande.

José seguía hablando de sus planes para el futuro. María iba pensando, no en lo que sufriría Ella, sino en lo que iba a sufrir José cuando advirtiera el embarazo…

- ¿Qué te pasa, María? ¡Pero si estás llorando!

- No me hagas caso José… No sé, a veces me pongo a pensar…

- ¿Es que crees que no vamos a ser felices?

- No José, con la ayuda de Dios seremos felices. Estoy segura, seremos muy felices.

Y la Virgen María siguió guardando su Secreto, hasta que Dios quisiera. Era ahora todo tan diferente y sin embargo, todo parecía tan igual.

Autor: Pedro María Iraolagoitia, S.J. del libro "María, el Carpintero y el Niño".
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Mayo, mes de la Virgen
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Mira a la estrella, llama a María
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Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María. Si eres agitado por las olas de la soberbia, de la detracción, de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia o la impureza impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a la estrella, llama a María (...) No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón (...).

“No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si le ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía: llegarás felizmente a puerto, si Ella te ampara.”
(San Bernardo, Homiliae super "Missus est" 2, 17).

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