viernes, 27 de febrero de 2026

RESISTID FIRMES EN LA FE



Cardenal Giuseppe Sarto (Papa San Pío X) para la Cuaresma: «Resistid fuertes en la fe». Carta para la Cuaresma fechada el 17 de febrero de 1895, en la que daba unos certeros consejos para vivir un buen espíritu de penitencia y recomendaba la virtud de la templanza corporal y espiritual, así como la firme defensa de la verdad:

Teniendo como deber, por exigencias de mi ministerio apostólico, exhortar a todos a observar puntualmente el cumplimiento de la Santa Cuaresma, y de esta forma estar en actitud digna de recibir a Jesucristo en la solemnidad pascual, se abren mis labios espontáneamente con esas palabras con las que la Santa Liturgia inicia este tiempo de retiro, de ayuno y de oración. “Transcurrido el pasado tiempo en medio de la somnolencia y de una detestable indiferencia y ociosidad, levantémonos con presteza de nuestro sueño y cubrámonos de ceniza, puesto el cilicio y con ayunos y llantos invoquemos al Señor; haciendo penitencia para enmendarnos del mal que por ignorancia o malicia hayamos cometido”.

Más si esta exhortación al ayuno, al cilicio y a la penitencia supusiese demasiado para el espíritu mundano, entremos, no obstante, en el espíritu de la Iglesia que como Madre benigna, y con el deseo de adaptarse a la fragilidad de sus hijos, ha mitigado todas estas prácticas santas, por lo cual no puedo dejar de traer aquí las palabras de San Pedro dirigidas a los cristianos de su tiempo: “Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, da vueltas a vuestro alrededor, como león rugiente, buscando a quién devorar: resistidle fuertes en la Fe” (IP 5, 8-9); y sin ninguna duda, si practican estos santos consejos, la Santa Cuaresma será un tiempo aceptable, será el tiempo de la salvación.

Necesidad de la Penitencia
La recta razón y la Fe nos manifiestan conjuntamente esta verdad: fue precisamente en el momento en que se rompió la amistad con Dios en el Paraíso terrenal, cuando se suscitó dentro de nosotros la concupiscencia, incentivo y alimento de las más escondidas pasiones, germen de los vicios y causa fatal de la guerra entablada entre la carne y el espíritu, la cual con magistrales trazos y elocuentes palabras, fue descrita por San Pablo de la forma siguiente: “Me complazco en la Ley de Dios según el hombre interior: mas llevo otra ley en mis miembros opuesta a la ley del espíritu, que me hace esclavo de la ley del pecado, y esta ley está impresa en mis miembros. ¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”

El único remedio para obtener esta liberación es combatir en nosotros esa raíz que es la causa principal de nuestros vicios y de nuestras pasiones, y como nuestro gran enemigo es el cuerpo, habrá que esforzarse en humillarlo para reconducirlo a su verdadero fin, dada la carga de pereza que lleva consigo, y mediante esta humillación se adquirirá una vida más vigorosa en perfecta armonía con el espíritu.

Templanza corporal
¿Cómo podrá llevarse a cabo este prodigio? Por el amor cristiano y la virtud de la penitencia, la abnegación del propio yo, el abandono del mundo, las mortificaciones y la cruz. Para todos aquellos cristianos que no tienen el valor de imponerse otros sacrificios, se tornan necesarias aquellas virtudes prácticas ya en los círculos paganos, pero conocidas solamente desde un punto de vista natural, tales como la templanza que regula el uso de las cosas puestas a nuestro servicio y que afectan nuestros sentidos, sin quedar prohibido el placer, pero limitándolo a ponerlo en conformidad con la razón y la santa ley de Dios. Virtudes que en la Sagrada Escritura vienen plasmadas en la abstinencia que modera el uso de los alimentos; la sobriedad que nos aleja del exceso en el consumo de bebidas alcohólicas; la castidad que lleva a sus justos términos, dentro del deber, la inclinación carnal; el pudor que nos defiende contra todo aquello capaz de dañar la pureza; la humildad que nos hace que otorguemos a Dios todo el bien que podamos hacer; y la dulzura, que mantiene el alma serena en la tranquilidad. Todas estas virtudes, elevadas así al rango de su verdadera dignidad, deben ser practicadas.

Entiéndase bien que cuando recomendamos la templanza no exhortamos a que se deje el mundo alejándose del propio hogar, solamente queremos decir que, permaneciendo en el mundo, no sigan, sin embargo, sus preceptos, opuestos a una vida santa, ni practiquen sus obras, sino que dentro del mundo vivan con un cristiano distanciamiento.

Tampoco quiero decir que maceren con austeridad sus cuerpos, sino que procediendo en toda obra con la necesaria virtud, mortifiquen las pasiones de tal manera que rindan un buen servicio al espíritu en lugar de oprimirlo y acallarlo. Tampoco deseo exhortar a que ayunen durante un número de días superior a lo ya establecido, sino que observen un ayuno discreto, el prescrito por la Santa Iglesia, que conoce bien la fragilidad de sus hijos: ayuno que desde la época antigua no nos recuerda sino que debemos sentirnos confundidos y humillados.

Templanza espiritual
Dado que el hombre está compuesto de cuerpo y de espíritu, conviene añadir a la templanza de tipo corporal la templanza espiritual, la cual es más y más larga y penosa en la medida que resulta indispensable para resistir a ciertos impulsos, cortar ciertos afectos o poner orden en determinadas inclinaciones.

La templanza mesura el uso de las cosas de la tierra, nos pone en guardia en cuanto a la vestimenta, amor de los placeres, el deseo de conocer y saberlo todo, en guardia respecto a espectáculos, amistades, modas y demás aspectos de la vida. No concuerda bien con la templanza el espíritu de impaciencia que trae consigo la discordia, e igualmente si existe rechazo hacia una determinada persona, con la templanza este espíritu se cambia en una actitud de dulzura, de amor, de buena voluntad, decidiéndose a actuar con corazón sincero y generoso. Con la templanza se llega a desarraigar también cualquier afecto desordenado, como el que a veces ciertos padres sienten por sus hijos, queriendo poseerlos exclusivamente; desarraigar también los conatos de envidia por los que no llegamos a tolerar a los demás, situando nuestro bien en el mal ajeno: desarraigar nuestro orgullo que domina tal vez nuestros pensamientos, haciendo inflexibles nuestras decisiones, no pudiendo tolerar cualquier consejo o aviso por parte de los otros. La templanza siempre está vigilante para hacer valer la ley, las formas y las buenas maneras en todos los arranques de nuestro corazón, no permitiendo ir más allá de los límites de la razón y de la Fe.

El camino y el medio más seguro para que no nos dominen las pasiones es el de conservar la templanza y no dejarnos sorprender; y así nos lo recomienda el Apóstol cuando nos dice que vigilemos frente al enemigo: “vigilad porque el diablo, vuestro adversario, da vueltas en torno vuestro buscando a quién devorar”. Y démonos cuenta que, cuanto abarca nuestra mirada, todo puede ser nuestro enemigo: nuestra propia casa y nuestra propia persona, lo más cercano a nosotros puede ser nuestro adversario más encarnizado, alimentando nuestras pasiones y deseos, y por eso nuestra propia carne es la que con más furor nos asalta, sin tregua, existiendo hasta la muerte esa enemistad entre ella y el espíritu.

Amadísimos hijos, estad vigilantes para que no seáis presa de las sugestiones de la carne que se lamenta de su propia impotencia para guardar la práctica del ayuno y de la abstinencia, y por lo tanto no olvidéis que un cuerpo demasiado bien alimentado es enemigo de lo espiritual.

Cuidad vuestra mirada ya que por lo ojos entran las funestas imaginaciones en la mente y los afectos perversos invaden el corazón. Preservad los oídos ya que a través de ellos el espíritu puede verse atrapado en sugestiones maliciosas. Igualmente mucha atención con la lengua, porque aquel que habla mucho no estará exento de culpa; y de forma especial tengamos sumo cuidado con nuestro enemigo más recalcitrante, el amor propio, que finge, seduce y engaña, valiéndose de mil maneras para no ser reconocido.

No olvidemos que una simple antipatía –así nos parece– que sentimos por algunos de nuestros hermanos, puede convertirse sin pasar mucho tiempo en una abierta enemistad. Si se siente una inclinación especial hacia una determinada persona, afecto inocente por otra parte, no bajemos la guardia, pues en caso contrario se verá afectada la castidad, y tanto en el trato como en las expresiones seamos puros y moderados. En cuanto a los bienes materiales guardémoslos como conviene pero estando muy atentos a que este cuidado no acabe en una dañina avaricia. Aunque se afirme que ciertos espectáculos y lecturas no son peligrosos, conviene recordar que la serpiente maligna permanece oculta, e incluso en las flores y en el aire que se respira puede haber un veneno mortal.

No olvidemos nunca que nuestro adversario, que se esconde para atacarnos, no nos presenta, desde el primer momento, el mal, sino que después de mostrarnos algún bien, nos lleva poco a poco a un espíritu de tibieza en el servicio divino y tras esto nos hunde en la disipación y la ruina o apatía.

Firmeza en la verdad
Si existe un tiempo en el cual debemos estar vigilantes de una forma especial es el de nuestros días, pues el mundo, con espíritu diabólico, favorece y ayuda a los perversos planes, sobre todo dirigidos contra la Iglesia, con el fin de provocar sentimientos antirreligiosos, y así disminuir el prestigio y la reputación respecto a los hombres que la gobiernan, haciendo resaltar todos los defectos, en todos los grados de la jerarquía, por lo cual concluimos con el Apóstol: resistid fuertes en la fe. Permaneced firmes en la verdad que se encuentra substancialmente en Jesucristo, a quien Dios Padre ha constituido piedra angular en la edificación de la nueva Jerusalén, la Iglesia Católica, y todo aquel que tenga en Él cimentada su Fe no será confundido. Fuente de gracia para los que son fieles, esta piedra misteriosa se convierte sin embargo en piedra de escándalo y de ruina para todos los que pretenden edificar sin ponerla como base en sus sistemas.

Estad alertas, queridísimos hijos, y mantened viva la Fe; guardaos de sus enemigos declarados, que han dejado arrinconado en el pasado el carácter secreto de sus conciliábulos, y ahora, con banderas desplegadas, se esfuerzan por arrebatar al pueblo su joya más valiosa: La Fe; y esto, con sutiles artimañas intentan socavar la autoridad de la Iglesia y de sus ministros, denunciándolos como perturbadores, blanco de todas las sospechas y extremistas, hasta tal punto que no pocos católicos, ingenuos o hipócritas, acaban por admitir todas estas cosas, y creen eso cuando les dicen que no se combate a la religión, sino que únicamente se quiere liberarla de los abusos que se han introducido, separar la Religión y la política; no se quiere perseguir a la Iglesia, pero hay que saber –dicen ellos- que no se puede actuar rectamente si se desconoce el espíritu de los tiempos. Deseamos el bien de los pueblos, afirman, para lo cual nos empeñamos en la paz de todas las naciones.

Resistid fuertes en la fe, decimos de aquellos cristianos que conociendo sólo superficialmente la ciencia de la Religión, y practicándola menos, pretenden erigirse en maestros de la Iglesia afirmando que deben adaptarse a las exigencias de los tiempos, sacrificando para ellos algún punto de la integridad de sus santas leyes; que (erróneamente afirman que) el derecho público de la cristiandad debe mostrarse sumiso frente a los grandes Principios de la era moderna, y manifestar esta sumisión ante el nuevo vencedor; incluso la moral evangélica, demasiado severa, debe adaptarse a estas nuevas normas más complacientes y acomodaticias. Finalmente, (también sostienen falsamente que) la disciplina eclesiástica debe prescindir de sus prescripciones, que resultan molestas a la naturaleza humana, para abrir paso al progreso de la ley en la libertad y amor.

Resistid fuertes en la fe, contra todos aquellos que pretenden dirigir y guiar a la Iglesia en provecho de sus propios intereses y decisiones, juzgando sus enseñanzas e impidiendo sus censuras y condenas; todo esto constituye un pecado enorme de soberbia, y para no ser víctimas de su gran castigo, tengamos el valor de luchar en nuestra sociedad contra todos estos enemigos, descubriendo la malicia de sus ideas perniciosas y haciendo frente al terror de sus maquinaciones o desafiando sus ironías o insultos.

Resistid fuertes en la fe, especialmente los que se glorían en verdad del nombre de católicos, sobre todo para no dejarse seducir por los falsos apóstoles que, como Satanás, se disfrazan de ángeles de luz, y fingen lamentos, temores e inquietudes por los males de la Iglesia y por los peligros por los que atraviesa, y en virtud de una caridad fingida y con un corazón hipócrita, aceptan las máximas que poco a poco llevan a la Iglesia a una situación de enfermedad y de males mortales. Aunque es cierto que ciertos triunfos de la moderna iniquidad pueden escandalizarnos y poner a prueba nuestra fe en la Providencia, sin embargo, la fuerza misma de los acontecimientos va serenando la inquietud de la Fe. 

Las Sagradas Escrituras nos advierten así: “¡Ay de los que al mal llaman bien, que de la luz hacen tinieblas y de las tinieblas luz, y dan lo amargo por lo dulce y lo dulce por lo amargo! ¡Ay de los que son sabios a sus ojos, y son prudentes delante de sí mismos! ¡Ay de los que son valientes para beber vino, y fuertes para mezclar licores; de los que por cohecho dan justo al impío y quitan al justo su justicia!” Y en otro pasaje dice: “¡Ay de ti, Asur, vara de mi cólera, bastón de mi furor! Yo le mandé con una gente impía, le envié contra el pueblo objeto de mi furor, para que saquease e hiciera de él su botín, y le pisase como se pisa el polvo de las calles, pero él no tuvo los mismos designios, no eran éstos los pensamientos de su corazón, su deseo era desarraigar, exterminar pueblos en gran número”.

¡Cómo los acontecimientos que contemplamos en la Iglesia se ven iluminados con estos pasajes! Meditémoslos, queridísimos hijos, y aceptemos todo lo que sucede como una prueba y una expiación; convirtámonos al Señor y respondamos con prontitud a la paternal llamada de su misericordia. Que estos días de la Santa Cuaresma sean para nosotros días de propiciación y así nos encontremos algo más dignos para celebrar con Nuestro Señor Jesucristo la gloriosa Pascua de Resurrección.

Cardenal Giuseppe Sarto.

jueves, 26 de febrero de 2026

LA FAMILIA QUE REZA UNIDA DIARIAMENTE EL ROSARIO TIENE GARANTIZADA MORALMENTE SU SALVACIÓN ETERNA




¿Queréis que toda vuestra familia se reencuentre en el cielo? Leed estas líneas.

¿Queréis lograr esa sublime aspiración? ¿Queréis que no falte un solo miembro de vuestra familia en el cielo? Os voy a dar la fórmula para alcanzarla: rezad el rosario en familia todos los días de vuestra vida. La familia que reza el rosario todos los días tiene garantizada moralmente su salvación eterna, porque es moralmente imposible que la Santísima Virgen, la Reina de los cielos y tierra, que es también nuestra Reina y Madre dulcísima, deje de escuchar benignamente a una familia que la invoca todos los días, diciéndole cincuenta veces con fervor y confianza: “Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Es moralmente imposible, señores, lo afirmo terminantemente en nombre de la teología católica.

La Virgen no puede desamparar a esa familia. Ella se encargará de hacerles vivir cristianamente y de obtenerles la gracia de arrepentimiento si alguna vez tiene la desgracia de pecar. Es cierto que el que muere en pecado mortal se condena, aunque haya rezado muchas veces el rosario durante su vida. Eso, desde luego. El que muere en pecado mortal se condena, aunque haya rezado muchas veces el rosario. ¡Ah!, pero lo que es moralmente imposible es que el que reza muchas veces el rosario acabe muriendo en pecado mortal. La Virgen no lo permitirá. Si rezáis diariamente, y con fervor, el rosario, si invocáis con filial confianza a la Virgen María, Ella se encargará de que no muráis en pecado mortal. Dejaréis el pecado; os arrepentiréis, viviréis cristianamente y moriréis en gracia de Dios.

El rosario bien rezado diariamente es una patente de eternidad, ¡un seguro del cielo! No os lo dice un dominico entusiasmado porque fue Santo Domingo de Guzmán el fundador del rosario. No es esto. Os lo digo en nombre de la teología católica, señores. 

¡Rezad el rosario en familia todos los días de vuestra vida y os aseguro terminantemente, en nombre de la Virgen María, que lograréis reconstruir toda vuestra familia en el cielo! ¡Qué alegría tan grande al juntarnos otra vez para nunca más volvernos a separar!

“EL MISTERIO DEL MÁS ALLÁ”
Antonio Royo Marín. O.P.

miércoles, 25 de febrero de 2026

EL DEMONIO DE LA ACEDIA



Por Diego Casanueva Rivero 

La vida cristiana está ordenada al gozo del bien divino y a la participación anticipada del Cielo por la acción santificadora del Espíritu Santo. Sin embargo, el hombre puede apartarse voluntariamente de ese gozo, rechazar el bien divino y consentir el pecado de la acedia. Santo Tomás de Aquino la define como una tristeza que aleja del bien divino, y por ello la considera pecado capital, pues ataca directamente a la caridad, que es la amistad sobrenatural entre Dios y el hombre (Suma Teológica, II-IIæ, q.35).

La acedia no se presenta de forma estridente, sino silenciosa y progresiva. Comienza con un desorden en el amor a sí mismo y a las creaturas, poniendo por encima de Dios la comodidad, la seguridad o el éxito humano. Así endurece el corazón, genera inconstancia, aversión al propio deber de estado y abandono de los medios que conducen al fin sobrenatural. San Gregorio Magno le atribuye seis hijas: malicia, rencor, pusilanimidad, desesperación, indolencia respecto a los mandamientos y divagación de la mente por lo ilícito (Suma Teológica, II-IIæ, q.35, art. 4).

Evagrio Póntico la llama el “demonio de mediodía”, porque ataca cuando el peso de la rutina, la fatiga y la lejanía del término debilitan la voluntad, impulsando a huir de la perseverancia y de los compromisos asumidos con Dios. Se manifiesta tanto en la jornada diaria como en etapas decisivas de la vida, cuando el gozo en la asiduidad del amor de Dios se ve oscurecido.

En la vida religiosa, la acedia actúa como la describe Evagrio: genera aversión a la celda, al lugar y al propio estado de vida, insinuando que en otro sitio se serviría mejor a Dios. Así se debilita el gozo en la oración y se introduce la tentación de abandonar la perseverancia, bajo pretextos aparentemente espirituales.

En los laicos, la acedia se dirige contra el deber de estado, haciendo que el trabajo, la vida familiar o las obligaciones cotidianas se perciban como cargas.

 El demonio sugiere evasiones y cambios no para un bien mayor, sino para huir de la constancia en el bien propio de la vocación recibida.

De modo semejante a lo que describe Evagrio en el monje —cuando, entre la cuarta y la octava hora, el cansancio, la rutina y la lejanía del término suscitan el deseo de abandonar la celda—, en ocasiones -no es una regla- la acedia se presenta con particular fuerza en la media vida, entre los cuarenta y los cincuenta años. En ese momento surgen reproches por lo no alcanzado o autosuficiencia por la experiencia, el deber de estado se vuelve pesado y aparece la tentación de abandonar los compromisos asumidos con Dios, fruto de una tristeza interior que impulsa a huir de la perseverancia.

En este contexto, la oración ocupa un lugar decisivo: es el acto por el cual el alma permanece unida al bien divino. Cuando se descuida, la tristeza acédica encuentra terreno fértil; cuando se persevera en ella, aun sin consuelo sensible, se mantiene viva la fe, se robustece la esperanza y la caridad conserva su dinamismo sobrenatural.

La acedia endurece el corazón para los actos de caridad y conduce a los extremos de la presunción y la desesperación, con una religiosidad que admira sin imitar y pide perdón sin penitencia. Se concreta en ociosidad, somnolencia, indiscreción de la mente, desasosiego del cuerpo, inestabilidad y curiosidad, convirtiéndose en pecados contra la perseverancia gozosa en la caridad. En contraste, la caridad es constante y fiel porque tiene a Dios como fundamento; la acedia, en cambio, genera odio respecto al fin y abandono de los medios para alcanzarlo.

Este mal se ve reforzado por una visión moderna del hombre —racionalista, liberal y humanista— que relativiza la verdad, absolutiza la autonomía y debilita el sentido del fin último. Así, la acedia se vuelve un mal contagioso que corroe familias y comunidades bajo apariencias de normalidad, mientras apaga silenciosamente el gozo espiritual.

*Indicios de la acedia:*
– Aversión al propio deber de estado.
– Negligencia o excesos en la vida religiosa o matrimonial.
– Desánimo general y crisis vocacional.

*Remedios y auxilios:*
– Perseverar en la Santa Misa y los sacramentos.
– Oración fiel y constante.
– Responder al mal pensamiento con la Sagrada Escritura.
– Equilibrio entre oración, trabajo y descanso.
– Perseverancia fiel.
– Dirección espiritual y buenas amistades.

*Conclusión*
La acedia no es una simple fatiga anímica, sino una tristeza que mata silenciosamente la vida del alma. Frente a ella, la Iglesia propone volver al bien divino, perseverar en la caridad y comenzar a vivir el Cielo en esta vida. Unidos a la Cruz y alimentados por la Eucaristía, la oración y la comunión con Cristo y el prójimo son nuestra fuerza para combatir al demonio de la acedia, porque la caridad no desaparece nunca (1 Cor 13,8).

*Bibliografía*
– Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-IIæ, qq. 23 y 35.
– San Gregorio Magno, doctrina sobre los vicios capitales.
– Evagrio Póntico, Tratado Práctico.
– Pío XII, Mystici Corporis Christi.
– Sagrada Escritura: Mt 6, 9-13; 1 Cor 13; Flp 3, 20; Ef 6, 11-12; 1 Jn 4, 20-21.

martes, 24 de febrero de 2026

DÍA DE LA BANDERA MEXICANA



24 de febrero de 1821. Agustín de Iturbide proclama el Plan de Iguala enarbolando la bandera de las tres garantías, considerada como el primer lábaro patrio de México. 

 El Plan de Iguala fue un acto de acuerdo político, sumamente complejo en sus consecuencias, aunque simple en su fraseo, que unió insurgentes y realistas, criollos y españoles. La fuerza fundamental del Plan de Iguala fue lo que hizo posible el consenso necesario para la independencia.

 Los puntos principales del Plan de Iguala fueron llamados "las Tres garantías", y estos eran: "la religión, la independencia y la unión de todos los mexicanos". Un nuevo ejército, denominado Ejército Trigarante, sería el encargado de llevar a cabo este plan y sería identificado con una nueva bandera. 

 Iturbide decidió darle a cada una de las garantías un color distintivo y ordenó al sastre José Magdaleno Ocampo que confeccionara una bandera con franjas dispuestas en forma diagonal y con una estrella en cada una. En primer lugar aparecía el blanco que simbolizaba la pureza de la religión católica; al centro, se encontraba el verde que representaba la independencia, y al final el rojo, símbolo de unión entre criollos, españoles, indios, africanos, mulatos, asiáticos y todo tipo de castas surgidas de la mezcla racial que se dio en los tres siglos. Posteriormente cambió el orden de los colores tal como se encuentran actualmente.

 Erróneamente (y también con mala fe) se ha considerado a Vicente Guerrero como coautor del Plan de Iguala, creador de la bandera y copartícipe en la proclama el 24 de febrero de 1821, siendo que por primera vez, Iturbide y Guerrero se reúnen el 10 de marzo de 1821, días después de la creación de la bandera, así como de la proclama del Plan de Iguala y de la jura de dicho plan, el 2 de marzo.

 Lucas Alamán, “Historia de Méjico”, Tomo V: 

"Casi todos los escritores cometen el error de suponer, que Iturbide tuvo una conferencia con Guerrero antes de la publicación del Plan de Iguala. Esto es falso: Iturbide nunca vio a Guerrero, hasta estar en marcha hacia el bajío" pág. 76. 

 "En Teloloapan se presentó Guerrero a Iturbide, como se lo había anunciado en carta escrita desde el campo del gallo el 9 de marzo, en que le decía: "mañana muy temprano marcho sin falta de este punto para el de Ixcatepec, y en breve tendrá V.S. A su vista, una parte del ejército de las tres garantías, del que tendré el honor de ser un miembro y de presentármele con la porción de beneméritos hombres que acaudillo, como un subordinado militar. Esta será la más relevante prueba que confirme lo que le tengo ofrecido, advirtiendo que mi demora ha sido indispensable para arreglar varias cosas, como le informará el militar d. José Secundino Figueroa, que pondrá ésta en manos de V.S., y con el mismo espero su contestación" pág. 119.

 "En efecto, Guerrero se adelantó hasta las inmediaciones de aquel punto, y dejando a su gente acampada en una altura, entre su campo y el pueblo tuvo su primera entrevista con Iturbide". Pág. 119.

 Armando Herrera L.


 Manuscrito: 


 Artículo: 

lunes, 23 de febrero de 2026

ORACIÓN A LA VIRGEN DE GUADALUPE POR LA PAZ EN MÉXICO



«¡Oh Virgen Inmaculada, Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia!. Tú, que desde tu Tepeyac manifiestas tu clemencia y compasión a todos los que solicitan tu amparo. 

Acudimos a ti, Reina de México y Madre de las Américas, para pedirte, Madre amorosa, que alcances la paz, la justicia y la prosperidad para nuestra nación. Tú conoces bien el dolor, el miedo y la inseguridad que afligen a tus hijos. 

Te pedimos, Señora nuestra, que cubras a México con tu manto sagrado y protejas a nuestras familias, niños y jóvenes. Cambia los corazones de quienes provocan sufrimiento y muerte, dales el don de la conversión y enséñanos a todos a ser promotores de justicia y paz. 

Madre Santísima, ante ti traemos nuestras preocupaciones y luchas, confiando en tu intercesión ante tu Hijo Jesús para encontrar refugio y consuelo. Que la verdadera paz, que viene de tu Hijo, inunde nuestros hogares y nuestra tierra. 

Amén.

sábado, 21 de febrero de 2026

LA SILLA, LA CUNA Y LA CRUZ


 
Óscar Méndez Oceguera

Hay un dolor que no entra por la puerta: se mete por los rincones. No viene de golpe, no hace escándalo, no pide permiso. Simplemente, un día, la casa deja de abrazar. La luz sigue cayendo sobre el piso, las ventanas siguen abriéndose al mismo cielo, el reloj sigue cumpliendo su oficio de contar lo que se va; pero el corazón descubre algo que no sabía: que existen habitaciones que, sin madre, se vuelven intemperie.

La orfandad no se anuncia. Se posa.

Primero es una pequeñez: un vaso que nadie toma, una silla que no rechina, un trapo doblado con una exactitud que parece ofender, una prenda colgada como si el tiempo pudiera arrepentirse. Después es el aire: el aire pierde su calor, como si la respiración tuviera que aprender a sostenerse sola. Y al final es uno mismo: uno se sorprende caminando con una ligera inclinación hacia el vacío, como quien se acostumbra a cargar una ausencia en el pecho.

La madre —antes de ser un nombre— es un clima. Es esa paz concreta que no se argumenta: se recibe. La madre es el primer lugar donde el mundo no exige credenciales. Allí el llanto no es un delito; el miedo no es vergüenza; el hambre no es fracaso. La madre es el primer “aquí” del universo: aquí estás, aquí cabes, aquí no tienes que defenderte de existir.

Por eso, cuando falta, no solo falta alguien: falta la certeza de ser esperado.

Y esa certeza, cuando se rompe, deja una herida que no respeta edades. Hay huérfanos con barba, con corbata, con hijos propios. El niño interior no envejece: sigue buscando la misma voz. Sigue esperando, en algún pliegue del día, una mirada que diga “descansa”. Por eso hay sonrisas que funcionan como lámparas y, por dentro, hay un frío que no se ve. Por eso hay personas que hablan con soltura y, al cerrar una puerta en la noche, sienten que el silencio no descansa: destierra.

La orfandad es eso: un destierro invisible.

Y hay una orfandad todavía más honda —más antigua que los cementerios— que se instala cuando el hombre aprende a sospechar de la vida. Cuando el mundo le insinúa, sin decirlo, que la existencia es un préstamo que hay que justificar. Que lo frágil estorba. Que lo pequeño “complica”. Que el dolor no se acompaña: se administra. Esa orfandad original es la enfermedad secreta de nuestro tiempo: la convicción de que, al final, cada quien está solo y el amor es un contrato.

Cuando una sociedad empieza a creer eso, cambia su manera de hablar. Cambia su manera de mirar. Y entonces lo pequeño deja de ser sagrado y se vuelve “caso”. Lo dependiente deja de ser protegido y se vuelve “carga”. Lo inocente deja de ser inviolable y se vuelve “opción”.

Y ahí, sin estruendo, aparece la inversión que hiela la sangre: la cuna vacía por decisión.

Porque hay una cuna vacía que el mundo entiende. La entiende porque la muerte, cuando llega, no pide permiso. La madre falta, el niño queda al borde, y aun el corazón más endurecido baja la voz. Esa orfandad —la clásica— tiene algo que la sociedad todavía reconoce: el dolor legítimo, la desgracia incontestable, la herida que nadie quiso.

Pero existe otra cuna vacía ante la que la sociedad no baja la voz, sino que aprende a sonreír con vocabulario limpio. No se inclina: se justifica. No llora: discute. No acompaña al inocente: lo borra del idioma para no escucharlo.

Se le cambia el nombre a la realidad para poder tocarla sin temblar.

Se dice “interrupción”, “procedimiento”, “derecho”. Se habla como se habla de una puerta que se cierra o de un trámite que se resuelve. Y esa frialdad, esa normalidad, es parte del espanto: la manera en que el mundo se acostumbra a lo intolerable.

Porque lo que ocurre en el aborto no es solo que un niño muera.

Lo que ocurre es que el vínculo más íntimo —el vínculo que debería ser umbral— se convierte en frontera mortal. Que el lugar donde la vida es acogida se vuelve el lugar donde la vida es negada. Que la palabra “madre”, que en el imaginario humano significa protección, queda atravesada por una posibilidad que antes habría parecido monstruosa: la posibilidad de no dejar entrar.

Y aquí está la nueva orfandad: no la del hijo que pierde a su madre por la muerte, sino la del hijo que no llega a tener madre porque no llega a tener mundo.

Esa orfandad es más perversa por una razón simple: no deja memoria. No deja fotografía. No deja nombre pronunciado en voz alta. No deja un nicho donde ir los domingos. No deja siquiera un lugar social para el duelo. Es una orfandad sin rito, sin lágrimas públicas, sin reconocimiento. Un vacío que se pretende llamar “solución”.

Y cuando la sociedad llama solución al vacío, el corazón se rompe de otra manera. No como se rompe ante la desgracia, sino como se rompe ante una injusticia que además se celebra.

Aquí no basta decir: “duele”.

Aquí hay que decir: se ha quebrado la justicia.

Porque el hijo es el absolutamente débil. No tiene fuerza, no tiene palabra, no tiene defensa, no tiene estrategia. Es vida desnuda, dependencia pura. Y precisamente por eso la justicia comienza allí: en lo que hacemos con el que no puede devolver nada. En lo que hacemos con el inocente que solo puede pedir con su existencia.

Cuando un orden político permite que el inocente sea eliminado, no está “ampliando libertades”. Está declarando que la vida del débil es negociable. Está legalizando que el fuerte disponga del frágil. Está diciendo —aunque lo diga con papel sellado— que hay seres humanos cuyo primer derecho, la vida, puede ser suspendido por voluntad ajena.

Eso no es derecho elevado. Eso es corrupción de la ley.

Y aquí la narrativa de la orfandad vuelve a clavarse en el pecho, porque la ley —la ley auténtica— debió ser madre simbólica: debió proteger al pequeño cuando el mundo no quería. Debió ser el brazo institucional que dice “aquí cabes”. Debió ser la barrera que impide que el fuerte devore al débil. Si la ley no protege al inocente, la sociedad entera se vuelve huérfana: huérfana de autoridad legítima, huérfana de sentido, huérfana de bien común.

Por eso el aborto no es solo una tragedia privada. Es una escuela pública de impiedad. Una pedagogía de la indiferencia. Un entrenamiento social para no temblar ante la inocencia.

Y el día en que una civilización deja de temblar ante un inocente eliminado, ese día algo irreparable empieza a suceder: el mundo se acostumbra a vivir sin el más pequeño. Se hace habitable para los fuertes e inhabitable para los frágiles. Se vuelve un lugar donde existir es un permiso, no un don.

El corazón lo percibe, aunque no lo formule. Y por eso, incluso quienes no hablan de filosofía ni de derecho, sienten que en esto hay algo que toca la raíz. Porque la raíz no es ideológica: es humana. La raíz es que el ser humano nace para ser recibido, no para ser evaluado.

Ahora bien: en esta cuna vacía invertida hay un detalle que debería quebrarnos por dentro, y sin embargo la época lo pasa de largo.

En la orfandad clásica, el niño queda sin madre y el mundo lo mira con piedad. Hay flores. Hay pésame. Hay silencio respetuoso. Hay un reconocimiento: “esto está mal y nos duele”.

En la orfandad del aborto, el niño queda sin mundo y el mundo debate si era alguien. Y esa discusión —ese intento de decidir por lenguaje lo que la naturaleza ya ha dicho— es una forma de crueldad adicional: convertir al inocente en objeto de disputa para no darle lo que se le debe por ser quien es.

Pero hay más. Porque esta orfandad no solo deja sin madre al hijo; deja sin hijo a la humanidad.

Un hijo no es una idea: es una promesa concreta de porvenir. Es la continuidad del hogar. Es el rostro de la dependencia que obliga a la sociedad a mantenerse humana. Cuando los hijos se vuelven prescindibles, el futuro se vuelve un lujo, y el bien común se reduce a comodidad inmediata.

Y entonces el mundo se enfría.

Se enfría como se enfría una casa cuando falta la madre. Solo que aquí falta algo más: falta el temblor, falta la reverencia, falta la conciencia de lo sagrado. Faltan las lágrimas donde deberían estar. Falta el “no” donde debería existir un límite infranqueable.

Y por eso, si al inicio la orfandad dolía como una herida inevitable, al final debe doler más esta otra, porque es la misma materia —vacío, mesa, silla, aire— pero atravesada por una perversión: el vacío ya no lo trajo la muerte; lo trajo el permiso.

No se trata de gritar. Se trata de decir la verdad hasta el fondo: una sociedad que normaliza la eliminación del inocente fabrica huérfanos de un modo que ni siquiera permite nombrarlos. Y una sociedad que fabrica huérfanos se fabrica a sí misma como orfanato: un lugar sin hogar, un mundo sin madre.

Y todavía falta decir lo más grave. Lo que no se ve en la madera, ni se oye en la silla inmóvil, ni se mide en el lugar vacío de la mesa. Falta nombrar la orfandad que no ocurre solo en una casa, sino en el ser mismo del mundo.

Porque la vida humana no es un accidente sin autor. No es un capricho biológico que aparece y desaparece como espuma. La vida —cada vida— llega con una dirección inscrita. Con una vocación. Con un sentido que la precede. Antes de que el niño tenga nombre, ya existe un nombre que lo llama. Antes de que la madre lo abrace, ya existe un designio que lo mira. Antes de que el mundo lo acepte o lo rechace, hay un orden de creación que lo reclama como suyo.

Eso es el plan: no una planificación mecánica, sino un orden amoroso en el que cada criatura tiene lugar. El mundo es hogar porque no es improvisación: porque está tejido por una intención superior, por una arquitectura de sentido. Y el hombre, cuando lo olvida, no se vuelve libre: se vuelve huérfano del cielo.

Por eso el aborto no es solo una injusticia humana. Es una blasfemia ontológica: el gesto por el cual una voluntad finita pretende corregir al Ser, tachar una existencia como si fuese un error, y declarar prescindible lo que fue querido. Es como si la criatura se sentara, con lápiz y borrador, encima de la obra del Creador y dijera: “esto no debe estar”.

El mundo moderno no soporta esa idea porque la acusa. Prefiere imaginar un universo sin intención, porque así nadie responde ante nadie. Pero un universo sin intención se vuelve un desierto moral: allí todo es negociación, todo es permiso, todo es fuerza. Y entonces la vida deja de ser don y se vuelve intrusa.

Y esa es la orfandad metafísica: la renuncia a ser hijo.

El hombre que deja de reconocerse hijo de Dios empieza a vivir como dueño absoluto. Ya no recibe el ser: lo administra. Ya no agradece la vida: la calcula. Ya no la protege: la selecciona. Y en esa selección, sin darse cuenta, reproduce el desamparo. Porque cuando se rompe la filiación con el Padre, inevitablemente se rompe la maternidad. Se rompe el hogar. Se rompe el sentido del cuidado. Se rompe la noción misma de criatura.

En un mundo que se declara sin Padre, la madre deja de ser sacramento y se vuelve función. El hijo deja de ser misterio y se vuelve proyecto. La familia deja de ser altar y se vuelve arreglo. Y el aborto aparece entonces no como “excepción”, sino como coherencia cruel: si no hay plan, no hay llamado; si no hay llamado, no hay deber; si no hay deber, lo único que queda es la voluntad del fuerte.

Y el fuerte siempre termina fabricando huérfanos.

Por eso esta cuna vacía —esta cuna vacía sin duelo— no es solo una escena dolorosa. Es un signo de apostasía práctica: el mundo intenta reorganizarse como si el cielo no existiera, y al hacerlo, rompe las cuerdas invisibles que lo sostenían. Y cuando esas cuerdas se rompen, todo empieza a caer: primero la reverencia, luego la justicia, luego el amor.

Al final, la orfandad no es solo del niño al que no se dejó entrar. Es del mundo entero que ya no sabe por qué debe proteger, por qué debe temblar, por qué debe amar. Es la orfandad del plan: la creación tratada como materia sin sentido, como tierra sin semilla, como casa sin dueño.

Y entonces sí, se entiende la profundidad de ese crujido inicial.

Porque ese crujido no venía solo de la madera. Venía de algo más alto: del orden mismo del ser que protesta en silencio cuando se le violenta. Venía de la realidad reclamando su verdad. Venía del plan reclamando su lugar.

La orfandad clásica deja una silla vacía.

La orfandad del aborto deja una cuna vacía.

La orfandad metafísica deja algo todavía peor: deja al mundo sin techo interior. Sin Padre. Sin Madre. Sin hijos. Y una creación sin filiación es una creación sin hogar: una intemperie con luces.

Y aquí, para cerrar, no basta una imagen más. Hace falta una sentencia que sea a la vez refugio y juicio; una frase donde la justicia y la misericordia no se contradigan, sino que se abracen; una frase que, pronunciada en el instante más alto del dolor, reordena el mundo.

Si el hombre es huérfano, es porque se le niega su pertenencia.
Si el hijo es lo absolutamente débil, es porque solo puede vivir recibido.
Si la justicia consiste en dar a cada uno lo suyo, lo primero que se debe al inocente es la vida.
Y si la vida es don, no permiso, entonces el fundamento último de toda protección no es la emoción, sino la filiación: el hombre es protegido porque es hijo.

Por eso, cuando todo parece perdido y el mundo parece quedarse sin hogar, en la cima de la Cruz, Cristo no deja una teoría: deja una Madre. No pronuncia un concepto: pronuncia una pertenencia. No ofrece un argumento: ofrece un refugio para el corazón humano y una acusación para todo orden que quiera vivir sin piedad.

Y así, como última luz sobre todas las cunas vacías —las de la fatalidad, las del permiso y las de la rebeldía metafísica— queda dicha la palabra que devuelve al mundo su centro y al hombre su condición de hijo:

“HIJO, AHÍ TIENES A TU MADRE.”

jueves, 19 de febrero de 2026

SEÑALA LA FSSPX QUE LOS OBISPOS QUE CONSAGRARÁ 'NO SE ARROGARÁN NINGUNA JURISDICCIÓN CONTRA LA VOLUNTAD DEL PAPA' Y POR LO TANTO 'NO SERÁN CISMÁTICOS'


 

Published: febrero 19, 2026

 La Fraternidad Sacerdotal San Pío X ha reiterado dos cosas:


  • Que consagrará nuevos obispos el próximo mes de julio
  • Que no serán «cismáticos».


Ha explicado que, «apoyándose en toda la teología tradicional y en la enseñanza constante de la Iglesia, que una consagración episcopal no autorizada por la Santa Sede, cuando no va acompañada ni de una intención cismática ni de la colación de la jurisdicción, no constituye una ruptura de la comunión de la Iglesia.»


La argumentación está expuesta en el Anexo II que envió al Dicasterio para la Doctrina de la Fe del Vaticano. y que reproducimos a continuación.


Orden y jurisdicción: la inanidad de la acusación de cisma

19 Febrero 2026


La Fraternidad se defiende de toda acusación de cisma y considera, apoyándose en toda la teología tradicional y en la enseñanza constante de la Iglesia, que una consagración episcopal no autorizada por la Santa Sede, cuando no va acompañada ni de una intención cismática ni de la colación de la jurisdicción, no constituye una ruptura de la comunión de la Iglesia.


  • La constitución Lumen gentium sobre la Iglesia establece en el capítulo III, n.° 21, que el poder de jurisdicción es conferido por la consagración episcopal al mismo tiempo que el poder de orden.
  • El decreto Christus Dominus sobre el ministerio pastoral de los obispos en la Iglesia enuncia lo mismo en su preámbulo, n.° 3.
  • Y esta afirmación es retomada por el Código de Derecho Canónico de 1983, en el canon 375 § 2. 


Ahora bien, en la Iglesia, la recepción del poder episcopal de jurisdicción depende, por derecho divino, de la voluntad del Papa, y el cisma se define precisamente como el acto de quien se arroga una jurisdicción de forma autónoma y sin tener en cuenta la voluntad del Papa. Por ello, según estos documentos, una consagración episcopal realizada contra la voluntad del Papa sería necesariamente un acto cismático.


Este argumento, que pretende concluir que las futuras consagraciones episcopales dentro de la Fraternidad serían cismáticas, se basa enteramente en el postulado del Concilio Vaticano II según el cual la consagración episcopal confiere tanto el poder de orden como el de jurisdicción.


Sin embargo, en opinión de pastores y teólogos cuya autoridad era reconocida en el momento del Concilio Vaticano II, este postulado no es tradicional y carece de fundamento sólido.


  • Durante el Concilio, el Cardenal Browne y Monseñor Luigi Carli lo demostraron en sus comentarios escritos sobre el esquema de la futura constitución Lumen Gentium.
  • Monseñor Dino Staffa hizo lo mismo, basándose en los datos más contrastados de la Tradición.

Pío XII declaró en tres ocasiones, en Mystici Corporis en 1943, en Ad Sinarum Gentem en 1954 y en Ad Apostolorum Principis en 1958, que el poder episcopal ordinario de gobierno del que gozan los obispos, y que ejercen bajo la autoridad del Sumo Pontífice, les es comunicado de manera inmediata, es decir, sin la mediación de la consagración episcopal, por el mismo Sumo Pontífice: «immediate sibi ab eodem Pontifice Summo impertita». Si este poder les es conferido de manera inmediata por el solo acto de la voluntad del Papa, no se ve cómo podría derivarse de la consagración. 


Tanto más cuanto que la mayoría de los teólogos y canonistas niegan absolutamente que la consagración episcopal otorgue el poder de jurisdicción.


Y la disciplina de la Iglesia contradice esta tesis.


En efecto, si el poder de jurisdicción es conferido mediante la consagración, ¿cómo es que un Sumo Pontífice elegido, que aún no hubiera sido consagrado obispo, posee por derecho divino la plenitud del poder de jurisdicción, así como la infalibilidad, desde el mismo momento en que acepta su elección?


Siguiendo esta misma lógica, si es la consagración la que confiere la jurisdicción, los obispos residenciales nombrados, pero aún no consagrados, aunque ya estén establecidos al frente de su diócesis como verdaderos pastores, no tendrían ningún poder de jurisdicción ni ningún derecho a participar en los concilios, cuando en realidad sí tienen estas dos prerrogativas antes de su consagración episcopal.


En cuanto a los obispos titulares, que no gozan de autoridad sobre ninguna diócesis, habrían estado privados durante siglos del ejercicio de un poder de jurisdicción que, según Lumen Gentium, habrían recibido en virtud de su consagración.


Si se objeta que la consagración ya confiere un poder de jurisdicción propiamente dicho, pero que requiere la intervención del Papa para poder ejercerse concretamente, respondemos que esta distinción es artificiosa, ya que Pío XII afirma claramente que es el poder de jurisdicción en su esencia lo que es comunicado inmediatamente por el Papa, quien, por tanto, no se limita simplemente a realizar una condición necesaria para el recto ejercicio de dicho poder. 


Los obispos que serán consagrados el próximo 1 de julio como auxiliares de la Fraternidad no se arrogarán, por tanto, ninguna jurisdicción contra la voluntad del Papa, y no serán en modo alguno cismáticos.


Nota: En cuanto a la pena de excomunión, la Fsspx ha señalado que el propio Derecho Canónico establece que ésta no se aplica cuando existe un estado de necesidad, como es el caso actual.