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martes, 21 de julio de 2026

NADA SATIFACE


«Mi Señor, no conozco aquí abajo nada que dure, nada que satisfaga. Los placeres llegan y se van; apago mi sed y estoy sediento otra vez. Pero los santos en el cielo tienen siempre su mirada fija en ti, y beben en la eterna bendición de tu amado, benévolo, sumamente tremendo y glorioso semblante»

 Card. John H. Newman

viernes, 29 de mayo de 2026

¡DESGRACIADOS!



"¡Desgraciados los que han muerto sin cumplir su misión, los que llamados a la gracia han vivido en pecado, los que invitados a adorar a Cristo han preferido el mundo incrédulo y loco, los que convocados a luchar han permanecido ociosos, los que invitados a ser católicos se han detenido en la religión de sus padres!

          ¡Triste destino el de quienes recibieron dones y no los han usado o los han usado mal; alcanzaron riquezas y las gastaron sólo en sí mismos; tuvieron talento, y defendieron lo pecaminoso, ridiculizaron lo verdadero o sembraron dudas contra lo sagrado; dispusieron de tiempo, y lo dilapidaron con malas compañías, libros perversos o diversiones frívolas! ¡Pobres aquellos que, siendo alabados por su vida anodina o naturalmente bondadosa, nunca intentaron purificar sus corazones y vivir en la presencia de Dios!"

     John Henry Newman, Discursos sobre la fe.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

RESULTA ABSURDO CALLAR UNA DOCTRINA CUANDO LO QUE HACE FALTA ES EXPLICARLA Y DIFUNDIRLA



San Juan Henry Newman, recientemente proclamado Doctor de la Iglesia por Su Santidad el Papa León XIV, defendió el título de Corredentora ante un prelado anglicano que se había negado a reconocerlo. Declaró: 

«Cuando te encontraran con los Padres llamándola Madre de Dios, Segunda Eva, Madre de todos los vivientes, Madre de la Vida, Estrella de la Mañana, Nuevo Cielo Místico, Cetro de la Ortodoxia, Madre Inmaculada de la Santidad y títulos semejantes, habrían considerado una pobre compensación por tal lenguaje el que protestaras contra que se la llamara Corredentora».

El término Corredentora, que por sí mismo denota una simple cooperación en la Redención de Jesucristo, lleva desde hace varios siglos, tanto en el lenguaje teológico como en la enseñanza del Magisterio ordinario, el significado específico de una COOPERACIÓN secundaria y dependiente. Luego, basta enseñar este carácter secundario y dependiente de la función de María en dicha cooperación. Resulta absurdo callar (suprimir en la práctica) una doctrina cuando lo que hace falta es explicarla y difundirla, como debe realizarse con todas las demás. De otra manera, con el mismo pretexto (de que podrían mal entenderse), habría que callar (suprimir en la práctica) también todas las otras verdades. 

Todo hace suponer que en realidad lo que pretende el cardenal "Tucho" es, con pretextos "ecuménicos", eliminar aquella doctrina que es DEMASIADO CATÓLICA para los protestantes (y también para modernistas como él). Afortunadamente, la mayoría del pueblo fiel con su sensus fidei ha rechazado esta imposición contraria al honor de la Santísima Virgen, aunque no faltarán los ingenuos que, de buena fe, sí caigan en la trampa.

jueves, 6 de junio de 2024

TRISTE DESTINO



"¡DESGRACIADOS los que han muerto sin cumplir su misión, los que llamados a la gracia han vivido en pecado, los que invitados a adorar a Cristo han preferido el mundo incrédulo y loco, los que convocados a luchar han permanecido ociosos, los que invitados a ser católicos se han detenido en la religión de sus padres!

          ¡TRISTE DESTINO el de quienes RECIBIERON DONES y NO LOS HAN USADO o los han usado mal; alcanzaron riquezas y las gastaron sólo en sí mismos; tuvieron talento, y defendieron lo pecaminoso, ridiculizaron lo verdadero o sembraron dudas contra lo sagrado; dispusieron de tiempo, y lo dilapidaron con malas compañías, libros perversos o diversiones frívolas! ¡Pobres aquellos que, siendo alabados por su vida anodina o naturalmente bondadosa, nunca intentaron purificar sus corazones y vivir en la presencia de Dios!"

- John Henry Newman, Discursos sobre la fe.


jueves, 13 de abril de 2023

EL TIEMPO DEL ANTICRISTO


Palabras proféticas del Cardenal John H. Newman dichas en 1873 y tomadas de Cuatro sermones sobre el Anticristo, Ediciones del Pórtico, Buenos Aires, 1999, traducción por el p. Carlos A. Baliña, págs. 33-35. 

 Por el momento, estaría fuera de lugar decir algo más que esto. Sin embargo insistiré en una particular circunstancia contenida en las palabras de San Pablo, que en parte ya he comentado. 

Está escrito que “vendrá una apostasía y que el hombre de pecado será revelado”. En otras palabras, el Hombre de Pecado nace de una apostasía, o por lo menos accede al poder por medio de una apostasía, o es precedido por un apostasía, o no existiría si no fuese por una apostasía. Eso dice el texto inspirado; ahora bien, observemos, tal como dable apreciar en la historia, de qué modo el curso de la Providencia permite interpretar la predicción. 

En primer lugar, tenemos una interpretación en el episodio de Antíoco previo a los sucesos contemplados en la profecía. Los israelitas o por lo menos un gran número de ellos, abandonaron su sagrada religión, y recién entonces le fue permitido el enemigo en escena. 

Luego tenemos el caso de la emperador apóstata Juliano, quién intentó subyugar a la Iglesia por medio de astucias, y reintroducir el paganismo; es de notar que fue precedido e incluso criado por la herejía, por aquella primera gran herejía que perturbó la paz y la pureza de la Iglesia. 

Aproximadamente cuarenta años antes de que él se convertirse en emperador, surgió la pestilente herejía arriana, la cual negaba que Cristo fuese Dios. Hizo su camino entre las cabezas de la Iglesia como un cáncer, de tal modo que por medio que la traición de algunos y los errores de otros, llegó al punto de dominar sobre la Cristiandad. Los pocos hombres santos y creyentes, testigos de la Verdad, gritaron con pavor y terror, frente a la apostasía, que el Anticristo se acercaba. Lo llamaron “el precursor del Anticristo”[37]. Y ciertamente sus Sombra llegó. Juliano fue educado en el seno del arrianismo por algunos de sus principales sostenedores. Su tutor fue aquel Eusebio del cual sus partidarios tomaron su nombre; a su debido tiempo cayó en el paganismo, convirtiéndose en un perseguidor de la Iglesia y fue removido antes que completase el breve período que durará el reinado del verdadero Anticristo. 

En tercer lugar, se levantó otra herejía de consecuencias mucho más perdurables y de mayor envergadura; era de un carácter doble, de dos cabezas, podría decirse: el Nestorianismo y el Eutiquismo, en apariencia opuestas una a la otra, más unidas en torno a un fin común: negar de un modo u otro la realidad de la graciosa encarnación de Cristo, teniendo así a destruir la fe de los cristianos, no menos ciertamente, e incluso de modo más insidioso que la herejía de Arrio. Se extendió a través de Oriente y Egipto, corrompiendo y envenenando aquellas Iglesias que en un tiempo ¡Ay!, habían sido las más florecientes, las primeras moradas y los baluartes de la verdad revelada. A partir de esta herejía, o por lo menos por medio de ella, surgió el impostor Mahoma, y compuso su credo. He aquí, por lo tanto, otra particular Sombra del Anticristo. 

En lo que respecta al cuarto y último ejemplo, que he podido tomar de la generación que ha precedido inmediatamente la nuestra, me limitaré a observar que de modo similar los ejemplos citados, la Sombra del Anticristo ha surgido de una apostasía, de un abandono de la fe en favor de doctrinas infieles, de la apostasía sin dudas más inicua y más blasfema que el mundo ha conocido[38]. 

Todos estos ejemplos nos plantean los siguientes interrogantes: ¿surgirá enemigo de Cristo y de Su Iglesia a partir de un especial apartamiento de Dios? ¿No hay acaso motivos para temer que dicha apostasía se esté preparando gradualmente, reuniendo, madurando en nuestros mismos días? ¿Acaso no existe en este mismo momento un especial empeño en casi todo el mundo en prescindir de la religión, más o menos evidente en este o en aquel lugar, pero más visible y formidablemente en aquellas regiones más civilizadas y poderosas? ¿No existe acaso un consenso reciente de que una nación no tiene nada que ver con la religión, de qué se trata de algo concerniente sólo a la conciencia individual? Lo que es lo mismo que decir que podemos dejar que la Verdad desaparezca de la faz de la tierra sin que hagamos nada por evitarlo. ¿No existe un movimiento vigoroso y unificado en todos los países destinado a privar a la Iglesia de Cristo de su poder y posición? ¿No existe un empeño febril y permanente por deshacerse de la necesidad de la Religión en los asuntos públicos?, por ejemplo el intento de desembarazarse de los juramentos con la excusa de que son demasiado sagrados para los asuntos de la vida corriente, en vez de asegurarse de que fuesen proferidos de modo más reverente y conveniente. ¿No existe el intento de educar sin religión, o sea, poniendo a todas las formas de religión al mismo nivel? ¿No existe la tentativa de reforzar la templanza, y todas las virtudes que brotan de ella, sin religión, por medio de sociedades basadas en meros principios de utilidad; de hacer de la conveniencia y no de la verdad, el fin y la norma de las decisiones del Estado y de la constitución de las leyes; de hacer de los números, y no de la Verdad, el criterio para sostener o no éste o aquél artículo de fe, como si hubiera en la Escritura fundamentación para sostener que los muchos tienen la razón y los pocos no; de privar a la Biblia de su sentido principal, de modo de hacernos pensar que ésta posee cien significados, todos igualmente verdaderos, o en otras palabras, que no posee significado alguno, que es letra muerta, y que puede ser dejada de lado; de reemplazar la religión en su conjunto, en cuanto es externa y objetiva, y expresada en leyes y palabras escritas, por algo meramente subjetivo, de confinarla a nuestros sentimientos internos, y de este modo, dada su inestabilidad y variabilidad, de destruir en definitiva la religión? 
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 [37] Πρόδρоμоς ’Αντιχρίστσν. “Ahora es la Apostasía puesto que los hombres se han apartado de la recta fe. Ésta es pues la Apostasía y debe esperarse la venida del enemigo”, San Cirilo de Jerusalén, Catech., 15,9. 
[38] Todo este párrafo no aparece en el texto inglés sino en la versión francesa: L’Antichrist, Editions Ad Solem, Geneve. 1955. Newman hace aquí alusión a la Revolucion Francesa y al ascenso de Napoleón al poder [nota del tradictor]


sábado, 4 de junio de 2022

TRISTE DESTINO por el Cardenal Newman


"¡Desgraciados los que han muerto sin cumplir su misión, los que llamados a la gracia han vivido en pecado, los que invitados a adorar a Cristo han preferido el mundo incrédulo y loco, los que convocados a luchar han permanecido ociosos, los que invitados a ser católicos se han detenido en la religión de sus padres!

¡Triste destino el de quienes recibieron dones y no los han usado o los han usado mal; alcanzaron riquezas y las gastaron sólo en sí mismos; tuvieron talento, y defendieron lo pecaminoso, ridiculizaron lo verdadero o sembraron dudas contra lo sagrado; dispusieron de tiempo, y lo dilapidaron con malas compañías, libros perversos o diversiones frívolas! ¡Pobres aquellos que, siendo alabados por su vida anodina o naturalmente bondadosa, nunca intentaron purificar sus corazones y vivir en la presencia de Dios!".

     John Henry Newman, Discursos sobre la fe.


jueves, 3 de febrero de 2022

EN LA HORA POSTRERA


"¡Oh Señor y Salvador nuestro, ayúdanos en aquella hora con la fuerza de tus Sacramentos y la suavidad de tus consuelos! Que las palabras de absolución desciendan sobre mí, y el santo óleo me unja, y tu Cuerpo sea mi comida, y tu Sangre que rocíe. Que mi dulce Madre María respire sobre mí, y mi ángel me susurre paz, y mi querido padre San Felipe (Neri) me sonría, de modo que yo obtenga el don de la perseverancia y muera, como deseo vivir, en Tu fe, Tu Iglesia, Tu servicio y Tu amor."

 John Henry Newman.

martes, 10 de agosto de 2021

DIOS TE LLAMA PERSONALMENTE


"Te llama por tu nombre, seas quien seas, Dios se fija en ti a titulo individual. Te llama por tu nombre.  

Te ve y te comprende tal como te hizo. Sabe lo que hay en ti, conoce todos los pensamientos y sentimientos que te son propios, todas tus disposiciones y gustos, tu fuerza y tu debilidad.  

Te ve en tus días alegres y también en los de tristeza. Se solidariza con tus esperanzas y tus tentaciones. Se interesa por todas tus ansiedades y recuerdos, por todos los altibajos de tu espíritu.  

Ha contado los cabellos de tu cabeza y ha medido tu estatura. Te rodea con sus cuidados y te lleva en sus brazos, te alza y te deposita en el suelo.  

Ve tu auténtico semblante ya esté sonriendo o cubierto de lágrimas, sano o enfermo. Vigila con ternura tus manos y tus pies, oye tu voz, el latido de tu corazón y hasta tu respiración.  

Tú no te amas a ti mismo más de lo que Él te ama". 

John Henry Cardenal Newman

lunes, 18 de mayo de 2020

LA FUERZA DEL PARÁCLITO


"Sólo sé una única cosa: que según sea nuestra necesidad, así será nuestra fuerza. Estoy seguro de una cosa, que cuanto más se enfurezca el enemigo contra nosotros, mucho más intercederán los santos en el cielo por nosotros; cuanto más terribles sean nuestras pruebas por parte del mundo, más presentes nos serán nuestra Madre María, nuestros buenos Patrones y Ángeles de la Guarda; cuanto más malévolas sean las estratagemas de los hombres contra nosotros, un grito de súplica más fuerte se elevará desde el seno de la Iglesia entera hacia Dios por nosotros. No nos quedaremos huérfanos, tendremos dentro de nosotros la fuerza del Paráclito, prometida a la Iglesia y a cada uno de sus miembros".

John Henry cardinal Newman

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martes, 28 de mayo de 2019

"TENDREMOS DENTRO DE NOSOTROS LA FUERZA DEL PARÁCLITO"


«Sólo sé una única cosa: que según sea nuestra necesidad, así será nuestra fuerza. Estoy seguro de una cosa, que cuanto más se enfurezca el enemigo contra nosotros, mucho más intercederán los santos en el cielo por nosotros; cuanto más terribles sean nuestras pruebas por parte del mundo, más presentes nos serán nuestra Madre María, nuestros buenos Patrones y Ángeles de la Guarda; cuanto más malévolas sean las estratagemas de los hombres contra nosotros, un grito de súplica más fuerte se elevará desde el seno de la Iglesia entera hacia Dios por nosotros. No nos quedaremos huérfanos, tendremos dentro de nosotros la fuerza del Paráclito, prometida a la Iglesia y a cada uno de sus miembros».

Cardenal John Henry Newman

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martes, 31 de julio de 2018

ODA A LA BUENA MUERTE


"Oh Señor y Salvador mío, fortaléceme en aquella hora con los brazos vigorosos de tus sacramentos y con la fresca fragancia de tus consuelos. Que se pronuncien sobre mí las palabras absolutorias y que sea signado y sellado con los santos óleos y que tu propio Cuerpo sea mi alimento. Permite que mi ángel me susurre con un mensaje de paz, y que mis gloriosos santos me sonrían: para que en su compañía y por su mediación reciba yo el don de la perseverancia, y muera, tal como deseo vivir, en tu fe, en tu Iglesia, en tu santo servicio, y en tu amor".

John Henry Newman

lunes, 20 de mayo de 2013

ODA A LA BUENA MUERTE


¡Oh Señor y Salvador mío!, fortaléceme en aquella hora con los brazos vigorosos de tus Sacramentos y con la fresca fragancia de tus consuelos. Que se pronuncien sobre mí las palabras absolutorias y que sea signado y sellado con los Santos óleos; que tu propio Cuerpo sea mi alimento y que sea rociado con tu propia Sangre; permite que me aliente mi dulce Madre María, y que mi ángel me susurre con un mensaje de paz, y que mis gloriosos santos me sonrían: para que en su compañía y por su mediación reciba yo el don de la perseverancia y muera, tal como deseo vivir, en tu fe, en tu Iglesia, en tu santo servicio, y en tu amor. 

John Henry -Cardenal- Newman



DEPRECACIÓN AL SANTÍSIMO PATRIARCA SEÑOR SAN JOSÉ


José, tu santo nombre sea bendito,
el orbe entero tu grandeza cante;
Yo, tu humilde devoto, me limito
a pedirte con fe y amor constante,
que mi vida en el postrer instante
no escuche la sentencia del prescito*.

Para esa hora, José, tu gran valía
confiado invoco, tu poder me valga, 
y cuando mi alma de mi cuerpo salga
oprimida con la última agonía, 
desde el Cielo hacia mí tu diestra alarga:
¿Sabes por quién lo pido?...Por María.

*Nota: Prescito = condenado
-Estas oraciones pueden rezarse para uno mismo o adecuándolas para un tercero.


SOLICITAMOS SUS ORACIONES

Sma. Virgen del Rocío

Nos reportan que una amiga-lectora de nuestro blog se encuentra hospitalizada, sumamente grave y en fase terminal. Hagamos una oración para que el Señor y su Santísima Madre la asistan. Con todo afecto y cariño para Rocío (excelente católica, madre, esposa e hija) y su familia.


martes, 28 de agosto de 2012

DIOS SE INTERESA POR TI por el Cardenal Newman


Te llama por tu nombre,
seas quien seas,
Dios se fija en ti a titulo individual.
Te llama por tu nombre.
Te ve y te comprende tal como te hizo.
Sabe lo que hay en ti, conoce todos los pensamientos
y sentimientos que te son propios,
todas tus disposiciones y gustos, tu fuerza y tu debilidad.
Te ve en tus días alegres y también en los de tristeza.
Se solidariza con tus esperanzas y tus tentaciones.
Se interesa por todas tus ansiedades y recuerdos,
por todos los altibajos de tu espíritu.
Ha contado los cabellos de tu cabeza y ha medido tu estatura.
Te rodea con sus cuidados y te lleva en sus brazos,
te alza y te deposita en el suelo.
Ve tu auténtico semblante ya esté sonriendo
o cubierto de lágrimas, sano o enfermo.
Vigila con ternura tus manos y tus pies,
oye tu voz, el latido de tu corazón y hasta tu respiración.
Tú no te amas a ti mismo más de lo que Él te ama.


Autor: 
John Henry Cardenal Newman
Sermones Parroquiales, N° 9
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viernes, 18 de noviembre de 2011

CARDENAL JOHN HENRY NEWMAN: LOS FIELES Y LA TRADICIÓN (EL PAPEL DE LOS LAICOS)

Cardenal John H. Newman
declarado Beato por Benedicto XVI

La revista Rambler que se había fundado en 1846 y era la única revista crítica y literaria que sostenía la causa católica en el ámbito intelectual inglés, pasaba en 1859 por momentos difíciles. Había empezado a irritar al cardenal Wiseman y a los obispos católicos, porque algunos de sus redactores (entre ellos Simpson, amigo personal de Newman) parecían disfrutar señalando las «deficiencias» católicas.

En realidad la revista había suscitado en el último decenio agrias polémicas entre los laicos y los obispos católicos. Los obispos pidieron a Newman  (entonces ya Doctor en Teología y que años más tarde -en 1879- alcanzaría la dignidad de cardenal) que mediara en el conflicto y éste aceptó hacerse cargo de la dirección. Consintió dirigir la revista porque, a la vez que servía a los laicos instruidos y conservaba un órgano de prensa valioso para ellos, ayudaba a los obispos a solucionar un conflicto y a mantener la paz entre los católicos. Desde el principio Newman puso reparos al tono de la revista Rambler, pero no a sus principios. Newman, que había aprendido que a la Iglesia la forman todos los que han recibido el Espíritu Santo, y que había aceptado la dirección de Rambler, un poco por los mismos motivos que había aceptado ser rector en la universidad de Dublín, decidió que debía defender abiertamente el puesto que ocupa el laicado en la Iglesia, pues una Iglesia sin laicos parecería una «cosa de tontos».

Los obispos católicos no entendían que Newman sostuviera que un laicado instruido y responsable era algo esencial para la Iglesia. Resultado: Newman tuvo que abandonar la dirección de Rambler. Pero en el número de julio Newman publicó su famoso artículo sobre "La consulta a los fieles en materia doctrinal", demostrando que las creencias de los fieles sencillos participan de lo que la Iglesia llama el consensus fidelium* que es una de las maneras de mantener y reconocer las verdades reveladas. Retomó una idea ya expuesta en su escrito "Los arrianos del siglo IV" y mostró de nuevo cómo en aquel período «la divina tradición confiada a la Iglesia infalible fue proclamada y sostenida mucho más por los fieles que por el episcopado», cuando «el dogma de la divinidad de nuestro Señor Jesucristo fue proclamado, inculcado, sostenido y (humanamente hablando) protegido mucho más por los oídos de los fieles que por las voces de los que predicaban» y cuando la mayor parte del «cuerpo del episcopado fue infiel al encargo que había recibido, mientras que el cuerpo del laicado fue fiel a su bautismo».

NOTA DE CATOLICIDAD: En ocasiones la historia es recurrente. Hoy en día se presenta una situación semejante: muchos laicos conservan el sensus fidei (sentido de la fe) y mantienen íntegra la fe bimilenaria de la Iglesia, es decir la de todos los papas y concilios, mientras que existen sacerdotes  y teólogos (e incluso jerarcas de la Iglesia) que se han contaminado -en mayor o menor grado- de los errores modernistas contra la fe, como lo advirtieron varios papas desde hace más de un siglo. En el extremo opuesto, se presenta un nuevo fenómeno: hay fieles que extralimitando el papel del laicado y arrogándose un falso derecho, sostienen errores contra el magisterio de la Iglesia y desobedecen a la jerarquía que enseña ese magisterio bimilenario. Ambos fenómenos son debidos a la actual crisis que atraviesa la Iglesia, en un proceso que desde la Silla de Pedro se ha denominado de "autodemolición", mismo que a pesar a todo, no podrá destruir totalmente la Iglesia, porque aunque ésta quedase reducida a un pequeño rebaño, siempre subsistirá por la promesa de Cristo de asistirla hasta la consumación de los siglos.

Los laicos tienen también una función fundamental en la Iglesia, en su propio ámbito, como sostenía el cardenal Newman.  Juegan un importante papel en la evangelización dentro de su propio entorno.  Naturalmente deben estar preparados en la verdadera doctrina católica de ese magisterio bimilenario y no seguir los errores modernistas de quienes quieren revolucionar la Iglesia y su doctrina, y las intentan transformar de un modo diferente a como nos las dejó Cristo. Los laicos deben dar testimonio de su fe y actuar en su familia, en su trabajo, en su medio social, deben llegar a donde no llega el sacerdote o la religiosa proclamando virilmente siempre su fe con convicción y valentía. Serán de mucha utilidad en la catequesis, con la pluma, con el consejo, con su testimonio de vida, etc. En ocasiones han tenido un papel crucial, como en el ejemplo que señalaba el cardenal Newman: durante la herejía arriana, el cuerpo del laicado fue fiel a su bautismo, mientras que la mayoría del cuerpo episcopal fue infiel al encargo recibido de Cristo a través de la Iglesia. Un laicado fiel, instruido y responsable es algo esencial para la Iglesia.

OBSERVACIÓN: Algunos paréntesis y precisiones en el texto son de Catolicidad.

*Nota: Consensus fidelium, cuando tomamos la universalidad de los fieles en el sentido histórico vemos que si toda la Iglesia, tanto el pueblo como los pastores, han creído -aceptado como revelada- una verdad, entonces no pueden errar.
Fuente: Apostolado Eucarístico. 
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miércoles, 20 de abril de 2011

SUFRIMIENTOS MORALES DE CRISTO DURANTE SU PASIÓN por el Cardenal Newman



Profundo escrito del cardenal John Henry Newman que párrafo a párrafo va in crescendo para eclosinar finalmente en la reflexión de los terribles sentimientos y dolores morales que padeció Nuestro Señor Jesucristo al tomar sobre sí todos los pecados cometidos por la humanidad. Es común la reflexión sobre los dolores físicos de nuestro Redentor, en cambio, pocas veces se habla de lo que fue aún mayor: sus terribles sufrimientos morales para redimirnos.


Cada uno de los episodios de la vida de Nuestro Señor y Sal­vador es de tan insondable profundidad que nos proporciona in­agotable materia de contemplación. Todo lo que concierne y se re­fiere a Dios es infinito, y lo que percibimos primeramente es sólo lo superficial de aquello que tiene su comienzo y término en la eternidad. Sería presuntuoso para cualquiera, salvo para santos y Doctores, pretender comentar las palabras y los hechos del Salva­dor, a no ser en la forma de meditación. Sin embargo la medita­ción y la oración mental son de tal manera un deber para aquellos que desean alimentar su fe verdadera en Dios, que se nos per­mite amados hermanos míos en Jesucristo, y guiados por los san­tos que nos han precedido, discurrir y explayarnos en estos temas que de no ser así, deberíamos más adorar que escudriñar. Ciertas épocas del año, especialmente la de Pasión, nos induce a que consideremos cuidadosa y minuciosamente aquellos pasajes del Evangelio considerados como los más sagrados. Preferiría que se me tildase de poco firme u oficioso en mis comentarios del Evangelio, antes que de ajeno a este tiempo de la Pasión. Ahora, pues, prosigo, aunque cualquier otro predicador individualmente pueda abstenerse de hacerlo, encauzando vuestros pensamientos hacia un tema, acerca del cual pocos de nosotros meditamos, y que es adecuadísimo para esta época; me refiero a los sufrimien­tos que padeció Nuestro Señor en su inmaculada e inocente alma.

Bien sabéis, hermanos míos en Jesucristo, que Nuestro Señor y Salvador, aunque era Dios, era también verdadero hombre; y por lo tanto poseía no solamente un cuerpo, sino también un alma como la nuestra, aunque, claro es, exenta de toda mácula. Je­sucristo no tomó el cuerpo sin alma. ¡Dios no lo permitiera! por­que entonces no hubiera sido verdadero hombre. Pues ¿cómo hu­biera podido santificar nuestra naturaleza, si tomaba otra que no fuera la nuestra? El hombre sin alma es como las bestias de los campos; pero Nuestro Señor vino al mundo para salvar a la especie humana que es capaz de adorarlo y obedecerlo, poseído de inmortalidad, aunque ésta hubiera perdido su bendición pro­metida. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, y esa imagen está en su alma; luego cuando su Hacedor, por una condescendencia inefable, se revistió de nuestra naturaleza, tam­bién tornó un alma que estuviera de acuerdo con el cuerpo, alma que fuera el medio de su unión con el cuerpo; Tomó en primer lugar el alma y luego el cuerpo humano, ambos a la vez, pero en este orden: el alma y el cuerpo. Dios mismo creó el alma que había de tomar para sí, mientras que su cuerpo lo tomó de la carne de la Bendita Virgen María, su madre. De este modo es como Dios se convirtió en hombre perfecto, con cuerpo y alma; y por eso se revistió de un cuerpo de carne y con nervios, y no sólo tomó un cuerpo de carne y nervios que admitiese las heridas y la muerte, y fuese capaz de sufrimientos, sino también un alma susceptible de estos sufrimientos, y aún más, susceptible de las penas y amar­guras propias del alma humana, por lo que, así como su cuerpo sufrió la Pasión expiatoria, así también la sufrió su alma.

Mientras estos solemnes días van transcurriendo, nos de­tendremos, especialmente, hermanos míos en Jesucristo, a consi­derar los sufrimientos corporales de la prisión de Jesús, su pere­grinación ante los jueces, sus golpes y heridas, sus azotes, la corona de espinas, los clavos, la Cruz. Todo esto está compen­diado en el Crucifijo que pende ante nuestra vista: todo esto está representado en su sacrosanta carne, pendiente de la Cruz, y al verlo se nos facilita la meditación. Pero con los sufrimientos de su alma ocurre de modo muy distinto. Esos sufrimientos no podemos representarlos ni investigarlos debidamente: se hallan muy por encima de todo sentimiento y pensamiento; y sin em­bargo se anticiparon al sufrimiento de su cuerpo. La agonía, sufrimiento del alma, no del cuerpo, fue el primer paso de su tremendo sacrificio: “Mi alma siente angustia de muerte”, nos dijo Jesús. Es más, todo lo que padecía en su cuerpo también lo padecía en su alma; y de este modo es como el cuerpo no era más que el conducto por el cual se vertían todos sus sufrimientos al verdadero centro de su pasión, que era su alma. Debemos de insis­tir en este hecho: os afirmo que no era (principalmente) el cuerpo el que sufría, sino el alma en el cuerpo; era el alma y no el cuerpo el centro de los sufrimientos del Verbo Eterno. Consideremos, entonces, que no existe pena en realidad, aunque haya un sufrimiento aparente, cuando se carece de sensibilidad interna o espiritual, ver­dadero centro o núcleo del sentir. Un árbol, por ejemplo, tiene vida, órgano, crece y decae, puede ser dañado e inutilizado; se seca y muere, pero no sufre, porque no tiene espíritu, ni prin­cipio sensitivo. Más donde existe este don del principio inmate­rial, es posible el dolor, siendo éste mayor en proporción a la cali­dad de dicho don. Si careciéramos de espíritu, sentiríamos lo que siente un árbol; si careciéramos de alma racional, no sentiríamos el dolor más de lo que lo siente el bruto, pero siendo hombres sen­timos el dolor como solamente lo sienten aquellos que poseen al­ma racional.
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Por esto, afirmo que los seres vivientes sienten de acuerdo al espíritu que los anima; el bruto siente mucho menos que el hombre, al no poder reflexionar acerca de lo que siente y al carecer de conciencia directa de sus sufrimientos. Por ende, el dolor es una prueba tan penosa que no podemos apartar el pen­samiento de él, mientras nos acosa. Flota ante nosotros, se po­sesiona de nuestro espíritu, se adueña de nuestros pensamientos para fijarlos en sí. Si logramos distraer la mente, parece que el do­lor se amortigua; por eso los amigos tratan de entretenernos cuando el dolor nos atormenta, porque el entretenimiento es dis­tracción. Este método suele dar buen resultado, cuando nos aque­ja un dolor leve, llegando hasta la insensibilidad del dolor mismo aún cuando suframos. Sucede generalmente que durante ejerci­cios violentos, o en el trabajo, los hombres se golpean o hieren de consideración, atestiguando la profundidad de sus heridas el sufrimiento que deben haber sentido en el momento de produ­círselas, aun cuando nada recuerden de ello. También en el fragor de la lucha los combatientes se infligen heridas que no se advier­ten por el dolor que les producen sino por la pérdida de sangre que experimentan.
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Un dolor persistente se torna intolerable
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Os demostraré muy pronto, hermanos en Jesucristo, cómo aplicaré lo que os acabo de exponer a los sufrimientos de Nues­tro Señor; pero primero quiero haceros otra observación: pode­mos soportar un instante de dolor, pero éste, si persiste, se torna intolerable. Tal vez llegaríais a exclamar que no podríais sopor­tar más; por eso los pacientes quisieran detener la mano del ci­rujano solamente porque éste les causa un sufrimiento continua­do; con esto digo que no es la intensidad lo que hace insoportable el dolor, sino su persistencia. ¿Acaso no son verdaderos filos de dolor el recuerdo de los momentos precedentes que actúan agu­damente sobre el doliente? Si el tercer, cuarto o vigésimo instante de dolor pudiera olvidarse, no existiría más que el primer momen­to, llevadero por ende, salvo el choque producido por ese primer dolor; pero lo que lo torna en insufrible es precisamente que es el vigésimo; pues, el primero, segundo, tercer momento hasta llegar al decimonono instante de dolor se concentran en el vigésimo; por eso cada instante adicional tiene toda la fuerza, la creciente fuerza, de todos los que le han precedido. Esta es la causa por la que los brutos parecen sentir tan poco el dolor, por carecer de reflexión y de conciencia. Ignoran su existencia, no reflexionan acerca de sí mismos, no miran ni al pasado ni hacia el futuro, pues cada ins­tante a medida que va sucediendo comprende su todo; camina por la superficie de la tierra, viendo esto o aquello, sufriendo las pe­nas, gozando en las alegrías, tomando las cosas como son y aban­donándolas luego, como les acontece a los hombres cuando sueñan. Tienen memoria, pero no memoria de ser racional. Reciben sensa­ciones particulares, pero no llegan a ejecutar nada por propia ini­ciativa, pues su capacidad no les permite reunir los elementos del que brotaría la consecuencia. Nada es para los animales ni reali­dad ni substancias, a no ser las sensaciones; aunque perciben suce­sivamente todas y cada una de sus impresiones. De esta manera es como, a semejanza de sus otros sentidos, el que percibe el dolor no es más que débil y oscuro, a pesar de su manifestación exterior. Lo que otorga especial poder y agudeza al dolor es la compresión intelectual del mismo, como difusión total a través de sucesivos momentos, y solamente el alma, que no posee el bruto, es capaz de aquella comprensión.
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Ahora bien, apliquemos todo esto a los sufrimientos de Nues­tro Señor. ¿Recordáis cuando se le ofreció vino mezclado con mirra, en el instante de su crucifixión? No quiso beberlo. ¿Por qué? Porque tal bebida habría adormecido su mente, y Cristo es­taba decidido a sufrir el dolor en toda su amargura. Sacad en con­clusión de todo esto, amados hermanos míos, el carácter de aque­llos sufrimientos. Jesús gustosamente hubiera escapado de ellos si hubiese sido la voluntad de su Padre: “Si es posible —dijo— aparta de mí este cáliz”, pero dado que no era posible, explica cal­mosamente y decididamente al Apóstol que quería salvarle de esos sufrimientos: “El cáliz que mi Padre me ha dado ¿no he de be­berlo?” Si tenía que sufrir, Él mismo se entregaría al sufrimiento. Cristo no vino a sufrir lo menos posible, ni a desviarse del su­frimiento, sino que lo enfrentó, y lo acometió, para que hasta la más pequeña porción de dolor cumpliera su cometido causán­dole la debida impresión. Y así como los hombres son superio­res a los animales y el dolor les afecta más que a éstos, ya que poseen inteligencia que les capacita para el dolor, lo que es imposible en el caso del bruto; así de la misma manera Nuestro Señor padeció el dolor corporal con tal observación y conciencia, y por ende con tan aguda intensidad, con tal unidad y percepción, que ninguno de nosotros puede ni rastrear ni mucho menos alcan­zarlo. Y esto era así porque su alma estaba absolutamente en su poder, y tan simplemente dueño de su atención, tan entregada al dolor y a la pena, tan absolutamente subordinada, tan sujeta al sufrimiento, que bien se puede decir que sufrió la totalidad de su pasión en cada instante de la misma.
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Recordad que Nuestro Señor era en este aspecto diferente a nosotros, pues aunque hombre perfecto, sin embargo existía en Él un poder superior a su alma y que la gobernaba, pues Cristo era Dios. El alma de los hombres mortales está sujeta a sus deseos, sentidos, impulsos, pasiones y perturbaciones; el alma de Cristo esta­ba sujeta únicamente a su Eterna y Divina Persona. Nada le acon­teció a su alma por azar o súbitamente; Nuestro Señor nunca fue sorprendido, nada le afectó sin haberlo Él deseado antes, nunca padeció pesares, ni temores, ni deseos, ni regocijos de espíritu, sin que Él no hubiese deseado estar apesadumbrado, o temeroso o de­seoso o regocijado. Cuando nosotros sufrimos, es a causa de agen­tes exteriores y emociones incontrolables de nuestro espíritu. Cae­mos involuntariamente bajo el yugo del dolor, sufrimos más o menos agudamente ciertas circunstancias accidentales, y ve­mos nuestra paciencia puesta a prueba por el dolor de acuer­do al estado de nuestro espíritu, por lo que tratamos, en lo posible de aliviarlo y evitarlo. Nos es imposible anticipar la ex­tensión del dolor que hemos de padecer, y tampoco calcular la ca­pacidad que poseemos para soportarlo. Tampoco podremos de­cir después por qué no lo hemos so­portado mejor. De modo muy distinto sucedió con Nuestro Señor. Su Persona Divina no estaba subordinada, ni podía ser expuesta al influjo de afectos y sentimientos humanos!, excepto cuando Él lo consentía. Lo repito, cuando Cristo quería temer, temía, cuando quería acongojarse, Él se acongojaba. No estaba su Corazón abier­to a las emociones, sino que voluntariamente daba cabida a los impulsos con los cuales Él se enternecía. Por consiguiente, cuando se decidió a soportar los dolores de su Pasión, lo hizo, como afirma el Sabio formalmente, con todo su poder, no a medias; no apartó su mente del dolor, como solemos nosotros hacer (¿cómo podría hacerlo Jesús, que vino a sufrir, y que sufría por propia volun­tad?), no dijo que sí y luego se desdijo, sino que lo que Cristo dijo, Cristo lo cumplió. Y así nos dice en el Evangelio: “He aquí que vengo a hacer tu voluntad, ¡oh Dios mío! Tú quieres el sacrificio y la ofrenda..”. Cristo tomó cuerpo mortal para poder sufrir, se hizo hombre para poder sufrir como hombre; y cuando hubo llegado su hora —aquella hora de Satanás y de tinieblas, en la cual el pecado iba a derramar toda su malicia sobre Él—, aconteció que se ofreció completamente en holocausto, y así como todo su Cuerpo pen­día de la Cruz, así también entregó a sus verdugos toda su Alma, dándose cuenta plenamente, con total conocimiento e inteligencia despiertísima, con cooperación viviente e intensidad absoluta, no como quien concede un permiso virtual o sumisión pusilánime. Todo esto fue lo que Cristo entregó a los que lo atormentaban. Su Pasión no fue un mero estado pasivo, sino verdadera acción. Cristo vivió enérgica e intensamente, mientras languidecía, se des­mayaba y moría. No murió sino por un acto de su voluntad, pues al inclinar su cabeza, lo hizo tanto en señal de acatar una orden como en señal de resignación. Por eso dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Cristo dio la orden: entregó su Al­ma, pero no la perdió.

Así vemos, amados hermanos míos, que si Nuestro Señor hu­biese sufrido solamente en su cuerpo, y aunque su sufrimiento no hubiese sido tan intenso como el que otros padecieron, sin embar­go, con relación al dolor, sería infinitamente mayor; pues el dolor se mide por el poder que se tiene para soportarlo y realizarlo. Dios era el que sufría, y sufría en su naturaleza humana. Los sufri­mientos pertenecían a Dios, y Cristo los bebió y apuró hasta el final del cáliz. No los probó o sorbió, como el hombre toma los me­dicamentos amargos que le ofrecen. Esto que os acabo de decir me sirve para refutar una objeción que voy a indicaros, y que tal vez ya bullía en la mente de muchos: algunos se olvidan la parte que el Alma de Nuestro Señor tuvo en la satisfacción por nuestros pecados.
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“Mi Alma siente angustias de muerte”
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Nuestro Señor nos dice al comienzo de su agonía: “Mi Alma siente angustias de muerte”. Todavía podéis haceros, hermanos míos, esta pregunta: ¿Es que acaso no poseía Cristo algún consuelo peculiar, desconocido para los demás, que disminuyera e impidiera la angustia de su Alma, y le hiciera sentir por lo tanto menos que a cualquier mortal? Por ejemplo, diréis, Cristo poseía una se­guridad y certeza de su inocencia cual ninguna otra víctima podía tener. Aun sus perseguidores, hasta el apóstol mendaz que lo trai­cionó, el juez que lo sentenció, y los soldados que llevaron a cabo su ejecución, atestiguaron su inocencia. “He pecado, entregando la sangre de un inocente”, dijo Judas. “Yo soy inocente de la sangre de este Justo”, afirmó Pilatos. “En verdad que, este hombre era un justo”, clamó el Centurión. Si aun todos esos, que eran pe­cadores, fueron testigos de su inocencia, ¡cuánto más lo habrá sen­tido su alma! Sabemos perfectamente que hasta en nuestro caso, siendo pecadores, gira principalmente acerca de la conciencia que tengamos de nuestra inocencia o de la culpa, nuestro poder para soportar la oposición de nuestros enemigos y la calumnia: cuánto más, me diréis, habrá compensado esa certeza, en el caso de Nues­tro Señor. También podréis objetar que Cristo sabía que sus su­frimientos eran cortos, que su fin sería glorioso. Si se tiene en cuenta que la incertidumbre por el futuro es uno de los más agu­dos tormentos que angustian al hombre, Cristo no pasaba esa an­siedad, pues Él no estaba en suspenso, ni sentía desaliento o deses­peración, ya que nunca, me diréis, fue abandonado. Para confir­mar todo esto podéis relatarme palabras de San Pablo, que expre­samente nos dice: “Gracias a la gloria que le aguardaba, Nuestro Señor despreció la vergüenza”. Ciertamente que en todo lo que Cristo hace se manifiesta maravillosa calma y dominio de sí mis­mo. Ejemplo de ello, sus consejos a los Apóstoles: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está pron­to, más la carne es flaca”, o sus palabras a Judas: “Amigo, ¿a qué has venido?” y “Judas, ¿con un beso vendes al Hijo del Hom­bre?” o a Pedro: “Todos los que tomaren espada, perecerán con la espada”, o al hombre que le abofeteó: “Si he hablado mal, mues­tra en qué está el mal, y si bien, ¿por qué me hieres?”, o a su Ma­dre Bendita: “Mujer, he ahí a tu Hijo”.

Todo esto es verdad, y mucho más se podría aducir de acuerdo, y para ilustrar lo que acabo de comentar. Hermanos míos amadísi­mos, únicamente habéis confirmado con estos ejemplos, y para emplear un lenguaje humano, que Cristo fue siempre el mismo. Su espíritu fue su centro, y ni por un instante perdió su equilibrio celestial y perfecto. Lo que Cristo sufrió, lo sufrió porque se colo­có a sí mismo, deliberada y tranquilamente, bajo el sufrimiento. Así como dijo al leproso: “Lo quiero: queda limpio”, y al paralíti­co : “Que, tus pecados te sean perdonados”, y al Centurión: “Yo iré y lo curaré”, y a Lázaro: “Levántate y anda”, y así dijo: “Aho­ra comenzaré a sufrir”, y comenzó su sufrimiento. Esto es la prue­ba de cómo gobernaba por completo su espíritu. En el momento pre­ciso, Cristo abrió las compuertas y el torrente se precipitó sobre Él con todo ímpetu. Esto es lo que nos dice San Marcos, de quien se afirma que escribió su Evangelio oyéndolo de los propios labios de San Pedro, uno de los tres testigos presentes en ese momento: “En esto llegaron al huerto llamado Gethsemianí, y dijo a sus discí­pulos: “Sentaos aquí mientras Yo hago oración”. Y llevándose a Pedro a Santiago y a Juan comenzó a atemorizarse y angustiarse”. Ved en esto cómo actuaba deliberadamente; Él se aparta a un lugar próximo y allí lanza la palabra de mando, retira de su alma el apoyo de la Divinidad, y entonces la desesperación, el terror y la melancolía hacen presa de Él. Cristo penetra en una agonía mental de acción tan definida, como lo serían para el cuerpo hu­mano, el fuego o el potro.
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En ese momento su Alma no pensó en el futuro
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Dado este hecho, amados hermanos míos, no es justo decir que Cristo estaba sostenido durante su prueba por la certeza de su inocencia y la anticipación del triunfo, pues, casualmente, la prue­ba que padecía consistía precisamente en la falta absoluta de esa seguridad y anticipación. El único acto que admitió una sola an­gustia sobre su Alma, admitía todas las angustias simultáneamente. No se trata de impulsos y puntos de vista antagónicos, provenientes del exterior sino de la acción de una resolución interior. Mucho más de lo que los hombres que poseen un dominio total sobre sí mismos y que pueden trasladar su pensamiento de uno a otro asun­to, según su deseo, hizo Jesús negándose el consuelo, y saciándose de sufrimientos. En ese momento su Alma no pensó en el futuro, sino solamente en la carga del presente, por la cual había venido al mundo a padecer.

Y ahora hermanos míos, ¿qué era eso que Cristo tenía que so­portar, cuando así abrió su Alma al torrente de la pena ya predes­tinada? ¡Ay! Jesús tenía que soportar lo que es bien conocido de nosotros, lo que nos es familiar, pero que para Él era pena inefable. Tenía que soportar aquello que es tan fácil para nosotros, tan na­tural, tan bienvenido, que no podemos pensar que se necesite tan­ta tolerancia para sufrirlo, pero que para Él tenía el sabor de mor­tal veneno. Cristo tenía, amados hermanos míos, que soportar el peso de nuestros pecados; tenía que soportar los pecados de la humanidad entera. El pecado es cosa fácil para nosotros; pensa­mos muy poco en él y no comprendemos cómo pudo preocupar tanto al Creador; no podemos forzar nuestra imaginación a creer que merece justo castigo, y aun cuando en el mundo reciba su merecido, lo justificamos o alejamos de nuestra mente. Mas, con­siderad lo que es el pecado en sí; es la rebelión contra Dios; es la acción de un traidor cuyo fin es el destronamiento y la muerte de su Soberano; es, si se me permite expresarme con rudeza, lo suficiente como para que el Conservador Divino del mundo cesará de serlo. El pecado es el mortal enemigo del Altísimo. Esta es la razón por la que Él y el pecado no pueden nunca convivir; y así como el Altísimo lo arroja de su presencia a las tinieblas, de la misma manera si Dios (hipotéticamente hablando) pudiera dejar de ser Dios, sería el pecado el que tendría el poder de hacerlo. Y aquí observad, amados hermanos míos, que una vez que el Amor Todopoderoso al tomar la carne, entró en este sistema de la creación y se sometió a Sí Mismo a sus leyes, entonces e inmediatamente este antagonista del bien y de la verdad, tomando ventaja de la ocasión, se arrojó sobre la carne que Cristo había tomado, y se afirmó en ésta, siendo cau­sante de su muerte. La envidia de los Fariseos, la traición de Judas, y la locura de las gentes, fueron los instrumentos o medios de expresión de la enemistad que sintió el pecado hacia la Eterna Pureza, no bien Dios, en su infinita misericordia hacia los hom­bres, púsose a Sí Mismo dentro de su alcance. El pecado no podía tocar a su Divina Majestad; pero podía acometerlo del modo como Él permitiera ser acometido, esto es, por medio de su Humanidad. Al final, en la muerte de Dios Encarnado, aprendemos, hermanos míos en Jesucristo, lo que es el pecado en sí mismo, y lo que era mientras caía, en aquella hora y con toda su fuerza, sobre su Hu­mana Naturaleza, para que Cristo se sintiera tan lleno de horror y consternación a la sola imaginación anticipada.
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Se horrorizó al sentirse convertido en el hombre-pecado
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Entonces en aquella triste hora, arrodillóse el Salvador del mundo, desprendiéndose de las prerrogativas de su Divinidad, despidió a los Ángeles, que por millares estaban prontos a su solo llamado, y abrió sus brazos, desnudó su pecho, puro como era, al asalto de su enemigo —un enemigo cuyo aliento era pestilente, y cuyo abrazo era una agonía. Helo arrodillado, inmóvil y mudo mientras la vil y horrible fiera vestía su espíritu con el ropaje odio­so y atroz del crimen humano, que prendiéndose en su corazón, lle­nó su conciencia, y encontró la entrada para todos sus sentidos y hasta la ínfima partícula de su mente, extendiendo sobre Él una lepra moral, hasta que Cristo se sintió casi convertido en lo que Él nunca podría ser y en lo que su enemigo gustosamente lo hubiera transformado. ¡Oh, qué horror cuando al mirarse no se conoció y se sintió cual impuro y aborrecible pecador, a través de la vivida percepción de aquella masa de corrupción que se derramaba sobre su cabeza y se esparcía hacia abajo hasta la orla de sus vestiduras! ¡Oh, qué confusión cuando encontró sus ojos, manos, pies, labios y corazón como si fueran miembros del Maligno y no de Dios! ¿Eran éstas sus manos antes inocentes, pero ahora tintas en san­gre de diez mil acciones crueles? ¿Son éstos sus labios que ya no se abren para alabar, orar, bendecir, sino que están manchados con juramentos, blasfemias y doctrinas demoníacas? ¿Y sus ojos, pro­fanados por todas las visiones diabólicas y fascinaciones idólatras por las cuales los hombres han abandonado a su adorable Creador? ¡Y sus oídos! Vibra en ellos el sonido de las orgías y las disputas. Su corazón está yerto por la avaricia, la crueldad y la falta de fe; y su misma memoria hállase colmada con todos los pecados que han sido cometidos desde la caída del hombre, en todos los ámbitos de la tierra, plena del orgullo de los antiguos gigantes, y la lujuria de las cinco ciudades, y de la obcecación de Egipto, y la ambición de Babel, y de la ingratitud y ludibrio de Israel. ¿Quién no conoce la miseria que trae un pensamiento que nos ronda continua­mente a pesar de que tratamos de rehuirlo y persiste en molestar­nos si no nos puede seducir? ¿O de una odiosa y enferma imagin­ción, no nuestra, pero que es introducida en nuestras mentes por fuerzas extrañas? ¿O de los conocimientos satánicos alcanzados con o sin culpa del hombre, y por cuyo desprendimiento y olvido para siempre, daría el hombre un alto precio? Adversarios como éstos se reunieron a tu alrededor, Bendito Señor, en número de millones; vienen en tropeles más numerosos que las plagas de langostas o del gorgojo, que los azotes del granizo, o de las moscas o de las ranas, enviadas contra el Faraón. Allí están pre­sentes todos los pecados de los vivos y de los muertos, de los que aún no han nacido, de los que se han perdido y de los que se han salvado, de tu pueblo y de los gentiles, de pecadores y de Santos. Tus más queridos, tus santos y tus elegidos, pasan sobre Ti. Tus tres Apóstoles, Pedro, Santiago y Juan también se hallan contigo pero no para consolarte, sino como acusado­res, como los amigos de Job, "arrojando tierra hacia el cielo", acumulando maldiciones sobre tu cabeza.
Cerca de ti en la Cruz, lejos en el huerto...
 Todos se encuentran ahí: sólo falta una persona; y no estaba porque Ella que no tuvo parte en el pecado, era la única que podía consolarte; por eso no estaba cerca de los pecadores. María estaría cerca de Ti en la Cruz, y lejos de Ti en el huerto. Ha sido tu compañera y tu confidente durante tu vida; intercambió contigo los puros pensamientos y san­tas meditaciones de treinta años; pero su oído virginal no puede percibir, ni su corazón inmaculado concebir, lo que ahora se te pre­senta cual visión delante de tu vista. Sólo Dios pudo soportar tal prueba; algunas veces has mostrado a tus Santos la imagen de un pecado, como aparecen a la luz de tu faz, o de pecados ve­niales, y no de mortales; y ellos nos han dicho que su vista les acarreó todos los horrores menos la muerte, y, los hubiera muerto si no hubieran sido instantáneamente retirados. La Madre de Dios aun con toda su Santidad, ni aun en razón de ella, podría haber soportado ni una parte de aquella innumerable progenie de Sata­nás que ahora te cerca. Es la eterna historia del mundo, y Dios solamente puede soportar su peso. Las esperanzas marchitas, los juramentos quebrantados, las luces extinguidas, los consejos despreciados, las oportunidades perdidas, la inocencia traicionada, la juventud encallecida, los pecadores reincidentes, los justos ven­cidos, los ancianos malogrados, el sofisma del error, la terquedad de la pasión, la obstinación del orgullo, la tiranía de la mala cos­tumbre, el cáncer del remordimiento, las fiebres extenuantes de la preocupación, la angustia de la vergüenza, los alfilerazos de la des­ilusión, la enfermedad de la desesperación, los espectáculos crueles y lastimosos, las escenas repugnantes, detestables y enloquecedo­ras : aún más, los rostros macilentos, los labios convulsos, las mejillas arrebatadas, el ceño fruncido de los esclavos voluntarios del demonio, todos y todas estas maldades se hallan ahora delante de Cristo, pesan sobre Él y en Él. Se encuentran en Cristo, en vez de aquella paz inefable que habitaba en su Alma desde el momento de su concepción. Se hallan ahora sobre Cristo, como si le perte­necieran. Jesús clama a su Padre cual si fuera el criminal, y no la víctima. Su agonía toma la forma de culpa y de arrepentimiento. Cristo hace penitencia, Cristo se confiesa, Cristo se ejercita en la contrición, con una realidad y virtud infinitamente mayores que la de todos los Santos y penitentes juntos, pues Él es la única víctima, la única satisfacción, el verdadero penitente, y todo, menos el ver­dadero pecador.

Cristo se levanta lánguidamente de la tierra y se vuelve para enfrentarse con el traidor y sus secuaces que ya rápidamente se acercan en medio de sombras profundas. Cristo se vuelve, y, ¡mi­radle! Se ve sangre en sus ropas y en sus huellas. ¿De dónde pro­ceden estos frutos primeros de la Pasión del cordero? Todavía ningún soldado ha azotado su cuerpo, ni sus manos ni pies han sido taladrados por el verdugo. Hermanos míos, Cristo sangró an­tes de tiempo; Cristo derramó su sangre, pues su Alma agónica rompió su envoltura humana y fluyó en sangre al exterior. Su Pasión comenzó por su interior. Aquel atormentado corazón, centro de ternuras y de amor, comenzó a trabajar y golpear vehemente y más de lo que podía soportar según las leyes naturales; “los ci­mientos del abismo profundo se quebraron”; el rojo fluido vital circuló tan abundante y vigorosamente por todo su cuerpo, que desbordando las venas y aflorando por los poros, detúvose como copioso rocío sobre su sacrosanta piel, convirtiéndose luego en go­tas que rodaron henchidas y pesadas empapando la tierra.

“Mi Corazón siente angustias de muerte”, dijo el Salvador. Así se ha definido aquella terrible peste que se cierne sobre todos y que llega con la muerte, queriéndose con esto afirmar que no tiene principio, que no hay posibilidad de esquivarla, que la esperanza ya no existe cuando llega, y que lo que parece ser su curso no es más que agonía de muerte y verdadera disolución. Así es como vuestro Sacrificio Reparador, ¡ Oh Jesús!, con un sentido mucho más elevado, comenzó en ti esta pasión de dolor, no llegando a morir porque obedeciendo vuestra orden omnipotente no se rom­pió tu Divino Corazón, ni el Alma se separó del Cuerpo, hasta que Vos mismo, padecisteis en la Cruz.

No; Cristo no había aún vaciado aquel cáliz rebosante hasta los bordes, y del cual al principio su débil naturaleza deseaba apar­tarse. La aprehensión en el Huerto, la bofetada del soldado, la prisión, el juicio, las mofas, la peregrinación de tribunal en tri­bunal, la corona de espinas, el lento camino hacia el Calvario y la Crucifixión todavía tenía que padecerlas Nuestro Salvador. Ha­bía de transcurrir una noche y un día completos, hora tras hora, tiempo terriblemente largo antes de que llegara su fin y de que satisficiera su misión.
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Luego, cuando el momento señalado hubo llegado, y Cristo lo ordenó, así como su Pasión había comenzado en su Alma, en su Alma terminó. Cristo no murió de agotamiento o de dolor corporal. Cuando lo ordenó, su atormentado Corazón se quebró, y Jesús en­comendó su Espíritu al Padre.
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“¡Oh, Corazón de Jesús, todo amor, te ofrezco estas humildes oraciones por mí y por todos aquellos que se unen a mí en espíritu para adorarte! ¡Oh, Sagrado Corazón de Jesús, muy amado!, deseo renovar y ofrecerte estos actos de adoración y oraciones por mí, miserable pecador, y por todos aquellos que se me unen para ado­rarte, durante todos los instantes, mientras me quede un soplo de vida hasta el final de mis días. Te pido, ¡Oh, mi buen Jesús!, por ­la Santa Iglesia, tu amada esposa, y nuestra verdadera Madre, por todas las almas de los justos y por todos los pobres pecadores, por los afligidos y por los moribundos, y en fin, por toda la hu­manidad. No has de permitir que tu Sangre sea derramada en va­no. Finalmente, dígnate aplicarla para aliviar las penas de las al­mas del purgatorio, y particularmente las de aquellos que en su vida practicaron esta santa devoción de adorarte en la Cruz”.

John Henry Cardenal Newman, “Antología, selección de sus principales obras en prosa”, editorial Difusión, Buenos Aires 1946, págs. 181-192.
Fuente: Stat Veritas
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