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viernes, 28 de abril de 2017

EL COMBATE ESPIRITUAL


1a Parte

Queridos hermanos, cuántas almas, quizá las de algunos de ustedes, están atrapadas por las cadenas de sus pasiones, sus debilidades de la carne, de sus pecados y no pueden romper esas ataduras de ellas, no pueden vencerlas, y todo porque nadie le ha enseñado la importancia del combate espiritual, nadie les ha adiestrado en este combate, ni le ha dicho que dura toda la vida y es el único medio de poder conservar la fe venciendo las contantes insidias del maligno.

Así como San Pablo repitió estas palabras al término de su vida ("He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe". 2 Tim. 4, 7.), de igual forma hemos de repetirlas nosotros cuando nos acerquemos al término de la prueba de nuestra vida. Veamos en esta primera parte la ley que rige este combate y su necesidad.

La vida es un combate. Militia est vita hominis.

¿No es milicia la vida del hombre sobre la tierra? (Job. 7, 1). Bien lo sabemos, más también lo es la vida espiritual. Conocemos el principio de esta lucha más no admitimos las consecuencias, y esto es lo que hace que una gran mayoría de almas cedan a las tentaciones: no están dispuestas a asumir las consecuencias de su combate. Saben que han de luchar, más ante el resultado dejan de hacerlo, las consecuencias que conlleva dejar a la persona amada, por ejemplo, es demasiado para aceptar el combate y vencer.

No puede adquirirse la paz del alma sin combate firme y continuado. La tranquilidad interior, el sosiego del alma no se adquieren ni se conservan sino por medio de la lucha, del combate perpetuo. Es el dulce fruto que se recoge, como lo hizo San Pablo, algún día, más es fruto prohibido para que quien no ha combatido generosamente, quien no se prepara para el combate con decisión y denuedo.

La vida del cristiano en la tierra es un combate continuado. Nuestra vocación es una lucha constante, un combate leal y generoso -el buen combate-, esto es lo que indica las palabras del Apóstol. ¿No está vedado el Cielo para las almas tímidas y pusilánimes, para las almas pecadoras y traidoras? ¿Acaso estará el Señor en nuestros corazones si nosotros no le colocamos en él a base de nuestra lucha, esfuerzo, amor y perseverancia? Ese trono donde el Señor quiere reinar sólo se consigue a base de lucha, sudor, lágrimas y también con nuestra propia sangre. El Señor, en este sentido, no quiere ser un rey pacífico, sino batallador, un rey victorioso, un rey que ante todo y sobretodo reine por derecho propio. Nuestra vida es una lucha, un empeño, un juramento prestado a Dios, a nosotros mismos, y a los demás hombres, de que combatiremos sin tregua y sin descanso todos los días de nuestra vida por nuestra santificación y la gloria de Dios, y la salvación de las almas.

¿Por qué estamos en estado de guerra?

Lo experimentamos constantemente a causa de nuestras malas inclinaciones, nuestras constantes debilidades, nuestras repetitivas caídas y nuestra inconstancia en el bien y buenos propósitos. Lo experimentamos en nuestro cansancio en la lucha, en el desánimo en el combate, en nuestro ánimo flaco, débil y temeroso ante el combate, todo lo opuesto al alma recia, decidida y valiente.

Dios no nos creo en las condiciones actuales, Dios nos creó de tal forma que todas las tendencias del corazón del hombre eran hacia el bien; el hombre se dirigía de forma espontánea y natural a Dios, amaba a Dios ante todas las cosas y amaba a Dios en Dios. Pero la realidad del hombre tras el pecado original es muy distinta, se aleja de Dios, todas sus tendencias le apartan más y más de Él, y si el hombre cede a esta inclinación el alma irá precipitándose sucesivamente interponiendo entre ella y Dios una distancia tal que muchas almas no podrán acortar.


El alma humana tiene que corregir constantemente la tendencia hacia el mal, contraria al bien y a la virtud. Además de nuestra propia cooperación necesita el hombre la ayuda de la Gracia. Nunca iremos a Dios sino es gracias a un impulso sobrenatural, no nuestro pero que hacemos nuestro, que lo identificamos con nuestro espíritu, con nuestro corazón, con nuestra alma. Es la fuerza de la Gracia de Dios la que nos impele al combate espiritual, que nos mantiene en alerta continua contra nuestras flaquezas y debilidades, que nos alienta en los momentos de desaliento para permanecer siempre en estado de alerta.

El alma que se desvía de Dios, ¿a dónde va? Al camino sin fin del error, de la pasión de la carne, de la funesta tendencia pecadora. El alma que se aleja de Dios se dirige forzosamente hacia uno mismo. Dios o nosotros. Lo que no damos a Dios lo damos a nuestro egoísmo y más bajo instinto. El pecado original nos separó de Dios y nos unió a nosotros mismos. Alejándose el alma de Dios sólo puede ir a encontrarse a sí misma, que no es otra cosa que la pura nada. En su nada busca saciar su sed de felicidad y de proyectos de vida, en su nada vive y quiere edificar su vida.

El alma fiel encuentra a Dios en el combate.

Ahora es el tiempo de la prueba, del combate, más cuando hayan pasado los días de la prueba, cuando llegue el momento de determinar para toda la eternidad el estado del alma, entonces el que ha sido fiel en la lucha y el combate, el alma que ha buscado firmemente a Dios, que ha querido a Dios a pesar de todas las dificultades, que ha procurado que sus pensamientos, sus deseos, sus actos se dirigiesen a Dios, entonces esa alma, encontrará a Dios, que es todo su bien y que lo será para toda la eternidad. Ahora es el tiempo de la ley de la prueba, al final vendrá la ley de la felicidad, de la gloria, el encuentro con Dios.

El alma que haya sido infiel a esta ley de la prueba, que dejó de luchar, abandonó el combate espiritual, se dejó vencer por sus propias debilidades y concupiscencias, oirá la terrible sentencia que encierra todo un porvenir de desgracias. Apártate de Mí, le dirá el Señor, pues nunca viniste hacia Mí, siempre fuiste hacia ti mismo, te complaciste contigo mismo, buscaste tu propia felicidad en la tierra dando cumplimiento a todos tus deseos, rehusaste la lucha y el más mínimo esfuerzo, no me buscaste, no quisiste apoyarte en Mí; te negaste a Mí gracia, la rechazaste, sólo te apoyaste en tus propias fuerzas humanas. Me has rechazado. No puedo acogerte contra tu voluntad.

El combate espiritual se da en un amplio aspecto de nuestra vida. Empezamos con los pensamientos, por las imperceptibles tendencias de nuestra voluntad, los deseos íntimos de nuestro corazón, los actos exteriores de nuestra vida, nuestras intimidades y relaciones. ¿Qué armas emplear? Las de la Ley de Dios, las de la fe, que nos llevan a Dios e impiden que nos alejemos de Él, y nos mandan que procuremos referir a Dios todos nuestros actos.

Creo en Dios. Credo un Deum.

El que quiera venir en pos de mi, niéguese a sí mismo y tome su cruz, y sígame (Mt. 16, 25). Quien no renuncia a sí mismo no es discípulo de Jesucristo. Son palabras duras únicamente para las almas enfermas, para la naturaleza muerta, pero no para las almas en Dios. Esta es la ley de la vida que consiste en la abnegación y el desprecio propio. Cuando la abnegación es completa no hay duda que es la perfección. Que es si no, verdadera abnegación, cuando el alma quiere evitar el pecado mortal, y renunciando a sí mismo, a sus sentimientos, y con decisión, e incluso heroísmo, toma las decisiones necesarias para evitarlo. El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mi (Mt.10, 37). Nada somos sino no estamos en Dios, y lo que somos lo tenemos de Dios, no existimos sino para Él. Debemos mirarnos y ver a Dios en nosotros, en nuestro amor y en nuestras tendencias.

En las primeras palabras del Credo encontramos la razón del combate espiritual: Credo in Deum. Creo en Dios, es decir, en el fin de mi vida, el principio de todo mi ser, la razón de todas mis acciones, deseos y pensamientos. Creo en Dios, en quien ha de asentarse toda mi vida y todos los movimientos de mi ser. Al afirmar: Creo en Dios, hacemos un acto de fe, y de confianza, pues afianzamos nuestra vida únicamente en Dios. Cuando Dios nos exige el sacrificio de alguna pasión fuerte, cuando por su Gracia hemos sido regenerados, el alma puede pensar que su vida es imposible en esas nuevas condiciones, se siente sin apoyos en sí misma, pero la fe práctica le responde: Creo en Dios. ¡Credo! He aquí el alimento del alma, la fuerza que mantiene al alma en la lucha, la razón por la cual combate con decisión contra todas las pasiones del alma, por lo cual se sacrifica, se desprecia a sí mismo. Es el aliento que mantiene al alma alerta día y noche, la fuerza para no decaer ante las tentaciones, la esperanza de la visión de Dios.

No hay grandeza ni gloria sino en la vida cristiana, es decir, cuando afirmo Credo un Deum, afirmo que Dios existe, que interviene en mi vida, en mis acciones. La verdadera vida cristiana consiste en vencerse a sí mismo, no tenernos en cuenta, no amarse a un mismo. La verdadera vida del cristiano es una gran abnegación y renuncia de sí mismo, es un gran sacrificio, es un holocausto, es un Abraham que toma a su hijo Isaac para sacrificarle al Señor, siendo nosotros ese Abraham y ese Isaac; si comprendiéramos así nuestra vida de fe, se comprendería toda su belleza.

Cuanto mayor es el combate, más consuelo y paz se conquista.

No podemos abarcarlo toda en el combate espiritual, la prudencia ha de ordenar esta lucha. No intentemos abarcarlo todo inmediatamente. Si nos conocemos a nosotros mismo veremos los aspectos más necesitados por los cuales debemos fijar más nuestra atención. Pongámonos en la primera actitud de vida. La de no ser enemigos de Dios. Partiendo de aquí iremos avanzando en la lucha espiritual. Miraremos a nuestras pasiones, nuestros vicios, nuestras inclinaciones culpables, en fin todo lo que suponga atentar contra la ley de Dios. Después atenderemos al ejercicio de las virtudes, las que más que nos interesan y de las que el prójimo tiene necesidad que tengamos. Con este orden de combate tenemos el camino abierto para la victoria, para el triunfo sobre nosotros mismos.

Queridos hermanos, cuanto mayor sea nuestra fidelidad en el combate espiritual, cuanto más fuerte sea, más felicidad obtendremos, y más paz y consuelo. Dios promete la felicidad y el consuelo a todas las almas generosas, a todos los verdaderos combatientes, diciendo: Al que venciere, le daré del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en ella esté escrito un nombre nuevo que nadie conoce sino el que lo revive (Ap. 2, 17). Ese maná será el alimento invisible de las almas bienaventuradas. Bien vale ese maná todo el esfuerzo, sudor y lágrimas por conseguirlo.

Pongámonos de pie en este campo de batalla espiritual contra las fuerzas del mal que me arrastran lejos de Dios, sigamos el divino estandarte donde están grabadas las divinas promesas de gloria para los que sean fieles hasta el final. Combatamos nuestro combate y guardemos la fe hasta el final de nuestra carrera. 

2a Parte

Queridos hermanos, quien esté dispuesto a combatir la lucha espiritual ha de prever las muchas dificultades de todo orden con las que se encontrará, pero también ha de estar lleno de la confianza del salmista: Aunque acampe contra mí un ejército, no teme mi corazón, aunque me den la batalla, también estoy tranquilo. Vamos a ver tres aspectos del combate espiritual: volver decididamente nuestra vida a Dios y mantenerla, una vida exterior expresión de la interior y la transmisión de nuestra vida espiritual a los demás, espíritu misionero.

Volver nuestra vida decididamente a Dios y mantenerla.

En el momento de estar alejados de Dios, hemos de volver decididamente a Él, hasta con violencia si fuese necesario, dándonos la espalda a nosotros mismos; presentarnos cara a Dios de todo corazón. Esta es la primera lucha, el primer combate fundamental en que tendremos que vérnoslas con nosotros mismos. Pero hemos de cuidar mucho no engañarnos, haciendo de nuestra renuncia al pecado sólo una tregua, y no una ruptura firme. Mucha atención a este aspecto, muy común desgraciadamente: se lucha, más no hay un deseo verdadero de ruptura con la vida pecaminosa. Dice el libro del Apocalipsis (3, 1): Conozco tus obras y que tienes nombre de vivo y estás muerto. Nomen habes quod vivas, et mortuus es.

Es importante plantear sin dudas ni reservas nuestro deseo de conversión a Dios, y además mantener con firmeza nuestra decisión; tal es nuestro primer combate. Dada la realidad de nuestra vida y de nuestro entorno, es necesario defender lo conseguido, continuar perseverando en la fidelidad a Dios, a pesar de la resistencia exterior y de lo que pensaren los demás. Es preciso plantear nuestra lucha con total entereza, y por decirlo así con osadía divina, en medio de todas las contradicciones y ataques de este mundo.

Es muy importante reconocer y descubrir el estado de nuestra vida con respecto al combate, es decir, ¿tenemos inclinación a olvidarnos de Dios?, ¿tenemos un excesivo cuidado por nosotros mismo?, o por el contrario amamos a Dios y estamos prestos a renunciar a cuanto sea necesario por no apartarnos de Él. Debemos conocer y saber si vivimos de la vida gloriosa y verdadera a la que Dios nos ha invitado y para la cual fuimos creados. ¿Estamos en ella sí o no? No cabe término medio, sólo grados. Pero, si el alma no está en los primeros grados de unión con Dios, es decir sin pecado mortal, entonces, no tiene vida sino muerte.

¿Dónde hallará el alma su alimento para mantenerse firme sin decaer? Ya dijimos en el primer artículo la importancia del la fe, las primeras palabras del Credo: Credo in Deum. Ahora lo completamos con la vida de oración y la frecuencia de los sacramentos. La oración es el sustento del alma, pero la experiencia demuestra que no es fácil orar bien, entre otros motivos porque son muchas las almas que no saben rezar. Muchos acuden a la oración de vez en cuando, cuando tienen tiempo, o cuando se acuerdan, no forma parte de la vida espiritual del alma, o al menos no de forma predominante. Es difícil una vida de oración ininterrumpida, que se haga todos los días, sin tener en cuenta las dificultades que pueda haber. Por esta razón es necesario también el combate espiritual para mantener la constancia de la vida de oración. Es una lucha que hay que afrontar y vencer diariamente.

La frecuencia de los sacramentos es el otro aspecto fundamental de la vida espiritual del alma, y también causa de combate; la Sagrada Eucaristía y el Sacramento de la Penitencia, he aquí los alimentos del alma a los que ha de acudir con suma frecuencia, especialmente el sacramento del altar donde se contiene la Vida por esencia. Es causa de lucha la confesión frecuente; es necesario fijar la confesión cada cierto número de días y mantenerla; y, además, sin demorarla en el tiempo ante un pecado grave actual. En el santo Sacrificio obtiene el alma el alimento único para su alma, la Vida verdadera que viene a ella a hacer su morada santa; si así la viva el alma, así se irá transformando en lo miso que come.

La vida exterior de ser expresión de la interior.

La vida espiritual cuando es verdadera implica una serie de hábitos contraídos. Una vida de mortificación, de abnegación, de negación de uno mismo, tiene sus propias manifestaciones y hábitos externos. Quien vive una vida espiritual firme, quien se empeña con decisión en su combate espiritual y se mantiene en la lucha, de forma inevitable tendrá una forma de vida propia que haga que se singularice, poco o mucho.

Cuando el alma ha hecho la elección de amar a Dios antes que a sí mismo, cuando es cosa segura que el alma no se prefiere a sí, sino a Dios, que está hecha la decisión entre los dos amores, el amor propio y el amor de Dios, si Dios está perfectamente arraigado en la vida del alma, entonces verdaderamente se encontrará en la propia vida señales externas de tal elección interior del alma. Es imposible contemporizar con la frivolidad del mundo que nos rodea como si no se hubiese hecho tal elección en el corazón. Los verdaderos y decididos combatientes se distinguen ya en la tierra porque llevan impresos un sello inmortal en esta vida como lo tendrán en el cielo.

La vida exterior es expresión de la interior. Es peligrosa la frase tan de moda hoy en día: Dios juzga según el corazón, Él no ve nada más, poco no le importan esas manifestaciones externas. No pueden separarse lo interior de lo exterior y viceversa. Nuestra vida es reflejo de nuestra vida interior, y si no lo fuere habría que pensar que la vida interior ha cedido a la lucha, ha dejado el combate espiritual.

El alma que se ha decidido por el combate se encontrará en choque continuo en esta vida. Cuando el alma ya no se pertenece, sino sólo a Dios, cuando ha renunciado al propio beneficio por la gloria de Dios, entonces se encontrará con otras a su alrededor que no hicieron lo mismo, y que además no llevarán con agrado la vida de santidad de aquella, y no perdonarán que tal alma las haya adelantado en su determinación de seguimiento divino; las almas empeñadas en el combate espiritual serán el blanco del ataque de las demás.

Para mantener la vida combativa es preciso mantener una fuerza de resistencia, es decir, muchas veces cuanto ocurra alrededor de la vida del alma tenderá a comprometerla; su manera de pensar y obrar es un estorbo, molesta, no es como el de los demás. Todo alrededor del alma tenderá a desestabilizarla, y es aquí cuando el alma necesitará de una gran fuerza de resistencia. Si bien el alma tiene fuerza y valor para vencerse a sí misma, bien puede ocurrir que no la tenga para vencer la presión de los demás. En estas situaciones las almas buenas deben desconfiar de sí mismas y armarse de valor.

El alma cristiana de verdad se compone de dos cosas, que ya hemos apuntado en la primera parte de este artículo: Sí y No. El Sí para Dios, para todo lo que es deber, amor, consagración a Él. El No para todo lo que le es contrario, y puede dar muerte al alma, esto es, el mundo, demonio y carne. No existe en la vida de gracia, en el combate espiritual, un punto intermedio, un lugar equidistante entre el sí y el no; la indeterminación es lo que quiere el maligno para el alma que se esfuerza por seguir y cumplir la voluntad divina; esto es lo que quieren las fuerzas del mal, que despreciando la lucha espiritual presentan al alma la vida complaciente que huye del sí y del no, como actitudes caducas del pasado, que nada aportan a la realidad actual donde, dicen, todo depende de las circunstancias de la vida personal, y que no pueden decidirse entre un sí y un no.

El alma que combate, su vida espiritual que se mantiene en ella, no ha de temer dañar a quienes quieran perturbarla: no falta a la caridad con el prójimo si resiste los ataques exteriores de éste, cuando no consiente en actitudes extrañas que pretendan alterar su vida interior. Cuidado con los respetos humanos, pueden dañar mucho al alma buena si no es firme en sus determinaciones; si no está decida a decir: No te conozco, nada tengo que ver contigo. Ante cualquier necesidad para el alma, sólo debe consultarse la voluntad de Dios y el interés de aquella; hay que estar muy alerta para no hacer concesiones a los demás, para no faltar al principio de hacer primero la voluntad divina que la propia, y para ello el alma ha de estar muy pendiente de los medios anteriormente dichos de la oración y sacramentos.

Debemos ser misioneros y transmisores de la vida espiritual.

Cuando la vida espiritual existe en nosotros entonces surge el deseo de comunicar esa vida divina de nuestra alma. Yo he venido a este mundo para que todos tengan vida, y la tengan abundante (Jn. 10, 10). Nuestro combate alcanza su manifestación más bella y más gloriosa cuando la propagamos y extendemos a los demás. No sólo somos conservadores y celosos valedores de nuestra vida interior, sino sus misioneros y propagandistas. Tras el espíritu de combate y defensa, hemos de aspirar al de conquista. He aquí otro combate. Lo natural en el hombre es ocuparse de sí mismo, pero el servicio a los demás ya supone una elevación del espíritu.

Nuestro espíritu debe ser de expansión. Nuestra confianza en Dios ha de llegar hasta la seguridad de que tenemos la vida divina en nosotros, y esta vida de Dios nos empuja a transmitirla a los demás, a conquistar almas para introducirlas en el amor de Dios. No nos basta nuestra vida de intimidad con Dios, hemos de hacerla partícipe a quienes no la tienen. Entonces viviremos la vida en el sentido pleno y verdadero; y ocurrirá, queridos hermanos, que esa vida divina que trasmitimos volverá por caminos misteriosos a nosotros mismos bajo la forma de agradecimiento divino. Nuestra vida se verá multiplicada, amplificada, con nuevas fuerzas, será más viva, si cabe, más vigorosa, porque es una vida que se derrama y expande.

Digámonos a nosotros mismos: tengo en mí los elementos de la vida cristiana, quiero afianzarla y defenderla, y quiero, además, propagarla. El combate espiritual cuando es firme y decidido, cuando se defiende lo conquistado, cuando se propaga la vida de Dios en uno mismo, entonces el alma siente la presencia de Dios que le bendice en sus acciones y vida; siente, en medio del esfuerzo y la lucha, la recompensa divina al esfuerzo generoso del alma; siente el gozo íntimo e inigualable del sacrifico propio de aniquilarse a sí mismo para que Dios lo sea todo en el alma.

El mundo se escandalizará. Pero no somos del mundo.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

viernes, 7 de noviembre de 2014

sábado, 17 de mayo de 2014

LAS TRES ESPECIES DE TEMOR – por Fr. Reginald Garrigou-Lagrange O.P


Temor filial

¿Qué hay que entender por temor de Dios? Tema realmente bastante difícil, porque se confunden con frecuencia tres especies de temor, muy diferentes entre sí. Una es mala simple­mente. Las dos restantes, buenas, pero desiguales en­tre sí: la primera disminuye al aumentar la caridad, mientras la otra aumenta con ella. Es, pues, necesa­rio precisar qué relaciones hay entre estas diversas especies de temor con el amor de Dios, que siempre debe prevalecer.

El temor, en general, es el abatimiento del alma vencida por la gravedad de un peligro que la ame­naza. El temor hace temblar y se relaciona tanto con el mal terrible que amenaza, como con el que puede ser causa de dicho mal. Con frecuencia, el temor no es más que una emoción de la sensibilidad, que hay que dominar con la virtud de la fortaleza, pero pue­de subsistir también en la voluntad espiritual y pue­de ser bueno o malo.

Los teólogos y los autores espirituales distinguen tres especies de temor muy distintos entre sí; y, em­pezando por el inferior, son : 1) el temor mundano, temor de la oposición del mundo que aleja de Dios; 2) el temor servil, que es el temor de los castigos de Dios, y es útil para nuestra salvación; 3) el temor filial, o del pecado como ofensa a Dios: temor que aumenta con el amor divino y subsiste incluso en el Cielo bajo forma de temor reverencial. Veamos lo que enseña la teología y especialmente Santo To­más acerca de estas tres especies de temor, especí­ficamente diversas entre sí.


TEMOR MUNDANO

El temor mundano es aquel por el cual tanto se teme el mal temporal que el mundo puede hacer­nos, que llegamos a estar dispuestos a ofender a Dios para evitar este mal. El temor mundano es, por con­siguiente, siempre malo. Se presenta bajo muchas formas. En primer lugar es respeto humano, o timi­dez culpable, que se asusta de los juicios del mundo e impide cumplir los deberes para con Dios; por ejemplo, el de oír la Santa Misa en domingo, comul­gar por Pascua, acercarse a la Confesión. Se teme el juicio de esta o aquella persona; hay miedo de perder la situación que tenemos si nos mostramos fieles a los deberes cristianos. Y este temor puede llegar hasta la vileza. En tiempo de persecución, el temor mundano puede impulsar incluso a renegar de la fe cristiana para evitar la pérdida de los bie­nes terrenos, de la libertad personal, o la pérdida de la vida en el martirio. Jesús dijo: «No temáis a los que pueden matar el cuerpo, pero que no pue­den matar el alma. Temed, más bien, a Aquel que puede echaros el alma y el cuerpo a la gehena.» (Math., X, 28). Dijo también (Luc., IX, 26): ¿De qué sirve ganar el universo, si se pierde el alma?» Y más: «Si alguno se avergüenza de Mí y de mis pa­labras, el Hijo del hombre se avergonzará de él, cuando venga en su gloria y en la del Padre y de los santos Ángeles.»

El temor mundano es, por consiguiente, siempre malo. Hay que pedir a Dios que nos libere de él. Los que no quieren oír hablar del temor de Dios, como si no fuese un sentimiento bastante noble, pa­decen de este respeto humano, envilecedor, indigno de una conciencia recta. Avergonzarse de asistir a la Santa Misa es la completa inversión de los valo­res, porque la Misa, que perpetúa sacramentalmen­te el sacrificio de la Cruz, es lo más grande que hay, es de un valor infinito y, lejos de avergonzarnos de ello, persuadámonos de que el asistir a ella es de un gran honor y un gran provecho para el tiempo y para la eternidad.


EL TEMOR SERVIL

El temor servil es muy distinto: es el temor, no ya de la persecución del mundo, sino de los castigos de Dios. Es útil, por cuanto nos induce a observar los divinos mandamientos. Se revelaba de modo es­pecial en el Antiguo Testamento bajo el nombre de la ley del temor, mientras que en el Nuevo Testa­mento es llamado ley del amor.

Semejante temor, útil a la salvación, puede, sin embargo, hacerse malo, si los castigos divinos se te­men más que el ser separados de Él y si se evita el pecado sólo por el miedo de ellos, de tal modo que se pecaría si no fuese por el castigo eterno. Este te­mor se llama entonces temor servilmente servil, y manifiesta evidentemente que más que a Dios nos amamos a nosotros mismos; es, pues, malo, y no puede, bajo esta forma, existir, junto con la cari­dad, amor de Dios sobre todas las cosas.

El temor servil es, por tanto, bueno sustancialmente. Pero cuando no es servilmente servil, el temor ser­vil de los castigos divinos es útil: ayuda al pecador a acercarse a Dios. No obstante, no es una virtud ni un don del Espíritu Santo. «Es, dice Santa Catalina de Siena (Diálogo, C. 94), como un viento huracana­do que sacude a los pecadores.» Es insuficiente para la salvación, pero puede conducir a la virtud. Del mismo modo que, durante la tempestad, el marine­ro se acuerda de que es necesario rezar y, aun encentrándose en pecado mortal, reza mejor de lo que puede por una gracia actual, que le es entonces con­cedida y que es ofrecida a todos en casos semejantes.

En el justo, el temor servil subsiste, pero dismi­nuye al crecer la caridad. En efecto, cuanto más se ama a Dios, más disminuye el egoísmo y menos aten­to está uno a su propio interés; por lo mismo, se ama más a Dios y más se espera ser recompensado por Él. El temor servil, o de los castigos divinos, no existe ya en el Cielo, como es evidente.


TEMOR FILIAL

El temor filial es bastante diferente de los dos pre­cedentes: es el temor de un hijo, no el de un mer­cenario ni de un simple servidor; es el temor no de los castigos divinos, sino del pecado, que nos aleja de Dios. Difiere sustancial y específicamente del temor servil y, a mayor abundamiento, del temor mundano.

Este temor filial no sólo es útil para la salvación, como el temor servil, sino que es un don del Espí­ritu Santo, que ayuda mucho a resistir las grandes tentaciones. Por eso dice el salmista (Ps., CXVIII): «Pene­tra de temor, oh Señor, mi carne», a fin de que evite el pecado. Este temor filial es el menos elevado entre los siete dones del Espíritu Santo, pero es el principio de la sabiduría, al ser ésta como el efecto ini­cial de este don superior; es verdadera sabiduría te­mer el pecado que aleja de Dios. Corresponde a la bienaventuranza de los pobres y los humildes, que temen a Dios y lo poseen ya.

Es más: mientras el temor servil, o de los casti­gos divinos, disminuye al crecer la caridad, el temor filial aumenta, porque cuanto más se ama a Dios, más se aborrece el pecado que nos separa de El. Los siete dones están vinculados a la caridad, como las virtudes infusas; son como las diversas funciones de nuestro organismo espiritual: se desarrollan juntas, como los cinco dedos de la mano, dice Santo Tomás (I, II, q. 61, a. 2).

Santa Catalina dé Siena dice (Diálogo, cap. 74) que al crecer la caridad, mientras disminuye el temor servil, aumenta el filial y desaparece por completo el temor mundano. «Por eso—dice ella—los Apóstoles, después de Pentecostés, lejos de temer los sufrimien­tos, se gloriaban de ellos y se sentían felices de ser juzgados dignos de sufrir por Nuestro Señor.» Anteriormente, la víspera de la Ascensión, sintiéndose solos, habían experimentado vivamente su impoten­cia ante la inmensidad de la tarea a realizar y aun temían las persecuciones anunciadas; pero el día de Pentecostés fueron grandemente iluminados, fortificados y confirmados en gracia.

En el Cielo subsiste el temor filial bajo la forma de temor reverencial. En efecto, se lee en el Sal­mo XVIII, 16: «El santo temor de Dios permanecerá por los siglos de los siglos.» No será ya temor del pecado, temor de ser separados de Dios; pero ante la infinita grandeza del Altísimo, el alma com­prenderá, por fin, su propia nada y temblará, en cierto modo, al descubrir su fragilidad en compara­ción con la absoluta estabilidad y necesidad de Dios, que es el único que es el mismo Ser subsistente: Yo soy El que es. En este sentido se dice en el Prefacio de la Misa: tremunt Potestates: entre los ángeles superiores, hasta los que se denominan Poderes celestiales, tiemblan ante la infinita majestad de Dios.

Este don de temor reverencial existe también en la santa Alma del Salvador, como los demás dones; del Espíritu Santo.

El temor reverencial aparece en los Santos inclu­so en la vida presente, por ejemplo: cuando San Pedro (Luc., V, 8), después de la primera pesca milagrosa, dice a Jesús: «Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador.» Y es entonces cuan­do Jesús responde: «No temas, porque de ahora en adelante tú te harás pescador de hombres.» En aquel instante Pedro, Santiago y Juan lo abandonaron todo para seguirle.

Bien se ve, por consiguiente, que estas tres espe­cies de temores son muy diversas entre sí. El temor mundano, que aleja de Dios, es siempre malo. El temor servil, o de los castigos divinos, es útil para la salvación, a no ser que sea servilmente servil, de­jando la disposición a pecar e induciendo a la abstención de la culpa únicamente por temor de los castigos eternos. El temor filial es siempre bueno y aumenta con el amor, como los demás dones del Es­píritu Santo, y subsiste hasta en el Cielo como temor reverencial.

He aquí, entonces, nuestra oración: 

Señor, líbra­me del temor mundano; disminuye el temor servil; aumenta en mí el temor filial.

La psicología humana, abandonada a sus propias fuerzas, jamás habría podido distinguir de tal modo estos sentimientos; era precisa la Revelación, fruto de la Sabiduría divina.

Algunos moralistas no cristianos enseñan una mo­ral de absoluto desinterés—así dicen ellos—, donde no hay lugar para el temor de los castigos divinos ni para el deseo de recompensas eternas. Esos mis­mos enrojecerían al confesar que alguna vez son pre­sa de temores: esto destruiría el hermoso orden de sus lecciones.

Es la posición de Kant, a quien los racionalistas han dado tanta importancia, porque su doctrina es la negación de la Revelación divina. Cuando, por el contrario, nos colo­camos desde el punto de vista de la Revelación, muchos de estos que son llamados grandes filósofos se nos manifiestan como espíritus poderosos pero falsos, que tienen una ingeniosidad especial para presentar en forma persuasiva el error. No han sido más que grandes sofistas, y como monstruos in­telectuales, que han falseado por completo la noción de Dios, la del hombre y, la de nuestros destinos. Este fue particular­mente el caso de Spinoza, de Kant y de Hegel. Esto es lo que piensa todo verdadero teólogo católico, y es lo que pen­saba S. Agustín de la obra de los grandes sofistas de su tiempo. En la eternidad lo veremos claramente, cuando la visión ho­rizontal del tiempo, en que el error aparece a menudo en el mismo plano que la verdad, haya cedido el puesto a la visión vertical, que juzga de todo desde arriba, al modo de Dios, causa suprema y último fin. Desde este punto de vista, las pers­pectivas de la historia y de la filosofía se verán singularmente alteradas, y la superficialidad de muchos juicios servirá para destacar mayormente el sentido y el alcance de los juicios de­finitivos.


Era cometido del Espíritu Santo rehabilitar el te­mor, como bien dijo el padre Gardeil. Y esto sucede de tres maneras: reprobando el temor mundano o respeto humano; demostrando que el te­mor de los castigos divinos es útil al pecador al indu­cirlo a convertirse, y mostrando, sobre todo, que el temor filial del pecado o de la separación de Dios es un don sobrenatural que aumenta siempre más con la caridad.

Este santo temor es el que ha inspirado las gran­des mortificaciones de los Santos y su vida repara­dora para obtener la conversión de los pecadores. Este santo temor de Dios es el que se manifiesta en Santo Domingo cuando se flagelaba hasta derramar sangre todas las noches para obtener la conversión de los pecadores a los que evangelizaba. Este santo temor es el que inspiraba también las mortificacio­nes de una Santa Catalina de Siena, de una Santa Rosa de Lima y de tantos otros Santos y Santas.

Pero sobre el temor filial, aun en su forma más alta, como subsiste en el cielo, la doctrina cristiana reconoce el puesto preeminente del amor de Dios y de las almas, que corresponde al precepto supremo.


miércoles, 18 de septiembre de 2013

LAS TRES EDADES DE LA VIDA INTERIOR por el padre Réginald Garrigou-Lagrange O.P. (LIBRO)



Esta es una de las obras maestras de espiritualidad de nuestra época. Es un compendio preciso y profundo, pero accesible, de las principales fases que las almas suelen atravesar en su relación con Dios.
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miércoles, 9 de noviembre de 2011

REMEDIOS CONTRA LA TIBIEZA por San Alfonso María de Ligorio

Elige ruta: tibieza o superación

Algunos se desaniman pensando que ya nunca lograrán salir de ese mar de tibieza espiritual en el cual se están ahogando. Pero a estos hay que responder con las palabras que el Ángel Gabriel le dijo a María cuando parecía que la anciana Isabel ya nunca podría tener hijos: "Lo que es imposible para las criaturas, es posible para Dios. Para Dios ninguna cosa es imposible" (Lc.1-37) o aquellas bellísimas palabras de San Pablo que jamás debemos dejar de recordar: "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece." (Filp. 4-13)

Primer remedio: tener un gran deseo de conseguir la santidad

Los santos dicen que los ardientes deseos de conseguir la santidad son como fuertes alas que nos hacen subir muy alto en perfección. Y si cultivamos fervorosos deseos de conseguir la perfección espiritual, se podrán aplicar a nosotros las palabras que el profeta dice acerca de los que confían en Dios: "Subirán con las alas como de águila, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse" (Is. 40-31)

Tener un gran ideal de santidad fue lo que hizo que los santos alcanzaran tan grandes alturas de perfección. El ideal es una fuerte inclinación, un deseo muy intenso de conseguir algo. Los sabios dicen: "Cuidado con lo que deseamos, porque lo vamos a conseguir." Y la Sagrada Escritura promete en el bellísimo salmo 145: "El Señor Dios satisface los buenos deseos de sus fieles". Así que si ardientemente deseamos alcanzar la santidad, muy probablemente la vamos a obtener. Otros tenían mayores fuerzas físicas y quizás mayores cualidades intelectuales que los santos, pero estos tenían más vehementes deseos de conseguir la santidad y lograron conquistarla, mientras que otros que tenían más cualidades se quedaron a mitad del camino por falta de continuos y muy fuertes deseos de alcanzar la perfección.

Segundo remedio: Una firme resolución

No te engañes sobre tu propia tibieza
La primerísima y más importante resolución para llegar a la santidad será siempre el preferir morir antes que pecar. Preferir perder todos los demás bienes antes de perder la amistad con Dios o hacer o decir algo que a él le desagrade.

La experiencia nos enseña que sin la ayuda de Dios no somos capaces de resistir las tentaciones, pero con la gracia del Señor si no dejamos de luchar, lograremos salir victoriosos.

La segunda resolución debe ser escoger siempre entre dos actuaciones la que parece que más le agrada a Nuestro Señor. Ojalá se pudiera repetir de cada uno de nosotros lo que Jesús dijo de sí mismo: "Mi Padre me ama, porque yo hago siempre lo que a Él le agrada".

Y empezar rápidamente, ahora mismo. Decir como aquella religiosa que al oír predicar a un célebre predicador acerca de lo necesario que es dedicarse ya desde el momento presente a conseguir la santidad, se fue donde él y le dijo: "Padre, quiero ser santa, pero santa prontamente". Y de tal manera se esmeró por lograr serlo, que a ocho meses murió con verdadera fama de santidad. Hay que empezar hoy mismo, ahora mismo, y no dejar para mañana el bien que ayer no quisimos hacer. Ahora mismo empezar a tratar de ser mejores, sin andar tratando de imitar el modo como se portan los demás, porque son demasiado pocos los que en realidad se dedican a vivir santamente.

Tercer remedio para alejar la tibieza: la meditación

La meditación llena el cerebro de buenos pensamientos, el corazón de afectos hacia Dios y hacia lo eterno, y la voluntad de provechosos propósitos: Con razón repetía San Luís Gonzaga: "No habrá mucha perfección donde no haya mucha oración y mucha meditación". La meditación nos hace evitar el pecado al pensar en la presencia de Dios y en las postrimerías que nos esperan: Muerte, juicio, infierno y Gloria. Nos despega de los bienes terrenos, haciéndonos pensar en los bienes eternos que nos esperan. Nos hace evitar el orgullo y crecer en humildad al recordarnos lo miserables y débiles que hemos sido y que seguimos siendo y al hacernos ver nuestra impotencia nos incita a recurrir a Dios con la oración. Pero si no dedicamos tiempos a la meditación, nos dejamos llevar por la disipación y caeremos en graves pecados.

Ahora se explica uno por qué San Francisco de Sales en su Filotea coloca como primerísima práctica para quien desea llegar a la santidad, dedicar cada día algún tiempo a la meditación, a pensar seriamente en Dios, en el alma y en los medios de conseguir la eterna salvación.

Cuarto remedio para alejar la tibieza y conseguir la perfección: la Comunión frecuente

Vamos a repetir aquí una página famosa de San Basilio.

Este gran santo y sabio dejó escritas unas bellas palabras que conviene no olvidar nunca: "Si te hincha el veneno del orgullo, toma este Sacramento, y el Pan Humilde, te hará humilde. Si la avaricia quiere apoderarse de ti, toma el Pan Celestial, y el Pan Generoso te hará generoso. Si la brisa nociva de la envidia y del egoísmo sopla sobre ti, toma el Pan de los Ángeles, y Él te comunicará el amor verdadero. Si te has entregado al exceso en la comida o en la bebida, toma el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y ese Cuerpo que ha soportado tantas mortificaciones, seguramente te irá llevando a la moderación y a la mortificación. Si te ataca la pereza y te vuelve sin ánimos para el bien, de manera que ya no te gusta rezar ni sientes fuertes deseos de hacer obras buenas, fortalécete con el Cuerpo de Cristo, y él te llenará de entusiasmo y de fervor. Finalmente, si sientes fuerte inclinación a la impureza, entonces, y especialmente entonces, toma el Cuerpo Santísimo de Cristo, y ese Cuerpo, el más perfectamente puro que ha existido, te irá llevando hacia la pureza y castidad".

El medio más necesario de todos: la oración

La tibieza es como una roca
que busca aplastarte
Para evitar la tibieza, y adquirir el fervor y crecer en el amor a Jesucristo no hay otro medio más necesario ni más eficaz que la oración. Dios en su infinita bondad al invitarnos a orar puso a nuestra disposición un medio infalible para progresar en santidad, y nos hizo una promesa muy consoladora: "Pedid y se os dará. Todo el que pide recibe" (Lc.11-9). La oración nos vuelve muy poderosos, porque nos consigue del Señor lo que por nuestras solas fuerzas o luces no podríamos alcanzar. Santa Teresa decía: "Me propuse conseguir de Nuestro Señor una gracia. Perseveré pidiendo. No me cansé de pedir, y al fin la conseguí".

Si oramos con fe podremos repetir las palabras del Salmo 65 "Bendito sea Dios que no rechazó mis súplicas ni me negó sus favores". San Agustín explicando estas frases añade: "Si por tu parte no falta la oración, puedes tener por cierto que por parte de Dios no faltarán las generosas ayudas". Y San Jerónimo advierte: "Siempre se alcanza de Dios ayuda, cada vez que rezamos". San Juan de la Cruz, maestro de oración repetía: "De Dios se alcanza, cuanto con ferviente oración se espera conseguir de Él, si conviene para nuestra alma".
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San Alfonso María de Ligorio, en "Prácticas de Amor a Jesucristo".
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lunes, 10 de octubre de 2011

UNA HISTORIA DE AMOR



ientras observaba un hermoso paisaje,
enmarcado por una policromática puesta de sol,
alababa a Dios por su bella obra.

Estando sentado ahí,
sentí la presencia del Señor conmigo.

Entonces, Él me preguntó, "¿Me amas?"

Yo contesté, "¡Por supuesto, Dios!
¡Tú eres mi Señor y Salvador!"

Dios me preguntó: "Si estuvieras físicamente incapacitado, ¿aún me amarías?"

Me quedé perplejo. No esperaba esa pregunta...Miré abajo. Mis brazos, piernas y el resto de mi cuerpo y me pregunté cuántas cosas sería incapaz de hacer si lo estuviera. Las cosas que hoy me parecen tan sencillas.

Y contesté, "Sería difícil, Señor, pero aún así te amaría"

Entonces el Señor dijo, "Si estuvieras ciego,
¿amarías aún mi creación?"

¡Cómo podría amar algo, siendo incapaz de verlo!
Entonces pensé en toda esa gente ciega en el mundo entero y cuántos de ellos aún aman a Dios y a su Creación. Así que contesté, "Es difícil
pensarlo, pero aún te amaría."

El Señor entonces me preguntó, "Si fueses sordo,
¿oirías aún mi Palabra?"

¿Cómo podría oír algo siendo sordo? Entonces comprendí.
Escuchar la Palabra de Dios no es meramente usar nuestros oídos, sino nuestros corazones.
Contesté, "Sería difícil, pero aún oiría tu Palabra".

El Señor entonces preguntó, "Si estuvieses mudo,
¿alabarías aún mi Nombre?".

Pero...¿cómo puedo alabar sin voz? Entonces se me ocurrió
que Dios desea que le cantemos desde nuestra alma y corazón.
No importa cómo sonamos.
Y cuando alabamos a Dios no lo hacemos siempre con un cántico, pero cuando somos perseguidos, le damos alabanza a Dios con nuestras palabras de gratitud.
Entonces contesté, "Aunque no pudiera cantarte físicamente,
alabaría aún tu Nombre"

Y el Señor preguntó, "¿En realidad me amas?"

Con valor y profunda convicción, le contesté resueltamente,
"¡Sí Señor! ¡Te amo porque Tú eres el Dios único y verdadero!"
Pensé que había contestado correctamente, pero Dios preguntó:

"¿Entonces por qué pecas?"

Me sentí muy turbado, pero alcancé a contestar:
"¡Porque soy sólo un humano, y no soy perfecto!"

"Entonces ¿por qué en tiempos de paz te descarrías tan lejos de mí?
¿Por qué sólo en tiempos de angustia oras sinceramente?"

No hubo respuestas. Sólo lágrimas.

El Señor continuó, "¿Por qué solamente me cantas en la iglesia o en los retiros espirituales?
¿Por qué me buscas sólo en tiempos de adoración?
¿Por qué pides cosas tan egoístas? ¿Por qué pides sin tener fe?"

Las lágrimas continuaron rodando sobre mis mejillas.

"¿Por qué te avergüenzas de mí? ¿Por qué no estás
esparciendo la Buena Nueva? ¿Por qué en tiempos
de persecución, lloras con otros cuando te ofrezco
mi hombro para que llores? ¿Por qué pones pretextos
cuando te doy la oportunidad de servir en Mi Nombre?"

Intenté contestar, pero no hubo respuesta que dar.

"Eres bendecido con la vida. No te hice para que desperdiciaras este regalo.
Te he bendecido con talentos para servirme, pero continúas
dándome la espalda.
Te he revelado mi Palabra, pero no obtienes el conocimiento de ella.
Te he hablado, pero tus oídos estaban cerrados.
Te he mostrado mis bendiciones, pero tus ojos nunca las vieron.
Te he mandado mis siervos, pero permaneciste sentado inmóvil mientras ellos eran rechazados.
He oído tus oraciones y las he contestado todas.
¿En verdad me amas?"

No podía contestar. ¿Cómo podría hacerlo?
Estaba increíblemente apenado. No tuve excusa. ¿Qué podía decir a esto?
Cuando mi corazón hubo llorado y las lágrimas habían fluido, dije:
"¡Por favor perdóname Señor! ¡Soy indigno de ser tu hijo!"

El Señor contestó, "Esa es mi Gracia, mi hijo"

Entonces le pregunté, "¿Entonces por qué continúas perdonándome?
¿Por qué me amas tanto?"

El Señor contestó, "Por que tú eres mi creación.
¡Tú eres mi hijo! ¿Sabes lo qué es un hijo?
Nunca te abandonaré.
Cuando llores, tendré compasión
y lloraré contigo.
Cuando estés gozoso, me alegraré contigo.
Cuando estés deprimido, te animaré.
Cuando acudas contrito al confesionario, siempre te perdonaré.
Cuando caigas, te levantaré.
Cuando te sientas cansado, te llevaré sobre mis hombros.
Te di una Madre en el Calvario y estaremos siempre contigo hasta el fin de los días."

Nunca antes había llorado como en ese momento. ¡Cómo
pude haber sido tan frío! ¡Cómo pude lastimar a Dios con todo lo que hice!
Le pregunté a Dios: "¿Cuánto me amas?"

El Señor me estrechó en sus brazos, y contemplé sus manos
cicatrizadas por los clavos. Me incliné a los pies de Cristo, mi Salvador.
Y por primera vez, en verdad oré.

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sábado, 21 de mayo de 2011

¿EN QUÉ CONSISTE LA VIRTUD DE LA DEVOCIÓN? por San Francisco de Sales


La viva y verdadera devoción presupone el amor de Dios; mas no un amor cualquiera, porque cuando el amor divino embellece a nuestras almas se llama gracia, la cual nos hace agradables a su Divina Majestad; cuando nos da fuerza para obrar bien, se llama caridad; pero cuando llega a un tal grado de perfección, que no sólo nos hace obrar bien, sino con cuidado, frecuencia y prontitud, entonces se llama devoción.

La virtud de la devoción es aquel grado de amor de Dios que nos hace obrar el bien con cuidado, frecuencia y prontitud. La devoción no es más que una agilidad y viveza espiritual, por cuyo medio la caridad hace sus obras en nosotros, o nosotros por ella, pronta y afectuosamente. Luego, para ser devoto, además de la caridad se requiere una gran diligencia y presteza en los actos de esta virtud. Además, la devoción nos incita a hacer con prontitud y afecto, el mayor número de obras buenas que podemos, aun aquellas que no están en manera alguna mandadas, sino tan sólo aconsejadas o inspiradas.

Finalmente, la caridad y la devoción sólo se diferencian entre sí como la llama y el fuego; pues siendo la caridad un fuego espiritual, cuando está bien encendida se llama devoción, de manera que la devoción nada añade al fuego de la caridad, fuera de la llama que hace a la caridad pronta activa y diligente no sólo en la observancia de los mandamientos de Dios, sino también en la práctica de los consejos e inspiraciones celestiales.

El Espíritu Santo, por boca de todos los santos y Nuestro Señor por la suya propia, nos aseguran que la vida devota es una vida dulce, feliz y amable.

Mas el mundo no ve la devoción interior y cordial, que hace que todas estas acciones sean agradables, suaves y fáciles.

Ahora bien, la devoción es el verdadero azúcar espiritual, que quita la aspereza a las mortificaciones y el peligro de dañar a las consolaciones; quita la tristeza a los pobres y el afán a los ricos, la desolación al oprimido y la insolencia al afortunado, la melancolía a los solitarios y la disipación a los que viven acompañados; sirve de fuego en invierno y de rocío en verano; sabe vivir en la abundancia y sufrir en la pobreza; hace igualmente útiles el honor y el desprecio, acepta el placer y el dolor con igualdad de ánimo, y nos llena de una suavidad maravillosa.

La devoción es la dulzura de las dulzuras y la reina de las virtudes, porque es la perfección de la caridad. Si la caridad es la leche, la devoción es la nata; si es una planta, la devoción es la flor; si es una piedra preciosa, la devoción es el brillo; si es un bálsamo precioso, la devoción es el aroma, el aroma de suavidad que conforta a los hombres y regocija a los ángeles.

San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, Cap. I y II
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