Volver nuestra vida decididamente a Dios y mantenerla.
En el momento de estar alejados de Dios, hemos de volver decididamente a Él, hasta con violencia si fuese necesario, dándonos la espalda a nosotros mismos; presentarnos cara a Dios de todo corazón. Esta es la primera lucha, el primer combate fundamental en que tendremos que vérnoslas con nosotros mismos. Pero hemos de cuidar mucho no engañarnos, haciendo de nuestra renuncia al pecado sólo una tregua, y no una ruptura firme. Mucha atención a este aspecto, muy común desgraciadamente: se lucha, más no hay un deseo verdadero de ruptura con la vida pecaminosa. Dice el libro del Apocalipsis (3, 1): Conozco tus obras y que tienes nombre de vivo y estás muerto. Nomen habes quod vivas, et mortuus es.
Es importante plantear sin dudas ni reservas nuestro deseo de conversión a Dios, y además mantener con firmeza nuestra decisión; tal es nuestro primer combate. Dada la realidad de nuestra vida y de nuestro entorno, es necesario defender lo conseguido, continuar perseverando en la fidelidad a Dios, a pesar de la resistencia exterior y de lo que pensaren los demás. Es preciso plantear nuestra lucha con total entereza, y por decirlo así con osadía divina, en medio de todas las contradicciones y ataques de este mundo.
Es muy importante reconocer y descubrir el estado de nuestra vida con respecto al combate, es decir, ¿tenemos inclinación a olvidarnos de Dios?, ¿tenemos un excesivo cuidado por nosotros mismo?, o por el contrario amamos a Dios y estamos prestos a renunciar a cuanto sea necesario por no apartarnos de Él. Debemos conocer y saber si vivimos de la vida gloriosa y verdadera a la que Dios nos ha invitado y para la cual fuimos creados. ¿Estamos en ella sí o no? No cabe término medio, sólo grados. Pero, si el alma no está en los primeros grados de unión con Dios, es decir sin pecado mortal, entonces, no tiene vida sino muerte.
¿Dónde hallará el alma su alimento para mantenerse firme sin decaer? Ya dijimos en el primer artículo la importancia del la fe, las primeras palabras del Credo: Credo in Deum. Ahora lo completamos con la vida de oración y la frecuencia de los sacramentos. La oración es el sustento del alma, pero la experiencia demuestra que no es fácil orar bien, entre otros motivos porque son muchas las almas que no saben rezar. Muchos acuden a la oración de vez en cuando, cuando tienen tiempo, o cuando se acuerdan, no forma parte de la vida espiritual del alma, o al menos no de forma predominante. Es difícil una vida de oración ininterrumpida, que se haga todos los días, sin tener en cuenta las dificultades que pueda haber. Por esta razón es necesario también el combate espiritual para mantener la constancia de la vida de oración. Es una lucha que hay que afrontar y vencer diariamente.
La frecuencia de los sacramentos es el otro aspecto fundamental de la vida espiritual del alma, y también causa de combate; la Sagrada Eucaristía y el Sacramento de la Penitencia, he aquí los alimentos del alma a los que ha de acudir con suma frecuencia, especialmente el sacramento del altar donde se contiene la Vida por esencia. Es causa de lucha la confesión frecuente; es necesario fijar la confesión cada cierto número de días y mantenerla; y, además, sin demorarla en el tiempo ante un pecado grave actual. En el santo Sacrificio obtiene el alma el alimento único para su alma, la Vida verdadera que viene a ella a hacer su morada santa; si así la viva el alma, así se irá transformando en lo miso que come.
La vida exterior de ser expresión de la interior.
La vida espiritual cuando es verdadera implica una serie de hábitos contraídos. Una vida de mortificación, de abnegación, de negación de uno mismo, tiene sus propias manifestaciones y hábitos externos. Quien vive una vida espiritual firme, quien se empeña con decisión en su combate espiritual y se mantiene en la lucha, de forma inevitable tendrá una forma de vida propia que haga que se singularice, poco o mucho.
Cuando el alma ha hecho la elección de amar a Dios antes que a sí mismo, cuando es cosa segura que el alma no se prefiere a sí, sino a Dios, que está hecha la decisión entre los dos amores, el amor propio y el amor de Dios, si Dios está perfectamente arraigado en la vida del alma, entonces verdaderamente se encontrará en la propia vida señales externas de tal elección interior del alma. Es imposible contemporizar con la frivolidad del mundo que nos rodea como si no se hubiese hecho tal elección en el corazón. Los verdaderos y decididos combatientes se distinguen ya en la tierra porque llevan impresos un sello inmortal en esta vida como lo tendrán en el cielo.
La vida exterior es expresión de la interior. Es peligrosa la frase tan de moda hoy en día: Dios juzga según el corazón, Él no ve nada más, poco no le importan esas manifestaciones externas. No pueden separarse lo interior de lo exterior y viceversa. Nuestra vida es reflejo de nuestra vida interior, y si no lo fuere habría que pensar que la vida interior ha cedido a la lucha, ha dejado el combate espiritual.
El alma que se ha decidido por el combate se encontrará en choque continuo en esta vida. Cuando el alma ya no se pertenece, sino sólo a Dios, cuando ha renunciado al propio beneficio por la gloria de Dios, entonces se encontrará con otras a su alrededor que no hicieron lo mismo, y que además no llevarán con agrado la vida de santidad de aquella, y no perdonarán que tal alma las haya adelantado en su determinación de seguimiento divino; las almas empeñadas en el combate espiritual serán el blanco del ataque de las demás.
Para mantener la vida combativa es preciso mantener una fuerza de resistencia, es decir, muchas veces cuanto ocurra alrededor de la vida del alma tenderá a comprometerla; su manera de pensar y obrar es un estorbo, molesta, no es como el de los demás. Todo alrededor del alma tenderá a desestabilizarla, y es aquí cuando el alma necesitará de una gran fuerza de resistencia. Si bien el alma tiene fuerza y valor para vencerse a sí misma, bien puede ocurrir que no la tenga para vencer la presión de los demás. En estas situaciones las almas buenas deben desconfiar de sí mismas y armarse de valor.
El alma cristiana de verdad se compone de dos cosas, que ya hemos apuntado en la primera parte de este artículo: Sí y No. El Sí para Dios, para todo lo que es deber, amor, consagración a Él. El No para todo lo que le es contrario, y puede dar muerte al alma, esto es, el mundo, demonio y carne. No existe en la vida de gracia, en el combate espiritual, un punto intermedio, un lugar equidistante entre el sí y el no; la indeterminación es lo que quiere el maligno para el alma que se esfuerza por seguir y cumplir la voluntad divina; esto es lo que quieren las fuerzas del mal, que despreciando la lucha espiritual presentan al alma la vida complaciente que huye del sí y del no, como actitudes caducas del pasado, que nada aportan a la realidad actual donde, dicen, todo depende de las circunstancias de la vida personal, y que no pueden decidirse entre un sí y un no.
El alma que combate, su vida espiritual que se mantiene en ella, no ha de temer dañar a quienes quieran perturbarla: no falta a la caridad con el prójimo si resiste los ataques exteriores de éste, cuando no consiente en actitudes extrañas que pretendan alterar su vida interior. Cuidado con los respetos humanos, pueden dañar mucho al alma buena si no es firme en sus determinaciones; si no está decida a decir: No te conozco, nada tengo que ver contigo. Ante cualquier necesidad para el alma, sólo debe consultarse la voluntad de Dios y el interés de aquella; hay que estar muy alerta para no hacer concesiones a los demás, para no faltar al principio de hacer primero la voluntad divina que la propia, y para ello el alma ha de estar muy pendiente de los medios anteriormente dichos de la oración y sacramentos.
Debemos ser misioneros y transmisores de la vida espiritual.
Cuando la vida espiritual existe en nosotros entonces surge el deseo de comunicar esa vida divina de nuestra alma. Yo he venido a este mundo para que todos tengan vida, y la tengan abundante (Jn. 10, 10). Nuestro combate alcanza su manifestación más bella y más gloriosa cuando la propagamos y extendemos a los demás. No sólo somos conservadores y celosos valedores de nuestra vida interior, sino sus misioneros y propagandistas. Tras el espíritu de combate y defensa, hemos de aspirar al de conquista. He aquí otro combate. Lo natural en el hombre es ocuparse de sí mismo, pero el servicio a los demás ya supone una elevación del espíritu.
Nuestro espíritu debe ser de expansión. Nuestra confianza en Dios ha de llegar hasta la seguridad de que tenemos la vida divina en nosotros, y esta vida de Dios nos empuja a transmitirla a los demás, a conquistar almas para introducirlas en el amor de Dios. No nos basta nuestra vida de intimidad con Dios, hemos de hacerla partícipe a quienes no la tienen. Entonces viviremos la vida en el sentido pleno y verdadero; y ocurrirá, queridos hermanos, que esa vida divina que trasmitimos volverá por caminos misteriosos a nosotros mismos bajo la forma de agradecimiento divino. Nuestra vida se verá multiplicada, amplificada, con nuevas fuerzas, será más viva, si cabe, más vigorosa, porque es una vida que se derrama y expande.
Digámonos a nosotros mismos: tengo en mí los elementos de la vida cristiana, quiero afianzarla y defenderla, y quiero, además, propagarla. El combate espiritual cuando es firme y decidido, cuando se defiende lo conquistado, cuando se propaga la vida de Dios en uno mismo, entonces el alma siente la presencia de Dios que le bendice en sus acciones y vida; siente, en medio del esfuerzo y la lucha, la recompensa divina al esfuerzo generoso del alma; siente el gozo íntimo e inigualable del sacrifico propio de aniquilarse a sí mismo para que Dios lo sea todo en el alma.
El mundo se escandalizará. Pero no somos del mundo.





























