jueves, 8 de octubre de 2026
EL ADULTERIO, LA FORNICACIÓN, EL DIVORCIO Y LA CASTIDAD SEGÚN LA SAGRADA ESCRITURA
Doctrina católica sobre la castidad, el adulterio, la fornicación y la indisolubilidad del matrimonio, haciendo las precisiones necesarias para que las afirmaciones correspondan exactamente a la Sagrada Escritura.
1. El adulterio
El adulterio consiste en mantener relaciones sexuales con una persona distinta del propio cónyuge cuando existe un matrimonio válido. Es un pecado gravemente contrario a la fidelidad matrimonial y al sexto mandamiento: «No cometerás adulterio» (Éxodo 20,14; Deuteronomio 5,18).
Nuestro Señor Jesucristo confirma la gravedad de este pecado:
«Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola ya cometió adulterio con ella en su corazón.» (Mateo 5,27-28).
Cristo no solamente condena el acto exterior, sino también el consentimiento interior deliberado al deseo impuro.
San Pablo enseña claramente que el adulterio es incompatible con la salvación mientras el pecador permanezca voluntariamente en él:
«¿No sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el Reino de Dios.» (1 Corintios 6,9-10).
Y nuevamente:
«Porque tened entendido que ningún fornicario o impuro o avaro —que es un idólatra— tendrá herencia en el Reino de Cristo y de Dios.» (Efesios 5,5).
La Escritura, por tanto, no presenta el adulterio como una falta pequeña o meramente privada. Es un pecado grave que, si se mantiene deliberadamente sin arrepentimiento, excluye del Reino de Dios.
2. La fornicación
La Sagrada Escritura emplea frecuentemente el término fornicación para designar las relaciones sexuales ilícitas fuera del matrimonio.
San Pablo dice:
«La voluntad de Dios es vuestra santificación: que os alejéis de la fornicación; que cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como los gentiles que no conocen a Dios.» (1 Tesalonicenses 4,3-5).
Y añade:
«Pues Dios no nos ha llamado a la impureza, sino a la santidad.» (1 Tesalonicenses 4,7).
Por eso, las relaciones sexuales entre personas que no están unidas en matrimonio válido contradicen el orden establecido por Dios. El matrimonio es el ámbito propio de la unión sexual.
San Pablo es absolutamente explícito:
«Huid de la fornicación. Todo pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo; pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados a precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo.» (1 Corintios 6,18-20).
Por eso, el cristiano soltero está llamado a vivir la castidad, no teniendo relaciones sexuales ni consintiendo deliberadamente deseos impuros.
3. La castidad de los solteros
La castidad cristiana no significa solamente abstenerse físicamente de relaciones sexuales. Comprende también ordenar los pensamientos, deseos, miradas, conversaciones y acciones según la voluntad de Dios.
Nuestro Señor Jesucristo enseñó:
«Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola ya cometió adulterio con ella en su corazón.» (Mateo 5,27-28).
San Pablo exhorta:
«Haced morir, pues, lo que hay de terreno en vosotros: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia, que es una idolatría.» (Colosenses 3,5).
Y también:
«La fornicación y toda clase de impureza o de avaricia, ni siquiera se mencionen entre vosotros, como conviene a los santos; ni palabras deshonestas, ni necedades, ni groserías, que no están bien, sino más bien acciones de gracias.» (Efesios 5,3-4).
El soltero cristiano, por tanto, está llamado a vivir en castidad, guardando el cuerpo y el alma para Dios y evitando deliberadamente aquello que conduce al pecado contra la pureza.
4. El matrimonio y la fidelidad
El matrimonio no es simplemente una relación sentimental. Desde el principio Dios estableció una unión entre el hombre y la mujer caracterizada por su exclusividad y fidelidad.
El Génesis dice:
«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.» (Génesis 2,24).
Nuestro Señor Jesucristo utiliza precisamente este texto para enseñar la indisolubilidad matrimonial:
«¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, los hizo varón y hembra, y que dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre.» (Mateo 19,4-6).
Por tanto, el matrimonio exige fidelidad mientras viven los esposos.
5. El divorcio y una nueva unión
La enseñanza de Jesucristo es particularmente clara:
«Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio; y el que se casa con una repudiada por su marido comete adulterio.» (Lucas 16,18).
San Marcos transmite igualmente:
«Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.» (Marcos 10,11-12).
Y San Pablo enseña:
«A los casados les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido; pero si se separa, que permanezca sin casarse o que se reconcilie con su marido; y que el marido no despida a su mujer.» (1 Corintios 7,10-11).
La separación de los esposos puede darse en determinadas circunstancias, pero la separación no convierte automáticamente en libre para contraer otro matrimonio a quien permanece unido por un matrimonio válido.
Por eso, mientras vive el cónyuge y permanece el vínculo matrimonial válido, una nueva unión sexual o matrimonial constituye adulterio.
San Pablo lo explica mediante la analogía del vínculo matrimonial:
«La mujer casada está ligada por la ley a su marido mientras él vive; pero si muere el marido, queda libre de la ley del marido. Por eso, mientras vive el marido, será llamada adúltera si se une a otro hombre; pero si muere el marido, queda libre de esa ley, de modo que no es adúltera si se une a otro hombre.» (Romanos 7,2-3).
6. «Hasta que la muerte los separe»
La Sagrada Escritura presenta el vínculo matrimonial como permanente durante la vida de los esposos.
San Pablo afirma:
«La mujer casada está ligada por la ley a su marido mientras él vive.» (Romanos 7,2).
Y respecto del matrimonio cristiano:
«El marido no tiene poder sobre su propio cuerpo, sino la mujer; del mismo modo, tampoco la mujer tiene poder sobre su propio cuerpo, sino el marido. No os privéis el uno del otro, sino de común acuerdo, por cierto tiempo, para dedicaros a la oración; y luego volved a estar juntos, para que Satanás no os tiente por vuestra incontinencia.» (1 Corintios 7,4-5).
La fidelidad matrimonial, por tanto, es una obligación seria delante de Dios.
7. ¿Puede un soltero tener relaciones con una persona divorciada?
Aquí es necesario distinguir cuidadosamente las situaciones.
Si una persona divorciada estuvo verdaderamente casada y su matrimonio sigue siendo válido porque el cónyuge vive, el divorcio civil no destruye por sí mismo el vínculo matrimonial ante Dios. Una relación sexual con esa persona constituye una unión ilícita y participa en el adulterio respecto del vínculo existente, además de constituir fornicación por parte de quien no está casado con ella.
La enseñanza de Cristo es precisamente:
«Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio, y el que se casa con una mujer repudiada por su marido comete adulterio.» (Lucas 16,18).
Sin embargo, estar simplemente en compañía, hablar o relacionarse SOCIALMENTE con una persona divorciada no es pecado. El pecado se produce cuando existe consentimiento o actuación contraria a la castidad: relaciones sexuales, actos sexuales deliberados o, según el caso, otros actos gravemente desordenados.
8. El matrimonio civil y el matrimonio sacramental
La Sagrada Escritura, en cualquier caso, establece que la unión matrimonial debe respetarse y que no se puede utilizar un divorcio civil como autorización automática para contraer una nueva unión mientras subsiste un matrimonio válido.
Por eso, cuando existe un caso concreto, corresponde determinar canónicamente si existe realmente un vínculo matrimonial válido.
9. La masturbación
La Sagrada Escritura no utiliza expresamente la palabra moderna «masturbación», pero condena la impureza, la lujuria y los actos sexuales realizados fuera del orden querido por Dios.
San Pablo enseña:
«La voluntad de Dios es vuestra santificación: que os alejéis de la fornicación; que cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como los gentiles que no conocen a Dios.» (1 Tesalonicenses 4,3-5).
Y:
«Huid de la fornicación.» (1 Corintios 6,18).
También:
«Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.» (Romanos 8,8).
La doctrina católica considera la masturbación un acto GRAVEMENTE desordenado contra la castidad. Para determinar la culpabilidad mortal subjetiva (objetivamente es pecado mortal) se debe considerar que siempre es materia grave, pero también debe considerarse el pleno conocimiento y el deliberado consentimiento.
10. La pornografía
La pornografía es radicalmente contraria a la dignidad de la persona y a la virtud de la castidad. Aunque la Biblia no emplea el término moderno «pornografía», Nuestro Señor condena incluso la mirada deliberadamente lujuriosa:
«Todo el que mira a una mujer deseándola ya cometió adulterio con ella en su corazón.» (Mateo 5,28).
Job expresa la necesidad de custodiar los ojos:
«Había hecho un pacto con mis ojos: no mirar a una doncella.» (Job 31,1).
Y San Pablo manda:
«La fornicación y toda clase de impureza o de avaricia, ni siquiera se mencionen entre vosotros, como conviene a los santos.» (Efesios 5,3).
También:
«No os engañéis: ni los fornicarios, ni los adúlteros, ni los impuros heredarán el Reino de Dios.» (cf. 1 Corintios 6,9-10; Efesios 5,5).
Por consiguiente, buscar deliberadamente imágenes o videos pornográficos, con consentimiento y conocimiento de su carácter, constituye materia grave contra la castidad.
11. La impureza excluye del Reino de Dios si no hay arrepentimiento
San Pablo repite esta enseñanza con una claridad impresionante:
«¿No sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el Reino de Dios.» (1 Corintios 6,9-10).
Y añade inmediatamente algo importantísimo:
«Y esto erais algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.» (1 Corintios 6,11).
Esto demuestra que la doctrina cristiana no solamente condena el pecado: ofrece también el camino de la conversión, del perdón y de la santificación.
12. La solución: vivir en castidad según el propio estado.
La respuesta cristiana no es buscar excepciones para justificar el pecado, sino vivir según la vocación recibida de Dios.
San Pablo dice:
«Pues esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación.» (1 Tesalonicenses 4,3).
Y:
«Huid de la fornicación.» (1 Corintios 6,18).
Y también:
«El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo.» (1 Corintios 6,13).
El casado debe vivir la fidelidad matrimonial. El soltero debe vivir la continencia y la castidad. El viudo debe vivir también castamente. La persona que se encuentra separada debe respetar el vínculo matrimonial mientras éste subsista (la muerte de un cónyuge lo rompe). Todos están llamados a ordenar su vida conforme a Dios.
13. La lucha interior contra los pensamientos impuros
La castidad también exige luchar contra los malos pensamientos voluntariamente consentidos.
San Pablo enseña:
«Todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de estima, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, tenedlo en cuenta.» (Filipenses 4,8).
Y:
«Haced morir, pues, lo que hay de terreno en vosotros: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia.» (Colosenses 3,5).
No todo pensamiento involuntario constituye pecado. La tentación no es pecado mientras no sea deliberadamente aceptada. El pecado aparece cuando existe consentimiento voluntario al pensamiento o deseo desordenado.
14. Dios llama a la santidad del cuerpo y del alma
La razón profunda de la castidad cristiana es que el cuerpo humano pertenece a Dios.
San Pablo declara:
«¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados a precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo.» (1 Corintios 6,19-20).
Por eso, la moral sexual cristiana no es simplemente un conjunto de prohibiciones. Es una llamada a reconocer la dignidad del cuerpo humano, la santidad del matrimonio, la fidelidad entre los esposos y la pureza del corazón.
15. Resumen de la enseñanza bíblica
Adulterio: relaciones sexuales con una persona distinta del propio cónyuge cuando existe un matrimonio válido. La Escritura lo condena expresamente: Éxodo 20,14; Levítico 20,10; Mateo 5,27-28; Mateo 19,4-9; Marcos 10,11-12; Lucas 16,18; Romanos 7,2-3; 1 Corintios 6,9-10; Hebreos 13,4.
Fornicación: relaciones sexuales fuera del matrimonio. Textos fundamentales: Hechos 15,20; 1 Corintios 6,18-20; 1 Corintios 10,8; Gálatas 5,19-21; Efesios 5,3-5; Colosenses 3,5-6; 1 Tesalonicenses 4,3-8; Apocalipsis 21,8.
Divorcio y nueva unión: Mateo 5,31-32; Mateo 19,3-9; Marcos 10,2-12; Lucas 16,18; Romanos 7,2-3; 1 Corintios 7,10-11.
Castidad: Génesis 39,7-12; Job 31,1; Mateo 5,27-30; 1 Corintios 6,18-20; 1 Tesalonicenses 4,3-8; Efesios 5,3-5; Colosenses 3,5-6; Filipenses 4,8.
Masturbación e impureza: aunque la masturbación no aparece nombrada literalmente en la Biblia, los principios bíblicos sobre la santidad corporal, la continencia, la pureza y el dominio de las pasiones se encuentran especialmente en Mateo 5,27-30; Romanos 6,12-13; 1 Corintios 6,18-20; Gálatas 5,16-24; 1 Tesalonicenses 4,3-8.
Pornografía y mirada lujuriosa: Mateo 5,27-28; Job 31,1; Salmo 101,3; Filipenses 4,8; Efesios 5,3-5; Colosenses 3,5.
Conclusión: La Sagrada Escritura enseña inequívocamente que el cristiano debe vivir la virtud de la castidad y que el adulterio y la fornicación son pecados graves. Nuestro Señor Jesucristo confirma la santidad y permanencia del matrimonio, y San Pablo advierte que quienes permanecen deliberadamente en la fornicación, el adulterio y la impureza no heredarán el Reino de Dios. Pero la misma Escritura proclama que el pecador puede convertirse: «habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo» (1 Corintios 6,11). Por eso, ante el pecado sexual, el camino cristiano es: arrepentimiento, propósito de enmienda, confesión con el sacerdote, conversión, lucha contra la tentación y vida de castidad según el propio estado.
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