jueves, 23 de abril de 2026
EL DEMONIO MUDO (de la impureza o de deshonestidad)
viernes, 23 de enero de 2026
IRRESPONSABLE Y FUNESTO DESCUIDO
sábado, 10 de enero de 2026
miércoles, 1 de octubre de 2025
DESCARGA TU CONCIENCIA POR MONSEÑOR DE SEGUR.
jueves, 14 de agosto de 2025
¿COMULGAR SIN CONFESARSE?
jueves, 6 de marzo de 2025
EN ESTA CUARESMA...
Tómate tu tiempo para hacer una Confesión muy humilde y dolorosa. Con verdadero arrepentimiento y propósito de enmienda. Para ello debes hacer previamente un muy buen Examen de Conciencia. Anota tus pecados para no olvidarlos (una vez confesado destruye la nota). Muchas veces nos ponemos nerviosos en el confesionario y podemos olvidarlos. Indica cuántas veces (es obligatorio decir el número de veces, en la medida de lo posible) y cuándo fue la última vez que cometiste los pecados. Esto ayuda al confesor a darte la penitencia adecuada y a ayudarte a desarraigar esos vicios. Hay obligación de explicar lo que agrava un pecado pero no dar detalles innecesarios. No olvides cumplir tu penitencia.
En adelante, luego de esta confesión, acude de inmediato al confesionario cuando hayas cometido una falta grave, y si no la hay, entonces es aconsejable hacerlo cuando menos cada cuatro o cinco semanas para confesar los pecados veniales.
Recuerda que éstos se pueden perdonar también por otros medios (agua bendita, un padre nuestro, pan bendito, etc.) mientras que los pecados mortales es necesario confesarlos al sacerdote. Es indispensable esto para poder comulgar pues la Eucaristía no debe nunca recibirse en pecado mortal. Quien comulga en pecado grave come y bebé su propia condenación, nos enseña el apóstol san Pablo.
Recuerda la parábola del hijo pródigo: Lucas, capítulo 15, versículos del 11-32.
viernes, 23 de agosto de 2024
sábado, 13 de julio de 2024
viernes, 14 de junio de 2024
MEDITACIÓN SOBRE EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA
I. Este sacramento es necesario para los que han perdido la inocencia bautismal por algún pecado mortal. Este remedio es fácil, pues basta descubrir las llagas para ser curado; es también consolador: no hay en este mundo gozo comparable al que experimenta el pecador que se descarga del peso de sus faltas mediante una buena confesión. Meditemos estas verdades y entonces iremos con alegría a purificarnos en el saludable baño de la Penitencia.
II. A menudo hay que allegarse a este Sacramento, puesto que a menudo ofendemos al Señor. ¿Cómo podemos vivir aunque sea un momento con el pecado mortal en nuestra conciencia? Si muriésemos en ese funesto estado, estaríamos perdidos para toda la eternidad. Vemos todos los días que la muerte arrebata a tantas personas repentina e imprevistamente; nunca deberíamos vivir en un estado en el cual no quisiéramos morir. Confiésate con frecuencia: se llama al médico todas las veces que uno está enfermo.
III. Debes hacer rigurosa penitencia por los pecados ya confesados, a menos que prefieras hacerla en el purgatorio. Esta penitencia debe durar tanto como tu vida; si te parece larga, piensa en el tremendo castigo que te ahorra. ¡Dichosa penitencia que nos reconcilia con Dios, y extingue las llamas del infierno y del purgatorio! Repitamos con los penitentes de la primitiva Iglesia: Ahora sufro y me mortifico, a fin de reconciliarme con Dios a quien ofendí con mis pecados (Tertuliano).
Fuente: La paciencia. Orad por la conversión de los pecadores.
miércoles, 28 de febrero de 2024
UNA MADRE ENVENENADA – DON ORIONE (un pasaje de su vida)
Una noche de invierno hablaba en la iglesia parroquial de Castelnuovo Scrivia, la cual se hallaba llena de fieles llegados de pueblos vecinos. El tema era “La misericordia de Dios”, y por demostrar la grandeza del Sacramento de la Penitencia, dijo esto:
“Si un hijo fuese tan perverso que pusiera veneno en plato de su madre para matarla y se arrepintiera luego de tal monstruosidad, también obtendría el perdón de Dios”.
Al término de la reunión se apresuró a dirigirse a la estación para tomar el tren de regreso, pero como éste ya había partido decidió ir a pie a Tortona, que distaba más o menos ocho kilómetros.
Anochecía y una neblina fría lo envolvía todo: los árboles de la campiña desierta y silenciosa, las últimas casas del pueblo. Un hombre, envuelto en una capa, estaba parado a un lado del camino como si esperase a alguien. Acercándose, Don Orione vio sus características: alto, robusto, con barba negra recortada en dos puntas, sombrero de alas anchas, mirada perdida detrás de algún pensamiento que lo dominaba.
Prudentemente, para hacerse su amigo, preguntó con amabilidad:
-Buen hombre, ¿vais a Tortona?
La respuesta fue rápida y tajante:
-No, yo no voy a Tortona.
-Entonces, buenas noches -dijo Don Orione, acompañando el saludo con una suave sonrisa, y retomó su camino.
-No, buenas noches, no, -repuso el otro con amarga sonrisa-. Deténgase un momento. ¿Es usted quien predicó hace unos momentos?
-Sí yo soy.
-Habló usted sobre la Confesión.
-Efectivamente, sobre ella hablé.
La voz de aquel hombre se hizo vibrante al preguntar:
-¿Cree usted cuanto dijo?
-Sí, creo todo cuanto dije -afirmó lentamente el sacerdote.
-Luego, si un hijo, que ha envenenado a su madre, se confiesa, ¿puede ser perdonado?
-Sí, siempre que esté arrepentido.
Siguió una pausa. En el crepúsculo neblinoso que se cerraba sobre la campiña pasaron minutos de tensa espera.
-¿Me conoce usted? -prosiguió el hombre, mirando fijamente a su interlocutor.
-No, yo no os conozco.
-Sin embargo me conoce usted, pues hablo de mí.
-Pero no, no pude nunca haber hablado de vos.
-Le digo que sí, -afirmó acalorándose cada vez más. Luego miró a su alrededor como si temiese que, desde el manto oscuro que los envolvía, pudiese aparecer algún extraño.
-Soy aquél de quien usted habló esta tarde. Yo puse veneno en el plato de mi madre.
Un escalofrío asaltó a Don Orione. Y siguió otra pausa más plena de ansiedad que la anterior.
-Dígame, -continuó el citado, que por fin encontraba un desahogo a su propio remordimiento,- dígame usted, ¿aún puedo ser perdonado?
-Si estáis arrepentido. -repuso Don Orione, con un hilo de voz en la cual temblaba toda su alma plena de misericordia.
-Y contó que, desde el día de la muerte de su madre, aunque nadie sospechó mínimamente de él, no encontró más paz.
Habían transcurrido varios años. Pero aquella tarde pasaba casualmente delante de la iglesia y, aunque jamás ponía los pies en ese lugar, en aquel instante sintió una necesidad imperiosa de entrar.
-Y penetré justamente cuando hablaba usted del hijo que envenenó a su madre. Pensé que aquellas palabras me estaban dirigidas.
Luego con tono de voz diferente y vuelto más dulce por la inefable esperanza que florecía en su corazón, continuó:
-Si puedo obtener el perdón de Dios y puede usted hacérmelo llegar, aquí estoy, perdóneme.
Y asi, en aquel sitio solitario, que apenas se vislumbraba en la noche invernal, el Sacerdote de Cristo oía la confesión del penitente más necesitado, más apto para demostrar los triunfos de la gracia en el corazón de los hombres.
Recibida la última bendición, el desventurado se levantó pero, antes de partir, en un ímpetu emotivo, quiso abrazar a su consolador y lo hizo con tal fuerza, dominado por desbordante afecto, que Don Orione creyó morir sofocado entre sus brazos.
Don Orione. Héroe de la caridad
martes, 3 de octubre de 2023
EL MODERNISMO PROPONE UN NUEVO, CONTRARIO Y DISTINTO EVANGELIO
Nadie en adulterio puede comulgar. Es la doctrina de la Iglesia durante dos mil años.
Jesús Nuestro Señor, El que es, era y ha de venir, ha dicho claramente que:
"Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio" (Mc 10,11-12).
"Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón" (Mt 5,27-28).
El católico solo debe desear y amar carnalmente a su legítimo cónyuge (con quien contrajo matrimonio religioso ante Dios). Quien se divorcia de él (de su legítimo cónyuge) y contrae matrimonio civil (ese dizque "matrimonio" es nulo ante Dios) comete adulterio y en adulterio no debe comulgar porque comulgaría sacrílegamente en pecado mortal y comería y bebería su propia condenación, como advierte San Pablo a aquellos que no se reconozcan a sí mismos (no reconozcan si hay pecado en su conciencia que les impida comulgar) ni distingan el Cuerpo del Señor de cualquier alimento (1 Corintios 11, 27-32).
No puede haber (como hoy, sacrílegamente, propone el modernismo enquistado en la Iglesia) ningún "discernimiento" sobre la posibilidad de comulgar viviendo en adulterio, porque esa persona desea a su nueva "pareja" y con ella fornica, y no deja de hacerlo ni antes ni después de comulgar. Quien vive en estado de pecado mortal, solo si confesara (al sacerdote en el sacramento de la Penitencia) sus pecados con verdadero arrepentimiento y con firme propósito de no volver a pecar, puede acercarse a recibir la Eucaristía. El adúltero (el divorciado de su cónyuge legítimo, dizque vuelto a casar) que no tiene el firme propósito de dejar de vivir en amasiato (porque eso es realmente) no debe, en ningún caso, ni confesarse ni comulgar, pues no tiene arrepentimiento ni propósito firme de no pecar más. Acudir a ambos sacramentos sin esas disposiciones es sacrílego. A nadie está permitido comulgar si está en pecado mortal, sea éste cual fuere.
No olvidemos la enseñanza bíblica de San Pablo: quien así comulga "come y bebe su propia condenación" (1 Corintios 11, 27-32).
San Juan fue decapitado y recibió el martirio por defender la indisolubilidad del matrimonio ante el adulterio de Herodes, lo mismo ocurrió a Santo Tomás Moro que rechazó el del rey inglés Enrique VIII. Ninguno de los dos les propuso a los adúlteros realizar algún "discernimiento" (como hoy propone el modernismo enquistado en la Iglesia).
"Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema." (Gal 1,8).
"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". (Mt. 24, 35).
sábado, 26 de agosto de 2023
CUANDO LOS NÚMEROS NO CUADRAN
CONFESIONARIOS VACÍOS
Por Lic. Oscar Méndez Casanueva
Dice San Pablo, divinamente inspirado, que quien comulga en pecado mortal "come y bebe su propia condenación".
De ahí la necesidad que nuestra alma esté limpia de todo pecado mortal para que pueda Cristo ser recibido por nosotros. De ahí la necesidad -también- de la confesión sacramental para todo aquel que se sepa en pecado grave. Recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la comunión sin estar perdonados por la confesión sacramental es un pecado gravísimo que se llama sacrilegio. Todo aquél que está en pecado grave, todo aquél que no esté en gracia santificante -misma que se obtiene por la absolución personal en el sacramento de la confesión-, todo aquél que viva en ese estado y no se confiese o se confiese mal (sin verdadero arrepentimiento e intención de evitar el pecado; es decir sin contrición y propósito de enmienda) y comulga sacramentalmente, está "comiendo y bebiendo su propia condenación", según la Palabra de Dios.
Quienes no creen o no obedecen la moral que la Iglesia enseña, quienes no desean seguir las normas morales que Dios exige y el magisterio custodia, no deben -por ninguna excusa- acercarse a recibir la Sagrada Eucaristía.
Luego, es fundamental estar en gracia santificante para comulgar. ¡Qué importante es que vivamos en gracia y qué importante es que comulguemos con frecuencia! Pero que importante es, también, hacerlo con las debidas condiciones y con el amor necesario a Dios, estando conscientes que, precisamente, estamos recibiendo a Dios mismo presente en la hostia consagrada. Recibamos a nuestro Creador y Redentor, recibámoslo como lo que es: Nuestro Dios y Salvador, nuestro Rey y Señor.
Qué tristeza es ver que muchos viven conforme al mundo y de manera contraria a la Ley de Dios, y sin cambiar de actitudes ni confesarse van a recibir a Dios vivo presente en la hostia sin el menor discernimiento de lo que hacen, sólo por el qué dirán los demás y sin pensar en lo que Dios sí dice de esto. Es el lamentable "modernismo" que los ha impregnado, es la inconsciencia de lo que es recibir a Dios, es el permanecer en sus errores y en su vida de pecado, creyendo en un falso dios bonachón hecho a su gusto, medida y conveniencia.
Y qué tristeza es ver, también, que muchos sacerdotes "modernistas" no enseñan ya esta doctrina católica y con su silencio son cómplices del sacrilegio. Hay en ello mucha culpabilidad y Dios les pedirá cuentas. Algunos fieles tendrán el atenuante de su ignorancia (cuando ésta no sea culpable), mismo que no se presenta en los sacerdotes que, como tales, están bien instruidos y callan por contemporizar con el mundo o por una fe débil, o por poco celo pastoral y exiguo amor a las ovejas que les han sido encomendadas.
Urge, hoy, que los pastores vuelvan a hablar y enseñar esta doctrina tan olvidada por muchos o desconocida -incluso- de las nuevas generaciones. Si es tan común que nadie la cumpla, ¿les costaría mucho esfuerzo que nos la recordaran -aunque sea brevemente- durante cada celebración litúrgica?
Resulta contrastante ver tantos comulgantes y vacíos los confesionarios. ¿En verdad todos ellos estarán en gracia y no requerirán confesarse? Sin intentar penetrar en la conciencia de alguien en particular, las matemáticas parece que no cuadran y nos indican la tremenda realidad y el significado de este hecho. ¿O será realmente que alguien pueda vivir años y años sin el menor pecado mortal? Ciertamente puede ser el caso de algunas almas buenas. ¿Cuántas serán? Sólo Dios lo sabe. Si así fuera la situación de algunos, deben recordar, también, que existe el mandamiento de la confesión anual. ¿Pero, realmente, la mayoría que lleva meses y meses o años y años sin confesarse, tiene limpia la conciencia de cualquier pecado grave como para saberse en gracia santificante y poder recibir a Cristo vivo y realmente presente en la Eucaristía? ¿Y no contribuirán a este mal -de la comunión sin confesión- aquellos sacerdotes que ya no están disponibles habitualmente en el confesionario.
Por parte de muchos sacerdotes: Omisión de enseñar esta doctrina y poco o nulo tiempo en el confesionario.
Por parte de muchísimos fieles: Poca instrucción que genera -en muchos casos- una ignorancia culpable. En otros, un descuido irredento por los asuntos de Dios y un vivir de acuerdo a las máximas del mundo, adecuando la moral y las enseñanzas de Dios y de la Iglesia a sus propios caprichos y criterios personales. Todo ello, lleva a la sacrílega comunión en pecado grave y sin confesión sacramental, que los hace comer y beber su propia condenación.
En ambos casos, una multitud que comulga y los confesionarios....¡vacíos!.
TEMA RELACIONADO: CINCO PASOS QUE SE REQUIEREN PARA REALIZAR UNA BUENA CONFESIÓN http://www.catolicidad.com/2012/03/cinco-pasos-que-se-requieren-para.html?m=1
sábado, 12 de agosto de 2023
VIEJO CONFESIONARIO
"Cuántas lágrimas recogiste, cuántos remordimientos, atriciones y contriciones; cuántos balbuceos, palabras temerosas, susurradas. Miedo. Pero ¿de quién? A través de ti el alma se abría al Señor, lo encontraba, volaba.
Si pudieras hablar, ¡qué testimonio de humanidad darías! Cuánta vanidad dejada de lado, cuántos orgullos renunciados, cuántas pequeñas maldades que parecían grandes comparadas con el amor del Señor por las almas. Cuántos delitos absueltos con un gesto, el gesto de Jesús, su bendición. Orgullo y humildad, prevaricación y sumisión. Eras escuela de vida. Y ahora te olvidan, te despiden porque eres viejo y dizque estás superado: resultas incómodo".
P. Michele Casati O.P.
NOTA: Cuántos males se evitarían si el hombre volviera a tener contrición y propósito de no seguir pecando. Y cuántas almas dejarían de condenarse eternamente. Urge retornar al confesionario.
martes, 4 de julio de 2023
PARA COMULGAR ES NECESARIO NO HABER COMETIDO PECADO MORTAL DESPUÉS DE LA ÚLTIMA CONFESIÓN BIEN HECHA.
-Si se está en pecado mortal es necesario efectuar primero una Confesión bien realizada (examen de conciencia, dolor y arrepentimiento por haber pecado, propósito firme de no volver a pecar, decir los pecados cometidos: su número y agravantes, y cumplir la penitencia)-
Discípulo. —Ahora, dígame, Padre: ¿basta, para comulgar, no estar en pecado mortal?
Maestro. —Sí, además de estar en ayunas en la forma como lo prescribe la Iglesia y de saber lo que se va a recibir, basta no estar en pecado mortal para comulgar. Sin embargo, es necesario también ir con rectitud de intención, como, por ejemplo, para amar a Jesucristo, por espíritu de devoción, para obtener gracias espirituales y materiales, pues cuanto con mejores disposiciones se vaya a comulgar, más bendiciones y gracias se recibirán.
Jesucristo, al tomar nuestra naturaleza humana, se ha acomodado, por decirlo así a nuestro modo de ser. ¿No hacemos así nosotros con nuestros amigos y conocidos y, en general, con nuestros prójimos? Cuando uno nos ama, nos honra y nos aprecia con predilección, nosotros correspondemos a ese amor y atenciones; al que más nos aprecia y nos estima, más le amamos y estimamos también nosotros.
Lo mismo sucede con la Comunión; cuanto con más fe, piedad y devoción nos acercamos a comulgar, mejor nos conquistamos la simpatía, la bondad y la delicadeza del corazón de Jesucristo.
D. —Como hacían los Santos, ¿verdad Padre?
M. —Sí, como hacían los Santos, y como hacen las almas profundamente cristianas, las almas que quieren a Jesús y su amor.
D. — ¿Serán muchas estas almas?
M. — Muchísimas. Hay muchos sacerdotes realmente dignos, que celebran y comulgan diariamente, como los Santos. Religiosos y religiosas realmente piadosos, que diariamente comulgan, como si fueran ángeles... Madres sinceramente piadosas y cristianas, jóvenes de ambos sexos pertenecientes a institutos religiosos y de familias cristianas, que cada día se acercan a comulgar con las mejores disposiciones. Únicamente los veletas, los disipados, los tibios, la gente de poca fe, se acercan a comulgar con indiferencia, sin reflexión.
D. — ¿Estos tales, harán mal la Comunión?
M. —No, si no están en pecado mortal no comulgan mal; siempre hacen una obra buena y admirable, como dice el Catecismo; pero se privan de muchas gracias.
D. — ¿Qué quiere decir, Padre, con esto?
M. —Para explicártelo mejor te pondré ejemplos, quizá un poco rastreros; pero escúchalos con paciencia.
Ve un primer caso: Dos campesinos trabajan en la misma tierra: el uno la trabaja y la cultiva con asiduidad, quitando primero las hierbas, cavándola, rastrillándola; la abona, y con todo cuidado deposita en ella la semilla; abre Zanjas para el desagüe, pone cercas para que no pasen por ella, y vigila constantemente su campo. El otro por el contrario, la trabaja de cualquier manera, de prisa y de pasada. ¿Quién de los dos crees recogerá mejores y más abundantes frutos?
D. —Sin duda, el primero.
M. —Pues lo mismo sucede con la Comunión: en conformidad con las disposiciones que se llevan y del interés que uno se toma, y de la devoción y piedad que se pone; en proporción, digo, del cuidado con el cual se manifiesta a Jesucristo nuestro amor y nuestra benevolencia, se recibirán el provecho y los frutos.
Segunda comparación: Salen juntos dos al mercado o de paseo. El uno se contenta con andar, respirando aire sano, gozando del sol, mirando los prados floridos, o, si va al mercado, observando la mercancía expuesta y los escaparates de las tiendas; el otro, por el contrario, recoge de aquellas flores, hace provisión de los artículos que más le agradan y serán más útiles para él y para su familia. Al volver, ¿quién de los dos habrá aprovechado mejor el paseo?
D. ––Sin duda, el que ha adquirido y llevado a su casa lo bueno que encontró.
M. —Pues así se comprende enseguida que la Comunión es un tesoro de inapreciable valor, inagotable bien que se ofrece a todos los cristianos, y del que más disfruta y se enriquece el que mejor se industria.
D. —Si es así, poco fruto he sacado yo hasta ahora de mis Comuniones; pero, en adelante, quiero que sean tan devotas y tan fervorosas, que constituyan un verdadero tesoro para mi alma.
M. — Muy bien, persevera en tus propósitos y haz que sean firmes y eficaces.
D. —Sin embargo, Padre, si uno va a comulgar sin esta fe y esta devoción, ¿comulgará mal?
M. —No. La Comunión, te he dicho, está mal hecha cuando uno se acerca a ella en pecado mortal y sin las disposiciones de que hablamos antes; de lo contrario, siempre estará bien hecha y será buena y provechosa, porque obra ex opere operato, como enseñan los teólogos, o sea, por su propia virtud sobrenatural y divina.
D. —El que no tiene esas disposiciones, ¿haría mejor no comulgando que frecuentando la Comunión?
M. —A esta pregunta te respondo con una tercera comparación:
Es frecuente dar con personas que por estar indispuestas, no sacan gusto de la comida y casi preferirían no comer, pues aun lo poco que comen lo toman a la fuerza y con cierta repugnancia. No obstante, aquello poquito, tomado de esa manera, les aprovecha, se convierte en sangre y en carne, y así van tirando y desempeñan sus quehaceres. ¿Que sería mejor para éstos: comer o no comer?
D. —Si no comen se mueren.
M. —Luego así debe pensarse de la Comunión, que es alimento de las almas. Si no comen morirán, acabarán languideciendo y caerán en el pecado, que es muerte de las almas.
El Espíritu Santo hace hablar así al pecador en la Sagrada Escritura: “Estoy mustio como hierba cortada; mi corazón se encuentra seco como el heno del prado porque He dejado de comer mi pan”. Esto es, sabía que debía comer el pan que Jesús me ha dado para vivir, y por indiferencia, por descuido, por fútiles razones, no lo he hecho. Esto constituirá el continuo remordimiento de los que descuidan la Comunión, aunque vivan sin cometer faltas graves.
D. —Entonces, Padre, ¿hacen mal los que dejan de comulgar porque no sienten ni piedad ni devoción?
M. —Sí. Hacen mal y se equivocan, como los que no comen porque no sienten apetito, los que no toman medicamentos cuando están enfermos, los que no buscan ayuda cuando están débiles, los que no se acercan a la lumbre cuando sienten frío, o a la fuente cuando tiene sed.
Pbro. Luis José Chiavarino. COMULGAD BIEN
martes, 20 de junio de 2023
MEDITACIÓN SOBRE LOS TRES OBSTÁCULOS DE UNA BUENA CONFESIÓN
La negligencia en prepararte a la Confesión a menudo es la causa de que no aproveches de un remedio tan salutífero. No indagas tus pecados con suficiente esmero; no te excitas lo suficiente a la contrición, porque no consideras el mal que te causan tus pecados, ni el bien de que te privan. Has perdido el más valioso de los bienes, la gracia, y todavía has menester que se te mande que tengas dolor de ello.
El respeto humano impide a menudo que se declaren todos los pecados. El demonio que nos había quitado la vergüenza cuando cometíamos nuestros crímenes, quiere ahora devolvérnosla en el santo tribunal. Desecha esta mala vergüenza, a menos que prefieras ver, en el día del juicio, expuestos tus pecados a la vista de todos antes que declararlos aquí a un solo hombre. Esta confusión que sufres ahora te será saludable, la otra será inútil. "No te avergüences de tener que decir lo que no tuviste vergüenza de hacer" (San Bernardo).
Recaes siempre en las mismas faltas, siempre te confiesas de lo mismo, porque no tienes un firme propósito de enmienda y no prevés los escollos allí donde tienes costumbre de naufragar. Piénsalo seriamente en lo porvenir, deja esas ocasiones peligrosas y no te preocupes por lo que diga el mundo. "¿Dónde estamos si más tememos disgustar a los hombres que a Dios?".
Pequeño Compendio de Meditaciónes
jueves, 23 de febrero de 2023
NECESITO CONFESAR
“¿No sentís vuestros pecados? Y sí los veis, ¿os enmendáis? Pues entonces, ¿no estaréis muertos, ya que carecéis de sensibilidad? Ningún estado tan espantoso como aquél en que uno es insensible al pecado” Julian Eymard
Preparando un artículo de Gilmar Siqueira en el que habla de su propia experiencia tras unos años sin confesarse, me hizo pensar que si alguien, aparentemente tan puro como Gilmar, puede tener esas caídas, ¿Qué no tendremos los demás? Me quedé pensando en mi misma y en tantas infidelidades al Señor, pero sobre todo lo que me llevó a escribir este artículo es proponer al que no lo haya hecho aún, que se confiese y nada mejor que este tiempo de Cuaresma para lanzarse a la tarea.
¿Lleva Vd. mucho tiempo sin confesarse, hace meses, hace años? ¿Quizás no se ha confesado desde la primera Comunión? Cada uno arrastra su propia historia y da igual cual sea, ¡Anímese hoy mismo a entrar en una Iglesia y confesar!
No tengo pecados, no he matado, no he robado, no me gusta el sacerdote de mi parroquia y un largo etc. son las disculpas que uno mismo lanza a su conciencia porque al fin y al cabo, a los demás poco les importa si nos confesamos o nos dejamos de confesar, salvo que, verdaderamente, le importemos a alguien. Por lo tanto, si yo les animo a Vds. a confesarse es porque me importan y aún sin conocerlos de nada.
¿Vds. nunca han discutido con un hijo, con un padre, con el esposo, con un hermano…? Cuando eso sucede, el mejor momento viene tras el perdón, cuando nos sonreímos y decimos esa frase tan española de “pelillos a la mar” y todo vuelve a su sitio. Yo, hay reconciliaciones que las recordaré todo mi vida porque para mi han sido un regalazo: amigos con los que no debería haber discutido, hermanos a los que debería haber respetado, madre a la que no debería haberle contestado, mi esposo al que no tendría que haber ofendido y así suma y sigue. ¡Qué difícil es pedir perdón pero que bien se siente uno después de decirlo! Hay que pedir perdón a la persona que hemos ofendido con nuestra actitud y al mismo Dios y para ello está el Sacramento de la Confesión.
Una falta lleva a otra falta y un pecado lleva a otro pecado y lo que es peor, esas situaciones se van minimizando y llega un momento, en el que se trivializa el pecado y salvo que el pecado concuerde con un delito civil, uno se queda como si nada.
¿Qué sucedería si dejáramos de lavar los platos y cubiertos que tenemos en nuestra casa? Se quedarían en el fregadero llenándose de suciedad, cada día más y más mugre sobre ellos y nosotros no podríamos comer porque no tendríamos con qué hacerlo. Suciedad y hambre. Podríamos comer con las manos como gorrinos…esta situación es similar al estado del alma cuando dejamos de confesarnos, se ensucia y se queda con hambre porque no está Dios con ella y si está, no es con las disposiciones que deberíamos tener.
¿Por qué deja uno de confesarse? Esta debería ser la primera pregunta que nos contestáramos. ¿Por qué he dejado de confesarme, es por mi propia dejadez o quizás es porque no hay confesores en las parroquias? Si la respuesta es esto último, lo primero hable con su Obispo, para esto están entre otras cosas y expóngale el nombre de la parroquia y dígale que nunca hay sacerdotes confesando, ¡hágalo sin miedo!
Si la razón es que sí hay confesores pero a Vd. no le gustan, recuerde que el Sacerdote opera in persona Christi, da igual como se llame, como sea su físico, con tal de que sea un Sacerdote de la Iglesia Católica, nos puede perdonar en nombre del Señor.
“No hay remisión de pecados sin sacerdote, ni Eucaristía sin el sacerdocio, ni caridad sin este foco eucarístico que la alimente sin cesar, quien no tiene fe en el sacerdote está perdido” (Julian Eymard)
¿Cree Vd. no tener pecados? Les cuento una historia en primera persona. Cuando acudo a confesarme suelo coincidir con una mujer de la que, sólo observándola, he aprendido mucho. Cuando la veo allí pienso, “ella tan santa y aquí está”. Veo como antes de entrar, quita una diminuta libreta y se centra en lo que supongo que es el repaso de su examen de conciencia, no habla con nadie, parece centrada sólo en Dios hasta que llega su turno. Esta imagen tan pura me lleva a recordar mi camino hasta la Iglesia en el cual, quizás ya me he encontrado a alguna persona y sin darnos cuenta o conscientemente ya hemos hablado mal de alguien. O quizás he ido en coche, rápido porque llegaba tarde y he puesto en peligro la vida de otras personas y la mía misma, o tal vez he contestado mal por esa prisa que llevaba y en vez de quedarme escuchando a alguien que necesitaba consuelo, me he marchado como el mic mic correcaminos…faltas y pecados que me llevo conmigo al confesonario…faltas y pecados que el que no se confiesa va acumulando…faltas y pecados que hacen de mi alma un vertedero y del mundo, un estercolero. ¿No hablamos de ecologismo y todos estos temas tan de moda? Pues empecemos por no contaminar con nuestro propio interior el exterior.
Alguna vez me han dicho «qué pecados vas a tener tú», pues miren sí, no los voy a contar públicamente pero los tengo veniales, mortales y faltas y por si quedan dudas no he robado un supermercado, no he matado y tampoco soy escrupulosa, es decir, tengo claro lo que es materia de pecado y lo que no, así que cada uno, haga un ejercicio de sinceridad con su propia alma.
No quiero alargarme mucho porque las estadísticas dicen que cada vez se lee menos, así que si Vd. ha llegado hasta aquí y se confiesa habitualmente, simplemente felicidades pero puede hacer algo más, hable de esto a otras personas. Si su caso es que no se confiesa, no lo dude, acabe hoy mismo con esa situación, abra su corazón y oxigene sus arterias, deje entrar la Gracia de Dios en esa pequeña cavidad que rige nuestro cuerpo.
Recuerdo un Sacerdote muy querido que siempre me decía, “de noche, simplemente estas tres preguntas, qué hice bien, qué hice mal, en qué puedo mejorar”…hagan todas las noches este breve cuestionario y verán que para la canonización aún nos falta bastante, sin embargo, para pedir perdón, tenemos materia diaria. ¡Ánimo y adelante!
Sonia Vázquez
Marchando Religión
lunes, 8 de agosto de 2022
martes, 21 de junio de 2022
HOC EST ENIM CORPUS MEUM. LA PRESENCIA REAL DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO EN LA EUCARISTÍA.
LA PRESENCIA REAL DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO EN LA EUCARISTÍA
Algunos de los fundamentos de nuestra fe:
"Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo». Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?». Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron [el maná]. El que coma de este pan vivirá eternamente». Todo esto lo enseñó Jesús en la sinagoga de Cafarnaún". (Juan 6, 51-58).
"Este alimento es llamado por nosotros Eucaristía … De hecho, nosotros lo tomamos no como pan común y bebida común; sino como Jesucristo, nuestro Salvador que se encarnó, por la palabra de Dios tomó carne y sangre para nuestra salvación, así hemos aprendido que también aquel alimento, consagrado con la plegaria que contiene la palabra de él mismo y de quien se nutren nuestra sangre y nuestra carne, es por transformación Carne y Sangre de aquel Jesús encarnado. En efecto, los Apóstoles en su memorias llamadas evangelios, transmitieron que les fue dejado este mandamiento por Jesús…" (Apología I, San Justino Mártir, c. 155. Vivió en el primer siglo de la Era Cristiana).
"Pero dando también a los discípulos el consejo de ofrecer las primicias de sus criaturas a Dios, no como si las necesitase Él, sino para que ellos mismos no sean infructuosos ni ingratos, tomó el pan que es algo de la creación, y dio gracias diciendo: “Esto es mi Cuerpo”. Y de la misma manera afirmó que el cáliz, que es de nuestra creación terrena, era su Sangre; y enseñó la nueva oblación del Nuevo Testamento, la cual, recibiéndola de los apóstoles la Iglesia, ofrece en todo el mundo a Dios... acerca de lo cual Malaquías, en los doce profetas [menores], profetizó así: En efecto mío no está hacia vosotros, dice el Señor Omnipotente, y no aceptaré de vuestras manos sacrificio. Porque desde el levante a poniente es glorificado mi nombre entre las gentes y en todo lugar se ofrece incienso a mi nombre, y un sacrificio puro, pues grande es mi nombre entre las naciones, dice el Señor Omnipotente. Significando manifiestamente por esto que el pueblo anterior cesará de ofrecer a Dios; porque en todo lugar se ofrecerá sacrificio a Él, y éste será puro; y su nombre es glorificado entre las gentes" (San Ireneo, siglo II).
"Este alimento se llama entre nosotros Eucaristía, del cual a ningún otro es lícito participar, sino al que cree que nuestra doctrina es verdadera, y que ha sido purificado con el bautismo para perdón de pecados y para regeneración, y que vive como Cristo enseñó(*). Porque estas cosas no las tomamos como pan ordinario ni bebida ordinaria, sino que, así como por el Verbo de Dios, habiéndose encarnado Jesucristo nuestro Salvador, tuvo carne y sangre para nuestra salvación, así también se nos ha enseñado que el alimento eucaristizado mediante la palabra (verbo) de oración procedente de Él – alimento del que nuestra sangre y nuestra carne se nutren con arreglo a nuestra transformación – es la Carne y la Sangre de aquel Jesús que se encarnó. Pues los apóstoles, en los comentarios por ellos compuestos, llamados evangelios, nos transmitieron lo que así les había sido transmitido" (San Justino Martir, año 160 DC).
(*)Para comulgar hay que ser católico bautizado, creer lo que la Iglesia enseña (la doctrina verdadera) y vivir en gracia, como Cristo enseñó (en caso de haber pecado mortalmente es necesaria la sincera Confesión sacramental para recuperar la gracia santificante). Enseña San Pablo que quien comulgue en pecado mortal comerá y beberá su propia condenación.
"El Cuerpo de Cristo vivifica a los que de él participan: aleja la muerte al hacerse presente en nosotros, sujetos a la muerte, y aparta la corrupción, ya que contiene en sí mismo la virtualidad necesaria para anularla totalmente” (SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, Coment. Evang. S. Juan, 5, Siglo V DC).
"Esforzaos, por lo tanto, por usar de una sola Eucaristía; pues una sola es la Carne de Nuestro Señor Jesucristo y uno sólo es el cáliz para unirnos con su Sangre, un solo altar, como un solo obispo junto con el presbítero y con los diáconos consiervos míos; a fin de que cuanto hagáis, todo hagáis según Dios" (San Ignacio de Antioquía).
"Lo que parece pan no es pan, aunque así sea sentido por el gusto, sino el Cuerpo de Cristo, y lo que parece vino no es vino, aunque el gusto así lo quiera, sino la Sangre de Cristo" (San Cirilo de Jerusalén, Catequesis XXII,9, siglo IV).
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