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jueves, 23 de abril de 2026

EL DEMONIO MUDO (de la impureza o de deshonestidad)



Aprenda a confesarse bien

. —Padre, no hace mucho ha nombrado Ud. al demonio mudo; ¿qué es eso del demonio mudo?

Maestro. —Es el demonio de la impureza o deshonestidad. Jesús mismo lo llamó así en el Santo Evangelio.

D. — ¿Qué cosa es impureza o deshonestidad?

M. —Son todos los pecados prohibidos en el sexto y noveno mandamientos, es decir, las acciones, las miradas, palabras o deseos malos y la infidelidad y malicia en el matrimonio.

D. — ¿Es pecado muy grave el de la impureza?

M. — Es gravísimo y abominable a los ojos de Dios y de los hombres. Rebaja a quien lo comete a la condición de los brutos, es causa de muchos otros pecados y provoca los más terribles castigos, tanto en esta vida como en la otra.

La Sagrada Escritura designa al pecado impuro con los nombres más infames: “delito pésimo, cosa detestable, cosa horrible, maldad innominable”. San Pablo declara expresamente: Que ni los muelles, los que pecan a solas; ni los fornicadores, los que pecan con otra persona: ni los adúlteros, los que son infieles al matrimonio, irán al Paraíso.

D. — ¡Pobres de nosotros! Es preciso ir alerta.

M. —Ciertamente. Los Santos Padres están concordes en decir que la impureza es el pecado que mayor número de personas arrastra al infierno.

D. — ¿De veras?

M. —Sí, por cierto. San Agustín afirma: así como la soberbia ha poblado el infierno de ángeles rebeldes, así la deshonestidad lo llena de hombres. Y San Alfonso añade, que todo cristiano que se condena, se condena o por deshonestidad, o entra allí manchado también con ese feo pecado.

D. — ¿Cuál será la causa de ello?

M. — Son dos los motivos principales: Primero, porque los pecadores de la deshonestidad se encuentran fácilmente; Segundo, porque quien a ellos se habitúa, difícilmente se enmienda.

D. — ¿Por qué se cometen con tanta facilidad?

M. — No debe creerse que los pecados de deshonestidad consistan tan solamente en la fornicación, adulterio y otras enfermedades por el estilo; éstos son los más graves. Para pecar mortalmente contra la pureza, bastan las miradas lascivas, las lecturas obscenas, las canciones impúdicas, los gestos y las palabras de doble sentido, los galanteos licenciosos, los actos deshonestos y hasta los pensamientos y complacencias internas y los deseos impuros cuando son deliberadamente consentidos.

D. — Y ¿por qué son tan difíciles de corregir?

M. — Porque, frecuentemente, un pecado llama a otro pecado, una impureza a otra impureza, hasta que en breve se forja una cadena que ya no se rompe nunca. También aquí puede decirse ¡Ay del que comienza!

D. —Así ha de ser. Mas la confesión, ¿no sirve para nada? ¿No basta para romper esa cadena?

M. —La confesión siempre es un medio poderosísimo, cuando se hace bien; más aquí está el peligro, el engaño del demonio mudo, que procura amordazar la lengua, para que se callen o se confiesen mal estos pecados, como antes hemos visto.

D. — ¡Ah! Si los que caen en estos pecados se confesasen siempre bien; ¿no es verdad, Padre, que pronto se corregiría de la deshonestidad? La confesión tendría en ellos virtud suficiente para contrarrestar sus perversas inclinaciones.

M. — Exactamente. El demonio mudo, es amigo de las tinieblas, la confesión aporta la luz al alma y la luz ahuyenta los pecados.

D. —Entonces, ¿es que la misericordia de Dios abandona al pecador deshonesto?

M. —No, precisamente es lo contrario. Dios no abandona al pecador deshonesto, sino que éste abandona, a Dios, o porque no piensa en El, o lo que es peor, despreciándole como hemos visto anteriormente; por lo cual a la deshonestidad se le apellida madre de la impenitencia final; y así es dicho de los santos que, “vida deshonesta, muerte impenitente”.

D. — ¿Por qué será la madre de la impenitencia final?

M. —Porque los moribundos deshonestos, generalmente, no se confiesan. Los tales, o no quieren confesarse, o no se resignan a dejar el pecado, o no se arrepienten como debieran.

D. — ¿Hasta en aquella hora suprema?

M. —Sí, aún entonces. Prefieren perder el Paraíso e irse al infierno antes que confesarse debidamente.

Martín Lutero era monje agustino a causa de un amor impuro abandonó el convento, se rebeló contra la Iglesia, fundó el protestantismo, y con su vida rota, dio los más graves escándalos.

Bien entrada la noche se hallaba una vez al balcón de una posada con su compañera de pecado, Catalina Bora. El cielo estaba limpio y miríadas de estrellas centelleaban alegremente: Ella, tal vez asqueada de aquella vida de remordimientos, de repente, Vuelta a Lutero, le dice: “¡Mira, Martín, cuan bello es el cielo!” A estas palabras, Martín, recostando su cabeza sobre Catalina y exhalando un profundo suspiro, exclama: “¡Sí, Catalina, bello es el cielo, pero no es para nosotros!” — ¡Desgraciado! Sentía perder el Paraíso y acercarse el infierno, pero confesaba su imposibilidad de salir de aquel atolladero, y poco después moría en aquella misma posada con señales de la más terrible desesperación y tragándose sus propios excrementos. Vida deshonesta, muerte impenitente.

Teodoro Beza, sucesor de Calvino, y corifeo de la reforma protestante, atacado de una mortal enfermedad, fue visitado por San Francisco de Sales, que con su celo apostólico intentó por todos los medios a su alcance inducirlo a abjurar el error, entrar de nuevo a la Iglesia Católica y disponerse a una muerte cristiana.

Lloraba Teodoro al oír las fervorosas exhortaciones del Santo Obispo, más de vez en cuando suspirando decía: ¡Imposible! —Finalmente, insistiendo el Santo por saber el porqué de aquella palabra “imposible”, Teodoro, haciendo un esfuerzo supremo, apoyándose sobre uno de sus codos, retiró la cortina que ocultaba una alcoba y señalando a una mujer allí escondida, dijo: “He aquí el porqué de mi imposibilidad de convertirme y de salvarme”. La muerte y el infierno antes que dejar el pecado.

En la ciudad de Espoleto, vivía una joven bien parecida, pero de muy disolutas costumbres, entregada en absoluto a la vanidad y a los bailes.

Avisada diferentes veces para que se corrigiese, siempre despreciaba orgullosamente las caritativas amonestaciones, pagándolas con locas burlas. Su propia madre, complacida de la hermosura y desenfado de su hija, gozaba de verla cortejada de muchachos amantes y dejaba correr las cosas, con la esperanza de que pasado el fervor de la juventud entraría alguna vez en juicio.

¡Oh ciega y desaconsejada madre, que por no corregirla engañas a tu propia hija y la dejas correr hacia el deshonor y la ruina! ¿Qué sucedió?

Enfermó gravemente aquella desgraciada hija. Algunas personas respetables del vecindario que iban a asistirla le exhortaban a que llamase al sacerdote, recibiera los Sacramentos, y se preparase para la muerte. Pero la miserable, obstinada decía: “¡Cómo, yo tan joven, tan hermosa, he de morir! ¡Imposible!, ¡yo no quiero morirme!” Llegó por fin el sacerdote; éste a su vez le conjuraba a que tuviera juicio, que sé encomendase a María Santísima, que le podría sorprender la muerte... “Qué muerte ni qué ocho cuartos... Yo he de sanar...No he de morirme, no quiero”.

Al fin viendo que tanto le insistían, y notando que le iban faltando las fuerzas, en un esfuerzo supremo exclamó llena de rabia: “Bien, si es así que me he de morir, ven tú, ¡oh diablo, y llévate mi alma!” Cubriéndose la cara con la sábana, murió desesperada. “Vida deshonesta, muerte desesperada”.
Escucha esto último y horroricémonos.

Un caballero de malas costumbres tenía consigo desde algún tiempo atrás una muchacha tan malvada como él. A quien le hablaba de despedirla le confesaba con un desdeñoso “no puedo”. Pero vínole la muerte y se encargó de hacerlo. Enfermó de gravedad el desgraciado caballero, y en los últimos momentos, vino un sacerdote a prepararle para el terrible paso a la eternidad. Con tanta caridad le trató, que el enfermo muy compungido le dijo: “Con mucho gusto, aun cuando he llevado una vida tan escandalosa, quiero morir bien con una santa confesión”.

— ¿Queréis, pues recibir los Sacramentos como pertenece a un buen cristiano?

— Con mucho gusto los recibiré, si usted se digna administrármelos.

Mas para esto es preciso que antes despidáis a aquella joven, ocasión de vuestros pecados.

— ¡Ah, Padre, eso sí que no puedo hacerlo!

— Y ¿por qué no podéis? Podéis y debéis hacerlo, mi caro señor, si queréis salvaros.

— ¡Digo que no puedo!

— Pero, ¿no comprendéis que la muerte que tenéis tan cerca, tiene que quitárosla, por la fuerza?

— ¡No puedo, Padre, no puedo! De esta forma, ni yo puedo absolveros, ni administraros los sacramentos, perderéis el Paraíso y os precipitaréis en el infierno.

— ¡No puedo!

–– ¿Es imposible que no os resolváis a cambiar de parecer? Pensad en vuestro honor y estima... “No puedo”, repite por última vez el desgraciado, y asiéndola del brazo, la acerca a sí y abrazándola con vehemencia, entre aquellos impuros brazos, exhaló su alma impura. “Vida deshonesta, muerte impenitente”.

D. —Tremendo, pero justo castigo de Dios. ¿Será posible, Padre, que no se pueda abandonar el pecado?

Cuenta San Agustín que cierto hombre, por más que se le avivase, rogase y conjurase a que abandonase una casa, que con grande escándalo frecuentaba, jamás se le pudo inducir a ello, diciendo que no podía de ninguna manera. Cierto día corrió que en aquella misma casa le sobaron la badana de lo lindo.

¿Lo creerás? No volvió a aquella casa; desapareció como por encanto, la pretendida imposibilidad, y en lo sucesivo, ni siquiera pasaba por delante de la casa.

“Quod non facit Dominus, concluye el Santo, facit baculus”.

Lo que Dios no hizo, ni el amor de su alma, lo consiguió el palo.

D. — ¡Qué buen medio, Padre, para quitar a muchos la imposibilidad de abandonar los pecados y sus ocasiones! ¡Qué sermón tan eficaz sería el del palo!

Pbro. José Luis Chiavarino
CONFESAOS BIEN

viernes, 23 de enero de 2026

IRRESPONSABLE Y FUNESTO DESCUIDO



   Lo es, y lo es en grado sumo, el de muchas familias con sus enfermos, a quienes no disponen convenientemente, en caso de gravedad, para recibir los santos sacramentos.

   Proporcionar los últimos socorros de la religión a los enfermos es, no sólo un acto de caridad meritoria a los ojos de Dios, sino también un deber sagrado que no se infringe sin incurrir en una responsabilidad terrible. Si uno se hace culpable de homicidio cuando deja morir de hambre a su semejante, ¿qué nombre dar al crimen horroroso de dejar perecer un alma por no suministrarle los auxilios de nuestra santa Religión?

   Y, sin embargo, ¡cuántas veces nos muestra la experiencia que se comete este crimen aun por familias católicas! Sea por quiméricos terrores o sea por una inexcusable debilidad, se llama al sacerdote lo más tarde posible y a veces cuando el enfermo está ya destituido de los sentidos. No hablamos aquí de las familias que esperan ex-profeso a que el enfermo entre en agonía y que hacen de la religión una vana formalidad de pura conveniencia. ¡Apartemos la vista de tanta indignidad! Hablamos de esas familias, en las que aún queda bastante fe para considerar los sacramentos como cosas santas, para desear que los enfermos los reciban con disposición cristiana y en las que, sin embargo, no se les habla de confesarse sino después que se ha perdido toda esperanza de curación. ¿Y qué sucede a menudo en este caso? Se vacila todavía, se dilata el momento; los terribles síntomas se declaran; entonces se apresuran, corren en busca de un sacerdote, pero llegan tarde ¡todo ha concluido! ¡No permita Dios que seáis tratados así en vuestra última hora!

   Pero, ¿qué es lo que detiene en el cumplimiento de esta misión sagrada? — “No me atrevo a hablarle de un sacerdote”, decís, “temo asustarle”. —Y aun cuando se asustase, ¿preferís exponer su alma a la condenación eterna o a una larga expiación, en el purgatorio? ¡Asustarle! Pues si durmiese al borde de un abismo o en una casa invadida por las llamas, ¿vacilaríais en despertarle por no asustarle?

   Decís, que llamaréis al sacerdote, cuando el enfermo lo pida. ¿Pero ignoráis, que rara vez se dan cuenta los enfermos de su gravedad? Vuestro es el deber de preparar al enfermo, para que reciba a tiempo los auxilios religiosos. Acudid con tiempo a vuestra parroquia o al sacerdote conocido, que os facilitará el cumplimiento de este grave deber.

   Desterrad de vuestra mente la falsa preocupación de que el enfermo se asustará si le habláis de sacramentos.

   La experiencia enseña, que el enfermo sabe, que el sacerdote viene a llenar a su lado el más dulce y benéfico de todos los ministerios, a purificar y consolar su alma, a traerle, en fin, en medio de las más crueles angustias, la paz y la dulzura de Jesucristo. Nota. En algunos países existen ligas, cuyos adherentes se comprometen a avisarse mutuamente en caso de enfermedad grave, para recibir a tiempo los auxilios espirituales. ¿Por qué no podrían establecerse, también aquí entre nosotros?

La primera diligencia que se ha de hacer cuando se advierta que un enfermo está de peligro, es llamar al párroco o al confesor, para que le administre los sacramentos de la Penitencia, Eucaristía y Extremaunción y le aplique la indulgencia plenaria en el artículo de la muerte (pocos, muy pocos conocen esta gran gracia. Exígela al sacerdote. Entérate haciendo clic aquí: http://www.catolicidad.com/2014/07/indulgencia-plenaria-la-hora-de-la.html).

Nota: En algunos países existen ligas, cuyos adherentes se comprometen a avisarse mutuamente en caso de enfermedad grave, para recibir a tiempo los auxilios espirituales. ¿Por qué no podrían establecerse, también aquí entre nosotros? O bien, comprometerse mutuamente a ello con dos o tres familiares. Otro aspecto a considerar es estar siempre en gracia santificante (confesado) antes de cualquier operación, aunque el riesgo sea bajo. No olvidemos que los mandamientos de la santa Madre Iglesia obligan a la Confesión cuando menos una vez al año (minimum minimorum) o si existe peligro de muerte. Por último, hay que constatar que el enfermo tenga siempre puesto su escapulario y si no se la ha impuesto, solicitarle al sacerdote que lo atiende que lo haga. Todo católico debería portarlo siempre. 

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¡Oh Madre de Piedad, escuchad benigna las súplicas de las familias cristianas, para que ninguno muera en sus hogares sin haber recibido el Santo Viático!

miércoles, 1 de octubre de 2025

DESCARGA TU CONCIENCIA POR MONSEÑOR DE SEGUR.


 
   Confesar equivale a descubrir. La Confesión es el descubrimiento que debemos hacer de nuestros pecados a un sacerdote, para obtener el perdón de Dios. Confesarse es ir a encontrar a un sacerdote, a un ministro de Jesucristo y descubrirle con sencillez y arrepentimiento todas las faltas que se ha tenido la desgracia de cometer.

   Los que no se confiesan se forman de la confesión las ideas más extravagantes y ridículas. Una señora protestante que frecuentemente tomaba consejos de Monseñor de Cheverus, obispo de Boston, le decía que la Confesión le parecía muy absurda. «No tanto como os parece, le dijo sonriendo el buen obispo; sin que lo dudéis, vos sentís su valor y su necesidad; porque hace tiempo que os confesáis conmigo sin saberlo. La Confesión no es otra cosa que el confiarme las penas de conciencia que queréis exponerme para descargarla.» Aquella señora no tardó mucho en confesarse formalmente y en hacerse católica.

   Por lo demás nada hay más natural que la Confesión. Voltaire, autoridad nada sospechosa, por cierto, así lo confesaba en uno de sus momentos lúcidos: «Quizás no hay, escribía, institución más útil; la mayor parte de los hombres, cuando han caído en grandes faltas, sienten por natural consecuencia el aguijón del remordimiento; y solo encuentran consuelo sobre la tierra, pudiéndose reconciliar con Dios y consigo mismos.»

   Así pues, cuando nos confesamos descargamos nuestra conciencia de los pecados que la deshonran, y vamos a buscar en el Sacramento de la Penitencia la paz del corazón y la gozosa tranquilidad del alma.

jueves, 14 de agosto de 2025

¿COMULGAR SIN CONFESARSE?

Este video también puede verse en:


 CONFESIONARIOS VACÍOS
Por Lic. Oscar Méndez Casanueva

Dice San Pablo, divinamente inspirado, que quien comulga en pecado mortal "come y bebe su propia condenación".
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De ahí la necesidad que nuestra alma esté limpia de todo pecado mortal para que pueda Cristo ser recibido por nosotros. De ahí la necesidad -también- de la confesión sacramental para todo aquel que se sepa en pecado grave. Recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la comunión sin estar perdonados por la confesión sacramental es un pecado gravísimo que se llama sacrilegio. Todo aquél que está en pecado grave, todo aquél que no esté en gracia santificante -misma que se obtiene por la absolución personal en el sacramento de la confesión-, todo aquél que viva en ese estado y no se confiese o se confiese mal (sin verdadero arrepentimiento e intención de evitar el pecado; es decir sin contrición y propósito de enmienda) y comulga sacramentalmente, está "comiendo y bebiendo su propia condenación", según la Palabra de Dios.
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Quienes no creen o no obedecen la moral que la Iglesia enseña, quienes no desean seguir las normas morales que Dios exige y el magisterio custodia, no deben -por ninguna excusa- acercarse a recibir la Sagrada Eucaristía.

Luego, es fundamental estar en gracia santificante para comulgar. ¡Qué importante es que vivamos en gracia y qué importante es que comulguemos con frecuencia! Pero que importante es, también, hacerlo con las debidas condiciones y con el amor necesario a Dios, estando conscientes que, precisamente, estamos recibiendo a Dios mismo presente en la hostia consagrada. Recibamos a nuestro Creador y Redentor, recibámoslo como lo que es: Nuestro Dios y Salvador, nuestro Rey y Señor.

Qué tristeza es ver que muchos viven conforme al mundo y de manera contraria a la Ley de Dios, y sin cambiar de actitudes ni confesarse van a recibir a Dios vivo presente en la hostia sin el menor discernimiento de lo que hacen, sólo por el qué dirán los demás y sin pensar en lo que Dios sí dice de esto. Es el lamentable "modernismo" que los ha impregnado, es la inconsciencia de lo que es recibir a Dios, es el permanecer en sus errores y en su vida de pecado, creyendo en un falso dios bonachón hecho a su gusto, medida y conveniencia.

Y qué tristeza es ver, también, que muchos sacerdotes "modernistas" no enseñan ya esta doctrina católica y con su silencio son cómplices del sacrilegio. Hay en ello mucha culpabilidad y Dios les pedirá cuentas. Algunos fieles tendrán el atenuante de su ignorancia (cuando ésta no sea culpable), mismo que no se presenta en los sacerdotes que, como tales, están bien instruidos y callan por contemporizar con el mundo o por una fe débil, o por poco celo pastoral y exiguo amor a las ovejas que les han sido encomendadas.

Urge, hoy, que los pastores vuelvan a hablar y enseñar esta doctrina tan olvidada por muchos o desconocida -incluso- de las nuevas generaciones. Si es tan común que nadie la cumpla, ¿les costaría mucho esfuerzo que nos la recordaran -aunque sea brevemente- durante cada celebración litúrgica?

Resulta contrastante ver tantos comulgantes y vacíos los confesionarios. ¿En verdad todos ellos estarán en gracia y no requerirán confesarse? Sin intentar penetrar en la conciencia de alguien en particular, las matemáticas parece que no cuadran y nos indican la tremenda realidad y el significado de este hecho. ¿O será realmente que alguien pueda vivir años y años sin el menor pecado mortal? Ciertamente puede ser el caso de algunas almas buenas. ¿Cuántas serán? Sólo Dios lo sabe. Si así fuera la situación de algunos, deben recordar, también, que existe el mandamiento de la confesión anual. ¿Pero, realmente, la mayoría que lleva meses y meses o años y años sin confesarse, tiene limpia la conciencia de cualquier pecado grave como para saberse en gracia santificante y poder recibir a Cristo vivo y realmente presente en la Eucaristía? ¿Y no contribuirán a este mal -de la comunión sin confesión- aquellos sacerdotes que ya no están disponibles habitualmente en el confesionario.

Por parte de muchos sacerdotes: Omisión de enseñar esta doctrina y poco o nulo tiempo en el confesionario.

Por parte de muchísimos fieles: Poca instrucción que genera -en muchos casos- una ignorancia culpable. En otros, un descuido irredento por los asuntos de Dios y un vivir de acuerdo a las máximas del mundo, adecuando la moral y las enseñanzas de Dios y de la Iglesia a sus propios caprichos y criterios personales. Todo ello, lleva a la sacrílega comunión en pecado grave y sin confesión sacramental, que los hace comer y beber su propia condenación.

En ambos casos, una multitud que comulga y los confesionarios....¡vacíos!.

En resumen, para poder comulgar es moralmente indispensable confesarse con el sacerdote si después de la última confesión bien hecha se ha cometido pecado mortal. Además, debe el católico vivir siempre en gracia para morir en gracia y, así, poder alcanzar en la eternidad la bienaventuranza con Dios, de ahí la necesidad de frecuentar el sacramento de la Confesión, particularmente si se ha tenido la desgracia de haber cometido un pecado grave (mortal).

MUY IMPORTANTE: CONSULTAR LOS SIGUIENTES TRES ENLACES (haz clic):

¡COMULGA EN GRACIA!:

CINCO PASOS QUE SE REQUIEREN PARA HACER UNA BUENA CONFESIÓN:

¿PUEDE DIOS PERDONARME SI NO HAY UN CONFESOR?:

Nota: Video del padre Jorge Loring, sacerdote jesuita.

jueves, 6 de marzo de 2025

EN ESTA CUARESMA...


Tómate tu tiempo para hacer una Confesión muy humilde y dolorosa. Con verdadero arrepentimiento y propósito de enmienda. Para ello debes hacer previamente un muy buen Examen de Conciencia. Anota tus pecados para no olvidarlos (una vez confesado destruye la nota). Muchas veces nos ponemos nerviosos en el confesionario y podemos olvidarlos. Indica cuántas veces (es obligatorio decir el número de veces, en la medida de lo posible) y cuándo fue la última vez que cometiste los pecados. Esto ayuda al confesor a darte la penitencia adecuada y a ayudarte a desarraigar esos vicios. Hay obligación de explicar lo que agrava un pecado pero no dar detalles innecesarios. No olvides cumplir tu penitencia.

En adelante, luego de esta confesión, acude de inmediato al confesionario cuando hayas cometido una falta grave, y si no la hay, entonces es aconsejable hacerlo cuando menos cada cuatro o cinco semanas para confesar los pecados veniales.

Recuerda que éstos se pueden perdonar también por otros medios (agua bendita, un padre nuestro, pan bendito, etc.) mientras que los pecados mortales es necesario confesarlos al sacerdote. Es indispensable esto para poder comulgar pues la Eucaristía no debe nunca recibirse en pecado mortal. Quien comulga en pecado grave come y bebé su propia condenación, nos enseña el apóstol san Pablo.

Recuerda la parábola del hijo pródigo: Lucas, capítulo 15, versículos del 11-32.


viernes, 14 de junio de 2024

MEDITACIÓN SOBRE EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA


I. Este sacramento es necesario para los que han perdido la inocencia bautismal por algún pecado mortal. Este remedio es fácil, pues basta descubrir las llagas para ser curado; es también consolador: no hay en este mundo gozo comparable al que experimenta el pecador que se descarga del peso de sus faltas mediante una buena confesión. Meditemos estas verdades y entonces iremos con alegría a purificarnos en el saludable baño de la Penitencia.

II. A menudo hay que allegarse a este Sacramento, puesto que a menudo ofendemos al Señor. ¿Cómo podemos vivir aunque sea un momento con el pecado mortal en nuestra conciencia? Si muriésemos en ese funesto estado, estaríamos perdidos para toda la eternidad. Vemos todos los días que la muerte arrebata a tantas personas repentina e imprevistamente; nunca deberíamos vivir en un estado en el cual no quisiéramos morir. Confiésate con frecuencia: se llama al médico todas las veces que uno está enfermo.

III. Debes hacer rigurosa penitencia por los pecados ya confesados, a menos que prefieras hacerla en el purgatorio. Esta penitencia debe durar tanto como tu vida; si te parece larga, piensa en el tremendo castigo que te ahorra. ¡Dichosa penitencia que nos reconcilia con Dios, y extingue las llamas del infierno y del purgatorio! Repitamos con los penitentes de la primitiva Iglesia: Ahora sufro y me mortifico, a fin de reconciliarme con Dios a quien ofendí con mis pecados (Tertuliano).

Fuente: La paciencia. Orad por la conversión de los pecadores.

miércoles, 28 de febrero de 2024

UNA MADRE ENVENENADA – DON ORIONE (un pasaje de su vida)


    Una noche de invierno hablaba en la iglesia parroquial de Castelnuovo Scrivia, la cual se hallaba llena de fieles llegados de pueblos vecinos. El tema era “La misericordia de Dios”, y por demostrar la grandeza del Sacramento de la Penitencia, dijo esto:

    “Si un hijo fuese tan perverso que pusiera veneno en plato de su madre para matarla y se arrepintiera luego de tal monstruosidad, también obtendría el perdón de Dios”.

    Al término de la reunión se apresuró a dirigirse a la estación para tomar el tren de regreso, pero como éste ya había partido decidió ir a pie a Tortona, que distaba más o menos ocho kilómetros.

    Anochecía y una neblina fría lo envolvía todo: los árboles de la campiña desierta y silenciosa, las últimas casas del pueblo. Un hombre, envuelto en una capa, estaba parado a un lado del camino como si esperase a alguien. Acercándose, Don Orione vio sus características: alto, robusto, con barba negra recortada en dos puntas, sombrero de alas anchas, mirada perdida detrás de algún pensamiento que lo dominaba.

    Prudentemente, para hacerse su amigo, preguntó con amabilidad:

    -Buen hombre, ¿vais a Tortona?

    La respuesta fue rápida y tajante:

    -No, yo no voy a Tortona.

    -Entonces, buenas noches -dijo Don Orione, acompañando el saludo con una suave sonrisa, y retomó su camino.

    -No, buenas noches, no, -repuso el otro con amarga sonrisa-. Deténgase un momento. ¿Es usted quien predicó hace unos momentos?

    -Sí yo soy.

    -Habló usted sobre la Confesión.

    -Efectivamente, sobre ella hablé.

    La voz de aquel hombre se hizo vibrante al preguntar:

    -¿Cree usted cuanto dijo?

    -Sí, creo todo cuanto dije -afirmó lentamente el sacerdote.

    -Luego, si un hijo, que ha envenenado a su madre, se confiesa, ¿puede ser perdonado?

    -Sí, siempre que esté arrepentido.

    Siguió una pausa. En el crepúsculo neblinoso que se cerraba sobre la campiña pasaron minutos de tensa espera.

    -¿Me conoce usted? -prosiguió el hombre, mirando fijamente a su interlocutor.

    -No, yo no os conozco.

    -Sin embargo me conoce usted, pues hablo de mí.

    -Pero no, no pude nunca haber hablado de vos.

    -Le digo que sí, -afirmó acalorándose cada vez más. Luego miró a su alrededor como si temiese que, desde el manto oscuro que los envolvía, pudiese aparecer algún extraño.

    -Soy aquél de quien usted habló esta tarde. Yo puse veneno en el plato de mi madre.

    Un escalofrío asaltó a Don Orione. Y siguió otra pausa más plena de ansiedad que la anterior.

    -Dígame, -continuó el citado, que por fin encontraba un desahogo a su propio remordimiento,- dígame usted, ¿aún puedo ser perdonado?

    -Si estáis arrepentido. -repuso Don Orione, con un  hilo de voz en la cual temblaba toda su alma plena de misericordia.

    -Y contó que, desde el día de la muerte de su madre, aunque nadie sospechó mínimamente de él, no encontró más paz.

     Habían transcurrido varios años. Pero aquella tarde pasaba casualmente delante de la iglesia y, aunque jamás ponía los pies en ese lugar, en aquel instante sintió una necesidad imperiosa de entrar.

    -Y penetré justamente cuando hablaba usted del hijo que envenenó a su madre. Pensé que aquellas palabras me estaban dirigidas.

    Luego con tono de voz diferente y vuelto más dulce por la inefable esperanza que florecía en su corazón, continuó:

    -Si puedo obtener el perdón de Dios y puede usted hacérmelo llegar, aquí estoy, perdóneme.

    Y asi, en aquel sitio solitario, que apenas se vislumbraba en la noche invernal, el Sacerdote de Cristo oía la confesión del penitente más necesitado, más apto para demostrar los triunfos de la gracia en el corazón de los hombres.

    Recibida la última bendición, el desventurado se levantó pero, antes de partir, en un  ímpetu emotivo, quiso abrazar a su consolador y lo hizo con tal fuerza, dominado por desbordante afecto, que Don Orione creyó morir sofocado entre sus brazos.

Don Orione. Héroe de la caridad

martes, 3 de octubre de 2023

EL MODERNISMO PROPONE UN NUEVO, CONTRARIO Y DISTINTO EVANGELIO


Nadie en adulterio puede comulgar. Es la doctrina de la Iglesia durante dos mil años.

Jesús Nuestro Señor, El que es, era y ha de venir, ha dicho claramente que:

"Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio" (Mc 10,11-12).

"Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón" (Mt 5,27-28).

El católico solo debe desear y amar carnalmente a su legítimo cónyuge (con quien contrajo matrimonio religioso ante Dios). Quien se divorcia de él (de su legítimo cónyuge) y contrae matrimonio civil (ese dizque "matrimonio" es nulo ante Dios) comete adulterio y en adulterio no debe comulgar porque comulgaría sacrílegamente en pecado mortal y comería y bebería su propia condenación, como advierte San Pablo a aquellos que no se reconozcan a sí mismos (no reconozcan si hay pecado en su conciencia que les impida comulgar) ni distingan el Cuerpo del Señor de cualquier alimento (1 Corintios 11, 27-32).

No puede haber (como hoy, sacrílegamente, propone el modernismo enquistado en la Iglesia) ningún "discernimiento" sobre la posibilidad de comulgar viviendo en adulterio, porque esa persona desea a su nueva "pareja"  y con ella fornica, y no deja de hacerlo ni antes ni después de comulgar. Quien vive en estado de pecado mortal, solo si confesara (al sacerdote en el sacramento de la Penitencia) sus pecados con verdadero arrepentimiento y con firme propósito de no volver a pecar, puede acercarse a recibir la Eucaristía. El adúltero (el divorciado de su cónyuge legítimo, dizque vuelto a casar) que no tiene el firme propósito de dejar de vivir en amasiato (porque eso es realmente) no debe, en ningún caso, ni confesarse ni comulgar, pues no tiene arrepentimiento ni propósito firme de no pecar más. Acudir a ambos sacramentos sin esas disposiciones es sacrílego. A nadie está permitido comulgar si está en pecado mortal, sea éste cual fuere.

No olvidemos la enseñanza bíblica de San Pablo: quien así comulga "come y bebe su propia condenación" (1 Corintios 11, 27-32).

San Juan fue decapitado y recibió el martirio por defender la indisolubilidad del matrimonio ante el adulterio de Herodes, lo mismo ocurrió a Santo Tomás Moro que rechazó el del rey inglés Enrique VIII. Ninguno de los dos les propuso a los adúlteros realizar algún "discernimiento" (como hoy propone el modernismo enquistado en la Iglesia).

"Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema." (Gal 1,8).

"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". (Mt. 24, 35).


sábado, 26 de agosto de 2023

CUANDO LOS NÚMEROS NO CUADRAN


CONFESIONARIOS VACÍOS

Por Lic. Oscar Méndez Casanueva


Dice San Pablo, divinamente inspirado, que quien comulga en pecado mortal "come y bebe su propia condenación".

De ahí la necesidad que nuestra alma esté limpia de todo pecado mortal para que pueda Cristo ser recibido por nosotros. De ahí la necesidad -también- de la confesión sacramental para todo aquel que se sepa en pecado grave. Recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la comunión sin estar perdonados por la confesión sacramental es un pecado gravísimo que se llama sacrilegio. Todo aquél que está en pecado grave, todo aquél que no esté en gracia santificante -misma que se obtiene por la absolución personal en el sacramento de la confesión-, todo aquél que viva en ese estado y no se confiese o se confiese mal (sin verdadero arrepentimiento e intención de evitar el pecado; es decir sin contrición y propósito de enmienda) y comulga sacramentalmente, está "comiendo y bebiendo su propia condenación", según la Palabra de Dios.

Quienes no creen o no obedecen la moral que la Iglesia enseña, quienes no desean seguir las normas morales que Dios exige y el magisterio custodia, no deben -por ninguna excusa- acercarse a recibir la Sagrada Eucaristía.

Luego, es fundamental estar en gracia santificante para comulgar. ¡Qué importante es que vivamos en gracia y qué importante es que comulguemos con frecuencia! Pero que importante es, también, hacerlo con las debidas condiciones y con el amor necesario a Dios, estando conscientes que, precisamente, estamos recibiendo a Dios mismo presente en la hostia consagrada. Recibamos a nuestro Creador y Redentor, recibámoslo como lo que es: Nuestro Dios y Salvador, nuestro Rey y Señor.

Qué tristeza es ver que muchos viven conforme al mundo y de manera contraria a la Ley de Dios, y sin cambiar de actitudes ni confesarse van a recibir a Dios vivo presente en la hostia sin el menor discernimiento de lo que hacen, sólo por el qué dirán los demás y sin pensar en lo que Dios sí dice de esto. Es el lamentable "modernismo" que los ha impregnado, es la inconsciencia de lo que es recibir a Dios, es el permanecer en sus errores y en su vida de pecado, creyendo en un falso dios bonachón hecho a su gusto, medida y conveniencia.

Y qué tristeza es ver, también, que muchos sacerdotes "modernistas" no enseñan ya esta doctrina católica y con su silencio son cómplices del sacrilegio. Hay en ello mucha culpabilidad y Dios les pedirá cuentas. Algunos fieles tendrán el atenuante de su ignorancia (cuando ésta no sea culpable), mismo que no se presenta en los sacerdotes que, como tales, están bien instruidos y callan por contemporizar con el mundo o por una fe débil, o por poco celo pastoral y exiguo amor a las ovejas que les han sido encomendadas.

Urge, hoy, que los pastores vuelvan a hablar y enseñar esta doctrina tan olvidada por muchos o desconocida -incluso- de las nuevas generaciones. Si es tan común que nadie la cumpla, ¿les costaría mucho esfuerzo que nos la recordaran -aunque sea brevemente- durante cada celebración litúrgica?

Resulta contrastante ver tantos comulgantes y vacíos los confesionarios. ¿En verdad todos ellos estarán en gracia y no requerirán confesarse? Sin intentar penetrar en la conciencia de alguien en particular, las matemáticas parece que no cuadran y nos indican la tremenda realidad y el significado de este hecho. ¿O será realmente que alguien pueda vivir años y años sin el menor pecado mortal? Ciertamente puede ser el caso de algunas almas buenas. ¿Cuántas serán? Sólo Dios lo sabe. Si así fuera la situación de algunos, deben recordar, también, que existe el mandamiento de la confesión anual. ¿Pero, realmente, la mayoría que lleva meses y meses o años y años sin confesarse, tiene limpia la conciencia de cualquier pecado grave como para saberse en gracia santificante y poder recibir a Cristo vivo y realmente presente en la Eucaristía? ¿Y no contribuirán a este mal -de la comunión sin confesión- aquellos sacerdotes que ya no están disponibles habitualmente en el confesionario.

Por parte de muchos sacerdotes: Omisión de enseñar esta doctrina y poco o nulo tiempo en el confesionario.

Por parte de muchísimos fieles: Poca instrucción que genera -en muchos casos- una ignorancia culpable. En otros, un descuido irredento por los asuntos de Dios y un vivir de acuerdo a las máximas del mundo, adecuando la moral y las enseñanzas de Dios y de la Iglesia a sus propios caprichos y criterios personales. Todo ello, lleva a la sacrílega comunión en pecado grave y sin confesión sacramental, que los hace comer y beber su propia condenación.

En ambos casos, una multitud que comulga y los confesionarios....¡vacíos!.

TEMA RELACIONADO: CINCO PASOS QUE SE REQUIEREN PARA REALIZAR UNA BUENA CONFESIÓN http://www.catolicidad.com/2012/03/cinco-pasos-que-se-requieren-para.html?m=1

sábado, 12 de agosto de 2023

VIEJO CONFESIONARIO


"Cuántas lágrimas recogiste, cuántos remordimientos, atriciones y contriciones; cuántos balbuceos, palabras temerosas, susurradas. Miedo. Pero ¿de quién? A través de ti el alma se abría al Señor, lo encontraba, volaba.

Si pudieras hablar, ¡qué testimonio de humanidad darías! Cuánta vanidad dejada de lado, cuántos orgullos renunciados, cuántas pequeñas maldades que parecían grandes comparadas con el amor del Señor por las almas. Cuántos delitos absueltos con un gesto, el gesto de Jesús, su bendición. Orgullo y humildad, prevaricación y sumisión. Eras escuela de vida. Y ahora te olvidan, te despiden porque eres viejo y dizque estás superado: resultas incómodo".

 P. Michele Casati O.P.

NOTA: Cuántos males se evitarían si el hombre volviera a tener contrición y propósito de no seguir pecando. Y cuántas almas dejarían de condenarse eternamente. Urge retornar al confesionario.

martes, 4 de julio de 2023

PARA COMULGAR ES NECESARIO NO HABER COMETIDO PECADO MORTAL DESPUÉS DE LA ÚLTIMA CONFESIÓN BIEN HECHA.


-Si se está en pecado mortal es necesario efectuar primero una Confesión bien realizada (examen de conciencia, dolor y arrepentimiento por haber pecado, propósito firme de no volver a pecar, decir los pecados cometidos: su número y agravantes, y cumplir la penitencia)-

Discípulo. —Ahora, dígame, Padre: ¿basta, para comulgar, no estar en pecado mortal?

Maestro. —Sí, además de estar en ayunas en la forma  como lo prescribe la Iglesia y de saber lo que se va a recibir, basta no estar en pecado mortal para comulgar. Sin embargo, es necesario también ir con rectitud de intención, como, por ejemplo, para amar a Jesucristo, por espíritu de devoción, para obtener gracias espirituales y materiales, pues cuanto con mejores disposiciones se vaya a comulgar, más bendiciones y gracias se recibirán.

Jesucristo, al tomar nuestra naturaleza humana, se ha acomodado, por decirlo así a nuestro modo de ser. ¿No hacemos así nosotros con nuestros amigos y conocidos y, en general, con nuestros prójimos? Cuando uno nos ama, nos honra y nos aprecia con predilección, nosotros correspondemos a ese amor y atenciones; al que más nos aprecia y nos estima, más le amamos y estimamos también nosotros.

Lo mismo sucede con la Comunión; cuanto con más fe, piedad y devoción nos acercamos a comulgar, mejor nos conquistamos la simpatía, la bondad y la delicadeza del corazón de Jesucristo.

D. —Como hacían los Santos, ¿verdad Padre?

M. —Sí, como hacían los Santos, y como hacen las almas profundamente cristianas, las almas que quieren a Jesús y su amor.

D. — ¿Serán muchas estas almas?

M. — Muchísimas. Hay muchos sacerdotes realmente dignos, que celebran y comulgan diariamente, como los Santos. Religiosos y religiosas realmente piadosos, que diariamente comulgan, como si fueran ángeles... Madres sinceramente piadosas y cristianas, jóvenes de ambos sexos pertenecientes a institutos religiosos y de familias cristianas, que cada día se acercan a comulgar con las mejores disposiciones. Únicamente los veletas, los disipados, los tibios, la gente de poca fe, se acercan a comulgar con indiferencia, sin reflexión.

D. — ¿Estos tales, harán mal la Comunión?

M. —No, si no están en pecado mortal no comulgan mal; siempre hacen una obra buena y admirable, como dice el Catecismo; pero se privan de muchas gracias.

D. — ¿Qué quiere decir, Padre, con esto?

M. —Para explicártelo mejor te pondré ejemplos, quizá un poco rastreros; pero escúchalos con paciencia.

Ve un primer caso: Dos campesinos trabajan en la misma tierra: el uno la trabaja y la cultiva con asiduidad, quitando primero las hierbas, cavándola, rastrillándola; la abona, y con todo cuidado deposita en ella la semilla; abre Zanjas para el desagüe, pone cercas para que no pasen por ella, y vigila constantemente su campo. El otro por el contrario, la trabaja de cualquier manera, de prisa y de pasada. ¿Quién de los dos crees recogerá mejores y más abundantes frutos?

D. —Sin duda, el primero.

M. —Pues lo mismo sucede con la Comunión: en conformidad con las disposiciones que se llevan y del interés que uno se toma, y de la devoción y piedad que se pone; en proporción, digo, del cuidado con el cual se manifiesta a Jesucristo nuestro amor y nuestra benevolencia, se recibirán el provecho y los frutos.

Segunda comparación: Salen juntos dos al mercado o de paseo. El uno se contenta con andar, respirando aire sano, gozando del sol, mirando los prados floridos, o, si va al mercado, observando la mercancía expuesta y los escaparates de las tiendas; el otro, por el contrario, recoge de aquellas flores, hace provisión de los artículos que más le agradan y serán más útiles para él y para su familia. Al volver, ¿quién de los dos habrá aprovechado mejor el paseo?

D.  ––Sin duda, el que ha adquirido y llevado a su casa lo bueno que encontró.

M. —Pues así se comprende enseguida que la Comunión es un tesoro de inapreciable valor, inagotable bien que se ofrece a todos los cristianos, y del que más disfruta y se enriquece el que mejor se industria.

D. —Si es así, poco fruto he sacado yo hasta ahora de mis Comuniones; pero, en adelante, quiero que sean tan devotas y tan fervorosas, que constituyan un verdadero tesoro para mi alma.

M. — Muy bien, persevera en tus propósitos y haz que sean firmes y eficaces.

D. —Sin embargo, Padre, si uno va a comulgar sin esta fe y esta devoción, ¿comulgará mal?

M. —No. La Comunión, te he dicho, está mal hecha cuando uno se acerca a ella en pecado mortal y sin las disposiciones de que hablamos antes; de lo contrario, siempre estará bien hecha y será buena y provechosa, porque obra ex opere operato, como enseñan los teólogos, o sea, por su propia virtud sobrenatural y divina.

D. —El que no tiene esas disposiciones, ¿haría mejor no comulgando que frecuentando la Comunión?

M. —A esta pregunta te respondo con una tercera comparación:

Es frecuente dar con personas que por estar indispuestas, no sacan gusto de la comida y casi preferirían no comer, pues aun lo poco que comen lo toman a la fuerza y con cierta repugnancia. No obstante, aquello poquito, tomado de esa manera, les aprovecha, se convierte en sangre y en carne, y así van tirando y desempeñan sus quehaceres. ¿Que sería mejor para éstos: comer o no comer?

D. —Si no comen se mueren.

M. —Luego así debe pensarse de la Comunión, que es alimento de las almas. Si no comen morirán, acabarán languideciendo y caerán en el pecado, que es muerte de las almas.

     El Espíritu Santo hace hablar así al pecador en la Sagrada Escritura: “Estoy mustio como hierba cortada; mi corazón se encuentra seco como el heno del prado porque He dejado de comer mi pan”. Esto es, sabía que debía comer el pan que Jesús me ha dado para vivir, y por indiferencia, por descuido, por fútiles razones, no lo he hecho. Esto constituirá el continuo remordimiento de los que descuidan la Comunión, aunque vivan sin cometer faltas graves.

D. —Entonces, Padre, ¿hacen mal los que dejan de comulgar porque no sienten ni piedad ni devoción?

M. —Sí. Hacen mal y se equivocan, como los que no comen porque no sienten apetito, los que no toman medicamentos cuando están enfermos, los que no buscan ayuda cuando están débiles, los que no se acercan a la lumbre cuando sienten frío, o a la fuente cuando tiene sed.

Pbro. Luis José Chiavarino. COMULGAD BIEN

martes, 20 de junio de 2023

MEDITACIÓN SOBRE LOS TRES OBSTÁCULOS DE UNA BUENA CONFESIÓN


La negligencia en prepararte a la Confesión a menudo es la causa de que no aproveches de un remedio tan salutífero. No indagas tus pecados con suficiente esmero; no te excitas lo suficiente a la contrición, porque no consideras el mal que te causan tus pecados, ni el bien de que te privan. Has perdido el más valioso de los bienes, la gracia, y todavía has menester que se te mande que tengas dolor de ello.

El respeto humano impide a menudo que se declaren todos los pecados. El demonio que nos había quitado la vergüenza cuando cometíamos nuestros crímenes, quiere ahora devolvérnosla en el santo tribunal. Desecha esta mala vergüenza, a menos que prefieras ver, en el día del juicio, expuestos tus pecados a la vista de todos antes que declararlos aquí a un solo hombre. Esta confusión que sufres ahora te será saludable, la otra será inútil. "No te avergüences de tener que decir lo que no tuviste vergüenza de hacer" (San Bernardo).

Recaes siempre en las mismas faltas, siempre te confiesas de lo mismo, porque no tienes un firme propósito de enmienda y no prevés los escollos allí donde tienes costumbre de naufragar. Piénsalo seriamente en lo porvenir, deja esas ocasiones peligrosas y no te preocupes por lo que diga el mundo. "¿Dónde estamos si más tememos disgustar a los hombres que a Dios?".

Pequeño Compendio de Meditaciónes

jueves, 23 de febrero de 2023

NECESITO CONFESAR


“¿No sentís vuestros pecados? Y sí los veis, ¿os enmendáis? Pues entonces, ¿no estaréis muertos, ya que carecéis de sensibilidad? Ningún estado tan espantoso como aquél en que uno es insensible al pecado” Julian Eymard

Preparando un artículo de Gilmar Siqueira en el que habla de su propia experiencia tras unos años sin confesarse, me hizo pensar que si alguien, aparentemente tan puro como Gilmar, puede tener esas caídas, ¿Qué no tendremos los demás? Me quedé pensando en mi misma y en tantas infidelidades al Señor, pero sobre todo lo que me llevó a escribir este artículo es proponer al que no lo haya hecho aún, que se confiese y nada mejor que este tiempo de Cuaresma para lanzarse a la tarea.

¿Lleva Vd. mucho tiempo sin confesarse, hace meses, hace años? ¿Quizás no se ha confesado desde la primera Comunión? Cada uno arrastra su propia historia y da igual cual sea, ¡Anímese hoy mismo a entrar en una Iglesia y confesar!

No tengo pecados, no he matado, no he robado, no me gusta el sacerdote de mi parroquia y un largo etc. son las disculpas que uno mismo lanza a su conciencia porque al fin y al cabo, a los demás poco les importa si nos confesamos o nos dejamos de confesar, salvo que, verdaderamente, le importemos a alguien. Por lo tanto, si yo les animo a Vds. a confesarse es porque me importan y aún sin conocerlos de nada.

¿Vds. nunca han discutido con un hijo, con un padre, con el esposo, con un hermano…? Cuando eso sucede, el mejor momento viene tras el perdón, cuando nos sonreímos y decimos esa frase tan española de “pelillos a la mar” y todo vuelve a su sitio. Yo, hay reconciliaciones que las recordaré todo mi vida porque para mi han sido un regalazo: amigos con los que no debería haber discutido, hermanos a los que debería haber respetado, madre a la que no debería haberle contestado, mi esposo al que no tendría que haber ofendido y así suma y sigue. ¡Qué difícil es pedir perdón pero que bien se siente uno después de decirlo! Hay que pedir perdón a la persona que hemos ofendido con nuestra actitud y al mismo Dios y para ello está el Sacramento de la Confesión.

Una falta lleva a otra falta y un pecado lleva a otro pecado y lo que es peor, esas situaciones se van minimizando y llega un momento, en el que se trivializa el pecado y salvo que el pecado concuerde con un delito civil, uno se queda como si nada.

¿Qué sucedería si dejáramos de lavar los platos y cubiertos que tenemos en nuestra casa? Se quedarían en el fregadero llenándose de suciedad, cada día más y más mugre sobre ellos y nosotros no podríamos comer porque no tendríamos con qué hacerlo. Suciedad y hambre. Podríamos comer con las manos como gorrinos…esta situación es similar al estado del alma cuando dejamos de confesarnos, se ensucia y se queda con hambre porque no está Dios con ella y si está, no es con las disposiciones que deberíamos tener.

¿Por qué deja uno de confesarse? Esta debería ser la primera pregunta que nos contestáramos. ¿Por qué he dejado de confesarme, es por mi propia dejadez o quizás es porque no hay confesores en las parroquias? Si la respuesta es esto último, lo primero hable con su Obispo, para esto están entre otras cosas y expóngale el nombre de la parroquia y dígale que nunca hay sacerdotes confesando, ¡hágalo sin miedo!

Si la razón es que sí hay confesores pero a Vd. no le gustan, recuerde que el Sacerdote opera in persona Christi, da igual como se llame, como sea su físico, con tal de que sea un Sacerdote de la Iglesia Católica, nos puede perdonar en nombre del Señor.

“No hay remisión de pecados sin sacerdote, ni Eucaristía sin el sacerdocio, ni caridad sin este foco eucarístico que la alimente sin cesar, quien no tiene fe en el sacerdote está perdido” (Julian Eymard)

¿Cree Vd. no tener pecados? Les cuento una historia en primera persona. Cuando acudo a confesarme suelo coincidir con una mujer de la que, sólo observándola, he aprendido mucho. Cuando la veo allí pienso, “ella tan santa y aquí está”. Veo como antes de entrar, quita una diminuta libreta y se centra en lo que supongo que es el repaso de su examen de conciencia, no habla con nadie, parece centrada sólo en Dios hasta que llega su turno. Esta imagen tan pura me lleva a recordar mi camino hasta la Iglesia en el cual, quizás ya me he encontrado a alguna persona y sin darnos cuenta o conscientemente ya hemos hablado mal de alguien. O quizás he ido en coche, rápido porque llegaba tarde y he puesto en peligro la vida de otras personas y la mía misma, o tal vez he contestado mal por esa prisa que llevaba y en vez de quedarme escuchando a alguien que necesitaba consuelo, me he marchado como el mic mic correcaminos…faltas y pecados que me llevo conmigo al confesonario…faltas y pecados que el que no se confiesa va acumulando…faltas y pecados que hacen de mi alma un vertedero y del mundo, un estercolero. ¿No hablamos de ecologismo y todos estos temas tan de moda? Pues empecemos por no contaminar con nuestro propio interior el exterior.

Alguna vez me han dicho «qué pecados vas a tener tú», pues miren sí, no los voy a contar públicamente pero los tengo veniales, mortales y faltas y por si quedan dudas no he robado un supermercado, no he matado y tampoco soy escrupulosa, es decir, tengo claro lo que es materia de pecado y lo que no, así que cada uno, haga un ejercicio de sinceridad con su propia alma.

No quiero alargarme mucho porque las estadísticas dicen que cada vez se lee menos, así que si Vd. ha llegado hasta aquí y se confiesa habitualmente, simplemente felicidades pero puede hacer algo más, hable de esto a otras personas. Si su caso es que no se confiesa, no lo dude, acabe hoy mismo con esa situación, abra su corazón y oxigene sus arterias, deje entrar la Gracia de Dios en esa pequeña cavidad que rige nuestro cuerpo.

Recuerdo un Sacerdote muy querido que siempre me decía, “de noche, simplemente estas tres preguntas, qué hice bien, qué hice mal, en qué puedo mejorar”…hagan todas las noches este breve cuestionario y verán que para la canonización aún nos falta bastante, sin embargo, para pedir perdón, tenemos materia diaria. ¡Ánimo y adelante!


Sonia Vázquez

Marchando Religión

martes, 21 de junio de 2022

HOC EST ENIM CORPUS MEUM. LA PRESENCIA REAL DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO EN LA EUCARISTÍA.


LA PRESENCIA REAL DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO EN LA EUCARISTÍA

Algunos de los fundamentos de nuestra fe:

"Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo». Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?». Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron [el maná]. El que coma de este pan vivirá eternamente». Todo esto lo enseñó Jesús en la sinagoga de Cafarnaún". (Juan 6, 51-58).

"Este alimento es llamado por nosotros Eucaristía … De hecho, nosotros lo tomamos no como pan común y bebida común; sino como Jesucristo, nuestro Salvador que se encarnó, por la palabra de Dios tomó carne y sangre para nuestra salvación, así hemos aprendido que también aquel alimento, consagrado con la plegaria que contiene la palabra de él mismo y de quien se nutren nuestra sangre y nuestra carne, es por transformación Carne y Sangre de aquel Jesús encarnado. En efecto, los Apóstoles en su memorias llamadas evangelios, transmitieron que les fue dejado este mandamiento por Jesús…" (Apología I, San Justino Mártir, c. 155. Vivió en el primer siglo de la Era Cristiana).

"Pero dando también a los discípulos el consejo de ofrecer las primicias de sus criaturas a Dios, no como si las necesitase Él, sino para que ellos mismos no sean infructuosos ni ingratos, tomó el pan que es algo de la creación, y dio gracias diciendo: “Esto es mi Cuerpo”. Y de la misma manera afirmó que el cáliz, que es de nuestra creación terrena, era su Sangre; y enseñó la nueva oblación del Nuevo Testamento, la cual, recibiéndola de los apóstoles la Iglesia, ofrece en todo el mundo a Dios... acerca de lo cual Malaquías, en los doce profetas [menores], profetizó así: En efecto mío no está hacia vosotros, dice el Señor Omnipotente, y no aceptaré de vuestras manos sacrificio. Porque desde el levante a poniente es glorificado mi nombre entre las gentes y en todo lugar se ofrece incienso a mi nombre, y un sacrificio puro, pues grande es mi nombre entre las naciones, dice el Señor Omnipotente. Significando manifiestamente por esto que el pueblo anterior cesará de ofrecer a Dios; porque en todo lugar se ofrecerá sacrificio a Él, y éste será puro; y su nombre es glorificado entre las gentes" (San Ireneo, siglo II).

"Este alimento se llama entre nosotros Eucaristía, del cual a ningún otro es lícito participar, sino al que cree que nuestra doctrina es verdadera, y que ha sido purificado con el bautismo para perdón de pecados y para regeneración, y que vive como Cristo enseñó(*). Porque estas cosas no  las tomamos como pan ordinario ni bebida ordinaria, sino que, así como por el Verbo de Dios, habiéndose encarnado Jesucristo nuestro Salvador, tuvo carne y sangre para nuestra salvación, así también se nos ha enseñado que el alimento eucaristizado mediante la palabra (verbo) de oración procedente de Él – alimento del que nuestra sangre y nuestra carne se nutren con arreglo a nuestra transformación – es la Carne y la Sangre de aquel Jesús que se encarnó. Pues los apóstoles, en los comentarios por ellos compuestos, llamados evangelios, nos transmitieron lo que así les había sido transmitido" (San Justino Martir, año 160 DC).

(*)Para comulgar hay que ser católico bautizado, creer lo que la Iglesia enseña (la doctrina verdadera) y vivir en gracia, como Cristo enseñó (en caso de haber pecado mortalmente es necesaria la sincera Confesión sacramental para recuperar la gracia santificante). Enseña San Pablo que quien comulgue en pecado mortal comerá y beberá su propia condenación.

"El Cuerpo de Cristo vivifica a los que de él participan: aleja la muerte al hacerse presente en nosotros, sujetos a la muerte, y aparta la corrupción, ya que contiene en sí mismo la virtualidad necesaria para anularla totalmente” (SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, Coment. Evang. S. Juan, 5, Siglo V DC).

"Esforzaos, por lo tanto, por usar de una sola Eucaristía; pues una sola es la Carne de Nuestro Señor Jesucristo y uno sólo es el cáliz para unirnos con su Sangre, un solo altar, como un solo obispo junto con el presbítero y con los diáconos consiervos míos; a fin de que cuanto hagáis, todo hagáis según Dios" (San Ignacio de Antioquía).

"Lo que parece pan no es pan, aunque así sea sentido por el gusto, sino el Cuerpo de Cristo, y lo que parece vino no es vino, aunque el gusto así lo quiera, sino la Sangre de Cristo" (San Cirilo de Jerusalén, Catequesis XXII,9, siglo IV).

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miércoles, 23 de febrero de 2022

¿ES POSIBLE CONFESARSE VÍA TELEFÓNICA O POR MENSAJE? R= PARA LA VALIDEZ DE LA CONFESIÓN ES IMPRESCINDIBLE LA PRESENCIA FÍSICA DEL PENITENTE ANTE EL CONFESOR. 

 

 Aunque parezca rara, es una pregunta que muchos hacen a menudo. Por eso, de una vez respondemos a la pregunta ¿es posible confesarse vía telefónica o por mensaje? Veamos. La Confesión o Penitencia es uno de los siete sacramentos instituidos por Jesucristo para darnos la gracia. Es el modo habitual de conseguir el perdón de los pecados después del Bautismo (cánones 959 y 960).

 El fundamento bíblico de dicho sacramento lo encontramos en Jn 20,22-23, en donde se dice «a los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar». Esto trae ciertas implicaciones, por ejemplo, el sacerdote ejerce como juez, debe determinar si hay o no verdadero arrepentimiento. Si considera que lo hay, le absuelve, si considera que no lo hay, bien puede negar la absolución. Y para esto, es necesaria la presencia física de la persona.

 Dice el Denzinger-Schonmetzer nº 1994: «para la validez de la Confesión es IMPRESCINDIBLE la presencia física del penitente ante el confesor. Por lo tanto la Confesión por cualquier otro medio no sólo no es válida sino que también ES SACRÍLEGA». 

 Aprendemos que es esencial la presencia real de confesor y penitente, por lo tanto es inválida la confesión por carta, teléfono, radio o televisión; pues además de no existir presencia real, pone en peligro el secreto sacramental. 

 Esto no quita que en lo que se refiere a su preparación, el internet puede ser de gran ayuda, por ejemplo, proporcionando una buena guía para hacer la Confesión. Pero al momento de confesarse, como hemos visto, sí es necesario la presencia física tanto del confesor como del penitente.

 Bibliografía: Teología Moral para seglares, 2º, 2ª, IV, nº 193. Ed. BAC.