jueves, 26 de marzo de 2026
EL MÉDICO Y LA PACIENTE
viernes, 28 de febrero de 2025
EL GRITO SILENCIOSO: UNA HISTORIA DE DOLOR Y ESPERANZA
La madrugada envolvía el hospital en un silencio pesado cuando Clara llegó, sintiendo que cada paso la sumergía más en un abismo de incertidumbre. Había pensado que, al tomar una decisión, la tormenta interna cesaría, pero cada latido de su corazón parecía intensificar sus dudas.
¿Realmente iba a hacerlo?
Las voces a su alrededor eran ensordecedoras. Su pareja, con indiferencia, le había dicho: “Haz lo que creas mejor”. Sus amigas insistían en que era su derecho. Su madre, con tono severo, le recordó: “Un hijo ahora arruinará tus planes”. En todos lados, el mensaje era claro: “No es nada. Es tu cuerpo, tu elección”.
Sin embargo, en lo más profundo de su ser, una voz susurraba lo contrario. Si realmente no era nada, ¿por qué sentía ese nudo en el estómago?
Se abrazó a sí misma, intentando contener el temblor que la recorría. Las sombras del pasillo parecían cerrarse sobre ella, y el pánico la invadió. ¿Y si lo que llevaba dentro era una vida real?
Trató de desestimar esos pensamientos, repitiéndose lo que otros le habían dicho: que solo era un conjunto de células, que no había conciencia, que no importaba. Pero recordó lo que había leído en algún lugar:
• El corazón comienza a latir alrededor de la tercera semana de gestación.
• La actividad cerebral se detecta desde la sexta semana.
• Para la semana doce, el feto puede responder a estímulos.
Si un feto puede responder, ¿cómo podría ser “nada”?
Apoyó la frente contra la pared fría, buscando claridad. No podía pensar con claridad. Cada argumento chocaba con su miedo, su vergüenza y la desesperación de no saber qué camino tomar.
“No estás preparada”, le decía una voz interna. “Esto arruinará tu vida. No tienes los recursos ni el apoyo. ¿Cómo criarás a un niño cuando apenas puedes contigo misma?”
Pero otra voz, más suave, le susurraba: “Si dentro de ti hay un corazón latiendo, un cerebro funcionando, un ser con ADN único… ¿tienes derecho a decidir su destino?”
Tragó saliva, sintiendo la opresión en el pecho. ¿Y si estaba a punto de cometer un error irreversible?
El miedo se transformó. Ya no era solo temor a tener al bebé, sino miedo a las consecuencias de no tenerlo.
Una enfermera se acercó con una carpeta en mano.
—Clara González. Es tu turno.
La miró, paralizada. Todo su ser le pedía que se levantara, que huyera, que protegiera lo que llevaba dentro. Pero el miedo la mantenía inmóvil.
Instintivamente, llevó las manos a su vientre. En ese gesto, una imagen de su infancia emergió: la Virgen María, con su manto azul, llevando en su seno al Salvador.
Si María hubiera considerado su embarazo como un obstáculo, si hubiera cedido al miedo… ¿qué sería de nosotros?
El pensamiento la sacudió. Si el Hijo de Dios vino al mundo a través de una mujer, ¿cómo podía ella rechazar el don que se le había confiado?
Un escalofrío recorrió su cuerpo, y por primera vez en mucho tiempo, sintió una presencia reconfortante.
No estaba sola. Nunca lo había estado.
En un susurro, sus labios pronunciaron: “Mater Dei, ora pro nobis.”
El miedo comenzó a desvanecerse, dando paso a una determinación desconocida.
Se puso de pie, dejando atrás la sombra de la desesperanza. Atravesó el pasillo del hospital, y al salir, el amanecer pintaba el cielo con tonos dorados, como si la creación misma celebrara su decisión.
Había elegido la vida.
Aunque el futuro era incierto, sabía que había abrazado el plan de Dios.
Y en ese vientre que casi fue negado, en ese santuario donde Dios depositó un alma inmortal, una nueva luz seguía latiendo. Un latido que resonaba con el amor eterno, perteneciente tanto a ella como al Creador que lo había concebido desde la eternidad.
OMO
sábado, 22 de febrero de 2025
EL EMPERADOR QUE NO CREÍA EN EL PROGRESO
Marco Aurelio abrió los ojos y miró a su alrededor. No estaba en Roma, ni en el limes danubiano, ni en los campos de batalla contra los germanos. Se encontraba en un mundo donde la dignidad de la piedra había sido sustituida por el reluciente vacío del cristal y el metal. Un mundo donde los muros no se construían para sostener la civilización, sino para reflejar su imagen deformada.
En ese momento, su mirada cayó sobre un objeto que le resultó familiar: un libro. Más aún, era su propio libro. Sus Meditaciones, escritas sin intención de ser publicadas, estaban ahora en manos de un hombre moderno, que lo hojeaba con la displicencia de un catador ante un vino que no ha sido embotellado ayer.
—Interesante —dijo el hombre, con una sonrisa que no ocultaba su condescendencia—. Pero es un poco… anticuado.
—¿En qué sentido? —preguntó el emperador con serenidad.
—Bueno, toda esta insistencia en la disciplina, en el autodominio, en la gratitud… Son valores obsoletos. Hoy sabemos que cada uno debe expresarse libremente, sin restricciones ni imposiciones externas.
Marco Aurelio asintió lentamente, como quien escucha a un bárbaro explicar por qué es mejor quemar una ciudad que gobernarla.
—Así que habéis descubierto que la libertad consiste en hacer lo que se quiere.
—Por supuesto —respondió el hombre con aire de autosuficiencia—. Es la base de nuestro tiempo.
—¿Y habéis descubierto también que la justicia consiste en obedecer a quien grita más fuerte?
El hombre frunció el ceño.
—No es eso…
—Entonces, ¿qué habéis descubierto exactamente?
—Que la felicidad no puede depender de restricciones artificiales. Que las normas del pasado no tienen por qué regirnos hoy. Que cada generación debe reinventarse a sí misma.
El emperador se tomó un momento para considerar esta afirmación. Miró a su alrededor y observó a la multitud que pasaba por la calle, apresurada y abstraída, incapaz de ver más allá de sus propios reflejos en las pantallas que llevaban en las manos.
—Habéis cambiado muchas cosas —dijo finalmente—, pero no habéis descubierto nada nuevo. Mis antepasados creían que la virtud se transmitía de generación en generación, como un fuego que se cuida y se aviva. Vosotros, en cambio, creéis que cada generación debe prender su propia hoguera y arrojar en ella todo lo anterior.
—El progreso exige romper con el pasado.
—Entonces habéis convertido la historia en un constante empezar de nuevo, sin aprender jamás. Habéis cambiado la sabiduría de los ancianos por la opinión de la multitud, la razón por la emoción, la virtud por el deseo.
El hombre cruzó los brazos.
—No necesitamos lecciones del pasado.
Marco Aurelio sonrió con una leve melancolía.
—Eso mismo dijeron los bárbaros antes de que Roma cayera.
OMO
jueves, 20 de febrero de 2025
EL ÚLTIMO HOMBRE EN PIE
Si alguien hubiera preguntado en el pueblo de San Eustasio quién era Sebastián, las respuestas habrían sido variadas y contradictorias. Para algunos, era un excéntrico, el último rezagado de una época que la modernidad había dejado atrás como una diligencia polvorienta en plena autopista. Para otros, era un sabio, el último ser humano cuerdo en una aldea entregada a la demencia colectiva. Para los niños, era simplemente el abuelo de Magdalena, lo cual era de por sí una credencial de nobleza. Pero lo que nadie negaba —ni siquiera los más convencidos de la Ilustración Iluminada de Última Generación— era que Sebastián era un hombre peligroso.
No porque portara armas ni liderara revueltas. No porque tuviera en su casa libros prohibidos o hubiera incendiado algún símbolo de progreso certificado por la ONU. No. Sebastián era peligroso porque creía en la Verdad. Y no sólo creía en ella, sino que la defendía con la peor de las armas: el sentido común.
I. El Héroe y el Mito del Progreso
San Eustasio no siempre había sido una cárcel de pantallas luminosas y pensamientos oscuros. Hubo un tiempo en que los niños corrían por las calles sin temor a ser atropellados por un auto sin conductor y sin dueño. Hubo un tiempo en que los hombres se quitaban el sombrero ante una dama y los jóvenes aspiraban a ser caballeros en lugar de influencers. Pero ahora la única reverencia que se hacía era ante el Estado, y la única vocación noble era la de obedecer sin preguntar.
Sebastián recordaba. Y eso era imperdonable.
Veía cómo la gente se entregaba, con el fervor de una procesión pagana, a las últimas novedades en pensamiento obligatorio. Veía cómo en los templos del consumo se anunciaban verdades en oferta, con un 20% de descuento si las comprabas antes del fin de la semana. Veía cómo los intelectuales hablaban sin cesar de la libertad mientras prohibían toda forma de disentir. Y sobre todo, veía cómo el mundo que una vez creyó en santos y mártires ahora creía en máquinas y estadísticas.
Y mientras todos celebraban los avances de la humanidad con la euforia con que un hombre enloquecido celebraría haber cortado la cuerda que lo mantenía suspendido en el abismo, Sebastián se mantenía en pie, con su chaleco gastado y su mirada imperturbable, como un caballero que se ha quedado a defender un castillo en ruinas porque sabe que dentro de esas ruinas está la única bandera que aún vale la pena salvar.
II. Magdalena y la Última Resistencia
Magdalena, su nieta, tenía algo en ella que la hacía diferente de los otros niños. Quizás era la manera en que escuchaba las historias de su abuelo sin el escepticismo impaciente de los modernos. O quizás era la manera en que miraba las estrellas como si supiera que alguien las había encendido a propósito.
Una tarde, Magdalena regresó de la escuela con el ceño fruncido.
—Abuelo, ¿es cierto que la familia es una construcción social?
—Por supuesto —respondió Sebastián, inclinándose para encender su pipa—. Como el sol. O el mar. O el amor. Todo es una construcción, si tienes la paciencia de negarlo el tiempo suficiente.
Magdalena frunció aún más el ceño.
—Pero dicen que la familia tradicional ya no es necesaria.
Sebastián rió con ganas.
—Ah, claro. Como tampoco son necesarias las raíces para los árboles. Y si eres un progresista moderno, tampoco es necesario el suelo.
—Dicen que podemos inventar nuevas formas de familia…
—Por supuesto —dijo el anciano, entusiasmado—. Yo mismo tengo en mente una magnífica innovación: una familia donde un hombre se case con una mujer, tengan hijos y vivan juntos, queriéndose, hasta la muerte.
Magdalena se tapó la boca para reír.
—Abuelo, ¡eso es lo de siempre!
—Exactamente. Y por eso funciona.
III. La Inspección del Estado
No pasó mucho tiempo antes de que alguien denunciara a Sebastián por “adoctrinamiento nocivo”. Una mañana, mientras preparaba café en una cafetera que probablemente tenía más historia que la mitad de los edificios del pueblo, llamaron a la puerta.
Era un hombre de traje impecable, con el tipo de expresión que sólo puede tener alguien que ha sido completamente vaciado de alma y rellenado con políticas gubernamentales.
—Señor Sebastián —dijo con una sonrisa que parecía impresa en su rostro—, venimos a hablar sobre el bienestar de su nieta.
—¿Tiene algún problema de salud? —preguntó Sebastián, sirviendo café con una calma insultante.
—No, no. Pero hemos recibido informes de que usted le está enseñando… valores anticuados.
—Por supuesto —asintió Sebastián—. También le enseño matemáticas.
El inspector lo miró, desconcertado.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Oh, es muy simple —respondió Sebastián—. Si dejo que aprenda matemáticas modernas, pronto pensará que dos más dos son cinco, o seis, o cualquier número que le parezca bien en el momento. Y si dejo que aprenda moral moderna, pronto pensará que la verdad es relativa y que la familia es opcional. Pero resulta que ni los números ni las familias funcionan así.
El inspector se aclaró la garganta.
—Nos preocupa que Magdalena no esté recibiendo una educación basada en la inclusión y la diversidad.
Sebastián asintió gravemente.
—Por supuesto. Nada me parecería más preocupante que la idea de que ella deba pensar exactamente lo mismo que todos los demás.
El inspector comenzó a perder la paciencia.
—Señor Sebastián, la educación moderna se basa en la libertad de pensamiento.
—Maravilloso —dijo Sebastián—. Entonces es libre de pensar como yo.
El inspector se levantó, ofendido.
—Esto no ha terminado.
—Nada de lo que es verdadero termina —respondió Sebastián, encendiendo su pipa.
IV. El Último Hombre en Pie
Sebastián fue arrestado poco después. La acusación era vaga, pero el veredicto era claro: era culpable de existir de manera incorrecta.
Magdalena, sin embargo, no lloró. Sabía lo que su abuelo le había enseñado: que el mundo moderno era una gran broma, y que sólo los verdaderamente libres podían reírse de ella. Sabía que la verdad no muere en las prisiones, y que la historia está repleta de hombres que fueron arrojados a mazmorras por decir cosas que, cincuenta años después, serían inscriptas en mármol.
Y así, mientras la maquinaria del progreso seguía avanzando como un tren sin conductor, Magdalena recogió la antorcha de su abuelo. Y cuando la historia de su abuelo se contaba en susurros entre los que aún creían en cosas tan escandalosas como Dios, la verdad y la belleza, ella sonreía y decía:
—El último hombre en pie nunca está solo.
Y entonces encendía una vela. Porque siempre habrá luz mientras alguien la encienda.
OMO
sábado, 8 de febrero de 2025
LA ÚLTIMA CAMPANA
NADIE NOTÓ EL SILENCIO
Nadie notó el momento exacto en que las campanas enmudecieron.
Al principio, fue algo discreto. Se hablaba de seguridad, de protocolos, de evitar riesgos innecesarios. No era momento para sentimentalismos. Luego, cuando alguien preguntó por qué las iglesias seguían cerradas mientras los centros comerciales abrían, la respuesta fue simple: la fe podía practicarse en casa.
La fe, decían, era asunto privado.
Las campanas no eran necesarias.
EL DIÁLOGO ENTRE EL SACERDOTE Y EL SACRISTÁN
El padre Esteban caminaba lentamente por la nave vacía de la iglesia. Cada paso resonaba en la piedra como un eco lejano de tiempos mejores.
Martín, el sacristán, estaba sentado en un banco al fondo, mirando el suelo. No había misa. No había velas encendidas. Solo la oscura soledad de un templo que, sin su pueblo, parecía más muerto que vivo.
—¿Cuánto tiempo más cree que durará esto, padre? —preguntó, sin levantar la vista.
El sacerdote suspiró y se apoyó en el respaldo de un banco.
—El tiempo no es el problema, Martín. El problema es lo que se ha perdido en este tiempo.
El sacristán alzó la cabeza.
—¿Y qué se ha perdido? La gente sigue viva. Siguen adelante.
—¿Siguen adelante? —El sacerdote sonrió con tristeza—. Sí, siguen adelante… pero sin Dios. Y peor aún, sin esperanza.
Martín frunció el ceño.
—¿Esperanza?
—Mira a tu alrededor. Han cerrado las iglesias, han prohibido los sacramentos, y la gente ha aceptado todo sin protestar. ¿Por qué? Porque han aprendido a temer más a la muerte que a la ausencia de Dios.
Martín asintió en silencio.
—Antes, cuando alguien moría —continuó el sacerdote—, se preparaban con los sacramentos. Se buscaba la confesión, la extremaunción, la Misa de difuntos. Sabían que la muerte no era el fin, sino el comienzo. Pero ahora…
—Ahora la ven como la peor tragedia posible —terminó Martín.
—Exactamente. Y ese miedo los ha vuelto dóciles. Controlables.
Martín se pasó una mano por el rostro.
—Recuerdo cuando mi abuela nos contaba sobre los mártires. Sobre San Ignacio de Antioquía, que iba al martirio con gozo y escribió: “Es hermoso morir para el mundo y vivir para Dios.” Ahora, la gente haría cualquier cosa por evitar la muerte.
—Porque ya no creen en la vida eterna —asintió el sacerdote—. Y cuando un pueblo deja de creer en la vida eterna, la muerte se convierte en su tirano.
Martín se quedó en silencio un momento.
—¿Y qué podemos hacer, padre? No podemos obligarlos a creer.
El sacerdote lo miró fijamente.
—No, pero podemos recordarles lo que han olvidado.
—¿Cómo?
El padre Esteban sonrió y señaló el campanario.
—Las campanas siempre han llamado a la batalla. Y esta es la mayor batalla de todas.
Martín abrió los ojos con sorpresa.
—Pero… si hacemos sonar la campana, la gente nos mirará como locos.
—O tal vez como despertadores. ¿Recuerdas lo que decía Santa Teresa de Ávila? “Muero porque no muero.” Esa es la actitud cristiana ante la muerte. No debemos temerla, sino anhelar la unión con Dios. Y es momento de que todos lo recuerden.
Martín miró la cuerda de la campana.
—¿Está seguro?
—Lo estoy. La muerte no es el fin. Pero el miedo a la muerte sí puede serlo.
LA CAMPANA QUE DESPERTÓ LA NOCHE
Esa noche, la ciudad dormía bajo el peso de su propia resignación.
Nadie caminaba por las calles. Nadie miraba las iglesias vacías.
Pero Martín subió los escalones de la torre con pasos firmes.
Arriba, el viento golpeaba la piedra fría. Frente a él, la cuerda de la campana colgaba, inmóvil, como si hubiera sido olvidada.
Sabía que lo que estaba a punto de hacer tendría consecuencias. Sabía que algunos se enfurecerían. Que otros se asustarían.
Sabía que una campana podía ser más peligrosa que un discurso.
Porque recordaría a la gente lo que habían olvidado.
Martín cerró los ojos.
Y tiró de la cuerda.
EL SONIDO QUE LO CAMBIÓ TODO
El tañido rasgó la noche.
No fue un sonido cualquiera. Fue un eco profundo, primitivo, como si el tiempo hubiera retrocedido siglos.
En las casas, los ancianos alzaron la cabeza.
En los departamentos, los niños preguntaron qué era ese sonido.
En la ciudad dormida, el eco de la campana rompió la inercia del miedo.
El padre Esteban sonrió.
—Hemos vuelto.
Y entonces, sucedió algo inesperado.
A lo lejos, otra campana comenzó a sonar.
Luego otra.
Y otra.
En distintos rincones de la ciudad, los campanarios que habían estado en silencio durante meses despertaban uno a uno.
Los párrocos, los sacristanes, los fieles que aún se atrevían a creer, todos comprendieron en ese instante que la batalla no había terminado.
Las campanas resonaban en la noche, llamando no solo a la oración, sino al despertar de un pueblo que se había dejado adormecer en el miedo.
Al otro día, cuando intentaron silenciarlos, ya era tarde.
Las campanas habían sonado.
Y la fe, que había sido enterrada bajo el miedo, había despertado de nuevo.
OMO
viernes, 31 de enero de 2025
LA BENDICIÓN DEL PADRE (RELATO)
Era una noche tibia en la casa de los abuelos, con el aroma del pan recién horneado y el leve crujir de la madera en el viejo piso de la sala. Sofía, una niña de diez años con cabellos oscuros y ojos brillantes, estaba sentada en el sofá con su abuelo Don Joaquín, un hombre de barba blanca y voz pausada, que disfrutaba contar historias a la luz de la lámpara.
—Abuelito, ¿me cuentas una historia antes de dormir? —preguntó Sofía, acomodándose en su regazo.
El abuelo sonrió y acarició su cabeza.
—Claro, pequeña. Pero antes dime, ¿ya le pediste la bendición a tu papá?
Sofía bajó la mirada y movió los pies inquieta.
—Mmm… no. A veces me olvido, abuelito. Mamá dice que igual Dios me cuida…
El abuelo frunció el ceño con ternura y, con un suspiro, le tomó la mano.
—Déjame contarte una historia, pero escucha bien, porque es sobre algo muy importante…
Sofía asintió con curiosidad.
El Secreto de la Bendición
Hace mucho tiempo, en la tierra de Canaán, vivía un anciano llamado Isaac. Tenía dos hijos, Esaú y Jacob. Un día, Isaac estaba muy viejo y quiso dar su bendición antes de morir. Ahora, la bendición de un padre no es solo palabras bonitas, Sofía, es como si el mismo Dios hablara a través de él. En la Biblia dice que Isaac puso sus manos sobre Jacob y le dijo:
“Que Dios te conceda el rocío del cielo y la fertilidad de la tierra, abundancia de trigo y mosto. Que los pueblos te sirvan y las naciones se inclinen ante ti…” (Génesis 27:28-29).
—¿Y funcionó, abuelito? —preguntó Sofía con los ojos muy abiertos.
El abuelo asintió.
—Por supuesto, hija. Esa bendición acompañó a Jacob toda su vida, y sus descendientes fueron el pueblo elegido por Dios. Pero esto no es solo historia antigua. En nuestra fe, cuando un padre bendice a su hijo, es Dios mismo quien extiende Su mano. Santo Tomás de Aquino decía que la paternidad terrenal es un reflejo de la Paternidad de Dios (Summa Theologiae II-II, q.102, a.1).
Sofía frunció el ceño.
—¿Entonces… es como si Dios hablara a través de papá?
El abuelo sonrió y tocó la punta de su nariz.
—Exactamente. Es un gran misterio, pero así lo quiso Dios. ¿Recuerdas lo que dice la Biblia? “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen en la tierra” (Éxodo 20:12). No es solo una sugerencia, es una promesa.
—¿Y si no lo hago?
El abuelo suspiró.
—La Escritura también dice que la bendición del padre afianza la casa de los hijos, pero la maldición de la madre arranca los cimientos (Eclesiástico 3:8-11). Cuando un hijo desprecia la bendición de su padre, es como si cerrara la puerta a un regalo del Cielo.
Sofía miró sus manos con seriedad.
—Pero abuelito, a veces me da pena pedirle la bendición a papá… ¿y si le da igual?
El abuelo negó con la cabeza.
—No lo creas, pequeña. El corazón de un padre se llena de amor cuando su hijo le pide la bendición. ¿Recuerdas cuando Jesús era niño y vivía con la Virgen María y San José? Dice la Biblia que “les estaba sujeto” (Lucas 2:51), es decir, obedecía y honraba a sus padres. Y si el mismo Hijo de Dios hizo esto, ¿cuánto más deberíamos hacerlo nosotros?
Sofía se quedó en silencio, pensativa.
—Entonces… si papá me bendice, ¿Dios me protege más?
El abuelo asintió con una gran sonrisa.
—Claro que sí. Mira lo que dijo San Juan Crisóstomo: “Los hijos que desprecian la bendición de sus padres son semejantes a aquellos que rechazan la bendición de Dios” (Homilía sobre Efesios 20). Cuando tu papá pone su mano sobre tu cabeza y dice ‘Dios te bendiga, hija’, es como si Dios mismo te abrazara y te cubriera con su manto.
Sofía sintió un nudo en la garganta. Pensó en todas las veces que se había acostado sin pedir la bendición.
—Abuelito… creo que voy a ir a pedirle la bendición a papá.
El anciano le dio un beso en la frente.
—Eso es lo que quería oír, pequeña. Ve con confianza, porque al recibir su bendición, recibirás también la de Dios.
Sofía corrió por el pasillo y encontró a su papá leyendo en la sala. Se detuvo frente a él, de pie, nerviosa.
—Papá… ¿me das tu bendición?
El hombre alzó la mirada sorprendido y luego sonrió. Se levantó, puso su mano sobre la cabeza de su hija y, con voz firme, dijo:
—El Señor te bendiga y te guarde.
—El Señor te proteja y te defienda.
—Muestre su hermoso rostro y tenga piedad de ti.
—El Señor te bendiga y te dé la paz.
Sofía sintió un calorcito en el pecho, como si una luz invisible la envolviera. Cerró los ojos y, por primera vez, entendió el poder de aquellas palabras.
Desde aquella noche, nunca volvió a dormirse sin la bendición de su padre.
Y Dios la acompañó todos los días de su vida.
OMO
miércoles, 28 de febrero de 2024
UNA MADRE ENVENENADA – DON ORIONE (un pasaje de su vida)
Una noche de invierno hablaba en la iglesia parroquial de Castelnuovo Scrivia, la cual se hallaba llena de fieles llegados de pueblos vecinos. El tema era “La misericordia de Dios”, y por demostrar la grandeza del Sacramento de la Penitencia, dijo esto:
“Si un hijo fuese tan perverso que pusiera veneno en plato de su madre para matarla y se arrepintiera luego de tal monstruosidad, también obtendría el perdón de Dios”.
Al término de la reunión se apresuró a dirigirse a la estación para tomar el tren de regreso, pero como éste ya había partido decidió ir a pie a Tortona, que distaba más o menos ocho kilómetros.
Anochecía y una neblina fría lo envolvía todo: los árboles de la campiña desierta y silenciosa, las últimas casas del pueblo. Un hombre, envuelto en una capa, estaba parado a un lado del camino como si esperase a alguien. Acercándose, Don Orione vio sus características: alto, robusto, con barba negra recortada en dos puntas, sombrero de alas anchas, mirada perdida detrás de algún pensamiento que lo dominaba.
Prudentemente, para hacerse su amigo, preguntó con amabilidad:
-Buen hombre, ¿vais a Tortona?
La respuesta fue rápida y tajante:
-No, yo no voy a Tortona.
-Entonces, buenas noches -dijo Don Orione, acompañando el saludo con una suave sonrisa, y retomó su camino.
-No, buenas noches, no, -repuso el otro con amarga sonrisa-. Deténgase un momento. ¿Es usted quien predicó hace unos momentos?
-Sí yo soy.
-Habló usted sobre la Confesión.
-Efectivamente, sobre ella hablé.
La voz de aquel hombre se hizo vibrante al preguntar:
-¿Cree usted cuanto dijo?
-Sí, creo todo cuanto dije -afirmó lentamente el sacerdote.
-Luego, si un hijo, que ha envenenado a su madre, se confiesa, ¿puede ser perdonado?
-Sí, siempre que esté arrepentido.
Siguió una pausa. En el crepúsculo neblinoso que se cerraba sobre la campiña pasaron minutos de tensa espera.
-¿Me conoce usted? -prosiguió el hombre, mirando fijamente a su interlocutor.
-No, yo no os conozco.
-Sin embargo me conoce usted, pues hablo de mí.
-Pero no, no pude nunca haber hablado de vos.
-Le digo que sí, -afirmó acalorándose cada vez más. Luego miró a su alrededor como si temiese que, desde el manto oscuro que los envolvía, pudiese aparecer algún extraño.
-Soy aquél de quien usted habló esta tarde. Yo puse veneno en el plato de mi madre.
Un escalofrío asaltó a Don Orione. Y siguió otra pausa más plena de ansiedad que la anterior.
-Dígame, -continuó el citado, que por fin encontraba un desahogo a su propio remordimiento,- dígame usted, ¿aún puedo ser perdonado?
-Si estáis arrepentido. -repuso Don Orione, con un hilo de voz en la cual temblaba toda su alma plena de misericordia.
-Y contó que, desde el día de la muerte de su madre, aunque nadie sospechó mínimamente de él, no encontró más paz.
Habían transcurrido varios años. Pero aquella tarde pasaba casualmente delante de la iglesia y, aunque jamás ponía los pies en ese lugar, en aquel instante sintió una necesidad imperiosa de entrar.
-Y penetré justamente cuando hablaba usted del hijo que envenenó a su madre. Pensé que aquellas palabras me estaban dirigidas.
Luego con tono de voz diferente y vuelto más dulce por la inefable esperanza que florecía en su corazón, continuó:
-Si puedo obtener el perdón de Dios y puede usted hacérmelo llegar, aquí estoy, perdóneme.
Y asi, en aquel sitio solitario, que apenas se vislumbraba en la noche invernal, el Sacerdote de Cristo oía la confesión del penitente más necesitado, más apto para demostrar los triunfos de la gracia en el corazón de los hombres.
Recibida la última bendición, el desventurado se levantó pero, antes de partir, en un ímpetu emotivo, quiso abrazar a su consolador y lo hizo con tal fuerza, dominado por desbordante afecto, que Don Orione creyó morir sofocado entre sus brazos.
Don Orione. Héroe de la caridad
martes, 5 de julio de 2022
EL RELATO DEL DEMONIO Y LOS TRES MONJES
En una ocasión, el demonio se apareció a tres monjes y les dijo: si os diera potestad para cambiar algo del pasado, ¿qué cambiaríais?
El primero de ellos tenía un gran fervor apostólico, y le respondió:
—”Impediría que hicieses caer a Adán y Eva en el pecado para que la humanidad no pudiera apartarse de Dios”.
El segundo de ellos era un hombre lleno de misericordia, y le dijo al demonio:
—”Impediría que tú mismo te hubieses apartado de Dios”.
El tercero de ellos era el más simple y, en vez de responder al tentador, se puso de rodillas, hizo la señal de la cruz y oró diciendo:
—”Señor, libérame del demonio de lo que pudo ser y no fue”.
El diablo, dando un grito estentóreo y estremeciéndose de dolor, se esfumó.
Los otros dos, sorprendidos, le dijeron:
—”Hermano, ¿por qué has reaccionado así?”.
Él les respondió:
—”En primer lugar, porque NUNCA hemos de entrar en DIÁLOGO con el enemigo. En segundo lugar, porque no hay poder en este mundo capaz de CAMBIAR el pasado. En tercer lugar, porque el interés de Satanás no era que probásemos nuestra VIRTUD, sino que, atrapados en el PASADO, descuidáramos el presente, porque es el único tiempo en el que Dios nos da su gracia y podemos cooperar con ella para CUMPLIR su Voluntad. De todos los demonios, el que más atrapa a los hombres y les impide ser felices es el de lo que PUDO SER Y NO FUE.
El pasado queda a la Misericordia de Dios y el futuro a su Providencia. Solo el presente está en nuestras manos.
domingo, 26 de noviembre de 2017
LA HERENCIA
Nací en una granja, críeme en el campo,
con la gente que reza y que vive del santo trabajo.
Los dos seres que vida me dieron,
murieron temprano,
y mi padre me dijo al morirse: -Hijo mío, en el llar hay un clavo,
del que pende un tesoro bendito- ve, búscalo y tráelo.
Fui, busqué, remiré y a mi padre, solo pude alargarle un Rosario.
-¡Es él- dijo al verlo, mi tesoro santo,
la herencia bendita que te dejo y que a mí me dejaron.
Tu abuelo, mi padre, tuvo callos de tanto rezarlo,
y tu madre con él en el cuello se fue al Camposanto.
Yo quitéselo allí y ahora muero gustoso besándolo.
Bienes de la tierra, hijo mío, no puedo dejártelos;
pero en este Rosario te dejo los tesoros de un padre cristiano.
Para ti que no sabes de letras, es un gran catecismo el Rosario,
y en los días que vayas a Misa, buen devocionario,
que sabrás tu leer cuando sepas mejor meditarlo.
No hay medio más útil para nunca caer en pecado,
para siempre cumplir los deberes, para hacerse de todos hermano.
Si más se rezara, no se vieran ni guerras, ni escándalos,
ni presidios ni jaulas de infierno sino dulces hogares cristianos.
Cuando tomes esposa, hijo mío, siempre te una con ella este lazo;
y los hijos que el Cielo te diere, dales tú por herencia el Rosario.
Con él, siendo pobre, siempre tuve salud y trabajo;
y el pan nuestro que a Dios le pedía, jamás me ha faltado.
Mas ¡ya siento acercarse a la Virgen!
¡Ya me duerno tranquilo en sus brazos!
Murióse mi padre, y era entonces yo, un pobre muchacho.
Hoy que soy un hombre, y recuerdo los tiempos pasados...
al mirar a mi Patria en la horca y a la Iglesia en el Monte Calvario...
-¿Qué será?, ¿qué será?-, me pregunto,
y el pueblo cristiano con su muerta piedad me contesta:
-ES QUE POCO SE REZA EL ROSARIO.
por Ángel de la Granja.
viernes, 10 de noviembre de 2017
LA BALANZA DEL JUICIO (Relato)
sábado, 28 de octubre de 2017
EL NIÑO PROTESTANTE Y LA VIRGEN MARÍA
domingo, 8 de junio de 2014
"¡QUIERO ESTAR DONDE ESTÁ JESÚS!"
Desde entonces hablaba continuamente de la iglesia católica y cuando su padre la llevaba al templo protestante no quería entrar, se resistencia diciendo:Fuente: Hnas Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento
TEMAS RELACIONADOS: 1) TESTIMONIO DE UNA CONVERSIÓN AL CATOLICISMO 2) CONVERSIÓN DE DOS PROFESORES: DE PROTESTANTES A DEVOTOS DE LA INMACULADA
miércoles, 30 de abril de 2014
EL NIÑO Y EL CIRUJANO
viernes, 20 de diciembre de 2013
EL SUEÑO DE MARÍA (relato)
Tuve un sueño, José, y realmente no lo puedo comprender, pero creo que se trataba del nacimiento de nuestro Hijo.
La gente hacía los preparativos con seis semanas de anticipación, decoraba las casas, compraba ropa nueva, salía de compras muchas veces y adquiría elaborados regalos.
Era un tanto extraño, ya que los regalos no eran para nuestro Hijo; los envolvían en vistosos papeles, los ataban con preciosos moños y todo lo colocaban debajo de un árbol.
Sí, un árbol, José, adentro de sus casas; esta gente había decorado el árbol, las ramas estaban llenas de adornos brillantes y había una figura en lo alto del árbol, me pareció que era un ángel, era realmente hermoso.
Luego vi una mesa espléndidamente servida, con platillos deliciosos y muchos vinos, todo se veía exquisito y todos estaban contentos, pero no estábamos invitados.
Toda la gente se veía feliz, sonriente y emocionada por los regalos que intercambiaban unos con otros, ¿pero sabes, José?, no quedaba ningún regalo para nuestro Hijo; me daba la impresión de que nadie lo conocía, porque nunca mencionaron su nombre.
¿No te parece extraño que la gente trabaje y gaste tanto en los preparativos, para celebrar el cumpleaños de alguien a quien ni siquiera mencionan y que da la impresión de que no conocen?
Tuve la extraña sensación de que si nuestro Hijo hubiera entrado a esos hogares, para la celebración, hubiera sido solamente un intruso.
Todo se veía tan hermoso y la gente se veía feliz, pero yo sentía enormes deseos de llorar, porque nuestro Hijo era ignorado por casi toda esa gente que lo celebraba.
Qué tristeza para Jesús, no ser deseado en su propia fiesta de cumpleaños.
Estoy contenta porque sólo fue un sueño, pero ¡qué terrible sería si esto se convierte en realidad!
lunes, 11 de noviembre de 2013
EL PENSAMIENTO ÚNICO
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