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jueves, 26 de marzo de 2026

EL MÉDICO Y LA PACIENTE

 

Una mujer fue al médico y después de algunas preguntas, sobre su historia clínica, el médico que  era católico le preguntó:
- Usted es evangélica?
- ¡Sí! (Respondió la paciente).
El médico comentó:
- Me agradan los evangélicos, sólo hay un problema: Hablan mucho acerca de Jesús y no hablan de María.

*Silencio

- Doctor, ¿puedo hacerle una pregunta? 
- Por supuesto - Dijo el médico.
- Doctor, si algún día yo llegara a su consultorio y su secretaria me dijera que usted no está, pero que su madre me puede atender ¿cree que me gustaría ser atendida por ella?

- ¡Por supuesto que no! -Respondió el médico. Quien se graduó en Medicina fui yo, no mi madre.
- Y la mujer continuó: Bueno, doctor. Quien murió en la cruz por mí fue Jesús, no su madre.

Entonces el médico le respondió ..

- Pero si usted llegara a la recepción y encontrara a mi madre y resulta que ya no hay más turno y que además Ud. no tuviera dinero para pagar la consulta, y ella me pidiera que la atendiera...yo con gusto la atendería y hasta le daría gratis los medicamentos que necesitara, ¿sabe Ud. por qué?... por el simple hecho de ser una petición de mi AMADÍSIMA MADRE.

Un "querer" de mi Madre, es un "hacer" para mi..❤
La Virgen María no hace milagros, porque no es Dios, pero es Intercesora ante su Hijo y por ello nos alcanza milagros.

¡¡¡Amén!!!

viernes, 28 de febrero de 2025

EL GRITO SILENCIOSO: UNA HISTORIA DE DOLOR Y ESPERANZA


La madrugada envolvía el hospital en un silencio pesado cuando Clara llegó, sintiendo que cada paso la sumergía más en un abismo de incertidumbre. Había pensado que, al tomar una decisión, la tormenta interna cesaría, pero cada latido de su corazón parecía intensificar sus dudas.

¿Realmente iba a hacerlo?

Las voces a su alrededor eran ensordecedoras. Su pareja, con indiferencia, le había dicho: “Haz lo que creas mejor”. Sus amigas insistían en que era su derecho. Su madre, con tono severo, le recordó: “Un hijo ahora arruinará tus planes”. En todos lados, el mensaje era claro: “No es nada. Es tu cuerpo, tu elección”.

Sin embargo, en lo más profundo de su ser, una voz susurraba lo contrario. Si realmente no era nada, ¿por qué sentía ese nudo en el estómago?

Se abrazó a sí misma, intentando contener el temblor que la recorría. Las sombras del pasillo parecían cerrarse sobre ella, y el pánico la invadió. ¿Y si lo que llevaba dentro era una vida real?

Trató de desestimar esos pensamientos, repitiéndose lo que otros le habían dicho: que solo era un conjunto de células, que no había conciencia, que no importaba. Pero recordó lo que había leído en algún lugar:

 • El corazón comienza a latir alrededor de la tercera semana de gestación.

 • La actividad cerebral se detecta desde la sexta semana.

 • Para la semana doce, el feto puede responder a estímulos.

Si un feto puede responder, ¿cómo podría ser “nada”?

Apoyó la frente contra la pared fría, buscando claridad. No podía pensar con claridad. Cada argumento chocaba con su miedo, su vergüenza y la desesperación de no saber qué camino tomar.

“No estás preparada”, le decía una voz interna. “Esto arruinará tu vida. No tienes los recursos ni el apoyo. ¿Cómo criarás a un niño cuando apenas puedes contigo misma?”

Pero otra voz, más suave, le susurraba: “Si dentro de ti hay un corazón latiendo, un cerebro funcionando, un ser con ADN único… ¿tienes derecho a decidir su destino?”

Tragó saliva, sintiendo la opresión en el pecho. ¿Y si estaba a punto de cometer un error irreversible?

El miedo se transformó. Ya no era solo temor a tener al bebé, sino miedo a las consecuencias de no tenerlo.

Una enfermera se acercó con una carpeta en mano.

—Clara González. Es tu turno.

La miró, paralizada. Todo su ser le pedía que se levantara, que huyera, que protegiera lo que llevaba dentro. Pero el miedo la mantenía inmóvil.

Instintivamente, llevó las manos a su vientre. En ese gesto, una imagen de su infancia emergió: la Virgen María, con su manto azul, llevando en su seno al Salvador.

Si María hubiera considerado su embarazo como un obstáculo, si hubiera cedido al miedo… ¿qué sería de nosotros?

El pensamiento la sacudió. Si el Hijo de Dios vino al mundo a través de una mujer, ¿cómo podía ella rechazar el don que se le había confiado?

Un escalofrío recorrió su cuerpo, y por primera vez en mucho tiempo, sintió una presencia reconfortante.

No estaba sola. Nunca lo había estado.

En un susurro, sus labios pronunciaron: “Mater Dei, ora pro nobis.”

El miedo comenzó a desvanecerse, dando paso a una determinación desconocida.

Se puso de pie, dejando atrás la sombra de la desesperanza. Atravesó el pasillo del hospital, y al salir, el amanecer pintaba el cielo con tonos dorados, como si la creación misma celebrara su decisión.

Había elegido la vida.

Aunque el futuro era incierto, sabía que había abrazado el plan de Dios.

Y en ese vientre que casi fue negado, en ese santuario donde Dios depositó un alma inmortal, una nueva luz seguía latiendo. Un latido que resonaba con el amor eterno, perteneciente tanto a ella como al Creador que lo había concebido desde la eternidad.

OMO


sábado, 22 de febrero de 2025

EL EMPERADOR QUE NO CREÍA EN EL PROGRESO


Marco Aurelio abrió los ojos y miró a su alrededor. No estaba en Roma, ni en el limes danubiano, ni en los campos de batalla contra los germanos. Se encontraba en un mundo donde la dignidad de la piedra había sido sustituida por el reluciente vacío del cristal y el metal. Un mundo donde los muros no se construían para sostener la civilización, sino para reflejar su imagen deformada.

En ese momento, su mirada cayó sobre un objeto que le resultó familiar: un libro. Más aún, era su propio libro. Sus Meditaciones, escritas sin intención de ser publicadas, estaban ahora en manos de un hombre moderno, que lo hojeaba con la displicencia de un catador ante un vino que no ha sido embotellado ayer.

—Interesante —dijo el hombre, con una sonrisa que no ocultaba su condescendencia—. Pero es un poco… anticuado.

—¿En qué sentido? —preguntó el emperador con serenidad.

—Bueno, toda esta insistencia en la disciplina, en el autodominio, en la gratitud… Son valores obsoletos. Hoy sabemos que cada uno debe expresarse libremente, sin restricciones ni imposiciones externas.

Marco Aurelio asintió lentamente, como quien escucha a un bárbaro explicar por qué es mejor quemar una ciudad que gobernarla.

—Así que habéis descubierto que la libertad consiste en hacer lo que se quiere.

—Por supuesto —respondió el hombre con aire de autosuficiencia—. Es la base de nuestro tiempo.

—¿Y habéis descubierto también que la justicia consiste en obedecer a quien grita más fuerte?

El hombre frunció el ceño.

—No es eso…

—Entonces, ¿qué habéis descubierto exactamente?

—Que la felicidad no puede depender de restricciones artificiales. Que las normas del pasado no tienen por qué regirnos hoy. Que cada generación debe reinventarse a sí misma.

El emperador se tomó un momento para considerar esta afirmación. Miró a su alrededor y observó a la multitud que pasaba por la calle, apresurada y abstraída, incapaz de ver más allá de sus propios reflejos en las pantallas que llevaban en las manos.

—Habéis cambiado muchas cosas —dijo finalmente—, pero no habéis descubierto nada nuevo. Mis antepasados creían que la virtud se transmitía de generación en generación, como un fuego que se cuida y se aviva. Vosotros, en cambio, creéis que cada generación debe prender su propia hoguera y arrojar en ella todo lo anterior.

—El progreso exige romper con el pasado.

—Entonces habéis convertido la historia en un constante empezar de nuevo, sin aprender jamás. Habéis cambiado la sabiduría de los ancianos por la opinión de la multitud, la razón por la emoción, la virtud por el deseo.

El hombre cruzó los brazos.

—No necesitamos lecciones del pasado.

Marco Aurelio sonrió con una leve melancolía.

—Eso mismo dijeron los bárbaros antes de que Roma cayera.

OMO

jueves, 20 de febrero de 2025

EL ÚLTIMO HOMBRE EN PIE


Si alguien hubiera preguntado en el pueblo de San Eustasio quién era Sebastián, las respuestas habrían sido variadas y contradictorias. Para algunos, era un excéntrico, el último rezagado de una época que la modernidad había dejado atrás como una diligencia polvorienta en plena autopista. Para otros, era un sabio, el último ser humano cuerdo en una aldea entregada a la demencia colectiva. Para los niños, era simplemente el abuelo de Magdalena, lo cual era de por sí una credencial de nobleza. Pero lo que nadie negaba —ni siquiera los más convencidos de la Ilustración Iluminada de Última Generación— era que Sebastián era un hombre peligroso.

No porque portara armas ni liderara revueltas. No porque tuviera en su casa libros prohibidos o hubiera incendiado algún símbolo de progreso certificado por la ONU. No. Sebastián era peligroso porque creía en la Verdad. Y no sólo creía en ella, sino que la defendía con la peor de las armas: el sentido común.

I. El Héroe y el Mito del Progreso

San Eustasio no siempre había sido una cárcel de pantallas luminosas y pensamientos oscuros. Hubo un tiempo en que los niños corrían por las calles sin temor a ser atropellados por un auto sin conductor y sin dueño. Hubo un tiempo en que los hombres se quitaban el sombrero ante una dama y los jóvenes aspiraban a ser caballeros en lugar de influencers. Pero ahora la única reverencia que se hacía era ante el Estado, y la única vocación noble era la de obedecer sin preguntar.

Sebastián recordaba. Y eso era imperdonable.

Veía cómo la gente se entregaba, con el fervor de una procesión pagana, a las últimas novedades en pensamiento obligatorio. Veía cómo en los templos del consumo se anunciaban verdades en oferta, con un 20% de descuento si las comprabas antes del fin de la semana. Veía cómo los intelectuales hablaban sin cesar de la libertad mientras prohibían toda forma de disentir. Y sobre todo, veía cómo el mundo que una vez creyó en santos y mártires ahora creía en máquinas y estadísticas.

Y mientras todos celebraban los avances de la humanidad con la euforia con que un hombre enloquecido celebraría haber cortado la cuerda que lo mantenía suspendido en el abismo, Sebastián se mantenía en pie, con su chaleco gastado y su mirada imperturbable, como un caballero que se ha quedado a defender un castillo en ruinas porque sabe que dentro de esas ruinas está la única bandera que aún vale la pena salvar.

II. Magdalena y la Última Resistencia

Magdalena, su nieta, tenía algo en ella que la hacía diferente de los otros niños. Quizás era la manera en que escuchaba las historias de su abuelo sin el escepticismo impaciente de los modernos. O quizás era la manera en que miraba las estrellas como si supiera que alguien las había encendido a propósito.

Una tarde, Magdalena regresó de la escuela con el ceño fruncido.

—Abuelo, ¿es cierto que la familia es una construcción social?

—Por supuesto —respondió Sebastián, inclinándose para encender su pipa—. Como el sol. O el mar. O el amor. Todo es una construcción, si tienes la paciencia de negarlo el tiempo suficiente.

Magdalena frunció aún más el ceño.

—Pero dicen que la familia tradicional ya no es necesaria.

Sebastián rió con ganas.

—Ah, claro. Como tampoco son necesarias las raíces para los árboles. Y si eres un progresista moderno, tampoco es necesario el suelo.

—Dicen que podemos inventar nuevas formas de familia…

—Por supuesto —dijo el anciano, entusiasmado—. Yo mismo tengo en mente una magnífica innovación: una familia donde un hombre se case con una mujer, tengan hijos y vivan juntos, queriéndose, hasta la muerte.

Magdalena se tapó la boca para reír.

—Abuelo, ¡eso es lo de siempre!

—Exactamente. Y por eso funciona.

III. La Inspección del Estado

No pasó mucho tiempo antes de que alguien denunciara a Sebastián por “adoctrinamiento nocivo”. Una mañana, mientras preparaba café en una cafetera que probablemente tenía más historia que la mitad de los edificios del pueblo, llamaron a la puerta.

Era un hombre de traje impecable, con el tipo de expresión que sólo puede tener alguien que ha sido completamente vaciado de alma y rellenado con políticas gubernamentales.

—Señor Sebastián —dijo con una sonrisa que parecía impresa en su rostro—, venimos a hablar sobre el bienestar de su nieta.

—¿Tiene algún problema de salud? —preguntó Sebastián, sirviendo café con una calma insultante.

—No, no. Pero hemos recibido informes de que usted le está enseñando… valores anticuados.

—Por supuesto —asintió Sebastián—. También le enseño matemáticas.

El inspector lo miró, desconcertado.

—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

—Oh, es muy simple —respondió Sebastián—. Si dejo que aprenda matemáticas modernas, pronto pensará que dos más dos son cinco, o seis, o cualquier número que le parezca bien en el momento. Y si dejo que aprenda moral moderna, pronto pensará que la verdad es relativa y que la familia es opcional. Pero resulta que ni los números ni las familias funcionan así.

El inspector se aclaró la garganta.

—Nos preocupa que Magdalena no esté recibiendo una educación basada en la inclusión y la diversidad.

Sebastián asintió gravemente.

—Por supuesto. Nada me parecería más preocupante que la idea de que ella deba pensar exactamente lo mismo que todos los demás.

El inspector comenzó a perder la paciencia.

—Señor Sebastián, la educación moderna se basa en la libertad de pensamiento.

—Maravilloso —dijo Sebastián—. Entonces es libre de pensar como yo.

El inspector se levantó, ofendido.

—Esto no ha terminado.

—Nada de lo que es verdadero termina —respondió Sebastián, encendiendo su pipa.

IV. El Último Hombre en Pie

Sebastián fue arrestado poco después. La acusación era vaga, pero el veredicto era claro: era culpable de existir de manera incorrecta.

Magdalena, sin embargo, no lloró. Sabía lo que su abuelo le había enseñado: que el mundo moderno era una gran broma, y que sólo los verdaderamente libres podían reírse de ella. Sabía que la verdad no muere en las prisiones, y que la historia está repleta de hombres que fueron arrojados a mazmorras por decir cosas que, cincuenta años después, serían inscriptas en mármol.

Y así, mientras la maquinaria del progreso seguía avanzando como un tren sin conductor, Magdalena recogió la antorcha de su abuelo. Y cuando la historia de su abuelo se contaba en susurros entre los que aún creían en cosas tan escandalosas como Dios, la verdad y la belleza, ella sonreía y decía:

—El último hombre en pie nunca está solo.

Y entonces encendía una vela. Porque siempre habrá luz mientras alguien la encienda.

OMO

sábado, 8 de febrero de 2025

LA ÚLTIMA CAMPANA


NADIE NOTÓ EL SILENCIO

Nadie notó el momento exacto en que las campanas enmudecieron.

Al principio, fue algo discreto. Se hablaba de seguridad, de protocolos, de evitar riesgos innecesarios. No era momento para sentimentalismos. Luego, cuando alguien preguntó por qué las iglesias seguían cerradas mientras los centros comerciales abrían, la respuesta fue simple: la fe podía practicarse en casa.

La fe, decían, era asunto privado.

Las campanas no eran necesarias.

EL DIÁLOGO ENTRE EL SACERDOTE Y EL SACRISTÁN

El padre Esteban caminaba lentamente por la nave vacía de la iglesia. Cada paso resonaba en la piedra como un eco lejano de tiempos mejores.

Martín, el sacristán, estaba sentado en un banco al fondo, mirando el suelo. No había misa. No había velas encendidas. Solo la oscura soledad de un templo que, sin su pueblo, parecía más muerto que vivo.

—¿Cuánto tiempo más cree que durará esto, padre? —preguntó, sin levantar la vista.

El sacerdote suspiró y se apoyó en el respaldo de un banco.

—El tiempo no es el problema, Martín. El problema es lo que se ha perdido en este tiempo.

El sacristán alzó la cabeza.

—¿Y qué se ha perdido? La gente sigue viva. Siguen adelante.

—¿Siguen adelante? —El sacerdote sonrió con tristeza—. Sí, siguen adelante… pero sin Dios. Y peor aún, sin esperanza.

Martín frunció el ceño.

—¿Esperanza?

—Mira a tu alrededor. Han cerrado las iglesias, han prohibido los sacramentos, y la gente ha aceptado todo sin protestar. ¿Por qué? Porque han aprendido a temer más a la muerte que a la ausencia de Dios.

Martín asintió en silencio.

—Antes, cuando alguien moría —continuó el sacerdote—, se preparaban con los sacramentos. Se buscaba la confesión, la extremaunción, la Misa de difuntos. Sabían que la muerte no era el fin, sino el comienzo. Pero ahora…

—Ahora la ven como la peor tragedia posible —terminó Martín.

—Exactamente. Y ese miedo los ha vuelto dóciles. Controlables.

Martín se pasó una mano por el rostro.

—Recuerdo cuando mi abuela nos contaba sobre los mártires. Sobre San Ignacio de Antioquía, que iba al martirio con gozo y escribió: “Es hermoso morir para el mundo y vivir para Dios.” Ahora, la gente haría cualquier cosa por evitar la muerte.

—Porque ya no creen en la vida eterna —asintió el sacerdote—. Y cuando un pueblo deja de creer en la vida eterna, la muerte se convierte en su tirano.

Martín se quedó en silencio un momento.

—¿Y qué podemos hacer, padre? No podemos obligarlos a creer.

El sacerdote lo miró fijamente.

—No, pero podemos recordarles lo que han olvidado.

—¿Cómo?

El padre Esteban sonrió y señaló el campanario.

—Las campanas siempre han llamado a la batalla. Y esta es la mayor batalla de todas.

Martín abrió los ojos con sorpresa.

—Pero… si hacemos sonar la campana, la gente nos mirará como locos.

—O tal vez como despertadores. ¿Recuerdas lo que decía Santa Teresa de Ávila? “Muero porque no muero.” Esa es la actitud cristiana ante la muerte. No debemos temerla, sino anhelar la unión con Dios. Y es momento de que todos lo recuerden.

Martín miró la cuerda de la campana.

—¿Está seguro?

—Lo estoy. La muerte no es el fin. Pero el miedo a la muerte sí puede serlo.

LA CAMPANA QUE DESPERTÓ LA NOCHE

Esa noche, la ciudad dormía bajo el peso de su propia resignación.

Nadie caminaba por las calles. Nadie miraba las iglesias vacías.

Pero Martín subió los escalones de la torre con pasos firmes.

Arriba, el viento golpeaba la piedra fría. Frente a él, la cuerda de la campana colgaba, inmóvil, como si hubiera sido olvidada.

Sabía que lo que estaba a punto de hacer tendría consecuencias. Sabía que algunos se enfurecerían. Que otros se asustarían.

Sabía que una campana podía ser más peligrosa que un discurso.

Porque recordaría a la gente lo que habían olvidado.

Martín cerró los ojos.

Y tiró de la cuerda.

EL SONIDO QUE LO CAMBIÓ TODO

El tañido rasgó la noche.

No fue un sonido cualquiera. Fue un eco profundo, primitivo, como si el tiempo hubiera retrocedido siglos.

En las casas, los ancianos alzaron la cabeza.

En los departamentos, los niños preguntaron qué era ese sonido.

En la ciudad dormida, el eco de la campana rompió la inercia del miedo.

El padre Esteban sonrió.

—Hemos vuelto.

Y entonces, sucedió algo inesperado.

A lo lejos, otra campana comenzó a sonar.

Luego otra.

Y otra.

En distintos rincones de la ciudad, los campanarios que habían estado en silencio durante meses despertaban uno a uno.

Los párrocos, los sacristanes, los fieles que aún se atrevían a creer, todos comprendieron en ese instante que la batalla no había terminado.

Las campanas resonaban en la noche, llamando no solo a la oración, sino al despertar de un pueblo que se había dejado adormecer en el miedo.

Al otro día, cuando intentaron silenciarlos, ya era tarde.

Las campanas habían sonado.

Y la fe, que había sido enterrada bajo el miedo, había despertado de nuevo.

OMO

viernes, 31 de enero de 2025

LA BENDICIÓN DEL PADRE (RELATO)


Era una noche tibia en la casa de los abuelos, con el aroma del pan recién horneado y el leve crujir de la madera en el viejo piso de la sala. Sofía, una niña de diez años con cabellos oscuros y ojos brillantes, estaba sentada en el sofá con su abuelo Don Joaquín, un hombre de barba blanca y voz pausada, que disfrutaba contar historias a la luz de la lámpara.

—Abuelito, ¿me cuentas una historia antes de dormir? —preguntó Sofía, acomodándose en su regazo.

El abuelo sonrió y acarició su cabeza.

—Claro, pequeña. Pero antes dime, ¿ya le pediste la bendición a tu papá?

Sofía bajó la mirada y movió los pies inquieta.

—Mmm… no. A veces me olvido, abuelito. Mamá dice que igual Dios me cuida…

El abuelo frunció el ceño con ternura y, con un suspiro, le tomó la mano.

—Déjame contarte una historia, pero escucha bien, porque es sobre algo muy importante…

Sofía asintió con curiosidad.

El Secreto de la Bendición

Hace mucho tiempo, en la tierra de Canaán, vivía un anciano llamado Isaac. Tenía dos hijos, Esaú y Jacob. Un día, Isaac estaba muy viejo y quiso dar su bendición antes de morir. Ahora, la bendición de un padre no es solo palabras bonitas, Sofía, es como si el mismo Dios hablara a través de él. En la Biblia dice que Isaac puso sus manos sobre Jacob y le dijo:

“Que Dios te conceda el rocío del cielo y la fertilidad de la tierra, abundancia de trigo y mosto. Que los pueblos te sirvan y las naciones se inclinen ante ti…” (Génesis 27:28-29).

—¿Y funcionó, abuelito? —preguntó Sofía con los ojos muy abiertos.

El abuelo asintió.

—Por supuesto, hija. Esa bendición acompañó a Jacob toda su vida, y sus descendientes fueron el pueblo elegido por Dios. Pero esto no es solo historia antigua. En nuestra fe, cuando un padre bendice a su hijo, es Dios mismo quien extiende Su mano. Santo Tomás de Aquino decía que la paternidad terrenal es un reflejo de la Paternidad de Dios (Summa Theologiae II-II, q.102, a.1).

Sofía frunció el ceño.

—¿Entonces… es como si Dios hablara a través de papá?

El abuelo sonrió y tocó la punta de su nariz.

—Exactamente. Es un gran misterio, pero así lo quiso Dios. ¿Recuerdas lo que dice la Biblia? “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen en la tierra” (Éxodo 20:12). No es solo una sugerencia, es una promesa.

—¿Y si no lo hago?

El abuelo suspiró.

—La Escritura también dice que la bendición del padre afianza la casa de los hijos, pero la maldición de la madre arranca los cimientos (Eclesiástico 3:8-11). Cuando un hijo desprecia la bendición de su padre, es como si cerrara la puerta a un regalo del Cielo.

Sofía miró sus manos con seriedad.

—Pero abuelito, a veces me da pena pedirle la bendición a papá… ¿y si le da igual?

El abuelo negó con la cabeza.

—No lo creas, pequeña. El corazón de un padre se llena de amor cuando su hijo le pide la bendición. ¿Recuerdas cuando Jesús era niño y vivía con la Virgen María y San José? Dice la Biblia que “les estaba sujeto” (Lucas 2:51), es decir, obedecía y honraba a sus padres. Y si el mismo Hijo de Dios hizo esto, ¿cuánto más deberíamos hacerlo nosotros?

Sofía se quedó en silencio, pensativa.

—Entonces… si papá me bendice, ¿Dios me protege más?

El abuelo asintió con una gran sonrisa.

—Claro que sí. Mira lo que dijo San Juan Crisóstomo: “Los hijos que desprecian la bendición de sus padres son semejantes a aquellos que rechazan la bendición de Dios” (Homilía sobre Efesios 20). Cuando tu papá pone su mano sobre tu cabeza y dice ‘Dios te bendiga, hija’, es como si Dios mismo te abrazara y te cubriera con su manto.

Sofía sintió un nudo en la garganta. Pensó en todas las veces que se había acostado sin pedir la bendición.

—Abuelito… creo que voy a ir a pedirle la bendición a papá.

El anciano le dio un beso en la frente.

—Eso es lo que quería oír, pequeña. Ve con confianza, porque al recibir su bendición, recibirás también la de Dios.

Sofía corrió por el pasillo y encontró a su papá leyendo en la sala. Se detuvo frente a él, de pie, nerviosa.

—Papá… ¿me das tu bendición?

El hombre alzó la mirada sorprendido y luego sonrió. Se levantó, puso su mano sobre la cabeza de su hija y, con voz firme, dijo:

—El Señor te bendiga y te guarde.

—El Señor te proteja y te defienda.

—Muestre su hermoso rostro y tenga piedad de ti.

—El Señor te bendiga y te dé la paz.

Sofía sintió un calorcito en el pecho, como si una luz invisible la envolviera. Cerró los ojos y, por primera vez, entendió el poder de aquellas palabras.

Desde aquella noche, nunca volvió a dormirse sin la bendición de su padre.

Y Dios la acompañó todos los días de su vida.

OMO

miércoles, 28 de febrero de 2024

UNA MADRE ENVENENADA – DON ORIONE (un pasaje de su vida)


    Una noche de invierno hablaba en la iglesia parroquial de Castelnuovo Scrivia, la cual se hallaba llena de fieles llegados de pueblos vecinos. El tema era “La misericordia de Dios”, y por demostrar la grandeza del Sacramento de la Penitencia, dijo esto:

    “Si un hijo fuese tan perverso que pusiera veneno en plato de su madre para matarla y se arrepintiera luego de tal monstruosidad, también obtendría el perdón de Dios”.

    Al término de la reunión se apresuró a dirigirse a la estación para tomar el tren de regreso, pero como éste ya había partido decidió ir a pie a Tortona, que distaba más o menos ocho kilómetros.

    Anochecía y una neblina fría lo envolvía todo: los árboles de la campiña desierta y silenciosa, las últimas casas del pueblo. Un hombre, envuelto en una capa, estaba parado a un lado del camino como si esperase a alguien. Acercándose, Don Orione vio sus características: alto, robusto, con barba negra recortada en dos puntas, sombrero de alas anchas, mirada perdida detrás de algún pensamiento que lo dominaba.

    Prudentemente, para hacerse su amigo, preguntó con amabilidad:

    -Buen hombre, ¿vais a Tortona?

    La respuesta fue rápida y tajante:

    -No, yo no voy a Tortona.

    -Entonces, buenas noches -dijo Don Orione, acompañando el saludo con una suave sonrisa, y retomó su camino.

    -No, buenas noches, no, -repuso el otro con amarga sonrisa-. Deténgase un momento. ¿Es usted quien predicó hace unos momentos?

    -Sí yo soy.

    -Habló usted sobre la Confesión.

    -Efectivamente, sobre ella hablé.

    La voz de aquel hombre se hizo vibrante al preguntar:

    -¿Cree usted cuanto dijo?

    -Sí, creo todo cuanto dije -afirmó lentamente el sacerdote.

    -Luego, si un hijo, que ha envenenado a su madre, se confiesa, ¿puede ser perdonado?

    -Sí, siempre que esté arrepentido.

    Siguió una pausa. En el crepúsculo neblinoso que se cerraba sobre la campiña pasaron minutos de tensa espera.

    -¿Me conoce usted? -prosiguió el hombre, mirando fijamente a su interlocutor.

    -No, yo no os conozco.

    -Sin embargo me conoce usted, pues hablo de mí.

    -Pero no, no pude nunca haber hablado de vos.

    -Le digo que sí, -afirmó acalorándose cada vez más. Luego miró a su alrededor como si temiese que, desde el manto oscuro que los envolvía, pudiese aparecer algún extraño.

    -Soy aquél de quien usted habló esta tarde. Yo puse veneno en el plato de mi madre.

    Un escalofrío asaltó a Don Orione. Y siguió otra pausa más plena de ansiedad que la anterior.

    -Dígame, -continuó el citado, que por fin encontraba un desahogo a su propio remordimiento,- dígame usted, ¿aún puedo ser perdonado?

    -Si estáis arrepentido. -repuso Don Orione, con un  hilo de voz en la cual temblaba toda su alma plena de misericordia.

    -Y contó que, desde el día de la muerte de su madre, aunque nadie sospechó mínimamente de él, no encontró más paz.

     Habían transcurrido varios años. Pero aquella tarde pasaba casualmente delante de la iglesia y, aunque jamás ponía los pies en ese lugar, en aquel instante sintió una necesidad imperiosa de entrar.

    -Y penetré justamente cuando hablaba usted del hijo que envenenó a su madre. Pensé que aquellas palabras me estaban dirigidas.

    Luego con tono de voz diferente y vuelto más dulce por la inefable esperanza que florecía en su corazón, continuó:

    -Si puedo obtener el perdón de Dios y puede usted hacérmelo llegar, aquí estoy, perdóneme.

    Y asi, en aquel sitio solitario, que apenas se vislumbraba en la noche invernal, el Sacerdote de Cristo oía la confesión del penitente más necesitado, más apto para demostrar los triunfos de la gracia en el corazón de los hombres.

    Recibida la última bendición, el desventurado se levantó pero, antes de partir, en un  ímpetu emotivo, quiso abrazar a su consolador y lo hizo con tal fuerza, dominado por desbordante afecto, que Don Orione creyó morir sofocado entre sus brazos.

Don Orione. Héroe de la caridad

martes, 5 de julio de 2022

EL RELATO DEL DEMONIO Y LOS TRES MONJES


En una ocasión, el demonio se apareció a tres monjes y les dijo: si os diera potestad para cambiar algo del pasado, ¿qué cambiaríais?

El primero de ellos tenía un gran fervor apostólico, y le respondió:

—”Impediría que hicieses caer a Adán y Eva en el pecado para que la humanidad no pudiera apartarse de Dios”.

El segundo de ellos era un hombre lleno de misericordia, y le dijo al demonio:

—”Impediría que tú mismo te hubieses apartado de Dios”.

El tercero de ellos era el más simple y, en vez de responder al tentador, se puso de rodillas, hizo la señal de la cruz y oró diciendo:

—”Señor, libérame del demonio de lo que pudo ser y no fue”. 

El diablo, dando un grito estentóreo y estremeciéndose de dolor, se esfumó. 

Los otros dos, sorprendidos, le dijeron:

—”Hermano, ¿por qué has reaccionado así?”.

Él les respondió: 

—”En primer lugar, porque NUNCA hemos de entrar en DIÁLOGO con el enemigo. En segundo lugar, porque no hay poder en este mundo capaz de CAMBIAR el pasado. En tercer lugar, porque el interés de Satanás no era que probásemos nuestra VIRTUD, sino que, atrapados en el PASADO, descuidáramos el presente, porque es el único tiempo en el que Dios nos da su gracia y podemos cooperar con ella para CUMPLIR su Voluntad. De todos los demonios, el que más atrapa a los hombres y les impide ser felices es el de lo que PUDO SER Y NO FUE.

El pasado queda a la Misericordia de Dios y el futuro a su Providencia. Solo el presente está en nuestras manos.


domingo, 26 de noviembre de 2017

LA HERENCIA



Nací en una granja, críeme en el campo,
con la gente que reza y que vive del santo trabajo.
Los dos seres que vida me dieron,
murieron temprano,
y mi padre me dijo al morirse: -Hijo mío, en el llar hay un clavo,
del que pende un tesoro bendito- ve, búscalo y tráelo.
Fui, busqué, remiré y a mi padre, solo pude alargarle un Rosario.
-¡Es él- dijo al verlo, mi tesoro santo,
la herencia bendita que te dejo y que a mí me dejaron.
Tu abuelo, mi padre, tuvo callos de tanto rezarlo,
y tu madre con él en el cuello se fue al Camposanto.
Yo quitéselo allí y ahora muero gustoso besándolo.
Bienes de la tierra, hijo mío, no puedo dejártelos;
pero en este Rosario te dejo los tesoros de un padre cristiano.
Para ti que no sabes de letras, es un gran catecismo el Rosario,
y en los días que vayas a Misa, buen devocionario,
que sabrás tu leer cuando sepas mejor meditarlo.
No hay medio más útil para nunca caer en pecado,
para siempre cumplir los deberes, para hacerse de todos hermano.
Si más se rezara, no se vieran ni guerras, ni escándalos,
ni presidios ni jaulas de infierno sino dulces hogares cristianos.
Cuando tomes esposa, hijo mío, siempre te una con ella este lazo;
y los hijos que el Cielo te diere, dales tú por herencia el Rosario.
Con él, siendo pobre, siempre tuve salud y trabajo;
y el pan nuestro que a Dios le pedía, jamás me ha faltado.
Mas ¡ya siento acercarse a la Virgen!
¡Ya me duerno tranquilo en sus brazos!
Murióse mi padre, y era entonces yo, un pobre muchacho.
Hoy que soy un hombre, y recuerdo los tiempos pasados...
al mirar a mi Patria en la horca y a la Iglesia en el Monte Calvario...
-¿Qué será?, ¿qué será?-, me pregunto,
y el pueblo cristiano con su muerta piedad me contesta:
-ES QUE POCO SE REZA EL ROSARIO.

por Ángel de la Granja.


viernes, 10 de noviembre de 2017

LA BALANZA DEL JUICIO (Relato)


Era una persona tan devota y tan fervorosa que confundía con su santa vida a los religiosos más austeros de la Iglesia de Dios.

Deseaba consultar a Santo Domingo. Se confesó con él, y le impuso por penitencia rezar solamente un Rosario, y como consejo, rezarlo todos los días. Se excusó diciendo que ella tenía todos sus ejercicios reglados, que llevaba cilicio, que tomaba disciplina varias veces por semana, que hacía tantos ayunos y no sé cuántas penitencias. Santo Domingo le insta reiteradamente a seguir su consejo, pero ella no quiere; se retira del confesionario como escandalizada del proceder de su nuevo director, que quería persuadirla a una devoción que no le agradaba.

He aquí que, estando en oración, y arrebatada en éxtasis, vio su alma obligada a comparecer ante el Supremo Juez. San Miguel alza la balanza, pone sus penitencias y otras oraciones en un platillo, y en el otro sus pecados e imperfecciones; el platillo de las buenas obras no puede contrarrestar al otro; ella, alarmada, pide misericordia; se dirige a la Santísima Virgen, su abogada; Ella deja caer en el platillo de las buenas obras el único Rosario que -por penitencia- ha rezado; y fue tanto su peso que contrarrestó el de los pecados; la Santísima Virgen la reprendió al mismo tiempo por no haber seguido el consejo de su servidor Domingo de rezar el Santo Rosario todos los días. Cuando volvió en sí, fue a arrojarse a los pies de Santo Domingo, le contó lo ocurrido, le pidió perdón por su incredulidad y prometió rezar el Rosario todos los días. Por este medio, llegó a la perfección cristiana, a la gloria eterna.

sábado, 28 de octubre de 2017

EL NIÑO PROTESTANTE Y LA VIRGEN MARÍA


Un niño protestante de seis años a menudo había escuchado a sus compañeros católicos rezar el Avemaría. Le gustó tanto que la copió, la memorizó y la rezaba todos los días. “Mira, mamita, qué bonita oración,” le dijo a su madre un día.

“No la digas nunca más”, respondió la madre. “Es una oración supersticiosa de los católicos que adoran ídolos y piensan que María es diosa. Después de todo, Ella es una mujer como cualquier otra. Vamos. toma esta Biblia y léela. Contiene todo lo que debemos de hacer”. A partir de ese día, el pequeño dejó de rezar su Avemaría diaria y dedicó más tiempo a leer la Biblia.

Un día, leyendo el Evangelio, vio el pasaje sobre la Anunciación del Ángel a la Virgen. Lleno de gozo, el chiquillo corrió a su madre y le dijo: “Mamita, encontré el Avemaría en la Biblia que dice: ‘Llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre las mujeres’. ¿Por qué la llamas una oración supersticiosa?”. Ella no contestó. En otra ocasión, encontró la escena de la salutación de Isabel a la Virgen María y el hermoso cántico del Magnificat, en el que María anunció: ‘desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones’. Ya no le dijo nada a su madre y comenzó a rezar nuevamente el Avemaría cada día, como solía hacerlo. Sentía placer al decirle esas hermosas palabras a la Madre de Jesús, Nuestro Salvador.

Cuando cumplió catorce años, un día oyó que su familia discutía sobre Nuestra Señora. Todos dijeron que María era una mujer común y corriente. El niño, luego de oír sus razonamientos erróneos, no pudo soportarlo más y, lleno de indignación, los interrumpió diciendo: “María no es como cualquier otro hijo de Adán, manchado de pecado. ¡No! El Ángel la llamó LLENA DE GRACIA Y BENDITA ENTRE LAS MUJERES. María es la Madre de Jesús y en consecuencia, la Madre de Dios. No existe una dignidad más grande a la que pueda aspirar una criatura. El Evangelio dice que todas las generaciones la llamarán bienaventurada, mientras que ustedes tratan de despreciarla y hacerla menos. Su espíritu no es el espíritu del Evangelio ni de la Biblia que proclaman es el fundamento de la religión cristiana".

Fue tan honda la impresión que causaron las palabras del chico en su madre, que muchas veces lloró desconsolada: “¡Oh, Dios, temo que este hijo mío se unirá un día a la religión católica, la religión de los Papas!”. Y en efecto, poco tiempo después hijo se convenció que la religión católica era la única auténtica, la abrazó y se convirtió en uno de sus más ardientes apóstoles.

Unos años después de su conversión, el protagonista de nuestra historia se encontró con su hermana ya casada. Quiso saludarla y abrazarla, pero ella lo rechazó y le dijo indignada: “Tú no tienes idea de cuánto amo yo a mis hijos. Si alguno quisiera hacerse católico, primero le enterraría una daga en su corazón que permitirle abrazar la religión de los Papas.

Su ira y su temperamento eran tan furiosos como los de San Pablo antes de su conversión. Sin embargo, pronto cambiaría su manera de ser, tal como le ocurrió a San Pablo en su camino a Damasco. Sucedió que uno de sus hijos cayó gravemente enfermo. Los médicos no daban esperanzas para su recuperación. Tan pronto se enteró su hermano, la buscó en el hospital y le habló con cariño, diciéndole: “Querida hermana, tú naturalmente deseas que tu hijo se cure. Muy bien, pues entonces haz lo que te voy a pedir. Sígueme. Recemos juntos un Avemaría y prométele a Dios, que si tu hijo recobra la salud, estudiarás seriamente la doctrina católica. Y que en caso de que llegues a la conclusión que el Catolicismo es la única religión verdadera, tú la abrazarás sin importar los sacrificios que esto te implique.”

Su hermana en principio se mostró reacia, pero como deseaba la recuperación de su hijo, aceptó la propuesta de su hermano y rezó con él un Avemaría. Al día siguiente, su hijo estaba completamente curado. La madre cumplió su promesa y se puso a estudiar la doctrina católica. Después de una intensa preparación, ella recibió el Bautismo en la Iglesia Católica junto con toda su familia. Cuánto le agradeció a su hermano que hubiese sido un apóstol para ella.

Esta historia la relató el Padre Francis Tuckwell en una de sus homilías. “Hermanos”, terminó diciendo, “el niño protestante que se hizo católico y convirtió a su hermana al Catolicismo, dedicó su vida entera al servicio de Dios. Él es el sacerdote que les habla. ¡Cuánto le debo a la Santísima Virgen, Nuestra Señora! También ustedes, mis queridos hermanos, dedíquense por completo a servir a Nuestra Señora y no dejen pasar un solo día sin decir la hermosa oración del Avemaría así como su rosario. Pídanle a Ella que ilumine la mente de los protestantes que están separados de la verdadera Iglesia de Cristo fundada sobre la Roca (Pedro) y contra la cual ‘las puertas del infierno nunca prevalecerán’.”

domingo, 8 de junio de 2014

"¡QUIERO ESTAR DONDE ESTÁ JESÚS!"


Cierto día llegó a Londres un pastor protestante que se sentía muy atraído hacia el catolicismo, pero aún no se atrevía a dar el paso decisivo. Era padre de familia y venía acompañado de una hijita de 5 años. Visitando distintos edificios, entró también con su hijita en una iglesia católica. Asombrose la pequeña al ver la hermosa iglesia; pero lo que más le llamó la atención fue una lamparita primorosa que ardía delante del Sagrario.

-"Papá: ¿por qué está esa lucecita allí?", preguntó con interés la niña.
-Porque en esta iglesia, hijita mía, allí, detrás de esa puertecita dorada está Jesús.
-Yo quiero ver a Jesús, papá.
-Imposible, niña mía, la puerta del tabernáculo está cerrada. Además, Jesús está allí escondido bajo las especies del pan.
Pero la buena niña repetía con insistencia:
-"¡Quiero ver a Jesús!".

Días más tarde la llevó a una iglesia protestante donde no había altar, ni tabernáculo, ni lámpara.
-"Papá..., ¿porqué no tiene esta iglesia una lamparita como aquella otra iglesia que visitamos el otro día?", preguntó la niña.
Con inmensa pena respondió el padre:
-"Porque Jesús no está aquí, hijita mía".
Miróle la niña muy sorprendida y quedó callada y pensativa. 

Desde entonces hablaba continuamente de la iglesia católica y cuando su padre la llevaba al templo protestante no quería entrar, se resistencia diciendo:
 -"¡Yo quiero ir a donde está Jesús!".
Estas palabras tantas veces repetidas con inmensa tristeza por la buena niña impresionaron grandemente al padre. Como su hija, él también empezó a comprender que solamente somos felices estando con Jesús.

Y desde ese instante fue madurando su heroica resolución: IR A DONDE ESTÁ JESÚS. Bien sabía que muchas privaciones y grandes sacrificios le esperaban. Renunciar a la iglesia protestante era renunciar a un sueldo de cinco mil dólares; la única ayuda para él y su familia. Mas, nada le importó. Venció todas las dificultades seguro de que Jesús sería su guía, su sostén, su felicidad. Con todos los suyos volvió al rebaño de Cristo, diciendo con su hija:

"¡QUIERO ESTAR DONDE ESTÁ JESÚS!"

Fuente: Hnas Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento
TEMAS RELACIONADOS: 1) TESTIMONIO DE UNA CONVERSIÓN AL CATOLICISMO  2) CONVERSIÓN DE DOS PROFESORES: DE PROTESTANTES A DEVOTOS DE LA INMACULADA

miércoles, 30 de abril de 2014

EL NIÑO Y EL CIRUJANO


Mañana en la mañana abriré tu corazón le explicaba el cirujano a un niño. Y el niño interrumpió: -¿Usted encontrará a Jesús allí?

El cirujano se quedó mirándole, y continuó: -Cortaré una pared de tu corazón para ver el daño completo.

Pero cuando abra mi corazón, ¿encontrará a Jesús ahí?, volvió a interrumpir el niño.
El cirujano se volvió hacia los padres, quienes estaban sentados tranquilamente.

Cuando haya visto todo el daño allí, planearemos lo que sigue, ya con tu corazón abierto.

Pero, ¿usted encontrará a Jesús en mi corazón? La Biblia bien claro dice que Él vive allí. Las alabanzas todas dicen que Él vive allí.....

¡Entonces usted lo encontrará en mi corazón!

El cirujano pensó que era suficiente y le explicó:

Te diré que encontraré en tu corazón..

Encontraré músculo dañado, baja respuesta de glóbulos rojos, y debilidad en las paredes y vasos. Y aparte me daré cuenta si te podemos ayudar o no.

¿Pero encontrará a Jesús allí también? Es su hogar, Él vive allí, siempre está conmigo.

El cirujano no toleró más los insistentes comentarios y se fue. Enseguida se sentó en su oficina y procedió a grabar sus estudios previos a la cirugía: aorta dañada, vena pulmonar deteriorada, degeneración muscular cardiaca masiva. Sin posibilidades de trasplante, difícilmente curable.

Terapia: analgésicos y reposo absoluto.

Pronóstico: tomó una pausa y en tono triste dijo: muerte dentro del primer año. Entonces detuvo la grabadora. Pero, tengo algo más que decir: ¿Por qué? Pregunto en voz alta ¿Por qué hiciste esto a él? Tú lo pusiste aquí, tú lo pusiste en este dolor y lo has sentenciado a una muerte temprana. ¿Por qué?

De pronto, Dios, nuestro Señor le contestó:

El niño, mi oveja, ya no pertenecerá a tu rebaño porque él es parte del mío y conmigo estará toda la eternidad. Aquí en el cielo, en mi rebaño sagrado, ya no tendrá ningún dolor, será confortado de una manera inimaginable para ti o para cualquiera. Sus padres un día se unirán con él, conocerán la paz y la armonía juntos, en mi reino y mi rebaño sagrado continuará creciendo.

El cirujano empezó a llorar terriblemente, pero sintió aun más rencor, no entendía las razones. Y replicó:

Tú creaste a este muchacho, y también su corazón ¿Para qué? ¿Para que muera dentro de unos meses?

El Señor le respondió: Porque es tiempo de que regrese a su rebaño, su tarea en la tierra ya la cumplió.

Hace unos años envié una oveja mía con dones de doctor para que ayudara a sus hermanos, pero con tanta ciencia se olvidó de su Creador.

Así que envié a mi otra oveja, el niño enfermo, no para perderlo sino para que regresara a mí aquella oveja perdida hace tanto tiempo.

El cirujano lloró y lloró inconsolablemente.

Días después, luego de la cirugía, el doctor se sentó a un lado de la cama del niño; mientras que sus padres lo hicieron frente al médico.

El niño despertó y murmurando rápidamente preguntó:

-¿Abrió mi corazón?

Si - dijo el cirujano-

-¿Qué encontró? preguntó el niño

Tenías razón, encontré allí a Jesús.

Fuente: Varios sitios católicos.

viernes, 20 de diciembre de 2013

EL SUEÑO DE MARÍA (relato)


Tuve un sueño, José, y realmente no lo puedo comprender, pero creo que se trataba del nacimiento de nuestro Hijo.

La gente hacía los preparativos con seis semanas de anticipación, decoraba las casas, compraba ropa nueva, salía de compras muchas veces y adquiría elaborados regalos.

Era un tanto extraño, ya que los regalos no eran para nuestro Hijo; los envolvían en vistosos papeles, los ataban con preciosos moños y todo lo colocaban debajo de un árbol.

Sí, un árbol, José, adentro de sus casas; esta gente había decorado el árbol, las ramas estaban llenas de adornos brillantes y había una figura en lo alto del árbol, me pareció que era un ángel, era realmente hermoso.


Luego vi una mesa espléndidamente servida, con platillos deliciosos y muchos vinos, todo se veía exquisito y todos estaban contentos, pero no estábamos invitados.

Toda la gente se veía feliz, sonriente y emocionada por los regalos que intercambiaban unos con otros, ¿pero sabes, José?, no quedaba ningún regalo para nuestro Hijo; me daba la impresión de que nadie lo conocía, porque nunca mencionaron su nombre.

¿No te parece extraño que la gente trabaje y gaste tanto en los preparativos, para celebrar el cumpleaños de alguien a quien ni siquiera mencionan y que da la impresión de que no conocen?

Tuve la extraña sensación de que si nuestro Hijo hubiera entrado a esos hogares, para la celebración, hubiera sido solamente un intruso.

Todo se veía tan hermoso y la gente se veía feliz, pero yo sentía enormes deseos de llorar, porque nuestro Hijo era ignorado por casi toda esa gente que lo celebraba.

Qué tristeza para Jesús, no ser deseado en su propia fiesta de cumpleaños.

Estoy contenta porque sólo fue un sueño, pero ¡qué terrible sería si esto se convierte en realidad!


HUMOR




¡AL FIN!... DETUVIERON AL IMPOSTOR E
 IMITADOR DE SAN NICOLÁS DE BARI




lunes, 11 de noviembre de 2013

EL PENSAMIENTO ÚNICO


Se cuenta de un eminente sabio sacerdote que recibió la visita de un profesor universitario turista que había ido a verlo para informarse sobre su pensamiento al haberse enterado de la fama de aquel sabio. El sacerdote le ofreció y le sirvió café, llenó la taza del huésped y después continuó sirviendo, con expresión serena y sonriente. El profesor, extrañado, miró como se desbordaba el café. No logrando explicarse una distracción tan contraria a la buena educación exclamó: "¡Está llena la taza! ¡Ya no cabe más!".

Dijo el sabio sacerdote imperturbable, "Tú estás lleno de la cultura dominante, del PENSAMIENTO ÚNICO, de opiniones y conjeturas "eruditas" y complejas, ¿cómo puedo hablarte de teología o filosofía, que sólo es comprensible a los ánimos sencillos y abiertos, si antes no vacías la taza?".

Ficción o realidad, esa anécdota nos sirve para meditar en la necesidad de vaciarnos de nosotros mismos, de nuestros miedos, de nuestros prejuicios, de separarnos de los criterios dominantes del PENSAMIENTO ÚNICO que hoy los medios y los poderes tratan de imponernos con el objetivo de controlarnos mediante la masificación y la socialización ideológica. 

Para ser verdaderamente libres y llenarnos de Dios, de sus enseñanzas y de su Verdad es necesario no estar previamente llenos de criterios "políticamente correctos" impuestos por el mundo y la Revolución anticristiana. El liberalismo y el modernismo nos han influenciado durante décadas. Cuántas veces hemos absorbido sus errores sin advertirlo siquiera. Nos sumamos a la opinión dominante por serlo, cuando muchas veces ésta es contraria a la fe y moral revelada por Dios. Así, cuántos "católicos" acaban aprobando el aborto, el divorcio, los dizque métodos anticonceptivos (muchos de ellos abortivos), las relaciones prematrimoniales, las modas inmorales, las familiaridades peligrosas en el noviazgo, el dizque "amor libre", las relaciones homosexuales y hasta el supuesto "matrimonio" gay y las adopciones de estas "parejas", el relativismo religioso, la religión a la manera y gusto de cada quien, el rechazo de verdades dogmáticas, y un extensísimo etcétera que sería interminable nombrar.

Socialización ideológica programada por la Revolución anticristiana
Es, pues, imprescindible vaciarnos de los errores, criterios y costumbres que nos han sido impuestos y que hemos absorbido inconscientemente. Todos, de un modo u otro, en mayor o en menor medida, estamos influenciados por ese PENSAMIENTO ÚNICO que nos imponen de mil maneras. El asunto está en advertir en qué aspectos se nos ha infiltrado a cada quien. No hagamos nuestro lo que nos ha sido alevosamente impuesto.

No temáis desagradar a otros. El Católico es de Cristo, no del mundo. El mundo lo aborrecerá como aborreció a su Maestro. El discípulo no es más que su Maestro, ni el siervo más que su Señor (Mt X, 24). Desconfía y preocúpate cuando el mundo te aclame. "Nada temáis a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma; temed antes al que puede arrojar alma y cuerpo en el infierno" (Mt X, 28).