Mostrando entradas con la etiqueta Navidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Navidad. Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de diciembre de 2025

¡LA NAVIDAD AÚN NO TERMINA! ¡NO GUARDES EL NACIMIENTO Y LOS DEMÁS ADORNOS!



Culturalmente le damos muchísima importancia al 25 de diciembre. Y eso está muy bien. Es el día central de la Navidad, el día en el que recordamos que Dios Hijo, que coexistía con el Padre y el Espíritu Santo desde siempre, se hizo carne y habitó entre nosotros.

Pero no debemos olvidar que los católicos no reducimos la Navidad a un solo día de celebración. Así que si en un tu casa ya estaban pensando en desarmar el Nacimiento, las luces y el arbolito… ¡esperen a que Navidad termine!

La Iglesia llama “Octava de Navidad” a los días transcurridos la primera semana desde Navidad, considerando todos como una misma celebración festiva. Durante esta semana se medita el Nacimiento de Cristo.

La idea de los 8 días, tiene su raíz bíblica en las celebraciones judías que duraban 8 días, como por ejemplo la fiesta de los Tabernáculos: "Durante siete días ofreceréis manjares abrasados a Yahveh. El día octavo tendréis reunión sagrada y ofreceréis manjares abrasados a Yahveh. Habrá asamblea solemne" (Lev 23, 36).

Siendo la Navidad un acontecimiento tan grande, pues es la nueva creación del hombre, no alcanza un día para celebrarla y por eso, este día se alarga por 8 días. (Únicamente la Pascua y la Navidad tienen Octava).

El tiempo litúrgico de la Navidad termina el día del Bautismo de nuestro Señor (13 de enero en el calendario tradicional). Y lo vive más intensamente durante la Octava de Navidad, que va desde el 25 de diciembre al 1 de enero.

Cabe destacar que durante la Octava de Navidad, tienen lugar las siguientes fiestas: San Esteban (primer mártir de la Iglesia: día 26); San Juan Apóstol y Evangelista (el discípulo a quien Jesús más amaba: día 27); Santos Inocentes (día 28) y  Octava de Navidad (1 de enero, fiesta de obligación).

Posteriormente, en el calendario tradicional se celebra: El Santo Nombre de Jesús (variable, este año el día 4); Adoración de los Magos (Epifanía, 6 de enero); La Sagrada Familia (variable, este año el 11 de enero). Y el Bautismo de Nuestro Señor (13 de enero), con que termina en el calendario tradicional el tiempo litúrgico de la Navidad.

Aprovecha todo este tiempo para contemplar al Niño Dios, que a pesar de ser el Todopoderoso por quien todo fue hecho, quiso hacerse tan vulnerable como cualquier otro recién nacido para redimir a toda la humanidad.

HASTA CUÁNDO DEBE CONSERVARSE EL NACIMIENTO 

Sí bien algunos lo quitan después de la Epifanía o del Bautismo del Señor, la costumbre tradicional es conservarlo hasta el día de La Candelaria, el 2 de febrero, en que se celebra la Presentación del Niño Jesús al Templo y la Purificación de la Santísima Virgen María.

¡Feliz y Santa Navidad a todos!

miércoles, 24 de diciembre de 2025

PERMITE QUE EN ESTA SANTA NOCHE EL DIOS NIÑO NAZCA EN TU CORAZÓN Y EN TU HOGAR, Y NO LO DEJES IR JAMÁS



Que el mundo siga su movimiento, mientras tú y tu familia se apartan de esa vorágine para en silencio, en reverente actitud, adorar al Niño que nace en el más humilde pesebre; después, con fervor habrá que cantarle y arrullarle con algunos villancicos y rezarle agradeciéndole todas las gracias que nos trae. La cena no es una cena familiar más: es la reunión de la familia para comemorar que el Dios Niño ha nacido.

San Alfonso María de Ligorio nos enseña:

"Solo en este Niño halló el eterno Padre sus delicias, porque, como dice san Gregorio, solamente en éste no halló culpa. Consolémonos, pues, nosotros miserables pecadores, porque este divino Infante ha venido del cielo a comunicarnos ésta su inocencia por medio de su pasión. Los méritos suyos, si nosotros supiésemos estimarlos, pueden mudarnos de pecadores en santos e inocentes; pongamos en ellos nuestra confianza, pidamos por los mismos al eterno Padre siempre la gracia, y lo alcanzaremos todo".

Dom Prósper Guéranger nos dice:

"Unámonos, oh cristianos, a esa jubilosa alegría; no es tiempo de lágrimas ni suspiros: Un Niño nos ha nacido. Ha llegado el que esperábamos y ha llegado para morar con nosotros. Como ha sido larga la espera, deberá ser embriagador el gozo de poseerle. Día llegará, y muy pronto, en que este niño que hoy nace, hecho ya hombre, será el varón de dolores. Entonces nos lamentaremos con El; ahora debemos alegrarnos de su venida y cantar con los Ángeles junto a su cuna".
 

martes, 23 de diciembre de 2025

MENDIGOS EN EL TRONO: LA AMNESIA DE LA NOCHEBUENA



Por Óscar Méndez Oceguera

Diciembre en México posee una luz que no existe en ningún otro mapa: una claridad diáfana que corta el aire frío del Altiplano y se mezcla, casi litúrgicamente, con el humo de la leña, el aroma de la fruta hervida y la pólvora que truena en los atrios. Nuestras calles se incendian con un barroquismo urgente, un mitote necesario que intenta conjurar el silencio y la soledad. La mesa se vuelve trinchera; el abrazo, muralla; la risa —a veces— una forma de resistencia contra el olvido.

Y, sin embargo, bajo esa efervescencia, a menudo nos quedamos en la superficie, acariciando la paja del pesebre, como si tuviéramos pudor de tocar el oro de la verdad que esconde.

Porque la Nochebuena nunca pretendió ser “bonita”. La Nochebuena es terrible y dulce: es el instante en que lo Eterno irrumpe en lo que se rompe. Es el momento en que Dios, pudiendo imponerse con truenos, elige pedirnos posada. Hay algo aquí que, si lo entendiéramos de veras —si nos atreviéramos a bajar la guardia—, nos haría temblar la mano antes de brindar y nos haría llorar de una gratitud que quema.

Para soportar la magnitud de este terremoto, apaguemos por un instante la banda sonora de la nostalgia. Escuchemos una voz que llega desde el siglo V, no de un sentimental, sino de un gigante: San León Magno. En su Sermón XXI, este hombre no nos ofrece consuelo barato, sino una verdad que arde: la Navidad es lo único que impide que el ser humano se ahogue en su propia nada.

I. El interdicto contra la tristeza

El texto comienza con un decreto casi judicial: la tristeza queda derogada. “No es justo que haya lugar para la tristeza cuando nace la Vida”. Pero cuidado: no es la alegría plástica del comercial, ni la euforia del que ignora sus problemas.

León Magno es de un realismo que corta la piel: nuestro gozo no nace de que “seamos buenos”, ni de que el año haya sido fácil. El gozo nace del hecho brutal de que, estando perdidos, condenados por nuestra propia pequeñez y nuestros errores, hemos sido visitados.

Es la alegría del náufrago que ve la vela en el horizonte cuando ya había tragado agua. Es el alivio del condenado que escucha girar la llave del indulto. La Navidad es la victoria de la Misericordia sobre nuestra miseria. El miedo a la muerte ha sido destruido, no porque seamos fuertes, sino porque Él llegó. Llegó una Presencia que no se compra, que no se merece y que no se va.

Esta noche nadie entra al portal por impecable: se entra por pobre. Se entra por necesitado.

II. La estrategia de la humildad: la omnipotencia que se abaja

¿Cómo nos rescató? Aquí la verdad se encarna. Dios, en su omnipotencia, podría haber borrado el mal con un chasquido, fulminando al enemigo desde las alturas. Pero León nos revela que el Creador eligió un camino que desafía toda lógica humana: eligió la humildad.

Decidió vencer a la soberbia utilizando nuestra propia naturaleza herida. Es el misterio que nos deja mudos: Dios se abaja. Asume nuestra carne, se reviste de nuestra fragilidad, aprende el lenguaje del llanto, siente el frío de la madrugada, el peso del hambre, el desamparo del sueño.

El Demonio fue vencido no por un rayo cósmico, sino por un Niño que necesitaba leche. Fue vencido por la humildad de la carne. Hay aquí una lección que desarma nuestro orgullo: en el reino de Dios, lo verdaderamente invencible no es la fuerza que domina, sino el amor que se entrega.

III. El reconocimiento de la criatura: “Agnosce, Christiane”

Llegamos al corazón de la noche, a la frase que deberíamos llevar escrita en el alma:

“Agnosce, o christiane, dignitatem tuam.”
(Reconoce, cristiano, tu dignidad).

Pero, por favor, no nos equivoquemos. No es la dignidad del soberbio que se cree un “pequeño dios”. No es la dignidad del que exige derechos al Cielo. Es la dignidad del hijo adoptivo. León Magno nos dice: “Has sido hecho partícipe de la naturaleza divina”.

Entendámoslo con el corazón en la mano: es un regalo inmerecido. Somos polvo, sí. Somos barro quebradizo. Pero somos polvo que Dios ha besado. Somos barro en el que Dios ha querido habitar. Nuestra grandeza no reside en nuestros logros, ni en una evolución inevitable, sino en la conmovedora humildad de sabernos mendigos a los que el Rey, inexplicablemente, ha sentado a su mesa.

Fuimos comprados. Y no con oro ni con plata: fuimos comprados con sangre. Por eso, esta dignidad no se grita con altivez; se custodia con temblor, como quien protege una llama en medio del viento.

IV. La nobleza obliga: la traición de la ingratitud

La conclusión ética de León Magno nace del asombro herido. Si tu cuerpo, con todas sus cicatrices y fatigas, ha sido convertido en Templo por el Bautismo, profanarlo es escupir sobre el regalo.

“No pienses en volver a las antiguas vilezas”. La palabra duele: vileza. Baratez. La moneda falsa del alma. La pregunta del Santo nos mira a los ojos: tú, que has sido rescatado a precio de sangre divina —tú que vales la vida de un Dios—, ¿por qué insistes en venderte por las monedas baratas del rencor? ¿Por qué te arrastras por la soberbia o la mentira? ¿Por qué cambias el pan del Cielo por migajas que te dejan más vacío?

No es un regaño moralista; es una llamada de atención al enamorado que está a punto de traicionar. La moral cristiana es un código de honor para quien se sabe amado sin merecerlo: es la decisión de no soltar la mano que nos sacó del abismo.

Epílogo: la rodilla que se dobla

Esta noche, la cena estará servida. El olor inconfundible de nuestra cocina inundará la casa. Habrá risas, brindis y el ruido hermoso de estar vivos. Pero quizás también haya una silla vacía que grite su ausencia, una nostalgia atorada en la garganta, o el peso de un año difícil en los hombros.

En medio del festín, hagamos una pausa. Respiremos.

Miremos a los ojos a los nuestros —a los que amamos fácil y a los que nos cuesta amar—. Tratemos de ver, más allá de sus grietas y las nuestras, el misterio de la elección divina. El Creador no tuvo asco de nuestro barro. El Rey quiso ser Niño para que nosotros, por fin, aprendiéramos a arrodillarnos sin humillarnos, y a levantarnos sin soberbia.

Que la Nochebuena no se nos quede en la paja. Que el oro del Misterio no pase de largo mientras nos distraemos con las luces. Volvamos al pesebre con gratitud —esa gratitud que aprieta la garganta y limpia los ojos— y aprendamos a vivir como lo que somos en verdad: mendigos sentados en el trono por pura misericordia.

Que no vivamos como plebeyos ingratos quienes, sin merecerlo, hemos sido llamados hijos del Rey.

Feliz Navidad.

lunes, 1 de diciembre de 2025

POSADA EN LA CALLE DE MI BARRIO (Ponche, canto y un Niño que busca casa)



Por Oscar Méndez Oceguera

La Navidad mexicana no comienza el 24 por la noche, sino muchos días antes, cuando el frío se mete por debajo de la puerta y alguien, en la cuadra, pronuncia la palabra que lo cambia todo: posadas.

Entonces el barrio entero, por pobre o cansado que esté, hace un pequeño esfuerzo de dignidad y de cariño: se sacan de la caja los foquitos enredados, se desenrollan los papeles de china arrugados, se revisa la olla grande de barro, esa que sólo sale en diciembre, y se empiezan a contar los días que faltan.

En otros países, la Navidad llega por paquetería. Aquí, llega caminando detrás de una imagen con velas en la mano.

La calle se vuelve casa

Al caer la tarde, el barrio se transforma. Las banquetas se llenan de gente que normalmente sólo se cruza de lejitos: el señor serio de la papelería, la vecina que siempre barre su pedacito de calle, el joven que sale con audífonos y mirada perdida, los niños que conocen cada grieta del pavimento.

Hoy están todos juntos, apretados alrededor de una pequeña imagen que han adornado con flores, listones, papel metálico. No es una estatua perfecta; a veces lleva en el cristal la marca del tiempo, una esquina rota, un marco remendado con cinta. Pero, al mirarla, algo se aquieta: en ese rostro hay un recordatorio silencioso de que Alguien pidió posada antes que nosotros.

Las velas se reparten. Una llama se pasa a otra, y de mano en mano la oscuridad deja de ser amenaza para convertirse en cobija. Los niños las sostienen con los dedos entumidos, las señoras protegen la flama con la palma, los hombres fingen que no tienen frío, pero soplan disimuladamente para calentar las manos.

Y, de pronto, el barrio que en el día es ruido y prisa, se queda atento como si escuchara su propio corazón.

“En el nombre del cielo…”: pedir posada como quien se confiesa

Empieza el canto. No hace falta ensayo: la tonada está inscrita en la memoria de generaciones. Unos leen de una hoja doblada, otros cantan de memoria, unos cuantos murmuran apenas, pero se suman.

En el nombre del cielo,
os pido posada…

La puerta de la casa elegida está cerrada. Adentro, los anfitriones contestan:

Aquí no es mesón,
sigan adelante…

No es teatro; es algo más extraño y más hondo. Afuera hay gente de verdad, con problemas de verdad, cantando pidiendo casa para unos peregrinos que nunca han visto… y al mismo tiempo, sin decirlo, pidiendo algo para su propia alma: un sitio donde el miedo se haga pequeño, donde la soledad no pese tanto, donde la vida tenga sentido de hogar.

Los niños cantan porque así les enseñaron; las abuelas, porque siempre lo han hecho; algún adulto callado siente, sin saber explicarlo, que esa vieja letanía le toca una tecla que había dejado acumular polvo.

Y cuando, después de las negativas rituales, llega el verso que dice por fin “Entren santos peregrinos…”, se afloja una cuerda en el pecho. La puerta se abre, la procesión entra, y una casa sencilla —con techo de lámina o con falso plafón, con piso de cemento o con loseta brillante— se estrena, esa noche, como pequeña gruta de Belén de barrio.

La piñata: siete puntas, ojos vendados y gritos de alegría

Luego viene lo que los niños esperan de verdad: la piñata.

La cuelgan de un lazo en el patio, en la calle, en el estacionamiento, donde se pueda. Brilla con sus siete picos bordados en papel de colores, girando ligeramente con el viento, como si supiera que esta noche le toca romperse para que otros sean felices.

Al primero que le toca le vendan los ojos con un pañuelo que huele a suavizante y a sudor de familia. Le dan una vuelta, dos, tres. La risa se desborda: los pequeños chillan, los adolescentes se burlan con cariño, los adultos dan instrucciones contradictorias: “¡A la derecha!”, “¡No, al otro lado!”, “¡Más arriba!”.

Dale, dale, dale,
no pierdas el tino…

Los golpes caen al aire, a la nada, al cielo oscuro. La piñata se mueve, esquiva, sube y baja, manejada por la mano traviesa de alguien que disfruta tanto como el que pega. Hay risas, algún susto, el típico grito cuando el palo pasa demasiado cerca de una cabeza.

Hasta que sucede: un golpe seco, un crujido de barro, un remolino de papeles y, de pronto, una pequeña lluvia: dulces, cacahuates, mandarinas, galletas, uno que otro juguete sencillo. Los niños se lanzan al piso, a ciegas, pero felices, a rescatar su tesoro. Alguno, con los bolsillos llenos, levanta la vista y sonríe como si la vida hubiera sido justa por una vez.

En ese desorden hay algo limpio: nadie se pregunta cuánto cuestan las cosas, ni quién trajo más, ni quién dio menos. Sólo importa recoger lo que se pueda y comparar, después, el botín con el del amigo.

El ponche: calor que también consuela

Mientras tanto, en la cocina, una olla de barro cumple con su propio milagro. El ponche no se explica: se huele. Tejocotes abiertos, manzana cortada en gajos, trozos de caña que crujen, guayabas suaves, canela en raja, ciruelas pasas que se hinchan poco a poco. El agua hierve, el azúcar se disuelve, el vapor sube y va perfumando la casa entera.

Cuando empieza a repartirse, el ambiente cambia. La fila del ponche es una especie de pequeña procesión doméstica: todos se encuentran, todos se ven de cerca, todos se dicen, aunque sea con una mirada, “buenas noches”. El vaso de unicel quema un poco los dedos, pero reconcilia con el frío.

Hay quien cierra los ojos al darle el primer sorbo, como si en ese trago se mezclaran otras noches, otros diciembres, otras voces que ya no están. Algunos le ponen “piquete” discretamente, otros se conforman con el sabor simple y limpio de la fruta cocida. Para todos, sin excepción, es una especie de abrazo que se bebe.

En una esquina de la sala, alguna abuela reparte bolsitas de aguinaldo: colación dura que rompe dientes, cacahuates tostados, algún dulce de menta, quizá una galleta envuelta en celofán. Los niños las reciben como si les entregaran un sobre de oro.

Las manos que preparaban la Navidad

Antes de la posada visible había otra, secreta, que se celebraba en la cocina y en la sala vacía: la de las mujeres de la casa.

Muchas de las personas que lean esto ya no las tienen cerca: la abuela que mandaba y reía al mismo tiempo, la tía abuela que guardaba los moldes de las pastorelas como si fueran joyas, la madre que hacía cuentas imposibles para que alcanzara el dinero y, aun así, compraba papel de colores “porque si no, no sabe igual”.

Ellas eran las que empezaban la Navidad cuando nadie se daba cuenta. Pelaban la caña, lavaban la fruta, cuidaban la olla de ponche como si fuera tarea de examen, probándolo con la misma seriedad con la que firmarían un contrato. Hervía la olla y, al mismo tiempo, hervía el corazón: que todo salga bien, que nadie falte, que la familia se vea contenta.

Sentadas en la mesa, extendían el papel crepé, cortaban picos de estrella, pegaban con resistol las tiras que luego colgarían del techo. Cualquier niño que haya visto esas manos trabajando sabe que ahí había algo más que manualidades: se estaba bordando el recuerdo de su infancia.

Con la misma paciencia cosían trajes de pastores, de diablos nerviosos, de angelitos chuecos. Se improvisaban barbas con corcho quemado o con algodón rebelde, coronas de cartón forrado, alas sujetas con ligas que siempre apretaban de más. Las mujeres probaban el traje, lo arreglaban, se echaban hacia atrás para mirar al niño de lejos y decían, con una emoción que no se atrevía a nombrarse: “Así está bien”.

También eran ellas las que ponían las velas sobre la mesa, las que cuidaban que hubiera cerillos, que no faltara azúcar, que el mantel, aunque fuera viejo, estuviera limpio. Tenían tantas preocupaciones como cualquiera —cuentas, enfermedades, cansancio, noticias tristes—, pero esa tarde las guardaban en un cajón invisible. Durante unas horas, la vida cotidiana se hacía a un lado para dejar pasar algo más grande que ellas mismas.

Quien haya crecido mirando esa escena sabe que la Navidad, en México, tuvo siempre rostro de mujer: manos que olían a jabón y a canela, brazos que nos apretaban con fuerza cuando teníamos frío, voces que dirigían, rezaban, regañaban y reían, todo al mismo tiempo.

Hoy, muchas de esas santas mujeres ya no están. Se nos fueron la abuela del delantal floreado, la tía que organizaba la pastorela, la madre que perdonaba el vaso roto “porque es posada”. Y, sin embargo, cada diciembre vuelven: en el olor del ponche, en el crujido del papel de china, en la manera exacta en que alguien pone la imagen sobre la mesa o dobla las servilletas igual que ella. Por eso, en medio de la posada, a veces, sin que nadie lo note, se nos escapa una lágrima; no lloramos sólo por lo que ya no está, sino porque sabemos que allí aprendimos cómo se hacen bien las cosas: con poco dinero, con muchas ganas, con fe sencilla y con un cariño que se derrama en forma de ponche caliente, de aguinaldo humilde, de abrazo largo.

Y cuando vemos a quienes han tomado la estafeta —esa señora que insiste en que haya posadas “como Dios manda”, ese matrimonio que abre su casa, esos jóvenes que aceptan aprender los cantos viejos— sentimos que hay un hilo que no se ha roto. En cada rito repetido, en cada tradición rehecha sin maquillarla, vuelven nuestras abuelas, nuestras tías, nuestras madres: se sientan discretamente en una esquina de la sala y nos miran, orgullosas y un poco divertidas, mientras nos ven intentar lo que ellas hicieron toda la vida sin manual ni reflectores. Lo que pagaríamos por sentir otra vez sus abrazos, por recibir de sus manos un jarrito de ponche, por oír esa frase que nos hacía sentir protegidos: “Toma, mi’jo, está caliente, sopla tantito”. Pero, de algún modo misterioso, cada vez que la posada se prepara con ese esmero silencioso, vuelven a estar ahí, muy cerca, más cerca de lo que pensamos.

Cantar a dos voces: alegría y nudo en la garganta

Después vienen los villancicos. No hay coro profesional, pero no hace falta. Una guitarra afinada a medias, unas cuantas maracas improvisadas, palmas que entran a destiempo. Se cantan los clásicos de siempre, a veces con letra incompleta, a veces mezclando estrofas, a veces salpicando la tonada con risas.

En medio de esa fiesta hay momentos breves —casi secretos— en los que la emoción se asoma sin pedir permiso. Cuando se entona “Noche de paz” y alguien, sin planearlo, baja la voz, la sala se acomoda en un silencio suave. Se piensa en los que faltan: el abuelo que ya no está para servir el ponche, la tía que antes organizaba todo, la madre que ahora se recuerda más en el olor de la canela que en las fotos del buró.

A veces, en un rincón, alguien se queda callado de pronto, mira al suelo y se aclara la voz como si se le hubiera atorado un poco el canto. No es tristeza pura; es ese sentimiento raro que en México conocemos bien: alegría con nudo en la garganta. Se agradece lo que se tiene, se duele lo que se perdió, se espera, sin muchas palabras, que el año que viene no falte nadie más.

Cuando la posada se disfraza de otra cosa

Sería injusto fingir que todo sigue igual. Cada vez hay menos posadas verdaderas y más “eventos navideños” que usan la palabra sin saber lo que dicen: se llama posada a reuniones donde no se pide posada, no se canta una letanía, no se recuerda a los peregrinos, pero sí se amontonan bocinas, luces psicodélicas y reguetón con gorros de santa.

Ahí ya no hay Niño buscando techo, sino fiesta temática: no hay procesión, sino pista; en lugar de velas, celulares en alto; en lugar de piñata de siete picos que enseña algo, monigote de moda que no significa nada. No se trata de purismo delicado, sino de llamar a las cosas por su nombre: una reunión sin letanía, sin peregrinos, sin oración y sin intención de recibir a Jesús no es posada, aunque así la anuncien en la invitación. Dolor da ver cómo, en muchos lugares, se ha cambiado el ponche por la barra libre, el villancico por el grito de DJ, el rezo por el sorteo de pantalla: en ese trueque se pierde algo que no se recupera con luces ni con regalos caros.

Posadas verdaderas: islas de luz en un mar de ruido

Y, sin embargo, hay todavía pequeñas islas de resistencia: casas, capillas, patios de pueblo donde se sigue haciendo la posada como se debe. Allí no hay espectáculo, hay recogimiento sencillo; no hay coreografía de moda, hay niños disfrazados con trajes torpes que, justamente por torpes, conmueven más.

En esas posadas verdaderas sigue habiendo procesión con velas; se canta pidiendo posada, se abre la puerta con alegría, se coloca al Niño en el nacimiento con respeto, se reza aunque sea un misterio del rosario por los vivos y por los difuntos. La piñata conserva sus picos, el ponche conserva la cazuela, la tradición conserva el alma.

Quien tenga la gracia de asistir a una de esas pocas posadas auténticas lo sabe: al terminar, uno sale con frío en la cara, azúcar en la sangre y algo más difícil de nombrar en el pecho; una mezcla de gratitud y melancolía, de esperanza y conciencia de pérdida. Como si el corazón supiera que está participando en algo frágil y precioso, que se puede perder si se deja a la intemperie de la moda.

Lo que en realidad se pide

Si uno pudiera hacer silencio completo por un segundo en medio de una posada verdadera —apagar la bocina, detener el palo de la piñata, dejar la olla sin mover—, se escucharía otra cosa debajo del ruido. En la risa de los niños, en los chistes de los tíos, en el murmullo de las señoras, se adivina una súplica que no se canta en voz alta:

Que haya techo, que haya pan, que haya salud, que la familia no se rompa, que la noche no se quede fría, que Dios no pase de largo.

La letanía dice que dos peregrinos piden posada. Pero en cada puerta que se abre también entran los miedos de un año entero, las deudas, los pleitos, las reconciliaciones pendientes, las heridas que nadie ve. Y, sin embargo, esa noche se da algo que el resto del año no siempre encontramos: la sensación sencilla de estar acompañados.

Última luz

Mientras exista, en algún barrio de México, una noche de diciembre en la que se salga a la calle con velas en la mano; mientras un grupo de personas sencillas se reúna para cantar pidiendo posada de verdad; mientras una piñata de siete picos se rompa entre risas y una olla de ponche hierva en la estufa; mientras un niño guarde como tesoro su aguinaldo de bolsita transparente y alguien, desde la cocina, piense en silencio en las mujeres que le enseñaron a hacer todo eso, este país seguirá teniendo un lugarcito tibio en medio de tanto ruido.

Que no se nos acaben las posadas verdaderas. Que no las rebajemos a “evento” ni las mezclemos con lo que nada tiene que ver. Y que cada diciembre, al menos una vez, nos atrevamos a volver a ser ese pueblo que, gracias a las manos de sus abuelas, de sus tías, de sus madres, sabe todavía abrir la puerta cuando un Niño pobre llama y pide, con voz antigua y siempre nueva, posada.

jueves, 26 de diciembre de 2024

LA POBREZA DEL PESEBRE Y EL MUNDO MATERIALISTA: UN LLAMADO A LA CONVERSIÓN


I. INTRODUCCIÓN: EL MISTERIO QUE DESARMA NUESTRA SOBERBIA

En el frío silencio de la noche en Belén, Dios mismo quiso hacerse pequeño. El Rey eterno, el Creador del universo, nació en la más absoluta pobreza, rodeado de animales y cubierto apenas con unas telas humildes. ¿No debería este hecho abrumarnos de asombro y gratitud? ¿No es este misterio el espejo donde nuestras almas, hinchadas de orgullo y sedientas de bienes terrenos, pueden encontrar la verdadera medida de su nada?

San Bernardo decía: “La majestad se humilla, la riqueza se empobrece, la omnipotencia se ata en pañales”. Y en este gesto de inefable ternura, Cristo nos invita a reconsiderar la relación que tenemos con este mundo y sus engañosas promesas de felicidad. Este artículo quiere ser una reflexión sobre la pobreza del Pesebre frente al materialismo de nuestro tiempo, para que nuestros corazones se conviertan y regresen al amor verdadero.

II. LA POBREZA DEL PESEBRE: ELOCUENCIA DIVINA DE LA HUMILDAD

La cuna de Cristo, hecha de madera burda, nos habla más que mil sermones. Ella clama la paradoja divina: el Rey de Reyes no eligió palacios ni tronos, sino la pobreza y la simplicidad como trono de su amor. Es imposible contemplar el Pesebre y no recordar las palabras de San Francisco de Asís: “Dios se hizo pobre para que, en su pobreza, tú encuentres la riqueza de su amor”.

1. EL PESEBRE, ESCUELA DE HUMILDAD

En el seno del Pesebre se destila la lección más profunda de la fe: no en la grandeza ni en los logros mundanos encontramos a Dios, sino en la pequeñez y el abandono. Así lo proclama San Bernardo: ”¿Quieres subir? Comienza bajando. ¿Quieres edificar un templo alto? Comienza con el fundamento de la humildad”.

La pobreza del Pesebre no es solo ausencia de bienes, sino una pobreza interior: Cristo, siendo Dios, se despoja de todo para que comprendamos que el verdadero camino hacia la grandeza está en el vaciamiento de nosotros mismos.

2. LOS SANTOS Y LA IMITACIÓN DE CRISTO POBRE

Los Santos, en su ardiente deseo de conformarse con Cristo, siempre buscaron el tesoro escondido de la pobreza. San Juan de la Cruz nos enseña: “Para poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada”. La pobreza no es miseria, sino un acto de abandono en la Providencia divina, donde todo bien verdadero radica en Dios.

III. EL MUNDO MATERIALISTA: EL PESEBRE OLVIDADO

Vivimos en un tiempo donde el pesebre ha sido desplazado por vitrinas llenas de luces y promesas vacías. El materialismo reina en el corazón humano, prometiendo una felicidad que nunca puede dar. Cristo, en el silencio de su pobreza, contradice todas estas falsas promesas.

1. LA IDOLATRÍA DE LAS RIQUEZAS

“Las riquezas son cadenas para el alma”, advertía Santo Tomás de Aquino. Este mundo nos enseña a acumular, a medir nuestro valor por lo que poseemos, mientras que Cristo nos enseña: “Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6, 21).

San Basilio también se levanta como voz profética: “El pan que guardas pertenece al hambriento; el manto que escondes en tu cofre, al desnudo”. Ante estas palabras, el brillo del materialismo pierde su encanto y el alma es llamada a cuestionarse: ¿qué he hecho con los bienes que Dios me confió?

2. LA POBREZA COMO RIQUEZA INTERIOR

El materialismo no solo empobrece al espíritu; lo esclaviza. San Agustín lo señala con precisión: “Quien tiene a Dios, lo tiene todo. Quien no lo tiene, aunque posea todo, no tiene nada”. La pobreza del Pesebre revela la verdad de esta sentencia: el verdadero tesoro es el amor divino, y quienes lo poseen no necesitan más.

IV. EL PESEBRE: UN LLAMADO A LA CONVERSIÓN

Ante el pesebre, el alma es invitada a contemplar, a meditar y a cambiar. Cristo no nació en la pobreza por casualidad, sino para mostrarnos el camino de la verdadera libertad: “No se puede servir a Dios y al dinero” (Mt 6, 24).

1. LA POBREZA: CAMINO HACIA DIOS

San Bernardo insiste: “Nada tan grande teme el demonio como a una alma desprendida”. La pobreza no solo nos libera de las ataduras del mundo, sino que abre el corazón a Dios. Es en el vacío de nuestras manos donde Él puede derramar su gracia.

2. LA CARIDAD, FRUTO DE LA POBREZA VERDADERA

El pesebre nos invita no solo a ser pobres, sino a dar. Como decía Santa Teresa de Ávila: “Si tienes amor verdadero, siempre hallas algo para dar”. La pobreza que Cristo nos muestra no es un fin en sí mismo, sino un medio para amar más y mejor.

V. CONCLUSIÓN: LA NAVIDAD, TIEMPO DE RENOVAR NUESTRO ESPÍRITU

El Pesebre de Belén es el grito de Dios a un mundo distraído: “No busques fuera lo que solo puedes encontrar dentro”. Es la denuncia de un amor eterno que se encarna en la pobreza para invitarnos a cambiar nuestras prioridades, a convertirnos, a amar.

San Bernardo, si estuviera entre nosotros, nos exhortaría con sus palabras ardientes: ”¿Por qué temes ser pobre, si la misma pobreza te ha hecho rico en Cristo?”. En esta Navidad, contemplemos el Pesebre con ojos nuevos, con un corazón dispuesto a dejar atrás el materialismo y abrazar la riqueza infinita del amor de Dios. Solo así, como los pastores en aquella noche santa, podremos arrodillarnos ante el Niño, sintiendo que en su pobreza hemos encontrado la verdadera plenitud.

OMO

BIBLIOGRAFÍA

1. San Bernardo de Claraval, Sermones sobre el Cantar de los Cantares.

2. San Francisco de Asís, Escritos completos.

3. San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo.

4. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica.

5. San Basilio, Homilías sobre la justicia social.

6. San Agustín, Confesiones.

7. Santa Teresa de Ávila, Camino de Perfección.

8. Catecismo de la Iglesia Católica, números 2443-2449 (Doctrina sobre la pobreza y la justicia).

9. Sagrada Escritura, Evangelios Sinópticos.

martes, 24 de diciembre de 2024

EL NIÑO QUE NOS LLAMA AL CORAZÓN: REFLEXIÓN SOBRE LA ENCARNACIÓN


EL MAESTRO DE LA ORACIÓN

Oh, almas sedientas de Dios, fijaos en el misterio que contemplamos en la cueva de Belén. ¿Qué es lo que vemos? Un Niño, pequeño, indefenso, reclinado en un pesebre. Este Niño es Dios mismo, el Verbo eterno, que no desdeña la debilidad de nuestra carne, sino que la asume para salvarnos. ¿Qué otra cosa podía moverlo a esto sino un amor inefable, un deseo ardiente de cercanía con nosotros? Este es el misterio de la Encarnación: el Dios todopoderoso que se abaja hasta lo más humilde para atraernos a su corazón.

Contempladlo. En su misma pequeñez, el Niño Jesús nos da lecciones profundas. Santa Teresa de Jesús, en su sabiduría celestial, nos invita a aprender de Él: “Quien no halle maestro para enseñarle a orar, tome este Señor tan humano, y verá cuánto aprovecha.” ¿Quién más humano que este Niño? ¿Quién más cercano? Si os falta claridad en vuestra oración, si vuestro espíritu se siente perdido, volved los ojos al pesebre. Mirad sus manitas extendidas, como si ya nos llamaran a descansar en su amor.

Este Niño, aunque no pronuncia palabra, nos enseña con su sola presencia. Su silencio nos habla más alto que cualquier sermón: la oración no consiste en multiplicar palabras, sino en estar en su presencia con corazón abierto. Él es el maestro perfecto, que en la sencillez de su cuna nos muestra el camino a la comunión con Dios.

EL CAMINO DE LA INFANCIA ESPIRITUAL

¿Por qué eligió Dios venir como un niño? Santa Teresita del Niño Jesús responde con luminosa claridad: “Jesús quiso venir como un niño para que nadie temiera acercarse a Él.” Aquí está la razón de su pequeñez: no desea que le temamos, sino que confiemos plenamente en Él. Así como un niño extiende los brazos a su padre, así nos llama a que extendamos el corazón hacia Él.

La Navidad nos invita, como bien comprendió Teresita, a vivir la infancia espiritual. ¿Qué significa esto? Es dejar a un lado la autosuficiencia, reconocer nuestra dependencia de Dios, y abandonarnos en sus brazos como un niño que confía plenamente en el amor de su padre. La grandeza de este camino radica en que, al hacernos pequeños, Dios nos toma y nos eleva hasta Él.

EL AMOR QUE SE HACE PEQUEÑO

Pensad en esto: el mismo Dios que sostiene el universo en su mano se hizo un niño frágil y dependiente. ¡Qué abismo de amor! Él, que no necesitaba nada, quiso necesitarlo todo, para que nosotros aprendiéramos a no temerle. En su pobreza nos ofrece su riqueza; en su pequeñez nos muestra su grandeza. Así, con su sola presencia en el pesebre, nos enseña que no hay nada que temer cuando nos acercamos a Él.

¿Quién podrá contemplar este misterio sin sentirse conmovido? Dios no vino como un rey poderoso que impone, sino como un niño que suplica amor. Este Niño nos llama no con palabras, sino con su misma pequeñez, y nos dice: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Su misma presencia es descanso para el alma, bálsamo para el corazón.

VENID AL PESEBRE

Acercaos, pues, al pesebre. Mirad al Niño Jesús y dejad que os hable en el silencio de su humildad. Ofrecedle vuestro amor, aunque sea pequeño, porque este Niño no desprecia nada; Él vino precisamente a buscar lo que es pequeño y humilde. Si alguna vez os sentís indignos de acercaros, recordad que este Niño vino no por los justos, sino por los pecadores. Su amor no conoce límites ni condiciones.

Oh, pueblos enteros, escuchad esta llamada: Ved al Niño, ved al Amor hecho carne. Este es el Dios que se abaja para elevarnos, que se hace pequeño para conquistarnos. Contemplad sus ojos, tan llenos de ternura; su sonrisa, tan llena de paz. No es un Dios lejano, sino el Dios que toma nuestra miseria para colmarnos de su riqueza. Su misma pequeñez es un grito que resuena en el alma: “Venid, no temáis; yo soy vuestro descanso, vuestra esperanza, vuestra salvación.”

¿Qué excusa queda para no amarle? ¿Qué obstáculo puede interponerse entre este Niño y vuestro corazón? Al contemplar este pesebre, los cielos se abren y una voz parece susurrar a cada alma: “Amadle, porque Él ya os ha amado primero. Seguidle, porque Él ha venido a buscaros.” Dejad que este Niño encienda en vosotros un fuego que nunca se apague, un amor que nada pueda detener.

Pueblos, almas, corazones: arrodillaos ante este Dios hecho Niño, porque en su debilidad está vuestra fortaleza, en su pobreza está vuestra gloria, y en su ternura se encuentra la plenitud de todo vuestro anhelo. Venid a Belén, porque allí comienza la eternidad. Allí, en la humildad de un pesebre, está el Rey que reinará no desde un trono, sino desde vuestro corazón. Amadle, y seréis suyos para siempre.

OMO

BIBLIOGRAFÍA

Teresa de Jesús, Libro de la Vida, cap. 22.

Teresa del Niño Jesús, Manuscrito A, 4v-5v.

La Sagrada Biblia, Mt 11,28; 2 Cor 8,9.

lunes, 23 de diciembre de 2024

EL ÁRBOL QUE NO PIDE, PERO LO DA TODO (DIÁLOGO ENTRE SAN JOSÉ Y EL NIÑO)


 

—¿QUIÉN SOY YO, HIJO, EN ESTA NOCHE INMENSA

QUE HUELE A HENO, A ESTRELLAS, A INFINITO?

¿QUIÉN ES ESTE HUMILDE QUE CON MANOS DE BARRO

CUSTODIA TU FUEGO COMO SI FUERA CENIZA?


—PADRE, ERES MÁS QUE HUMILDE, ERES MI TEMPLO.

EN TU SILENCIO HE ALZADO EL REFUGIO DEL MUNDO.

ERES EL ÁRBOL QUE NUTRE SIN EXIGIR FRUTOS,

EL CAMINO QUE SE ENTREGA SIN BUSCAR GLORIA.


—PERO, HIJO, EN MI PECHO LATE EL TEMOR

DE SER TAN PEQUEÑO ANTE LO TAN GRANDE.

TU SUSPIRO ME QUIEBRA COMO EL VIENTO AL OLIVO,

Y EN TUS MANOS PEQUEÑAS PESA TODO EL UNIVERSO.


—PADRE, NO TEMAS. EL PESO QUE SIENTES

NO ES DE LA GLORIA, SINO DE MI AMOR.

TU MANO CALLOSA ES MÁS SUAVE QUE LAS NUBES,

Y TU CORAZÓN, MÁS FUERTE QUE TODOS LOS REINOS.


—¿POR QUÉ, ENTONCES, SUEÑAN MIS NOCHES

CON CRUCES QUE SE ALZAN COMO TORRES DE FUEGO?

¿POR QUÉ SIENTO EN TU CUERPO PEQUEÑO

EL LATIDO DE UNA HERIDA QUE NO PUEDO DETENER?


—PADRE, LA CRUZ NO ES TUYA, ES MI ENTREGA.

PERO TU AMOR ME FORJÓ EN LA HUMILDAD

DE UNA CASA DONDE LA MADERA CANTA

Y EL TRABAJO ES LA ORACIÓN MÁS PURA.


—¡OH, HIJO! SI YO PUDIERA LLEVAR TU PESO,

SERÍA COMO EL CARPINTERO QUE LEVANTA LA VIGA.

SI LA CRUZ TE ESPERA, QUE SEA EN MIS HOMBROS,

Y NO EN TU FRAGILIDAD, QUE ES LUZ Y ESPERANZA.


—PADRE, MI PESO SERÁ LIGERO

PORQUE TU SOMBRA ME SIGUE COMO UN ESCUDO.

ERES MÁS QUE UN HOMBRE, ERES EL JUSTO

QUE DIOS ESCOGIÓ PARA CUSTODIAR SU ALIENTO.


—ENTONCES, SERÉ TU SOMBRA Y TU LUZ,

EL CAMINO QUE TE LLEVE A EGIPTO Y BELÉN.

EN MIS SUEÑOS TE VERÉ REY Y CORDERO,

Y MIS MANOS TE GUARDARÁN COMO A UNA LLAMA.


—PADRE, NO HAY REY MÁS GRANDE QUE TÚ,

QUE EN TU SILENCIO HABLA EL AMOR PERFECTO.

ERES EL TRIGO QUE SOSTIENE MI VIDA,

EL ÁRBOL QUE NO PIDE, PERO LO DA TODO.


—ENTONCES, HIJO, SI MI VIDA TE PERTENECE,

QUE MIS MANOS SEAN TU MADERO Y TU LUZ.

SERÉ EL ECO DE TU SUSURRO EN LA TIERRA,

Y CUANDO MUERA, TE ESPERARÉ EN EL CIELO.


Y EL NIÑO, CON SU ROSTRO INFINITO Y HUMANO,

SONRIÓ AL JUSTO QUE DIOS HABÍA ESCOGIDO.

Y EN AQUEL ABRAZO, DONDE LO DIVINO Y LO HUMANO

SE FUNDIERON EN UN SILENCIO MÁS ELOCUENTE QUE EL CANTO,

SAN JOSÉ ENTENDIÓ QUE NO HABÍA MAYOR GLORIA

QUE SER LA SOMBRA QUE SOSTIENE LA LUZ,

EL HUMILDE QUE, SIN SABERLO,

ERA EL TRONO DONDE DESCANSABA EL REY DEL UNIVERSO.

Y ASÍ, ENTRE EL ALIENTO DE LOS ÁNGELES Y LA HUMILDAD DE LA TIERRA,

EL AMOR SE HIZO ETERNO EN EL SILENCIO DEL JUSTO.


OMO

martes, 17 de diciembre de 2024

LAS POSADAS



Un poco de historia sobre las tradicionales “Posadas” que el 16 de diciembre dan comienzo. 

Las posadas son fiestas que tienen como fin, preparar la Navidad. Comienzan el día 16 y terminan el 24 de diciembre conmemorando los nueve meses del embarazo virginal de la dulcísima siempre Virgen María.

Los primeros misioneros dentro de la Conquista espiritual de México, en el siglo XVI, trataron de enseñar a los indios la verdadera fe por medio de representaciones teatrales parecidas a los “autos de fe” de su país de origen. Se atribuye a Fray Diego de Soria a finales del siglo XVI, las primeras “jornadas”, como se llamaban entonces, en el convento de Acolman, para recordar el camino de José y María de Nazaret a Belén.

La celebración se fue enriqueciendo de la costumbre franciscana de representar con imágenes este pasaje bíblico. De estas celebraciones y de los Autos de Fe europeos surgieron las pastorelas y los villancicos y desde luego Las Posadas.

A la llegada de los españoles los antiguos mexicas celebraban durante el invierno, el advenimiento de su principal deidad, Huitzilopoztli, durante el mes Panquetzaliztli, que equivaldría aproximadamente del 7 al 26 de diciembre de nuestro calendario.

“Por esa razón y aprovechando la coincidencia de fechas, unos de los primeros doctrineros agustinos, promovieron la sustitución de personajes y así desaparecieron al dios prehispánico y mantuvieron la celebración, dándole características cristianas.” Y. Hurtado.

Se cree que la práctica de las posadas se originó en el poblado de San Agustín Acolman, al noroeste de la ciudad de México, pues fue uno de los primeros lugares donde se establecieron estos religiosos para realizar su tarea evangelizadora.

En 1587, fray Diego de Soria obtuvo del Papa Sixto V la bula autorizando la celebración en el Virreinato de la Nueva España de unas misas, llamadas de aguinaldo del 16 al 24 de diciembre y que se realizarían en los atrios de las iglesias. Junto con las misas se representaban escenas de la Navidad. Luego de la Misa se realizaban festejos con luces de bengala, cohetes, piñatas y villancicos.

En el siglo XVIII, la celebración, aunque no dejó de realizarse en las iglesias, pasó a tomar más fuerza en los barrios y en las casas, y la música religiosa fue sustituida por el canto popular.

La ceremonia consiste en una procesión desde las Iglesias o en las casas particulares donde se lleva en andas a los Santos Peregrinos, o sea a las imágenes de María y José algunas veces acompañados de un burro o guiados por un ángel, mientras se entonan las letanías a la Santísima Virgen.

En algunos lugares varias familias con anterioridad se reparten las "Posadas", es decir cada noche una familia distinta organiza la "posada" y los peregrinos irán pidiendo ser recibidos de una casa a otra.

Durante la procesión, los participantes iluminados por pequeñas veladoras caminan detrás de los Santos Peregrinos rezando el Santo Rosario.

Luego en los atrios o en los patios se cuelgan y se rompen las piñatas, ollas decoradas que con papel de china, toman múltiples formas que se rellenan de frutas, cacahuates y dulces.

Los misioneros convocaban al pueblo al atrio de las iglesias y conventos y ahí rezaban una novena, que se iniciaba con el rezo del Santo Rosario, acompañada de cantos y representaciones basadas en el Evangelio, como recordatorio de la espera del Niño y del peregrinar de José y María de Nazaret a Belén para empadronarse.

Las posadas se llevaban a cabo los nueve días previos a la Navidad, simbolizando los nueve meses de espera de María. Al terminar, los monjes repartían a los asistentes fruta y dulces como signo de las gracias que recibían aquellos que aceptaban la doctrina de Jesús.

Las posadas, con el tiempo, se comenzaron a llevar a cabo en barrios y en casas, pasando a la vida familiar.

Estas comienzan con el rezo del Rosario y el canto de las letanías. Durante el canto, los asistentes forman dos filas que terminan con 2 niños que llevan unas imágenes de la Santísima Virgen y de San José: los peregrinos que iban a Belén.

Al terminar las letanías se dividen en dos grupos: uno entra a la casa y otro pide posada imitando a San José y la Santísima Virgen cuando llegaron a Belén (ver aquí video con el canto para pedir posada). Los peregrinos reciben acogida por parte del grupo que se encuentra en el interior. Luego sigue la fiesta con el canto de villancicos y se termina rompiendo las piñatas y distribuyendo los “aguinaldos”.

Las Piñatas

Los siete picos de la piñata representan los 7 pecados capitales contra los que debemos luchar. Ya adentro de la casa o del patio en donde se celebra la posada, comienza la fiesta, en la que se rompen las piñatas, construcción artesanal hecha en barro y papel china, que deberán tener la forma de una estrella de siete picos, que representan los siete pecados capitales. Se debe de romper con un palo que representa la fortaleza y fuerza de Dios, y al quebrarse caen dulces, llamados colaciones (dulces muy duros hechos de azúcar, pintados de blanco, rosa o azul pálido y algunas veces rellenos de cacahuate o cáscara de naranja confitada) y frutas tales como mandarinas, tejocotes, cacahuates y limas. Estas son recompensas y dones por vencer al pecado.

Mientras se rompe la piñata, los anfitriones reparten jarritos de barro, llenos de delicioso ponche hecho a base de frutas como manzana, ciruela pasa, tejocote, caña de azúcar, guayaba, naranja, limón, vino tinto, té, agua y azúcar; y para los mayores se le añade un chorrito de aguardiente, de ron o de tequila. Ya con las frutas y las colaciones de la piñata en la mano o mejor dicho en un bolsita, para poderlos llevar consigo, comienza la merienda que generalmente consiste en tamales, atole, chocolate, buñuelos aderezados, ya sea con azúcar y canela en polvo o con miel de piloncillo, a la que se le habrá añadido canela en raja.

Todo esto acompañado por música de mariachis, ya sea en vivo o grabado, y por supuesto, por los acostumbrados cohetes, que se oyen tronar por todos los pueblos y las ciudades en esas noches de diciembre.

lunes, 1 de enero de 2024

FELIZ Y SANTO AÑO 2024


Usando las palabras de Santa Teresa de Ávila les deseamos UN  AÑO LLENO DE DIOS.  

No pedimos que no tengan problemas, sino que cuando los tengan pedimos "QUE NADA LOS TURBE"; que ante las adversidades que este nuevo año presente "NADA LOS ESPANTE" y que recuerden que en esta vida "TODO SE PASA", todo se puede superar porque "DIOS NO SE MUDA".

 Dios no cambia, nos ama siempre, basta que se tomen de su mano con serenidad sabiendo que   "LA PACIENCIA TODO LO ALCANZA". Que su fortaleza sea el Señor, pues "QUIEN A DIOS TIENE", lo tiene todo y "NADA LE FALTA", que este nuevo año vivan convencidos que "SOLO DIOS BASTA".  

  ¡¡¡ FELIZ Y SANTO AÑO 2024 DE LA REDENCIÓN !!!


domingo, 24 de diciembre de 2023

¡FELIZ NAVIDAD A NUESTROS LECTORES-AMIGOS!


El Niño no encontraba un lugar dónde nacer, abramos nuestros corazones, abramos nuestros hogares al Dios Niño. Que encuentre en nuestra familia un refugio de amor y mostrémonos fieles a nuestro Redentor que nace entre pajas mientras los ángeles entonan sus coros celestiales en su honor.

En estos tiempos que el mundo desprecia su ley, sean nuestros hogares sitios donde encontrará acogimiento, fidelidad y amor.

CATOLICIDAD desea a todos sus lectores-amigos que, en esta fecha, el Dios Niño los inunde de gracias y bendiciones y que sean aprovechadas grandemente para beneficio de sus almas y bien de sus familias. ¡Feliz Navidad!

viernes, 15 de diciembre de 2023

LAS POSADAS EN MÉXICO | ORIGEN Y SIGNIFICADO.


¡Con el favor de Dios, mañana comienzan las Posadas! Y, antes de comenzar a explicar qué es una posada y cuál es su origen, resulta muy provechoso aclarar que durante el mes de diciembre se habla de muchas reuniones que se celebran y a las que se les suele llamar "posadas", cuando en realidad no lo son. Las Posadas navideñas, celebradas como pide la Iglesia Católica, no sólo son festivas, sino que tienen un sentido de oración para prepararse a la Navidad.

Hablar de Posadas navideñas es hablar de una tradición muy mexicana, cuyo origen se remonta a los primeros misioneros evangelizadores venidos de España a México- Tenochtitlán, principalmente a los misioneros agustinos. 

Estos religiosos se establecieron, entre otros lugares, en el pueblo de San Agustín Acolman, en el Estado de México, muy cerca de Teotihuacán, y fue ahí donde se originó la práctica de las Posadas navideñas a finales del siglo XVI.

Antes de la llegada de los españoles, nuestros antepasados celebraban, durante todo el mes de diciembre, las fiestas en honor de Huitzilopochtli, deidad mexica asociada al sol.

"Con la llegada del solsticio de invierno, el pueblo se congregaba en los patios de los templos, que estaban iluminados por enormes fogatas, atizadas a veces con maderas perfumadas". 

La noche del 24 de diciembre, y al día siguiente, el 25 de diciembre, había fiestas en todas las casas, donde se obsequiaba comida a los invitados, así como pequeños ídolos elaborados con pasta comestible. 

Los misioneros agustinos aprovecharon la coincidencia de fechas para introducir la celebración del Nacimiento de Jesús, el hijo de Dios. Y de esta manera, en lugar de celebrar los días de las fiestas prehispánicas, introdujeron el novenario de José y María. Es decir, utilizaron para esto la representación del peregrinar de José y María, de Nazaret a Belén, para cumplir con el deber de empadronarse, ordenado por el emperador romano César Augusto.

Fue así que para celebrar las Posadas navideñas, se escogieron los últimos nueve días antes del nacimiento del Niño Jesús. Por ello, esta representación o petición de posada, todos los años comienza el día 16 de diciembre y finaliza el 24, último día de la novena.

En 1587, el superior del convento de San Agustín de Acolman, fray Diego de Soria, obtuvo del Santo Padre Sixto V la autorización para celebrar en la Nueva España las Misas de aguinaldo, justo para esos días (del 16 al 24 de diciembre), las cuales se llevaban a cabo en los atrios de las iglesias. 

En aquel entonces, y como ocurre en algunos países todavía en la actualidad, las Misas de aguinaldo se celebraban antes de que saliera el sol. La gente madrugaba para participar en la santa Misa de las 5:00 o 5:30 de la mañana, como una manera de expresar que se encontraban aguardando la venida de Jesús, como las vírgenes prudentes del Evangelio (cf. Mt 25, 1-13). 

A estas Misas de aguinaldo, los agustinos agregaron pasajes y escenas de la Navidad; asimismo, para hacer más atractivas las celebraciones, se les agregaron luces de bengala, cohetes y villancicos. Con el paso del tiempo se fusionó el sistema catequístico franciscano de la piñata. 

Muchos años después, de los atrios y patios de las iglesias y conventos, las Posadas navideñas pasaron a los barrios y vecindades, en donde se añadió el famoso ponche, bebida típica navideña hecha de frutas. 

Hoy en día las Posadas navideñas se siguen celebrando en México, porque el pueblo católico tiene muy claro que es una manera de orar y prepararse espiritualmente para recibir a Jesús en la Navidad. 

Recuperemos la hermosa tradición de las Posadas navideñas, viviéndolas en familia. Y es que las posadas también favorecen la integración de los seres queridos. Recuperemos el ambiente de oración y de espera que tuvieron Santa María y San José ante la llegada del Niño Jesús. 

¡Que esta última etapa del Adviento nos haga reconsiderar una vez más cuál es el verdadero sentido de la Navidad y cuál es la verdadera enseñanza que la Iglesia nos propone!

martes, 27 de diciembre de 2022

ALÉGRATE, QUE YA NACIÓ EL SALVADOR


 

¡Ha nacido ya nuestro Salvador; alegrémonos! 

No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida; la misma que acaba con el temor de la mortalidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida.

Nadie tiene por qué sentirse alejado de la participación de semejante gozo, a todos es común la razón para el júbilo: porque nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, como no ha encontrado a nadie libre de culpa, ha venido para liberarnos. Alégrese el santo, puesto que se acerca a la victoria; regocíjese el pecador, puesto que se le invita al perdón; anímese el gentil, ya que se le llama a la vida.

Pues el Hijo de Dios, al cumplirse la plenitud de los tiempos, establecidos por los inescrutables y supremos designios divinos, asumió la naturaleza del género humano para reconciliarla con su Creador, de modo que el demonio, autor de la muerte, se viera vencido por la misma naturaleza gracias a la cual había vencido.

Por eso, cuando nace el Señor, los ángeles cantan jubilosos: Gloria a Dios en el cielo, y anuncian: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Pues están viendo cómo la Jerusalén celestial se construye con gentes de todo el mundo; ¿cómo, pues, no habrá de alegrarse la humildad de los hombres con tan sublime acción de la piedad divina, cuando tanto se entusiasma la sublimidad de los ángeles?

Demos, por tanto, queridos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva creatura, una nueva creación.

Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras y, ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne.

Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios. Y si, por desgracia, volvieras al fango del pecado, ¡levántate, de inmediato, por medio del sacramento de la Confesión!

Gracias al sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo; no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demonio: porque tu precio es la sangre de Cristo.

Mantengamos en nuestros corazones este espíritu de júbilo por siempre.

sábado, 24 de diciembre de 2022

QUE EN ESTA SANTA NOCHE NAZCA EL DIOS NIÑO EN TU CORAZÓN Y EN TU HOGAR


Que el mundo siga su movimiento, mientras tú y tu familia se apartan de esa vorágine para en silencio, en reverente actitud, adorar al Niño que nace en el más humilde pesebre; después, con fervor habrá que cantarle y arrullarle con algunos villancicos y rezarle agradeciéndole todas las gracias que nos trae. La cena no es una cena familiar más: es la reunión de la familia para comemorar que el Dios Niño ha nacido.

San Alfonso María de Ligorio nos enseña:

"Solo en este Niño halló el eterno Padre sus delicias, porque, como dice san Gregorio, solamente en éste no halló culpa. Consolémonos, pues, nosotros miserables pecadores, porque este divino Infante ha venido del cielo a comunicarnos ésta su inocencia por medio de su pasión. Los méritos suyos, si nosotros supiésemos estimarlos, pueden mudarnos de pecadores en santos e inocentes; pongamos en ellos nuestra confianza, pidamos por los mismos al eterno Padre siempre la gracia, y lo alcanzaremos todo".

viernes, 16 de diciembre de 2022

LAS POSADAS MEXICANAS


Las posadas son fiestas que tienen como fin, preparar la Navidad. Comienzan el día 16 de diciembre y terminan el 24 del mismo mes, los nueve días conmemoran los nueve meses del embarazo virginal de la dulcísima siempre Virgen María.

Los primeros misioneros dentro de la Conquista espiritual de México, en el siglo XVI, trataron de enseñar a los indios la verdadera fe por medio de representaciones teatrales parecidas a los “autos de fe” de su país de origen. Se atribuye a Fray Diego de Soria a finales del siglo XVI, las primeras “jornadas”, como se llamaban entonces, en el convento de Acolman, para recordar el camino de José y María de Nazaret a Belén.

La celebración se fue enriqueciendo de la costumbre franciscana de representar con imágenes este pasaje bíblico. De estas celebraciones y de los Autos de Fe europeos surgieron las pastorelas y los villancicos y desde luego Las Posadas.

A la llegada de los españoles los antiguos mexicas celebraban durante el invierno, el advenimiento de su principal deidad, Huitzilopoztli, durante el mes Panquetzaliztli, que equivaldría aproximadamente del 7 al 26 de diciembre de nuestro calendario.

“Por esa razón y aprovechando la coincidencia de fechas, unos de los primeros doctrineros agustinos, promovieron la sustitución de personajes y así desaparecieron al dios prehispánico y mantuvieron la celebración, dándole características cristianas.” Y. Hurtado.

Se cree que la práctica de las posadas se originó en el poblado de San Agustín Acolman, al noroeste de la ciudad de México, pues fue uno de los primeros lugares donde se establecieron estos religiosos para realizar su tarea evangelizadora.

En 1587, fray Diego de Soria obtuvo del Papa Sixto V la bula autorizando la celebración en el Virreinato de la Nueva España de unas misas, llamadas de aguinaldo del 16 al 24 de diciembre y que se realizarían en los atrios de las iglesias. Junto con las misas se representaban escenas de la Navidad. Luego de la Misa se realizaban festejos con luces de bengala, cohetes, piñatas y villancicos.

En el siglo XVIII, la celebración, aunque no dejó de realizarse en las iglesias, pasó a tomar más fuerza en los barrios y en las casas, y la música religiosa fue sustituida por el canto popular.

La ceremonia consiste en una procesión desde las iglesias o en las casas particulares donde se lleva en andas a los Santos Peregrinos, o sea a las imágenes de María y José algunas veces acompañados de un burro o guiados por un ángel, mientras se entonan las letanías a la Santísima Virgen.

En algunos lugares varias familias con anterioridad se reparten Las Posadas, es decir cada noche una familia distinta organiza “la posada” y los peregrinos irán pidiendo ser recibidos de una casa a otra.

Durante la procesión, los participantes iluminados por pequeñas veladoras caminan detrás de los Santos Peregrinos rezando el Santo Rosario.

Luego en los atrios o en los patios se cuelgan y se rompen las piñatas, ollas decoradas que con papel de china, toman múltiples formas que se rellenan de frutas, cacahuates y dulces.

Los misioneros convocaban al pueblo al atrio de las iglesias y conventos y ahí rezaban una novena, que se iniciaba con el rezo del Santo Rosario, acompañada de cantos y representaciones basadas en el Evangelio, como recordatorio de la espera del Niño y del peregrinar de José y María de Nazaret a Belén para empadronarse.

Las posadas se llevaban a cabo los nueve días previos a la Navidad, simbolizando los nueve meses de espera de María. Al terminar, los monjes repartían a los asistentes fruta y dulces como signo de las gracias que recibían aquellos que aceptaban la doctrina de Jesús.

Las posadas, con el tiempo, se comenzaron a llevar a cabo en barrios y en casas, pasando a la vida familiar.

Estas comienzan con el rezo del Rosario y el canto de las letanías. Durante el canto, los asistentes forman dos filas que terminan con 2 niños que llevan unas imágenes de la Santísima Virgen y de San José: los peregrinos que iban a Belén.

Al terminar las letanías se dividen en dos grupos: uno entra a la casa y otro pide posada imitando a San José y la Santísima Virgen cuando llegaron a Belén. Los peregrinos reciben acogida por parte del grupo que se encuentra en el interior. Luego sigue la fiesta con el canto de villancicos y se termina rompiendo las piñatas y distribuyendo los “aguinaldos”.

No perdamos la excelente costumbre de realizar las tradicionales posadas mexicanas que nada tienen que ver con las fiestas de baile y exceso de alcohol y malas costumbres que ahora algunos estilan.