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miércoles, 25 de junio de 2014

LOS ABUELOS Y LA EDUCACIÓN DE LOS NIETOS

Destaca la fantástica labor que pueden desarrollar los abuelos respecto a la educación en la fe de sus nietos



“Evoco el recuerdo de la fe sincera que tú tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y sé que también ha arraigado en ti”. (II Tim 1, 5)

Estamos en una cultura –ya no sé si llamarla contracultura– muy cruel con los ancianos, por mucho que el neolenguaje creado por los gobernantes huya de la palabra “vejez” para cambiarla por “tercera edad” y del término “viejo” para sustituirlo por “persona mayor”. Todos sabemos que en una sociedad como la nuestra, en la cual el valor de las personas está en función de su eficacia productiva, aquellos individuos cuyo vigor ya entra en la fase de declive interesan muy poco. Se les considera una carga social inútil y más bien molesta. Por mucho que se esconda tras otros argumentos, la eutanasia, próximo paso en el avance de la cultura de la muerte, está relacionada de forma muy estrecha con esta desgraciada concepción de la vejez.

Que nadie se engañe con las medidas del gobierno respecto a la prolongación de la edad de jubilación. El argumento oficial es que ha aumentado la esperanza de vida saludable, lo cual es cierto, y que hoy en día una persona de 65 años todavía suele estar en plenas facultades para el trabajo. Muy bonito, pero no creo que a nadie se le escape que tal medida, además de taponar la imprescindible entrada de los jóvenes en el mundo laboral, necesaria para abrirse paso en la vida adulta e independiente, no es más que una forma “in extremis” de reducir el gasto social de un Estado arruinado, gobernado por personajes ineptos para generar riqueza, paliar los efectos de la crisis económica y sostener el sistema de pensiones de jubilación.

Un sucinto repaso a los datos demográficos oficiales del INE (N. de la R: se refieren a España), nos indica que nuestra pirámide poblacional está insosteniblemente invertida y envejecida. Es una realidad que la proporción de ancianos aumenta, lo cual no es ningún problema, ni mucho menos. El verdadero y gravísimo problema está en que no nacen suficientes niños para equilibrar la balanza. Nuestros mayores merecen todo nuestro respeto, nuestra gratitud y nuestra admiración. Su lugar y función en la familia y en la sociedad es imprescindible. Es una aberración y una insensata pérdida que sean con tanta frecuencia relegados a segundos o terceros planos, aparcados en residencias y abandonados a la soledad. Algo tan moralmente indigno es, además, una lastimosa pérdida social.

Hemos avanzado técnicamente de forma vertiginosa, pero al parecer, no mucho en humanidad. Las sociedades primitivas sabían reconocer el valor de sus mayores mucho mejor que las modernas y posmodernas. La veteranía era un grado. La sabiduría que otorga la experiencia de una larga vida era considerada de tal valor, que los ancianos, cuando no eran los dirigentes directos de los pueblos, eran al menos respetados consejeros. El término “senado” viene de una raíz latina que significa “anciano”. Lo mismo que la palabra “presbítero”, esta vez de origen griego, usada por la Iglesia para designar a los ministros con “segundo grado” de participación en el orden sacerdotal, por encima de los diáconos y por debajo de los obispos.

A los ancianos se les asignaba también un papel esencial en la educación de los jóvenes. Los primeros esbozos de la “escuela” fueron los grupos de niños y adolescentes que se reunían en torno a los venerables ancianos de los primitivos clanes para recibir de ellos todo tipo de enseñanzas, la sabiduría acumulada por su pueblo. La curiosidad infantil y el inquieto ardor juvenil se combinaban a la perfección con la serena autoridad de los más viejos, para producir un hecho educativo de altísimo valor para todos. Hoy en día, toda esta riqueza casi se ha perdido por completo. Los abuelos son “utilizados” como meros canguros mientras se valen para ello y, cuando les fallan sus facultades, son apartados de en medio sin contemplaciones.

Desde luego, hay abuelos que no cumplen bien su misión y se entrometen en la vida conyugal y familiar creando más problemas, conflictos e inseguridad que otra cosa. Pero son los menos. En realidad, el papel de los abuelos, en aquellas familias que todavía saben respetar su lugar, suele ser magnífico, sobre todo en relación con sus nietos. Enumerar todos los beneficios educativos de una buena relación entre ambas generaciones, sobrepasa con mucho la extensión aceptable de un simple artículo. Resumiré mucho, por tanto. Para empezar, afirmaré que el papel de los padres y de los abuelos, lejos de entorpecerse, se complementan y se necesitan entre sí.

La función y la consiguiente responsabilidad de la crianza y educación de los hijos recae, de hecho y de derecho, sobre los padres. Los abuelos tienen bien ganado el derecho a “descansar” de esa tarea que ya hicieron con sus hijos. Dicho en otras palabras, pueden e incluso "deben" permitirse el lujo de ser prudentemente “consentidores” con sus nietos. Si los padres saben estar en su sitio, son ellos quienes detentan la autoridad y quienes deben imponer límites y normas. Los abuelos actúan entonces como factor suavizador que ayuda a dar equilibro a la balanza educativa familiar. Eso sí, no deben desautorizar jamás a los padres, menos aún delante de los nietos.

Otra importante ganancia educativa que proporcionan los abuelos es la curiosa capacidad que tienen para establecer relaciones de complicidad -en el mejor sentido de la palabra- con los nietos. Es curioso que muchos adolescentes tengan más confianza para hablar de ciertos temas con sus abuelos que con sus padres. Es como si las barreras generacionales padres-hijos no funcionasen igual entre abuelos-nietos. Los abuelos suelen tener un “sexto sentido” para detectar problemas y estados de ánimo que tantas veces se escapan a los padres. Y los jóvenes parecen intuir que la sabiduría y la comprensión de sus abuelos va a serles de especial utilidad.

Los abuelos, además, son los “historiadores” de la familia. Quizá comiencen ya a no recordar bien los hechos recientes, pero se acuerdan a la perfección de toda la historia familiar. Las “batallitas” que con harta frecuencia enervan a sus hijos, son acogidas con insaciable curiosidad por los nietos, ávidos de conocer detalles de sus ancestros y encontrarse inmersos en una larga historia llena de acontecimientos sorprendentes e interesantes personajes desconocidos. A esta “memoria histórica” hay que añadir la transmisión de los saberes de la experiencia y los contenidos y valores de la tradición cultural familiar, algo que los abuelos saben hacer como nadie.

Por último, y a sabiendas de que apenas he rozado el tema, he de destacar la fantástica labor que pueden desarrollar los abuelos respecto a la educación en la fe de sus nietos, especialmente en esta generación repleta de padres medio herederos de aquel mayo del 68 francés, que apenas tienen fe y cuya cultura religiosa suele ser deplorable. Una labor cuyos ecos se reflejan tan bien en el fragmento de la Segunda Epístola de San Pablo a Timoteo que encabeza este artículo. 

José Rafael Sáez March, Licenciado en Ciencias de la Educación, Máster en Investigación Universitaria, Psicopedagogo de Menores y Profesor Universitario. Fuente: Catholic net

jueves, 3 de octubre de 2013

¿CÓMO ERES COMO HIJO?



Volvemos a colocar este video por los lectores
que no lo vieron y escucharon anteriormente. 
Y quienes lo conocen, vale la pena recordarlo.
Es importante poner atención a la letra:




sábado, 30 de octubre de 2010

RECORDANDO A LOS PADRES Y ABUELOS YA IDOS: CUATRO CANCIONES (y UNA MILONGA AGREGADA)

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MI PADRE Y MI CASA. Canta Juan Salvador.


MAMÁ VIEJA: Cantan los Visconti.


HOY COMÍ CON EL ABUELO. Canta Juan Salvador.


EL ABUELO. Canta Alberto Cortés.

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Agregamos esta bella milonga que nos envían:


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viernes, 29 de octubre de 2010

PARA LOS QUE SE FUERON...EL MEJOR DE LOS RECUERDOS


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Dios conoce el corazón del ser humano, sabe de ese sufrir originado por "esa partida". El ha de poner en nuestro corazón el consuelo sobrenatural.
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Dentro de unos días conmemoraremos a los fieles difuntos, a nuestros seres queridos que se han ido.

Qué gratificante y consolador es poder pensar, por el don de la fe y la virtud de la esperanza, que aunque ya no estén a nuestro lado los seres queridos, esperamos que ellos vivan ya con su propia identidad en la presencia de Dios y abogen por nosotros.

A ellos podemos acudir en nuestras dificultades para que por su intercesión logremos y alcancemos la paz en las angustias o penas por las que frecuentemente tenemos que atravesar en esta vida.

Por esto y por muchas cosa más es que la religión católica es tan completa y hermosa. Nada de lo que hay en el corazón del hombre deja Dios sin satisfacer.

El mayor de los anhelos de la humanidad es no morir. Permanecer siempre, ser inmortal. Y esto es lo que Cristo nos promete cuando nos dice: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, el que cree en mi, vivirá para siempre".

Cristo pasó por la muerte. Murió, pero resucitó.. Vencedor de la muerte, soberano de la Vida. Creer en la resurrección de los muertos ha sido, desde sus comienzos, un elemento esencial de la Fe cristiana. No hay reencarnación. Tenemos una sola vida desde nuestra concepción hasta siempre. "La resurrección de los muertos es la esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella" ( Tertuliano. 1-1).

Según la vida va pasando, los seres que amamos van partiendo.... algún día sabemos que nos tocará a nosotros. Como los árboles que en el otoño dejan caer sus hojas, así de los troncos familiares y sus ramas las personas se van. Ya no están con nosotros, los abuelos, los tíos, los padres, el esposo o la esposa, a veces algún retoño fresco y nuevo también le toca irse...tal vez es entonces cuando más duele, cuando más difícil es la disponibilidad para la aceptación.

Dios conoce el corazón del ser humano, sabe de ese sufrir originado por "esa partida", a veces sorpresiva y si tomando ese dolor se lo entregamos, El ha de poner en nuestro corazón el consuelo sobrenatural, pues de no ser así, hay separaciones tan dolorosas que humanamente no serían soportables.

Un día de noviembre, un día triste y gris, lleno del vacío que dejan los seres queridos cuando se van, leí algo que trajo a mi alma consuelo profundo e inolvidable.

Decía así: "No es que se han muerto, se fueron antes... Lloras a tus muertos con un desconsuelo tal que pareciera que tu eres eterno. Tu impaciencia se agita como loba hambrienta, ansiosa de devorar enigmas. ¿Pues no has de morir tú un poco después y no has de saber por fuerza la clave de todos los problemas que acaso es de una diáfana y deslumbradora sencillez? Déjalos siquiera que sacudan el polvo del camino. Déjalos siquiera que restañen en el regazo del Padre las heridas de los pies andariegos. Déjalos siquiera que apacienten sus ojos en las verdes praderas de la paz... El tren aguarda, ¿por qué mejor no preparas tu alma como si fuese tu equipaje?

Esta será más práctica y eficaz tarea: estar en gracia, siempre preparada el alma. El ver a tus muertos es de tal manera cercano e inevitable, que no debes alterar con la menor festinación las pocas horas de tu reposo. Ellos en un concepto cabal del tiempo, cuyas barreras transpusieron de un solo ímpetu, también te aguardan. Tomaron únicamente uno de los trenes anteriores.... No es que se hayan muerto: se fueron antes"

Se fueron antes y nos dejaron el vacío profundo y doloroso de su partida pero al mismo tiempo la inexorable verdad de que un día también nosotros partiremos y de esa partida lo único y más importante es la imagen que dejaremos a los que se quedan, el recuerdo del testimonio que dimos de nuestro paso por esta vida, de nuestra ternura, de nuestra comprensión, de nuestro amor...

De eso, solamente de eso es de lo que nos debemos de preocupar: del ejemplo de amor a Dios, de honestidad, de misericordia y bondad que dejaremos como el mejor de los recuerdos.

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Autora: Ma Esther de Ariño
Fuente: Catholic.net. Arr. Catolicidad.
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