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jueves, 18 de diciembre de 2025

LA MACARENA por el P. Ramón Cué



La Virgen lloraba inconsolable la pasión de Jesucristo. Las lágrimas no dejaban de salir de sus ojos cuajados. Y ella estaba así, con su pañuelo blanco en sus manos, y su boca entreabierta llorando y llorando.

Era la Virgen de los Dolores. La que llora en todas las iglesias del mundo.

Y Sevilla la vio, y le dolió el alma, y se le saltaron las lágrimas, y la quiso consolar.

Se acercó a Ella, la miró, y viéndola llorar tan bonita, por consolarla le echó un piropo; un piropo con lágrimas:

-“¡Olé, las mujeres bonitas!”

Y la Virgen, al oírlo, levantó los ojos y sonrió. ¡Y apareció la Macarena! La única Virgen que llora y que ríe al mismo tiempo. La que llora por su Hijo, y la que sonríe por el piropo amoroso de Sevilla.

¡Qué bonita está la Macarena cuando llora! ¡Qué dolorida está la Macarena cuando ríe!

Y éste es el misterio de su atracción. ¿Por qué es más bonita, porque llora o porque ríe?
.
¡Porque llora y ríe al mismo tiempo!
.
Para que pueda rimar
con tu nombre, Macarena,
tengo una palabra “pena”
amarga como la mar,
y tengo el dulce cantar
de un arcángel: “gratia plena”…
para que pueda rimar
con tu nombre, Macarena…
la pena con tu dolor.
Que eres Madre Dolorosa;
y la gracia, por ser rosa
del amor.
Y uniendo gracia con pena
va el broche de tu sonrisa…
ya está la rima precisa
de tu nombre, Macarena

viernes, 10 de abril de 2020

VÍA CRUCIS (Meditaciones del P. Ramón Cué, S.J.)


El Vía crucis de todos los hombres
(extracto).

I- Jesús es condenado a muerte.
Gracias, Señor, por tu condena a muerte. Has querido pasar para siempre a la historia con “antecedentes penales”. En los archivos de la justicia humana tienes una ficha irredimible: reo de muerte. Y por esa ficha tuya, infamante e injusta, son quemadas para siempre nuestras justas fichas de merecida y culpable condenación; son destruidos los archivos de nuestras comprobadas injusticias personales y se nos concede un edicto plenario de absolución. Por tu condena a muerte, gracias, Señor.

‐Se dice al terminar cada estación:

‐Adorámoste Cristo y te bendecimos que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén.

‐Se reza un Padrenuestro, una Avemaría y un Gloria.

II- Jesús carga con la cruz.
Cristo no estrenó ninguna cruz. Es absurdo imaginar que los soldados acudieran a un bosque próximo a escoger y talar un árbol con cuyo tronco preparar una cruz nueva para Cristo. No era hora de labrar cruces nuevas, sino de aprovechar las existentes, y que por eso vienen con restos de sangre seca del último crucificado, incrustada en las rugosidades de sus nudos. Precisamente éso era lo que buscaba Cristo: solidarizarse con las cruces, ya en uso, de sus hermanos los hombres. No estrenó una cruz flamante para él. Un modelo especial. Quería nuestra cruz, ya usada por nosotros, para hacerla suya… Quería una cruz transida y mojada por el sudor, la sangre y el llanto de otros hombres. Una cruz que se había estremecido ya en el aire con los estertores de los moribundos y así derrotar definitivamente entre sus brazos a la muerte.

III- Jesús cae por primera vez.
Cristo sigue cayendo y cayendo en las calles de nuestra vida. En las esquinas, en las aceras, en los cruces de caminos, en las cunetas de nuestra existencia, hay hermanos caídos en la tierra y aplastados por su cruz.

IV- Jesús encuentra a su Madre.
El que multiplicó los panes y los peces, el que caminó sobre el oleaje enfebrecido, el que resucitó a los muertos y expulsó con el látigo a los mercaderes del templo, no tiene ahora fuerzas ni para llevar, como un hombre, el peso de su cruz. Y ahora ha rodado por el suelo aplastado por ella. Pero en frente de ti, cerca, en esa esquina, ahí te esperan bien abiertos, unos ojos a los que puedes asirte fuerte y firmemente, para levantarte y ponerte de pie. Míralos: los ojos de María, tu Madre. Ahí la tienes, puntual; justo después de tu caída. Es una cita a la que no fallan jamás las madres. Ellas se las arreglan para estar siempre junto a sus hijos derribados. Dios conceda a todos los hombres una mujer así -madre, esposa, hermana o hija-, en las esquinas dolorosas de su Vía Crucis. Una mujer que se parezca a María, la Madre de Jesús.

V-El Cireneo carga con la cruz de Cristo.
Si quieres llevar mejor tu cruz, carga al mismo tiempo la de otro. En la ciencia cristiana, una cruz sola pesa más que dos: si sumas cruces, restas peso. Si tratas de restar en tu egoísmo, sumas y multiplicas tu propia cruz. Cuando encima de la tuya cargas con la de tu hermano, la propia se aligera, se alegra, le nacen alas…. Si te centras en tu cruz personal, tú solo, al margen de todo y de todos, te pesará más, hasta convertirse en una obsesión que te aplaste. ¿Por qué no haces de Cireneo de tu hermano? Verás cómo cambia todo radicalmente.

VI- La Verónica limpia el rostro de Jesús.
La Verónica, compadecida, desafiando a la autoridad y al orden público, enjuga el rostro desfigurado y sangrante de Cristo. Por ser la única persona que se había atrevido públicamente a dar por El la cara, en recompensa Cristo le da también la suya. Por desgracia, ha aparecido hoy otra versión, diametralmente opuesta, de la Verónica. Verónicas al revés. Van por los caminos de la vida buscando caras maltrechas, sangrantes y desfiguradas de los hombres. Pero no para enjugar el llanto, restañar la sangre y limpiar el polvo y la saliva, devolviéndoles así un rostro sano, limpio y bello. Al revés. Se dedican a hurgar en todos los basurales de la sociedad, a revolver las aguas corrompidas de todas las cloacas, para entresacar con gancho afilado de curiosidad malsana, todos los chismes groseros, todos los cuentos denigrantes, todas las calumnias putrefactas. Verónicas al revés, que afirman conmoverse y llorar ante el rostro sangrante de Cristo y que no tienen empacho en herir y ensangrentar la cara de Cristo en sus hermanos.

VII- Jesús cae por segunda vez.
Lo más pavoroso y desolador en el hombre caído debe ser, Señor, sentirse solo y saberse solo en su caída; solo y desasistido en su debilidad; solo y abandonado en su culpabilidad. La más trágica soledad debe ser la del hombre y su pecado, en el desierto absoluto de su impotencia. Pero desde que Tú caíste, Señor, nadie puede sentirse solo en su caída y su pecado. Tus caídas suavizan y ablandan nuestras piedras, alfombran nuestros caminos, acolchan cariñosamente nuestros golpes y tropezones. Nadie cae solo. Nadie peca solo. Ya estaba allí Cristo, caído en tierra para amortiguar el golpe. Para recoger nuestra debilidad en su fortaleza. Para darnos su mano y ponernos de pie.

VIII- Jesús habla a las hijas de Jerusalén.
Jesús dice a las mujeres: "Si al árbol verde lo tratan de esta manera, ¿en el seco qué se hará?" Toma Señor, nuestra leña seca, amontónala sobre tu tronco verde y que el fuego redentor de esa hoguera ilumine, purifique y redima al mundo. Ahí está nuestra leña seca: préndele fuego. Y abrasa al mundo en tu amor.

IX- Jesús cae por tercera vez.
No hay peor pecado que el de soberbia, ni más peligrosa caída que la del orgullo. La caída del soberbio no se ve. No cae hacia abajo, manchándose su carne con polvo y barro. El soberbio cae hacia arriba, tratando de usurparle a Dios el sitio. En la caída hacia arriba el abismo es tan profundo que a veces no se toca fondo; crece nuestro orgullo y se refina nuestra soberbia, más ciega cada vez. En la caída hacia abajo, por alta que sea pronto se toca tierra, y se palpa en el choque, dolorosamente, la propia debilidad. El golpe contra la tierra despierta nuestra humildad. El hombre que cae hacia abajo se descalabra, y, humillado, puede volver a levantarse. Dios le hecha una mano. Gracias, Señor, por nuestras caídas. Con polvo, con sangre, con roturas y descalabros aprendemos nuestra medida exacta, nuestra pequeñez y debilidad.

X- Jesús es despojado de sus vestidos.
Es lógico que a nuestros crucifijos, les ciñamos la cintura con un paño. Por respeto, por pudor, por cariño. Pero, sinceramente, ese paño...... se lo ponemos a Cristo ¿por Él o por nosotros? ¿Por piedad, pensando en Jesús, o por cómoda tranquilidad para evitar que sufran nuestros ojos y se perturbe nuestra sensibilidad? Este viejo y egoísta recurso lo aplicamos continua y sistemáticamente en nuestra vida: no ver ni oír nada que pueda hacernos sufrir; nada que hiera nuestros ojos ni comprometa nuestro corazón. Y así nos pasamos la vida poniendo paños y vendas sobre las penas, los dolores, las tristezas y las injusticias que padecen nuestros hermanos. Tapamos con paños los dolores ajenos como cubrimos, Señor, con velos, tu cintura en tus imágenes. El caso es no ver, no enterarse, no sufrir. Pero en este juego peligroso y egoísta de velos y paños, hay cristianos que deciden ponerse las vendas ellos mismos sobre sus propios ojos, taponándose herméticamente los oídos y acorazarse el corazón con una armadura blindada: llevan el corazón blindado a prueba de sufrimientos ajenos.

XI-Jesús es clavado en la cruz.
El Emperador Constantino hace 1600 años publicó una ley aboliendo para siempre el suplicio de la cruz. Fue un homenaje a tu Persona, Señor, y un desagravio de la misma Roma que, cuatro siglos antes, te había ejecutado con el suplicio más infame. Pero el decreto de Constantino ha sido completamente inútil. La cruz no ha podido, ni podrá nunca, ser abolida. A todos nos busca y nos persigue. Y tarde o temprano, en todas partes, en vida o en muerte, todos acabamos crucificados. A la corta o a la larga, a todos nos aguarda la cruz. En nuestra vida todos repetimos esta Undécima Estación del Via Crucis. Enséñame, Señor, a transformar mi cruz en sonrisa y gloria entre mis labios, aunque sepa a hiel y vinagre.

XII- Jesús muere en la cruz.
El Viernes Santo en el Calvario, a las tres de la tarde, no murió Cristo solamente con una muerte individual y personal. También nosotros moríamos a la misma hora. En su naturaleza humana estabamos presentes todos los hombres; sobre sus espaldas gravitaban todos nuestros pecados. Su Pasión era la consecuencia de haberse responsabilizado ante su Padre de todos nuestros delitos. Por eso también en su muerte moríamos con Él todos los pecadores. Al cargar con nuestros pecados, Cristo cargó también con nuestra muerte, porque pecado y muerte están siempre inseparablemente soldados. Desde que Cristo murió en la cruz ya la muerte es radicalmente distinta.

XIII- Jesús es descolgado de la cruz y puesto en los brazos de su Madre.
Señora de la Piedad, por tu Hijo muerto, concédeles a todas las madres ser siempre playas abiertas para recibir a sus hijos después de las tormentas y los naufragios de sus vidas. Anima, Señora, a los hijos, a regresar a la playa de la madre. En ese regazo pueden recomponerse todas las roturas.
Y si a los hijos, destrozados y malditos por la vida, nos faltara el regazo de una madre, recuérdanos, Señora, que tú eres siempre Madre y que tu regazo es la playa siempre abierta para los restos de nuestro naufragio.

XIV-Jesús es enterrado en un sepulcro.
El Vía Crucis de Cristo no termina en un sepulcro lleno, sino en una tumba vacía. Porque el sepulcro está vacío recorremos y repetimos su Vía Crucis y lo copiamos en nuestra vida, ya que al final nos espera la gloria de la resurrección. Nunca ha habido un sepulcro más vacío: todo, con El ha resucitado: sus Palabras, sus Promesas, sus Parábolas, sus Milagros, sus Bienaventuranzas. Ya tienen respuesta los pecadores, los enfermos, los pobres, los oprimidos, los pacíficos, los misericordiosos, los muertos. Todo ha resucitado en Cristo. Las catorce estaciones del Vía Crucis solamente se comprenden y se aceptan cuando se las ha contemplado desde la altura del Calvario, junto al sepulcro vacío, transfiguradas con la luz nueva del alba que se quiebra con sus temblores pascuales en la mañana de la Resurrección.

lunes, 6 de junio de 2016

LA CRUZ


Si de buena gana llevas la cruz, ella te llevará a ti y te guiará al puerto deseado donde será el fin de todo padecimiento que aquí nunca termina. Si la llevas contra tu voluntad, te echas encima una nueva carga, la haces más pesada y de todos modos, tendrás que cargar con ella. Al rechazar una cruz sin duda encontrarás otra y, tal vez, más pesada.

Se ha perdido una Cruz
por el P. Ramón Cué

¡Atención! Se ha perdido una cruz y no se da con ella, es la de mi Cristo roto. ¿Alguno de vosotros, ha encontrado una cruz? ¿Queréis las señas? ¿El tamaño? No es muy grande, pero es una cruz y no hay cruz pequeña, además es una cruz para Cristo y entonces no hay modo de medirla, con estas señas basta porque en definitiva todas las cruces son iguales.

Perdonad pues mi insistencia, ¿Quién de nosotros no ha encontrado una cruz? Mejor dicho: ¿Quién no tiene una cruz? Es un derecho de propiedad irrenunciable que se está ejerciendo siempre, todos la llevamos. La llevamos encima, a cuestas, aunque no se nos vea, aunque sonriamos.

A veces por oculta, es más pesada. Esta noche al acostarnos, no podremos dejarla colgada en la percha, al levantarnos mañana, no será necesario vestírnosla, saltaremos de la cama con ella ya puesta.

¿Que quién ha encontrado una cruz? Todos… todos, buenos y malos, santos y criminales, sanos y enfermos, ni siquiera respeta a los que parecen desafiar el dolor con las carcajadas y juergas de su vida.

Esa pobre mujer, que repintada y aburrida espera sentada a la barra de la cafetería o arrimada a la esquina estratégica, lleva una pavorosa cruz a cuestas, pesa tanto, que se apoya recostándose en la esquina, es una cruz más pesada de lo que sospechamos y el que se acerca a ella buscando el placer, lo hace por huir de otra cruz. Hablan los dos, regatean, prometen, se arreglan al fin y allá van por la calle adelante, con prisa y con la cruz a cuestas, y cuando regresan, cuando ya han tratado de aplacar su hambre de felicidad, sienten defraudados que ha aumentado su cruz, que es mayor. En ella, asco y envilecimiento, en él, desolación.

Toda ciudad en definitiva es un bosque, una selva, una colmena de cruces, ¿Y sabes amigo por qué a veces nuestra cruz resulta intolerable? ¿Sabes por qué llega a convertirse en desesperación y suicidio? Porque entonces nuestra cruz, es una cruz sola, sin Cristo, solamente se puede tolerar cuando lleva un Cristo entre sus brazos.

Una cruz laica, sin sangre ni amor de Dios, es absurda, no tiene sentido, por eso, se me ocurre una idea: Yo tengo un Cristo sin cruz y tú tienes, tal vez, una cruz sin Cristo. Los dos están incompletos. Mi Cristo no descansa, porque le falta su cruz, tú no resistes tu cruz porque te falta Cristo. ¿Por qué no le das esta noche tu cruz vacía al Cristo? Tú tienes una cruz sola, vacía, helada, negra, sin sentido. Te comprendo, sufrir así es irracional y no me explico ¿Cómo has podido tolerarla tanto tiempo? Tienes el remedio en tus manos… anda, dame esa cruz tuya, dámela, te doy en cambio, este Cristo sin reposo y sin cruz. Tómalo, es tuyo, dale tu cruz, toma mi Cristo; júntalos, clávalos, abrázalos y todo habrá cambiado.

Mi Cristo roto descansa en tu cruz, tu cruz se ablanda con mi Cristo en ella. Hemos encontrado una cruz, la nuestra, que resulta ser la de Cristo...

P. Ramón Cué

viernes, 25 de septiembre de 2009

LA VIRGEN PERDIÓ EL PAÑUELO


Triana es Sevilla; pero es algo más que Sevilla. Sevilla se mira en el río que la ciñe, se refleja en sus aguas: temblorosa y mínima. Este reflejo en el río es Triana. Nace como Venus de las espumas. Por eso está del otro lado del Guadalquivir. Triana es una Sevilla de agua, de reflejos y de aromas sobre el Guadalquivir. Sevilla la guitarra y Triana la canción. Sin el río no existiría Triana. El Guadalquivir es más trianero que sevillano.
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Pero, ¿qué es Triana? ¿Una ciudad, un barrio, un pueblo?
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Nada de eso. Y aquí está su anarquismo inclasificable. Para ser ciudad, le falta algo; para ser pueblo le sobra mucho; para ser barrio, tiene excesiva personalidad que le impide subordinarse a un todo. Y el elemento substancial por excelencia es en Triana la Virgen de la Esperanza. Hay que contar con Ella para todo. Es imprescindible.
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¿Con qué culto honrará Triana a la Esperanza? Aquí la respuesta es única y definitiva: “Sacando la Virgen a la calle”. Éste es el supremo culto que rinde Triana como tal, a la Esperanza. Triana saca la Virgen a la calle para festejar su Asunción. No se trata de un acto penitencial; se trata de felicitar y festejar a la Virgen.
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Pero resultó que La Virgen, a su paso por las calles, perdió el pañuelo. Y de estos detalles exquisitos vive la sensibilidad de Triana, que donde otros no ven sino una casualidad ella adivina una voluntad libre que se decide y obra personalmente.
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En otras latitudes se diría, a lo más: “se cayó el pañuelo que llevaba la Virgen”. En Triana se dice: “La Virgen no quiere llevar hoy pañuelo”. Porque el caso fue que al salir de noche, advertimos que se había caído el pañuelito blanco que llevaba en su mano derecha.
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Se comentó mucho el caso: que la Virgen estaba muy contenta, que la Virgen ya no quería llorar más y que por eso tiraba el pañuelo.
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Todo acabo cuando Fernando se subió al “paso” y le volvió a colocar el pañuelo en su mano.
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Alguien insistía convencido, tirándole de la chaqueta: “Déjalo, niño, que la Esperanza no quiere hoy pañuelo; ¡te lo digo yo!”
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Fernando no le hizo caso y volvió a salir la Virgen con su pañuelo como si llevara desmayada en su mano una paloma blanca.
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Pero esta mañana, cuando íbamos a desembocar en la calle Betis, alguien dio otra vez el grito de alarma: “¡La Virgen volvió a perder el pañuelo!”
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Y era cierto; los bien torneados dedos de la Esperanza llevaban, en lugar del pañuelo, un rayo de sol y un puñadito de brisa trianera.
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Aquello ya no parecía casualidad.
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Quisieron parar la Virgen y ponérselo de nuevo. Pero entonces ya insistí yo:
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¡Déjalo, Triana, la Virgen
No quiere pañuelo ya!
Se le cayó ayer de noche
y hoy también de “madrugá”.

-Pero, ¿no ves cómo llora?
-¡Llora de felicidad!
Y las lágrimas de gozo
que ni tienen hiel ni sal
ni se enjugan ni se limpian,
¡ésas se dejan rodar
bonitas como la lluvia
de mayo sobre el cristal!

La Virgen llora de gozo,
¡Mira que bonita va!
Y toda Triana al volverse
se contagia y llora igual...
Nadie se seca las lágrimas,
son de gozo, ¡qué más da!
Los pañuelos han huido
-gaviotas blancas- al mar...
Han ido a limpiar las lágrimas
de Cádiz, que llora sal.

El pañuelo de la Virgen
ha volado; ¿dónde está?
Se le cayó ayer de noche
y hoy también de "madrugá".

No lo busques; no lo encuentras.
¡Ella lo saldrá a buscar
por el barrio el Viernes Santo
llorando, de "madrugá"!
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Padre Ramón Cué S.J.
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Río Guadalquivir

Salve Marinera a la Virgen de la Esperanza de Triana, haz click:


Temas relacionados. La Virgen de la Macarena, también de Sevilla: LA VIRGEN QUE LLORA Y RIE y LA "ALTERNATIVA" DE DIMAS

Ver comentarios abajo:

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domingo, 30 de agosto de 2009

MI CRISTO ROTO (AUDIO Y TEXTO)



A continuación ponemos a disposición de nuestros lectores, la grabación original de la obra del padre Ramón Cué S. J, en la voz de su autor.
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Sin ninguna duda es la mejor versión de esta obra. Te invitamos a escucharla con frecuencia, pues cada vez que se oye se alcanzan nuevas y profundas consideraciones.
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Se colocan los cuatro temas que componen a Mi Cristo Roto. Ocasionalmente llega a tardar un rato antes de reproducirse la grabación.
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Abajo publicamos, en texto, un buen resumen.






Compraventa de Cristos

A mi Cristo roto lo encontré en Sevilla. Dentro del arte me subyuga el tema de Cristo en la cruz. Se llevan mi preferencia los cristos barrocos españoles. La última vez, fui en compañía de un buen amigo mío. Al Cristo, ¡Qué elección! Se le puede encontrar entre tuercas y clavos, chatarra oxidada, ropa vieja, zapatos, libros, muñecas rotas o litografías románticas. La cosa, es saber buscarlo. Porque Cristo anda y está entre todas las cosas de este revuelto e inverosímil rastro que es la Vida.

Pero aquella mañana nos aventuramos por la casa del artista, es más fácil encontrar ahí al Cristo, ¡Pero mucho más caro!, es zona ya de anticuarios. Es el Cristo con impuesto de lujo, el Cristo que han enriquecido los turistas, porque desde que se intensificó el turismo, también Cristo es más caro.

Visitamos únicamente dos o tres tiendas y andábamos por la tercera o cuarta.

- Ehhmm ¿Quiere algo padre?

- Dar una vuelta nada más por la tienda, mirar, ver.

De pronto… frente a mí, acostado sobre una mesa, vi un Cristo sin cruz, iba a lanzarme sobre él, pero frené mis ímpetus. Miré al Cristo de reojo, me conquistó desde el primer instante. Claro que no era precisamente lo que yo buscaba, era un Cristo roto. Pero esta misma circunstancia, me encadenó a Él, no sé por qué. Fingí interés primero por los objetos que me rodeaban hasta que mis manos se apoderaron del Cristo, ¡Dominé mis dedos para no acariciarlo! No me habían engañado los ojos… no. Debió ser un

Cristo muy bello, era un impresionante despojo mutilado. Por supuesto, no tenía cruz, le faltaba media pierna, un brazo entero, y aunque conservaba la cabeza, había perdido la cara.

Se acercó el anticuario, tomó el Cristo roto en sus manos y…

- Ohhh, es una magnífica pieza, se ve que tiene usted gusto padre, fíjese que espléndida talla, qué buena factura…

- ¡Pero… está tan rota, tan mutilada!

- No tiene importancia padre, aquí al lado hay un magnífico restaurador, amigo mío y se lo va a dejar a usted, ¡Nuevo!

Volvió a ponderarlo, a alabarlo, lo acariciaba entre sus manos, pero… no acariciaba al Cristo, acariciaba la mercancía que se le iba a convertir en dinero.

Insistí, dudó, hizo una pausa, miró por última vez al Cristo fingiendo que le costaba separarse de Él y me lo alargó en un arranque de generosidad ficticia, diciéndome resignado y dolorido:

- Tenga padre, lléveselo, por ser para usted y conste que no gano nada 3000 pesetas nada más, ¡Se lleva usted una joya!

El vendedor exaltaba las cualidades para mantener el precio. Yo, sacerdote, le mermaba méritos para rebajarlo… Me estremecí de pronto. ¡Disputábamos el precio de Cristo, como si fuera una simple mercancía! Y me acordé de Judas… ¿No era aquella también una compraventa de Cristo? ¡Pero cuántas veces vendemos y compramos a Cristo, no de madera, de carne, en él y en nuestros prójimos! Nuestra vida es muchas veces una compraventa de cristos.

Bien… cedimos los dos… lo rebajó a 800 pesetas. Antes de despedirme, le pregunté si sabía la procedencia del Cristo y la razón de aquellas terribles mutilaciones. En información vaga e incompleta me dijo que creía procedía de la sierra de Arasena, y que las mutilaciones se debían a una profanación en tiempo de guerra.

Apreté a mi Cristo con cariño… y salí con Él a la calle. Al fin, ya de noche, cerré la puerta de mi habitación y me encontré solo, cara a cara con mi Cristo. Qué ensangrentado despojo mutilado, viéndolo así me decidí a preguntarle:

- Cristo, ¡¿Quién fue el que se atrevió contigo?! ¡¿No le temblaron las manos cuando astilló las tuyas arrancándote de la cruz?! ¿Vive todavía? ¿Dónde? ¿Qué haría hoy si te viera en mis manos? …¿Se arrepintió?

– ¡CÁLLATE!— me cortó una voz tajante.

- ¡CÁLLATE, preguntas demasiado! ¡¿Crees que tengo un corazón tan pequeño y mezquino como el tuyo?!

¡CÁLLATE! No me preguntes ni pienses más en el que me mutiló, déjalo, ¿Qué sabes tú? ¡Respétalo!, Yo ya lo perdoné. Yo me olvidé instantáneamente y para siempre de sus pecados. Cuando un hombre se arrepiente, Yo perdono de una vez, no por mezquinas entregas como vosotros.

- ¡CÁLLATE! ¿Por qué ante mis miembros rotos, no se te ocurre recordar a seres que ofenden, hieren, explotan y mutilan a sus hermanos los hombres? ¿Qué es mayor pecado? Mutilar una imagen de madera o mutilar una imagen mía viva, de carne, en la que palpito Yo por la gracia del bautismo. ¡Ohh hipócritas! Os rasgáis las vestiduras ante el recuerdo del que mutiló mi imagen de madera, mientras le estrecháis la mano o le rendís honores al que mutila física o moralmente a los cristos vivos que son sus hermanos.

Yo contesté: “No puedo verte así, destrozado, aunque el restaurador me cobre lo que quiera ¡Todo te lo mereces! Me duele verte así. Mañana mismo te llevaré al taller.

¿Verdad que apruebas mi plan? ¿Verdad que te gusta?”

- ¡NO, NO ME GUSTA!— Contestó el Cristo, seca y duramente.

- ¡ERES IGUAL QUE TODOS Y HABLAS DEMASIADO!

Hubo una pausa de silencio. Una orden, tajante como un rayo, vino a decapitar el silencio angustioso:

- ¡NO ME RESTAURES, TE LO PROHIBO! ¡¿LO OYES?!

- Si Señor, te lo prometo, no te restauraré.

- Gracias— me contestó el Cristo. Su tono volvió a darme confianza.

- ¿Por qué no quieres que te restaure? No te comprendo. ¿No comprendes Señor, que va a ser para mí un continuo dolor cada vez que te mire roto y mutilado? ¿No comprendes que me duele?

- Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no tienen posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los caminos. Sin cara, porque les han quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven la espalda. ¡No me restaures, a ver si viéndome así, te acuerdas de ellos y te duele, a ver si así, roto y mutilado te sirvo de clave para el dolor de los demás! Muchos cristianos se vuelven en devoción, en besos, en luces, en flores sobre un Cristo bello, y se olvidan de sus hermanos los hombres, cristos feos, rotos y sufrientes.

Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando un Cristo bello, obra de arte, mientras ofenden al pequeño Cristo de carne, que es su hermano. ¡Esos besos me repugnan, me dan asco!, Los tolero forzado en mis pies de imagen tallada en madera, pero me hieren el corazón. ¡Tenéis demasiados cristos bellos! Demasiadas obras de arte de mi imagen crucificada. Y estáis en peligro de quedaros en la obra de arte.

Un Cristo bello puede ser un peligroso refugio donde esconderse en la huida del dolor ajeno, tranquilizando al mismo tiempo la conciencia, en un falso cristianismo. Por eso

¡Debieran tener más cristos rotos, uno a la entrada de cada iglesia, que gritara siempre con sus miembros partidos y su cara sin forma, el dolor y la tragedia de mi segunda pasión, en mis hermanos los hombres! Por eso te lo suplico, no me restaures, déjame roto junto a ti, aunque amargue un poco tu vida.

- Si Señor, te lo prometo— contesté. Y un beso sobre su único pie astillado, fue la firma de mi promesa. Desde hoy… viviré con un Cristo roto.

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Dios tiene mano izquierda


La misma tarde que compré mi Cristo, le pregunté al anticuario dónde estaría el brazo derecho.


- ¡Oh, imposible encontrarlo! –me contestó— Y no crea usted que no revolvimos ya todo el pajar en donde estaba tirada la imagen mutilada. Encontramos, eso sí, la pierna izquierda y se la pegamos pero de la mano derecha ¡Ni rastro!


El anticuario no sabía Señor por dónde andaba tu mano derecha, pero Tú, Tú sí que lo sabes, la estás desclavando continuamente y se te escapa siempre. No, no me extraña que no la tengas, anda por ahí, invisible pero eficaz.


¡¿Quién no siente de vez en cuando, el suave roce de la mano llagada de Cristo?! Esa mano invisible que, sin llamar a la puerta, se mete en todas partes; en el hospital, en el lecho de muerte, en la oficina, en el despacho, en la fábrica, en el cine, en el teatro. Se cuela de puntillas como una ráfaga luminosa y musical. No podemos dar un paso por la vida sin tropezar con la mano de Dios. Pero tú, Cristo mío roto, sólo tienes mano izquierda.


Y me imaginé que decía, después de sentir que mi Cristo sonreía silencioso: “Qué poco y mal me conocéis, ¿Qué sería de vosotros los hombres si yo no tuviera mano izquierda?, La tengo, pero no para evitar que me crucifiquen, sino para conseguir que mi padre no os condene, Yo no uso mi mano izquierda para salvarme de la cruz, sino para salvaros del infierno, ¿Lo comprendes ahora?”


Toda la aventura trágica y divina de nuestra vida, está en dejarnos guiar por las manos de Dios. Pero hay en nosotros un elemento difícil, esquivo, peligroso: la libertad. Y Dios la respeta misteriosamente, infinitamente.


Para conquistarnos dispone Dios de dos manos, la derecha y la izquierda que representan dos técnicas y dos tácticas. La mano derecha es clara, abierta, transparente, luminosa. La mano izquierda busca atajos, da rodeos, es cálculo, diplomacia, no tiene prisa, si es necesario actúa a distancia y finge la voz, pero aunque izquierda no es maquiavélica ni traidora, porque la mueve el amor.


Para cada alma Dios tiene dos manos, pero las emplea de modo distinto porque todas las almas son diferentes. Con la derecha, como a palomas blancas o a ovejas dóciles,


Dios guiaba a Juan Evangelista, a Francisco de Asís, a Juan de la Cruz, a Francisco Javier, a las dos Teresas...


Para conquistar a Pedro, a Pablo, a Magdalena, a Agustín, a Ignacio de Loyola, Dios tuvo que emplear la izquierda. Ante la mano derecha, se rebelan, entonces entra en juego la izquierda, busca un disfraz y se trueca en rayo, en bala, trata de ser freno que nos detenga, quiere alzarnos del barro en que caímos, se nos mete en el pecho para ver si logra ablandar nuestros corazones. Sus recursos son infinitos, hoy la disimula con modernos y actuales disfraces, es el ser más actual...


¡Se rompe una presa que arrastra mis fincas! Tengo un descuido inexplicable en el trabajo, y la máquina me siega un brazo. Íbamos en coche a 100 por hora, nos salió inesperadamente un camión, murieron en el acto mi mujer y un hijo, y quedé solo en la vida. Jamás he tenido una enfermedad, pero me dice el médico que tengo algo incurable...


Ante la mano izquierda de Dios, la primera reacción es un grito de rebeldía y desesperación, olvidamos la presa, el coche, el traidor, la muerte, porque adivinamos que ellos no tienen en definitiva la culpa, presentimos a Dios como responsable de ese dolor, que por ser tan terriblemente profundo, no puede venir de las criaturas y lógicamente nos encaramos a Dios. ¡Le gritamos, le emplazamos, le protestamos, le exigimos, le desafiamos, le condenamos! “¡PADRE…! ¡SI FUERAS PADRE, NO ME TRATARÍAS ASÍ!” Gritamos, protestamos, nos rebelamos y luego… nos quedamos solos.


Y vienen las primeras lágrimas nerviosas y quemantes, y sin darnos cuenta, la primera oración. Volvemos a protestar contra Dios, contra nuestra primera oración... Sucede el cansancio, las lágrimas ya son más serenas, ya rezamos sin protestar, tenemos ganas de besar algo, ¿Qué? Oh sí, eso, ya lo encontramos, un crucifijo, y con un beso le decimos a Dios, que está bien lo que Él disponga...


Terrible, violenta, dura, implacable, pero bendita mano izquierda de Dios. Se formulan absurdas expresiones: “Bendita presa que se rompió, arrasó mi fábrica, pero me acercó a Dios, yo andaba muy lejos de Él”.


Cristo mío roto, te lo digo en nombre mío y de todos, porque todos somos valientes para pedírtelo desde ahora: Señor, si no basta para salvarnos la ternura de tu mano derecha, desclava tu izquierda, disfrázala de lo que quieras: fracaso, calumnia, ruina, accidente, muerte. Cristo, que seamos hijos de tu mano, de tu derecha o de tu izquierda.


A la cabecera de tu cama, amigo, o en tu mesita de noche, tienes un Cristo clavado en la cruz, ¿Por qué esta noche, antes de acostarte, no le besas la mano izquierda? Dios sabrá compensarte ese gesto de valor y resignación cristiana.

Se ha perdido una Cruz


¡Atención! Se ha perdido una cruz y no se da con ella, es la de mi Cristo roto. ¿Alguno de vosotros, ha encontrado una cruz? ¿Queréis las señas? ¿El tamaño? No es muy grande, pero es una cruz y no hay cruz pequeña, además es una cruz para Cristo y entonces no hay modo de medirla, con estas señas basta porque en definitiva todas las cruces son iguales.


Perdonad pues mi insistencia, ¿Quién de nosotros no ha encontrado una cruz? Mejor dicho: ¿Quién no tiene una cruz? Es un derecho de propiedad irrenunciable que se está ejerciendo siempre, todos la llevamos. La llevamos encima, a cuestas, aunque no se nos vea, aunque sonriamos.


A veces por oculta, es más pesada. Esta noche al acostarnos, no podremos dejarla colgada en la percha, al levantarnos mañana, no será necesario vestírnosla, saltaremos de la cama con ella ya puesta.


¿Que quién ha encontrado una cruz? Todos… todos, buenos y malos, santos y criminales, sanos y enfermos, ni siquiera respeta a los que parecen desafiar el dolor con las carcajadas y juergas de su vida.


Esa pobre mujer, que repintada y aburrida espera sentada a la barra de la cafetería o arrimada a la esquina estratégica, lleva una pavorosa cruz a cuestas, pesa tanto, que se apoya recostándose en la esquina, es una cruz más pesada de lo que sospechamos y el que se acerca a ella buscando el placer, lo hace por huir de otra cruz. Hablan los dos, regatean, prometen, se arreglan al fin y allá van por la calle adelante, con prisa y con la cruz a cuestas, y cuando regresan, cuando ya han tratado de aplacar su hambre de felicidad, sienten defraudados que ha aumentado su cruz, que es mayor. En ella, asco y envilecimiento, en él, desolación.


Toda ciudad en definitiva es un bosque, una selva, una colmena de cruces, ¿Y sabes amigo por qué a veces nuestra cruz resulta intolerable? ¿Sabes por qué llega a convertirse en desesperación y suicidio? Porque entonces nuestra cruz, es una cruz sola, sin Cristo, solamente se puede tolerar cuando lleva un Cristo entre sus brazos.


Una cruz laica, sin sangre ni amor de Dios, es absurda, no tiene sentido, por eso, se me ocurre una idea: Yo tengo un Cristo sin cruz y tú tienes, tal vez, una cruz sin Cristo. Los dos están incompletos. Mi Cristo no descansa, porque le falta su cruz, tú no resistes tu cruz porque te falta Cristo. ¿Por qué no le das esta noche tu cruz vacía al Cristo? Tú tienes una cruz sola, vacía, helada, negra, sin sentido. Te comprendo, sufrir así es irracional y no me explico ¿Cómo has podido tolerarla tanto tiempo? Tienes el remedio en tus manos… anda, dame esa cruz tuya, dámela, te doy en cambio, este Cristo sin reposo y sin cruz. Tómalo, es tuyo, dale tu cruz, toma mi Cristo; júntalos, clávalos, abrázalos y todo habrá cambiado.


Mi Cristo roto descansa en tu cruz, tu cruz se ablanda con mi Cristo en ella. Hemos encontrado una cruz, la nuestra, que resulta ser la de Cristo...


¡¿Quién te partió la cara?!

Cristo, yo había oído muchas veces esta amenaza en labios trémulos por el odio:

“¡MIRA QUE TE PARTO LA CARA!” Y siempre pensé que todo suele quedar en un puñetazo, un bofetón, una cuchillada en la mejilla. Sólo en Ti se ha cumplido literalmente la brutal amenaza, te han partido la cara de un solo tajo.

Yo se la hubiera restaurado, pero Él me lo prohibió. Por eso me dedico en un juego de fantasía y cariño, a restaurársela idealmente, colocando sobre su cabeza sin facciones, las caras que para mi Cristo, ha soñado el arte universal. Consumo en este juego, museos, colecciones, galerías, catedrales, pinacotecas. Todo va pasando por el tajo de su cara en un desfile lento, y me siento Velázquez o Juan de Meza, con un patetismo barroco, o Montañés con olímpica belleza, o Leonardo, de infinita tristeza.

Pero desde hace unos días, he tenido que renunciar también al consuelo de este juego, ¡el Cristo roto es terrible en su exigencia!, no concibe treguas, y me lo ha prohibido también. Yo creí al principio que le gustaba, al menos lo toleraba silencioso, hasta que un día me interrumpió severamente:

- ¡BASTA! No me pongas ya más caras, he tolerado tu juego demasiado tiempo. ¿No acabas de comprenderlo? No me pongas más esas caras que pides de limosna, al arte de los hombres. ¡Quiero estar así, sin cara! Prometiste que jamás me restaurarías… a no ser, que quieras ensayar otro juego, ponerme otras caras. Esas… sí las aceptaré.

- ¿Cuáles Señor? Te las pondré enseguida. Dime qué caras y te las pongo.

- Temo que no lo entiendas, incluso que te escandalices como los fariseos... Me refiero a otros rostros, pero reales, no fingidos como los que inventabas, y que son también míos, como el que me cortaron de un tajo.

- Ahh, ya creo adivinar Señor, te refieres a las caras de los santos, de los apóstoles, de los mártires…

- Esas caras en verdad, son mías. Nadie me las niega ni me las regatea. Pero yo quiero otras, las reclamo, muy pocos se atreverían a ponérselas, Yo sí.

Hizo un descanso, como para tomar fuerzas. Respiró profundamente. Yo estaba asustado, tenía miedo, pero no había remedio. Entonces me dijo:

- Oye, ¿No tienes por ahí un retrato de tu enemigo? De ese que te tiene envidia y que no te deja vivir; del que interpreta mal por sistema todas tus cosas, del que siempre va hablando mal de ti, del que te arruinó, del que dio malos y decisivos informes sobre ti, del traidor que te puso una zancadilla, del que logró echarte del puesto que tenías, del que te denunció, del que te metió en la cárcel...

- Cristo, ¡no sigas!

- Es demasiado, ¿Verdad?

- Es inhumano, es absurdo…

- ¿Te has fijado bien en la cara de los leprosos, de los anormales, de los idiotizados, de los mendigos sucios, de los imbéciles, de los locos...?

- ¿Y...? ¿Y me vas a decir Cristo, que esas caras son tuyas y… y que te las ponga? No, no, imposible.

- ¡Espera! no acabo aún... Toma bien nota de esta última lista y no olvides ningún rostro: Tienes que ponerme la cara del blasfemo, del suicida, del degenerado, del ladrón, del borracho, del asesino, del criminal, del traidor, del vicioso. ¿No has oído?

¡Necesito que pongas todos esos rostros sobre el mío!

- …No, no Señor… -contesté— ¡No entiendo nada! ¿Todos esos rostros miserables y corruptos sobre el tuyo, sagrado y divino?

- ¡Sí, así lo quiero! ¿No ves que todos ellos pertenecen a esta pobre humanidad doliente creada por mi padre? ¿No te das cuenta que yo he dado la vida por todos?

Quizá ahora comprendas lo que fue la Redención.

Escucha: Yo, como hijo de Dios, me hice responsable voluntariamente de todos los errores y pecados de la humanidad. Todo pesaba sobre Mí, mi Padre se asomó desde el cielo para verme en la cruz y contemplarse en Mi rostro, clavó sus ojos en Mí y su pasmo fue infinito. Sobre mi rostro, vio sobrepuesta sucesiva y vertiginosamente las caras de todos los hombres. Desde el cielo, durante aquellas tres horas terribles de mi agonía en la cruz, contemplaba el desfile trágico de la humanidad vencida, mientras tanto Yo le decía:

“¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!” No era Yo sólo quien moría en la cruz, eran miles y miles de dolientes seres humanos, derrotados muchos por sus propias pasiones, por sus errores, por sus pecados. El desfile era terrible, repugnante, grosero. Mi Padre vio pasar sobre mi rostro la cara del soberbio; la del sectario, imaginando la destrucción de Dios, la del asesino frío y desalmado...

Había labios repugnantes, ojeras hundidas marcadas con fuego de lujuria, alientos insoportables de ebriedad, palidez de madrugadas encenagadas en el vicio, sórdidos rictus de amargura y desesperación, turbadoras miradas de perversión y delito, de subterráneas anormalidades inconfesables y oscuras. Toda la derrota y las lacras de una humanidad irredenta, la agonía, la muerte. Y mi Padre… Dios, las amó a todas y perdonó sus pecados”.

Mi Cristo calló, qué pobre y ridículo me pareció el arte de los hombres y qué profundo e insondable el amor de Dios. Y desde entonces, enmudeció. No volvió a hablarme más.

No olvidemos nunca esta suprema y difícil lección. No olvidemos nunca la superficie lisa del rostro de mi Cristo, tajado verticalmente. Podríamos compararlo con un portarretrato vacío. En él se nos ofrece la oportunidad de colocar la cara de aquél o aquellos que nos han hecho daño o que odiamos profundamente, haciéndonos más daño a nosotros mismos que a quien es objeto de nuestro rencor.

¡Sí…, sí, seamos valientes! Recordemos el rostro que mayor odio y antipatía nos produzca, acerquémoslo a Cristo, aunque sintamos temblar nuestro pulso. Coloquémoslo sobre el suyo e imaginemos que nuestro enemigo, ese ser que odiamos, ocupa su lugar en la cruz. Cerremos los ojos, acerquémonos al crucificado y besemos reverentes y humildes su figura.

Al besar un Cristo, con el rostro de nuestro enemigo, nos envolverá una voz cálida y musical, paternal y bondadosa. Aquélla que hace muchos siglos nos dejara la más grande y maravillosa herencia que hombre alguno pueda tener, encerrada en sólo seis sencillas palabras:
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“Amaos los unos a los otros”.
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.Temas del mismo autor:.
LA "ALTERNATIVA" DE DIMAS

OJO: VER ABAJO COMENTARIOS
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jueves, 11 de junio de 2009

LA "ALTERNATIVA" DE DIMAS




Otra joya del sacerdote jesuita Ramón Cué. De su obra "España vista por un mexicano", del libro "Dios y los toros", tomamos una poesía, en la que con gran acertividad conjuga -en un exquisito y difícil equilibrio- la temática taurina con la religiosa, misma que se refiere a la conversión -en el Gólgota- de Dimas, el buen ladrón.

Escucha la guitarra de Laura González mientras lees esta poesía. Haz click abajo:



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LA ALTERNATIVA DE DIMAS
(Autor: Ramón Cué, S.J.)

¡Qué suerte! ¡La alternativa
Te la dio esa tarde un Rey!

“El Rey”, así lo anunciaba
clavado en alto, el cartel.

Y estaba escrito en tres lenguas:
”El Rey” que se enteren bien.

Eran las tres de la tarde.
Y los diestros eran tres.

Dos ladrones: Dimas y Gestas.
Y Jesús de Nazaret.

Uno, bueno. El otro, malo.
Y en medio, el Maestro: Él.

¡Qué suerte! La alternativa
te la dio esa tarde un Rey.

Con tal cartel los tendidos
agotó Jerusalén.

Palmas y palmas primero.
Pitos y sangre después.

Tarde de sol. De repente
se puso el sol a las tres.

Sin pasar por novillero
fuiste diestro de una vez.

Y te dio la alternativa,
qué suerte, Dimas, un Rey.

Los tres moristeis. Clavados
contra las tablas los tres.

Sólo hiciste una faena.
Pero, ¡qué pase fue aquel!

Con una sola corrida
fuiste rico de una vez.

El reino y la alternativa
te dio, al mismo tiempo, el Rey.

Que por la puerta del Príncipe
no saliste en triunfo…¿Y qué?

Si entraste a hombros de arcángeles
por igual puerta que el Rey.

Y en cada gota de sangre
te reventaba un clavel.

“Hoy estarás en mi Reino
conmigo". Y eran las tres.

¡Qué oportunidad te dieron!
Tú la aprovechaste bien.

Y te dio la alternativa
-qué suerte Dimas-, un Rey.
.
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-oOo-
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Como un regalo adicional a quienes aman el flamenco, saliéndonos de nuestra habitual temática, colocamos una de las más bellas
peteneras. Interpreta Naranjito de Triana:



Nota: La pintura de Ruano Llopis ha sido adaptada a la temática de la poesía.
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miércoles, 10 de junio de 2009

EL BUEN LADRON

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Tan sabía robar, que terminó robándose el Cielo
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Junto a la Cruz de Jesús ocurrieron muchas cosas. Una de ellas merece una atención especial. Uno de los malhechores crucificados se reconoce pecador, declara inocente a Jesús y acto seguido pronuncia unas palabras asombrosas dirigiéndose al Señor: "Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. No pide que los ángeles le salven del suplicio, sólo ruega humildemente que se acuerde de él, que no le olvide cuando más allá de esta vida esté en el lugar celestial en que reina. No puede expresarse de modo más conciso. Y la respuesta de Jesús, como siempre desproporcionada; no le dice: Me acordaré de ti, que es lo que se le pedía, sino: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso". Promesa descomunal, afirmación única en los evangelios, a nadie más promete Jesús que a las pocas horas gozará de la dicha eterna, sólo a ese ladrón que antes de morir se reconoce culpable, le habla como a Dios y le suplica misericordia.

Es la sorprendente petición de un crucificado a otro crucificado, ambos en el umbral de la muerte y con dolores terribles. Son palabras de fe. Uno le llama al otro rey y le pide el paraíso. ¿Qué pasó allí para que se produzca tan extraña y verdadera petición? Una conversión.

Los hechos completos son así: Uno de los ladrones crucificados le injuriaba diciendo: "¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros". Pero el otro le respondía: "¿Ni siquiera tú que estás en el mismo suplicio temes a Dios? Nosotros, en verdad, estamos merecidamente, pues recibimos lo debido por lo que hemos hecho; pero éste no hizo mal alguno". Y decía: "Jesús, acuérdate de mí, cuando llegues a tu Reino". Y Él le respondió: "En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso".

Jesús había callado ante las burlas, los azotes y durante la crucifixión. Pero ante esta palabra de su compañero de suplicio habló, y de que modo.

La paciencia y la humildad y el silencio de Cristo a lo largo de la Pasión es patente, pero ahora se advierte en Él un gozo que brilla como una luz en la noche. Jesús ya había declarado que la alegría en el Cielo por el pecador que se arrepiente es grande, y había descrito la alegría del padre ante el hijo pródigo que vuelve a casa; pero la reacción de Jesucristo es mucho más expresiva en aquellos momentos porque muestra el precio de esa alegría. Su palabra es tan fuerte que parece como si quisiese desclavarse por un momento de la Cruz para abrazar al hijo que vuelve a la casa del Padre.

Pero contemplemos las palabras de Dimas -así ha llamado siempre la tradición al buen ladrón-, cuya fiesta celebra la Iglesia el 23 de Marzo. Toda conversión es cosa de un instante, pero suele tener una preparación. Dimas primero se enfrenta al otro crucificado diciéndole: ¿Ni siquiera estando en el suplicio temes a Dios?. Son palabras de sorpresa, porque ante la muerte todo lo que se considera importante deja de serlo. Ilusiones, vanidades, honores, títulos, dineros, goces, todo pierde valor ante la vida que se va. Dimas sabe que la vida de los tres se va de un modo inexorable. Al morir cada hombre queda solo ante Dios. Sólo ante la justicia verdadera y total. El buen ladrón recuerda la Justicia divina muy superior a la justicia humana, y como es lógico le invade el temor. El temor a Dios es un sentimiento de respeto pleno ante quien no puede ser engañado de ningún modo.

Las palabras de Dimas al ladrón que blasfema son una invitación al arrepentimiento; es como decirle: "¿No te das cuenta de la situación en que estamos sólo porque la justicia humana nos ha condenado? Piensa lo que será la justicia divina que conoce mucho mejor nuestros delitos, olvidate de tu dolor, no te quejes y piensa en lo que ha sido tu vida delante de la Justicia divina; que aún estás a tiempo de la misericordia".

Y añadía una confesión en toda regla: "nosotros en verdad, justamente recibimos lo merecido por nuestras obras". La memoria agolpaba todas las miserias de su vida ante sus ojos. La conciencia, tantos años acallada, clama. ¡Lo has merecido! ¡Eres culpable! Y en lugar de rebelarse, buscar excusas o justificaciones, reconoce sus pecados.

Es cierto que para reconocer los pecados antes hay que conocerlos. Reconocer requiere superar los disfraces con que se tiende a vestir el pecado: "actúo como quiero y que me dejen en paz". Pero la conciencia no deja en paz: actúa. Está ahí, y nunca deja de moverse en lo más íntimo del hombre. La proximidad de la muerte, el dolor, el fracaso de una vida fueron el detonante que permitió a Dimas la apertura explosiva de su conciencia.

Pero hubo algo más. En su arrepentimiento está la proximidad de la Cruz del Señor: éste no hizo mal alguno. Al principio llevado por el dolor, la aflicción y el desespero insulta al Señor, como su compañero y como la mayoría de los que seguían enfurecidos a los condenados. Después miró a Jesús y vio su silencio, su paciencia. Escuchó sus palabras de perdón, y éstas le llegarían a lo más íntimo del alma, serían como un dardo de fuego en su conciencia. ¡Cuanto había deseado el perdón del suplicio de la cruz! pero ahora escucha un perdón distinto, y esa primera palabra de Jesús en la Cruz actuaría en su mente como una luz que va creciendo en la medida en que está más cerca y no se consiente que se apague. Quizá sabía cosas del Maestro ¿quién no las conocía en Israel? las conocería con el desinterés del que se sabe muy lejos de un asunto religioso, pero actuarían como la semilla sembrada que actúa sin ser vista y, en un momento dado, brota en fruto. Jesús no era un ladrón, no era un rebelde político, no era hipócrita como los fariseos; era sencillo, era bueno, se compadecía de los pobres y de los enfermos, era sabio y no aprovechaba su ciencia para medrar económicamente. Estas y otras ideas semejantes volarían por su cabeza y se compararía con Jesús. ¡Qué contraste! ¡Qué injusticia condenar a un inocente tan bueno! ¡Qué errores lleva la justicia humana manejada por hombres malos! Yo sí que tengo culpa pensaría, y lo reconoce. Con la mirada arrepentida ve más clara la inocencia de Jesús.

La postura de los crucificados quizá influyó en su arrepentimiento. Colgados del madero podían ver a los que estaban más cerca, y vería a la Madre de Jesús. Él no sabía que también era Madre espiritual suya. La ve llorar y quizá la memoria de su infancia brota en su mente: "¿Qué pensaría mi madre si me viese aquí?. Con cuanto cariño me crió, cuantos consejos me dio, y cuanto la hice sufrir. ¡Si pudiese ser niño de nuevo cómo la alegraría, sería aquel niño bueno que toda madre desea!" Y le vendrían a la mente sus primeros desvíos, aquellos que parecían pequeños, pero que fueron inicio de los grandes y del desastre de su vida. "¡Cuánto sufre y ha sufrido mi madre!" Es muy posible que algunas lágrimas brotasen de sus ojos. Era la vergüenza de toda su familia. María era la Madre que llora al inocente, pero también la Madre del penitente y Dimas estaría en sus oraciones. Él no lo sabía, pero Ella pedía también por aquel hijo perdido, de la misma manera pide por todos los hombres que acababa de recibir como hijos. La oración de María fue eficaz y su presencia también. El hijo perdido vuelve, y su breve conversación con Jesús sería oída por la Virgen que le miraría con agradecimiento por el consuelo que daba a su divino Hijo, y con el amor de ver renacer a un alma perdida. Quizá no le dijo nada, pero le miraría, tantas veces una mirada vale más que muchas palabras, y la suya era la mirada de la Madre de misericordia. Dimas sentiría el perdón de su propia madre en aquella mirada que iba unida al perdón de Dios.

Y por fin se atreve a hablar a Cristo Y decía: "Jesús, acuérdate de mí, cuando llegues a tu Reino". Hay muchos modos de expresar el arrepentimiento. Dimas encuentra uno especialmente delicado y claro. Entiende a Jesús. No se trata sólo de un arrepentimiento, se trata de una conversión radical al Reino de Dios. Jacques Leclercq comentaba su primera palabra así: Sobre Jesús hay una luz, pero no todos la ven. Esa luz, al igual que aquella que nos revela a Dios en la naturaleza, habla al Espíritu, inflama el corazón, hace estremecer. Mas para eso es necesario ver.

Esta luz está siempre sobre Jesús. En el momento en que, vencido, moría en la cruz, ensangrentado, desecho, escarnecido, impotente en apariencia, ¿qué ve el buen ladrón? ¿qué le hace exclamar: "Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino"?

Quizá no haya un acto de fe más emocionante y más perfecto que aquél, en el momento en que todo lo humano abandonaba a Jesús, en que nada se veía en Él que pudiera seducir o atraer, y en que, con toda seguridad, nada daba en Él la impresión de poderío. El Amor ha desaparecido, sólo queda la Víctima. Considerándolo así, han huido los Apóstoles. Pero no, queda un testigo: "Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino" y le habla de su Reino, cuando están agonizando juntos, y cuando Jesús es el más deshecho de ambos.

Dimas llama a Jesús por su nombre. Bien sabía él que la palabra Jesús significa "Yavé salva" o "Salvador". Pero algo íntimo se advierte al oírle decir Jesús, pues no llama a un desconocido, sino a un amigo. Llama a quien sabe que le puede comprender. Llama al que le puede salvar porque es su amigo, aunque poco antes no lo fuera. La amistad ha surgido porque ha desaparecido la corteza de pecado que le impedía ver, y ahora mira con unos ojos nuevos. Dimas ve al Salvador.

La humildad de las palabras que siguen es conmovedora. No dice "perdóname" palabra dichosa siempre; ni dice "ayúdame". Sino que le dice Acuérdate. O dicho de otro modo: no te olvides de mí. Soy un desecho de los hombres, pero ante Dios mi vida vale. Cuando se ama no se olvida. Los olvidos son falta de amor, no falta de memoria. Cuando se ama mucho se recuerda todo, hasta el gesto más banal. Quizá por eso le dice que se acuerde de él, porque comprende que sólo perdona de verdad el que ama, y Jesús en su primera palabra perdonaba a los que le clavaban al madero, cuanto más le amará a él que sufre igual y le defiende. Es como una petición pequeña, como del que se sabe sin derechos para pedir más. No pide un alivio para el dolor que padece, sino el consuelo del nuevo Reino de ese Jesús que padece junto a él, pide amar como ve que Jesús está amando en la Cruz.

Luego concreta el momento del recuerdo: cuando llegues a tu Reino. En la raíz de las incomprensiones que sufrió y sufre Cristo está, además del pecado, la ceguera sobre la naturaleza del Reino. No es un reino material, organizado más o menos bien, no es un reino para esta tierra, es un reino no de este mundo; es el reino de la Verdad -como dijo Jesús a Pilato- es el Reino que empieza en esta tierra con la pequeña semilla de la fe y que crece hasta la vida eterna. El Reino que pide Dimas es el Reino que ofrece Jesús. Y por eso se lo da.

Eel ladrón crucificado entendió todo cuando abrió su conciencia a la luz de Dios. No necesitó conocer lo que decían las Escrituras: Decid a las naciones que el Señor reina desde el madero. Le bastó la luz de directa de Dios para comprender lo que los guías ciegos y eruditos no acertaban a comprender porque su corazón estaba endurecido.

La respuesta no se hizo esperar y Jesús le contestó con la misma expresión que solía utilizar para las declaraciones solemnes: "En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso". Las palabras de Jesús dan la impresión de rapidez, como si un despertador le sacase de un sueño silencioso. Y perdona como Dios. Da mucho más de lo que se le ha pedido. Dimas sólo le pidió un recuerdo, Jesús le da el Cielo, y sin esperas.

Reconoció que él si merecía aquel castigo atroz... Y con una palabra robó el corazón a Cristo y se abrió las puertas del Cielo.

Jesús manifiesta el perdón divino mostrando la vida nueva que ha conquistado el ladrón arrepentido: Hoy estarás conmigo en el paraíso. Hay tantos matices en la brevedad de estas palabras que conviene nos detengamos a meditarlas. Primero la meta: el Paraíso. Luego, la compañía: conmigo. Después, el tiempo de espera: Hoy. Para el que sufre todas las palabras del médico son preciosas, escuchadas con atención y sopesadas después en la soledad. Dimas las repetiría de un modo incesante en las horas que le quedaban de vida. Su dolor dejaba de ser pena para ser penitencia. Su sufrimiento pasa a ser purificación esperanzada, purgatorio mitigado. ¡Es tan distinto vivir con esperanza que desesperado! Parece que duele igual, pero no es verdad, duele menos, es una cruz sin cruz.

La felicidad concedida por Dios a los que alcanzan la vida eterna no se puede expresar con palabras humanas dice San Pablo, después de gustar de ella en vida mortal. Es lógico que se utilicen símbolos bien conocidos para alcanzar a intuir lo que es un amor eterno en que no sólo se satisfacen todos los deseos de felicidad humanos, sino que Dios da más, mucho más, y para siempre en un presente que no pasa. Dios que crea por amor y para amar; cuando recibe a una criatura que puede amar y ser amada, se vuelca y la ama al modo divino. Grande será la sorpresa que tendremos al llegar al paraíso. Las penas pasadas se verán como nonadas, y los dolores como oportunidades de estar más dispuestos a aquel amor que llena con plenitud. Dimas pensaría desde ese instante en el paraíso del Reino que había pedido, y ya en aquellos momentos experimentaría un consuelo impagable.

Estarás conmigo. El Cielo es comunión y amistad. Ya en esta vida la mayor felicidad se consigue en la amistad, porque el ser humano es esencialmente amoroso. En el Cielo la amistad, plena y feliz, se da con Jesús Dios y Hombre verdadero, con Dios Padre, con Dios Espíritu Santo, con la Virgen Santísima y con todos los santos, y sin mezcla de egoísmo alguno. Hasta la consumación del sacrificio de Cristo la posibilidad de estar con Dios como amigo estaba cerrada para los hombres. Nadie podía estar en el Cielo. Los justos estaban en una situación llamada "seno de Abraham" , que era un estado de felicidad grande, pero no lo querido por Dios desde el principio. Cuando Jesús muere se abre el Cielo. Por eso le dice Jesús a Dimas que estarán juntos en el paraíso, porque Jesús abre el paraíso a los justos dándoles su gracia, merecida con aquellos esfuerzos que Dimas contemplaba con admiración. Y Dimas estará con los elegidos, será un amigo eterno de Dios.

José María Pemán expresaba poéticamente: La eternidad es muy larga - -me dijo- y llevamos prisa.. El buen Ladrón ganó el cielo con su arrepentimiento; se cumplió en él lo que dice la sabiduría popular cristiana: un punto de contrición da al alma la salvación.. Porque es el mismo Dios el que nos anima diciendo: Yo mismo seré tu recompensa inmensamente grande.

Dimas pudo ver la muerte de Jesús; antes pasarían unas horas en similares sufrimientos, hasta que el gran grito de Jesús y los extraordinarios fenómenos del cielo y la tierra le conmovieron de nuevo. Algo más tarde los soldados acelerarían su muerte con el crurifragio. Aquellas horas fueron su purgatorio. Sus dolores fueron dolores consolados por la esperanza y por las palabras del Señor. Dimas se diría: "¡Me acepta como amigo!, ¡me quiere! ¡voy al paraíso a pesar de mis malas andadas!". Es para saltar de alegría. ¿Y el dolor? sigue doliendo, pero ya no es tormento que consume, sino fuego que purifica, es desahogo doloroso. Es como pagar una deuda. Incluso es posible que le pareciese poco si podía unirse al sacrificio de Cristo del que ya entendía algo. Y las horas pasaron hasta que el hoy se convirtió en siempre. La eternidad no es un tiempo muy largo, sino un hoy y un ahora que no pasan; una felicidad que no cansa ni empalaga.

Más adelante Dimas escucharía las demás palabras de Jesús en la cruz y la resonancia sería de luz sobre luz. Escuchar al Señor sería oración. Verle sería contemplación. Saberle cerca sería anticipo de la compañía en el paraíso prometido. Por eso podemos concluir nuestra meditación acudiendo al ladrón arrepentido para que la sensibilidad de nuestra conciencia no se endurezca, sino que se abra en una oración como la suya: “Jesús acuérdate de mí también, ahora que estás en tu Reino “. Así pediremos como pidió el ladrón arrepentido.

La conversión de Dimas y las palabras de Cristo no llevan a comprender mejor lo que vale un sólo ser humano: vale la muerte generosa de Cristo. Así lo dice San Pablo: me amó y se entregó por mí a la muerte. No dice por los hombres en general, sino por mí, es decir, por cada uno. Murió por cada uno. San Juan Crisóstomo comenta que Dios ama tan entrañable a cada hombre en particular como a todo el Universo, y San Alfonso María de Ligorio añade: de suerte que, si bien Jesucristo padeció por todos, yo estoy obligado a amarle como si únicamente hubiera padecido por mí. Dimas lo experimentó en la cruz durante la Pasión y ahora en el paraíso. Nosotros también podemos experimentarlo en nuestra cruz de cada día, y en el Cielo que nos espera si somos fieles.

Otros habrán acumulado en el curso de sus vidas millones de actos de virtud, pero a Dios no le impresionan las cantidades, sino la calidad espiritual de cada gesto; y el del buen ladrón, a quien esperó con tanta paciencia durante su borrascosa carrera de fechorías hasta su dramática cita en el Calvario, bastó por sí mismo.

Pbro. Dr. Enrique Cases
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.(Escrito condensado. Tomado de: Encuentra.com)
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jueves, 21 de mayo de 2009

LA VIRGEN QUE LLORA Y RIE:



La Virgen de la Macarena
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Quien mejor explica quién es la Macarena, es quizá el Padre Ramón Cué, le cedemos la pluma a él:
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La Virgen lloraba inconsolable la pasión de Jesucristo. Las lágrimas no dejaban de salir de sus ojos cuajados. Y ella estaba así, con su pañuelo blanco en sus manos, y su boca entreabierta llorando y llorando.

Era la Virgen de los Dolores. La que llora en todas las iglesias del mundo.

Y Sevilla la vio, y le dolió el alma, y se le saltaron las lágrimas, y la quiso consolar.

Se acercó a Ella, la miró, y viéndola llorar tan bonita, por consolarla le echó un piropo; un piropo con lágrimas:

-“¡Olé, las mujeres bonitas!”

Y la Virgen, al oírlo, levantó los ojos y sonrió. ¡Y apareció la Macarena! La única Virgen que llora y que ríe al mismo tiempo. La que llora por su Hijo, y la que sonríe por el piropo amoroso de Sevilla.

¡Qué bonita está la Macarena cuando llora! ¡Qué dolorida está la Macarena cuando ríe!

Y éste es el misterio de su atracción. ¿Por qué es más bonita, porque llora o porque ríe?
.
¡Porque llora y ríe al mismo tiempo!
.

Para que pueda rimar
con tu nombre, Macarena,
tengo una palabra “pena”
amarga como la mar,
y tengo el dulce cantar
de un arcángel: “gratia plena”…
para que pueda rimar
con tu nombre, Macarena…
la pena con tu dolor.
Que eres Madre Dolorosa;
y la gracia, por ser rosa
del amor.
Y uniendo gracia con pena
va el broche de tu sonrisa…
ya está la rima precisa
de tu nombre, Macarena.
.
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Veamos un video con diversas fotografías que permiten conocer
bien a la Macarena y los diversos vestuarios con que se engalana:



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Veamos otro, donde se observa como se le cantan saetas (*) a su paso
en Sevilla, durante la procesión de la Semana Mayor. El video no es
profesional sino de un aficionado, pero permite ver la devoción
y el sentimiento andaluz.

(*) La saeta es un canto religioso español, generalmente improvisado y sin acompañamiento, realizado en las procesiones de Semana Santa y que tiene su origen en el folclore andaluz. Se trata de una melodía de ejecución libre, llena de lirismo y de influencia árabe. Exigen conocer el estilo del cante jondo propio de la tradición musical del flamenco. El texto está compuesto por varios versos octosílabos y tiene siempre un significado religioso que alude a los hechos y personajes de la Pasión. Se canta en honor de las imágenes de los pasos que desfilan por las calles durante la Semana Santa. De Wikipedia, la enciclopedia libre.

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