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lunes, 13 de octubre de 2025

DIÁLOGO IMPOSIBLE ENTRE LA CORDURA PERDIDA Y EL SIGLO XXI



(Recreación del testamento de G. K. Chesterton al mundo moderno)

Escena:
Londres, año 2025. Una biblioteca que es museo y terminal de aeropuerto: mármol, vidrio, pantallas, santos en óleos y un reloj que adelanta para que nadie llegue a tiempo. Un olor de pipa —antiguo, cordial— aparece sin dueño. La sombra de un hombre inmenso se sienta, como si hubiera tenido siempre reservada esa silla.

L.M. —Señor Chesterton, ¿ha vuelto para juzgarnos o para reírse con nosotros?

G.K.C. —Para ambas cosas, que suelen ser la misma cuando uno se ríe por amor. Vengo a decir una verdad vieja con un chiste nuevo: ustedes han confundido la prisa con la peregrinación y la pantalla con el sacramento. No he vuelto a buscar mi época; he vuelto a rescatar la suya.

L.M. —Dicen que no tenemos dogmas, que somos pluralistas.

G.K.C. —¡Oh, tienen dogmas! Solo que no los confiesan: los publicitan. El más sagrado es éste: “Nada es sagrado”. Y lo adoran con la devoción de un monje sin monasterio. He visto templos más humildes que sus auditorios, y beatas menos crédulas que sus congresos de innovación.

L.M. —Tenemos también culpas nuevas: climáticas, económicas, tecnológicas…

G.K.C. —Son viejas culpas con traje de laboratorio. El hombre prefiere culparse de lo que no puede confesar. Le horrorizan sus pecados, así que los traduce a “fallas del sistema”. Es más fácil pedir presupuesto que pedir perdón. Y, sin embargo, la contabilidad moral del universo no admite contadores: o se paga con lágrimas o se paga con cinismo, y el cinismo es la usura del infierno.

L.M. —Usted nos acusa de haber olvidado qué está bien. ¿Qué está bien, pues?

G.K.C. —Está bien lo que hace al hombre más hombre. Está bien un hogar pequeño con un deber grande. Está bien un sí que compromete y un no que salva. Está bien arrodillarse ante lo eterno para no arrodillarse ante lo ridículo. Está bien la risa que desenmascara al tirano y el silencio que deja hablar a la verdad. Todo lo demás es utilería del drama moderno.

L.M. —Nos piden resultados; nos miden en cifras. El mundo se gobierna por métricas.

G.K.C. —Y por miedos. La cifra es el rosario del incrédulo: lo pasa entre los dedos para no pensar en el alma. Son exactísimos en sus estadísticas e indeterminados en su destino. Ustedes han confundido el reloj con el juicio final. Cuando todo es KPI, el pecado deja de existir y la estupidez se profesionaliza.

L.M. —Quizá es que hemos preferido la complejidad. Nos asusta la claridad.

G.K.C. —Desde luego: la claridad exige conversión; la complejidad, seminarios. La verdad es simple como una campana; el error es complejo como una excusa. Han hecho de la ambigüedad una cátedra y de la duda una virtud. Dudar puede ser un camino; quedarse a vivir en el desierto es turismo espiritual.

L.M. —Hablemos del amor: lo hemos liberado de las viejas ataduras.

G.K.C. —Han liberado al pez del agua. Llaman libertad a la asfixia, y lo celebran porque el pez convulsiona con entusiasmo. El amor es libre cuando promete, fuerte cuando obedece, fecundo cuando se limita. Un fuego sin hogar es incendio o ceniza. Por eso el matrimonio es heroísmo para adultos y piedra de tropiezo para adolescentes con tarjeta de crédito.

L.M. —Política: ¿hay algo que salvar?

G.K.C. —Siempre que existan hombres con cuello y conciencia, hay algo que salvar. Pero la política, sin verdad y sin virtud, se reduce al arte de vender espejismos a precio de desierto. En nombre del pueblo se adora al Estado; en nombre de la libertad se adoran los bancos; y en nombre de la paz se adora a la máquina. La vieja tentación no ha cambiado: “Todo esto te daré si postrado me adoras”. El diablo continúa ofreciendo atajos; ustedes han patentado la autopista.

L.M. —¿Y el pobre? ¿Dónde queda en su ironía?

G.K.C. —En el centro. El pobre es un sacramento de realidad: demuestra que el mundo no funciona aunque funcione el Wi-Fi. No se le salva con estadísticas, sino con amistad. La caridad que no huele a sopa y a lágrimas es filantropía con vestuario.

L.M. —Usted defendía la propiedad pequeña. Hoy parece ilusoria.

G.K.C. —Ilusoria es una libertad sin llaves. Una democracia donde nadie puede cerrar su puerta no es democracia: es hotel. El rico que posee el barrio y el burócrata que decreta que nada es de nadie son dos formas de la misma pereza: ambas odian el límite. Pero el límite es la gramática del amor: sin “mío” y “tuyo” no hay “nuestro”.

L.M. —Arte contemporáneo: ¿aún cree en él?

G.K.C. —Creo en el arte que cree en algo. Un artista puede pintar sombras si sabe dónde está la luz. Pero si arranca la luz del mundo, solo le queda exhibir su propia penumbra en alta definición. El arte moderno se ha vuelto autobiografía de la aburrición. Cuando se prohíbe el cielo, el artista termina describiendo su techo.

L.M. —Dirán que su fe mutila la imaginación.

G.K.C. —Al contrario: la bautiza. Los dogmas son las estrellas fijas que permiten que el poeta trace constelaciones. Sin dogmas, el cielo es un revoltijo de luciérnagas. La imaginación sin verdad es un niño con fósforos en un granero.

L.M. —Tecnología. Hemos unido al mundo.

G.K.C. —Y han desunido los hogares. La tecnología es como el alcohol: hay que saber beberla. Un teléfono que me acerca al lejano y me aleja del cercano es un ídolo portátil. Cuando la conversación con la máquina sustituye la conversación con el niño, hemos vendido la primogenitura por un plato de píxeles.

L.M. —Nos acusa de idolatría del yo.

G.K.C. —Sí: el politeísmo de las pantallas y el monoteísmo del espejo. Adoran mil cosas para no admitir que adoran una sola: su voluntad. Pero su voluntad es demasiado chica para saciarse con ella misma. El yo es un estómago que nunca dice basta. Solo se calma cuando se arrodilla ante alguien mayor que él.

L.M. —Muerte. La evitamos con eufemismos.

G.K.C. —Y con anestesia. Han desterrado el cementerio a la periferia del mapa moral. Pero la muerte es la profesora de realismo: te quita el disfraz, te devuelve el nombre y te pregunta qué has amado. El mundo teme la muerte porque ha perdido el arte de morir: morir perdonando, morir agradeciendo, morir bendiciendo. Un buen cristiano muere como los árboles en otoño: dejando semillas.

L.M. —¿Y la esperanza? ¿Dónde se compra?

G.K.C. —No se compra: se recibe. Por eso ofende al mercado. La esperanza es un préstamo del cielo que se paga con fidelidad. Ustedes confunden esperanza con optimismo; el optimista cree que todo saldrá bien; el esperanzado sabe que todo puede ser redimido. Incluso el siglo XXI. Incluso yo, que fui un pecador con gran sentido del humor.

L.M. —Le dirán reaccionario.

G.K.C. —Que lo digan. Si un tren marcha hacia el abismo, reaccionar es sensato. Las palabras modernas se han fabricado para evitar la vergüenza. “Progreso” significa “más de lo mismo con mejores gráficos”. “Inclusión” significa “todo menos lo que nos molesta”. “Tolerancia” significa “silencio para el que disiente”. Yo prefiero la vieja palabra: conversión.

L.M. —¿Cómo se convierte un mundo así?

G.K.C. —Como se enciende una vela: acercándola a otra. Nadie se salva con discursos; se salva con santos. Un hombre que cumple su deber en una casa pequeña levanta más civilización que cien influencers con megáfono. La historia la gobierna un carpintero que no escribió un libro. Y, sin embargo, todos los libros lo buscan.

L.M. —¿Quién puede ser ese santo hoy?

G.K.C. —Una madre que prepara la mesa y bendice a los ausentes. Un padre que regresa a casa y se arrodilla porque nunca es tarde. Un maestro que enseña gramática como si enseñara justicia. Un médico que recuerda que las heridas huelen a hijo. Un juez que prefiere perder un ascenso a perder su alma. Un muchacho que apaga el teléfono para mirar las estrellas. Una muchacha que descubre que la pureza no es miedo, sino fuerza.

L.M. —¿Y si nadie escucha?

G.K.C. —Entonces Dios lo hará, y eso basta. Las grandes obras han sido susurradas contra el ruido. Una sola familia fiel sostiene un barrio entero; un solo monasterio silencioso sostiene una época; una sola misa sostiene el mundo. Cuando todo parezca perdido, recuerden que el universo fue salvado por una mujer que dijo “sí” y un hombre que guardó silencio.

L.M. —Usted nos pide arrodillarnos.

G.K.C. —Les pido levantarse del suelo. El que no se arrodilla ante Dios acaba arrastrándose ante el Estado, el Mercado o la Moda. Arrodillarse es afirmar que el cielo existe; arrastrarse es admitir que solo existe el suelo. El siglo XXI se arrastra con elegancia.

L.M. —¿Qué hacemos mañana al despertar?

G.K.C. —Tres cosas: agradecer, obedecer, reír. Agradezcan por estar vivos y no ser ustedes mismos el centro del cosmos. Obedezcan a la verdad que ya conocen, no esperen una notificación. Y rían: rían de la solemnidad de los tiranos, de la grandilocuencia de los expertos, de la miseria de sus propias vanidades. El demonio no soporta la risa porque le recuerda que es pequeño.

L.M. —¿Nos perdona, entonces?

G.K.C. —No vine a perdonar: vine a suplicar que se dejen perdonar. La misericordia es un océano; solo los orgullosos mueren de sed en la playa. Su siglo está exhausto de opciones y sediento de absolución. No necesitan más alternativas; necesitan más altares.

L.M. —Déjenos su testamento, una última voluntad.

G.K.C. —Dejo mi bastón para apartar los ídolos, mi copa de jerez para brindar por la cordura y mis paradojas para que no olviden que la verdad es más divertida que la mentira. Dejo un mapa con cuatro puntos cardinales: hogar, altar, escuela y plaza. Si pierden uno, perderán los cuatro. Y dejo, sobre todo, mi risa: llévenla como espada y como escudo.

L.M. —¿Y el epitafio?

G.K.C. —Escriban: “Aquí yace un hombre que se rió de sí mismo para poder arrodillarse sin caerse”. Si quieren añadir algo, pongan: “Nos dijo que lo que estaba mal en el mundo era no preguntarnos qué está bien, y que lo que está bien empieza por dar gracias”.

Silencio.
Las pantallas siguen encendidas, pero la biblioteca parece más antigua y más joven a la vez. Una campana —¿de dónde?— suena lejana. El humo de pipa dibuja una puerta: detrás, una luz ordinaria, doméstica, de cocina encendida. L.M. intenta hablar, pero el inglés enorme ya no está. Solo queda un olor a madera y a vino, y la sensación inmensa de que la realidad —esa vieja reina— ha vuelto a sentarse en su trono.

L.M. —Señor Chesterton…
La palabra no encuentra a su dueño y, por primera vez en años, no hace falta.
El entrevistador toma aire, se persigna sin darse cuenta, guarda el teléfono y camina hacia la calle, donde la lluvia tiene un brillo nuevo, como si cada gota fuera una pequeña verdad cayendo del cielo.

OMO

sábado, 3 de agosto de 2024

La Democracia de los Muertos: La Paradoja de la Modernidad y el Progreso según Chesterton




G.K. Chesterton, un destacado escritor y pensador inglés del siglo XX, empleó paradojas para desafiar y clarificar las ideas de su tiempo. Una de sus paradojas más profundas es la que se refiere a la modernidad y el progreso. Chesterton criticó la tendencia moderna de rechazar las tradiciones y verdades antiguas, argumentando que esto no siempre lleva a un verdadero progreso, sino que a menudo resulta en la repetición de errores antiguos. Este artículo explora esta paradoja, centrada en la idea de la "democracia de los muertos" y cómo esta perspectiva resalta la importancia de la tradición y la fe en la búsqueda del fin último del hombre en Dios.

La Democracia de los Muertos

Chesterton introdujo la idea de la "democracia de los muertos" en su obra Ortodoxia, argumentando que la tradición otorga voz a nuestros antepasados, permitiendo que sus sabidurías acumuladas guíen a las generaciones presentes. Chesterton dice:

"La tradición significa dar votos a la más oscura de todas las clases, nuestros antepasados. Es la democracia de los muertos." ("Ortodoxia").

Esta afirmación resalta la importancia de honrar y preservar las enseñanzas de aquellos que nos precedieron, permitiendo que sus experiencias y conocimientos continúen influyendo en nuestras decisiones y valores.

La Tradición como Pilar de la Verdad

La tradición, según Chesterton, no es simplemente un conjunto de costumbres antiguas, sino una guía viva que conecta a las generaciones presentes con las sabidurías pasadas, orientando al hombre hacia su fin último en Dios. Chesterton decía:

"La tradición se niega a someterse a la pequeña y arrogante oligarquía de los que meramente están caminando por ahí." ("Ortodoxia").

La importancia de la tradición se refleja también en las enseñanzas de los Padres de la Iglesia. San Agustín, por ejemplo, afirmó que el hombre ha sido creado para Dios y que solo en Él encuentra su verdadera paz:

"El hombre ha sido hecho para Dios, y su corazón estará inquieto hasta que descanse en Él." (San Agustín, Confesiones).

San Ireneo de Lyon complementa esta idea diciendo:

"La gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios." (Contra las Herejías, Libro IV, Capítulo 20).

El Progreso Verdadero vs. Cambio por el Cambio

Chesterton distinguía claramente entre verdadero progreso y cambio sin dirección. Para él, el verdadero progreso es un movimiento hacia un objetivo específico y significativo, alineado con el propósito divino y la naturaleza humana:

"El progreso debería significar que estamos caminando hacia un lugar concreto. Pero, si el progreso es simplemente el cambio, seguramente nos dirigiremos a algún lugar donde no queramos ir." ("Lo que está mal en el mundo").

Santo Tomás de Aquino refuerza esta idea en su Suma Teológica, afirmando que el progreso de la ciencia y la técnica no puede ser considerado verdadero progreso si no se orienta al bien último del hombre:

"El fin último del hombre es vivir en comunión con Dios." (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, q. 1, a. 8).

San Basilio Magno también destaca que el progreso auténtico del hombre reside en su participación en la naturaleza divina:

"El hombre ha sido hecho para participar en la naturaleza divina y es en este fin donde reside su verdadera realización." (San Basilio Magno, Sobre el Espíritu Santo, Capítulo 9).

La Modernidad y su Rechazo de lo Sagrado

Chesterton criticó la modernidad por su tendencia a secularizar y rechazar las verdades sagradas y eternas, lo cual, según él, lleva a una pérdida de sentido en la vida humana:

"El mundo moderno, con sus libertades, su educación y su publicidad, tiene menos lugar para la mente que el oscuro y estrecho mundo medieval." ("El Hombre Eterno").

San Agustín advirtió sobre los peligros de apartarse de Dios, afirmando que:

"El corazón del hombre se aparta de la verdad cuando se aparta de Dios." (San Agustín, Confesiones).

Asimismo, San Cipriano de Cartago insistió en la importancia de la Iglesia como madre espiritual, esencial para mantener la verdad y la fe:

"Nadie puede tener a Dios como Padre si no tiene a la Iglesia como Madre." (San Cipriano, De la Unidad de la Iglesia Católica, Capítulo 6).

El Fin del Hombre en Dios

El objetivo último del hombre, según la doctrina católica tradicional, es alcanzar la unión con Dios. La naturaleza humana está orientada hacia la divinidad, y solo en Dios encuentra su realización plena. Chesterton lo resumió así:

"El propósito de la vida es servir, y mostrar compasión y la voluntad de ayudar a los demás." ("Ortodoxia").

Santo Tomás de Aquino también destaca que la comunión con Dios es el fin último del hombre:

"El fin último del hombre es vivir en comunión con Dios." (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, q. 1, a. 8).

San Juan Crisóstomo añade que todas las acciones del hombre deben estar orientadas hacia la bienaventuranza eterna con Dios:

"Todo lo que hacemos, lo hacemos para alcanzar la bienaventuranza eterna con Dios." (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo, Homilía 1).

Transmitiendo el Fuego, no las Cenizas

Chesterton enfatizó la necesidad de mantener viva la tradición, no como un ejercicio de preservación estéril, sino como un esfuerzo para transmitir lo esencial y vital de la fe y la sabiduría acumulada:

"No transmitimos las cenizas, sino el fuego." (G.K. Chesterton, El Hombre Eterno).

Este concepto destaca la idea de que la tradición no es simplemente una reliquia del pasado, sino una fuente viva de verdad y guía que debe ser mantenida y nutrida para iluminar el camino de las generaciones futuras.

La tradición, cuando es respetada y seguida, guía al hombre hacia su fin último en Dios. La "democracia de los muertos" asegura que las voces de nuestros antepasados continúen influenciando y enriqueciendo nuestras vidas. El verdadero progreso está en alinearse con la voluntad divina y no en cambiar por el simple deseo de novedad. La modernidad necesita redescubrir el valor de lo sagrado y eterno para evitar caer en errores antiguos. Como dijo Chesterton:

"La verdadera humildad es entender que bajo el sol todo es vanidad excepto la fe en Dios." ("Ortodoxia").

OMO

Bibliografía

Chesterton, G.K. Ortodoxia. Trad. Luis de La Plaza. Editorial Acantilado, 2010.

Chesterton, G.K. Lo que está mal en el mundo. Trad. José Antonio León. Editorial Espuela de Plata, 2012.

Chesterton, G.K. El Hombre Eterno. Trad. Julio de la Cruz. Ediciones Palabra, 2015.

San Agustín. Confesiones. Trad. Luis Segundo Gómez-Acebo. Editorial Edaf, 2010.

San Ireneo de Lyon. Contra las Herejías. Trad. Juan José Ayán Calvo. Biblioteca de Autores Cristianos, 2012.

Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. Trad. Fray Antonio Millán-Puelles. Biblioteca de Autores Cristianos, 2010.

San Basilio Magno. Sobre el Espíritu Santo. Trad. Domingo Ramos-Lissón. Editorial Ciudad Nueva, 2013.

San Cipriano de Cartago. De la Unidad de la Iglesia Católica. Trad. Ángel Custodio Vega. Editorial Ciudad Nueva, 2007.

San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Evangelio de Mateo. Trad. Juan Miguel Ferrer Grenesche. Biblioteca de Autores Cristianos, 2013.

martes, 30 de julio de 2024

La Simplicidad Auténtica: Un Antídoto Contra la Superficialidad


 
En un mundo donde la apariencia y la superficialidad parecen dominar, las ideas de G. K. Chesterton sobre la simplicidad auténtica resultan refrescantes y necesarias. En "Heretics," Chesterton nos ofrece una visión profunda y práctica para vivir de manera más significativa y auténtica.

Las redes sociales nos bombardean con imágenes de vidas perfectas, pero Chesterton nos advierte que la verdadera simplicidad no se trata de seguir modas superficiales, sino de vivir de manera auténtica. Como él dice: "La simplicidad es el resultado de la sabiduría y no de la moda."

“La simplicidad no consiste en el uso de sandalias, sino en el rechazo de los adornos innecesarios y la superficialidad que a menudo los acompaña.”

La simplicidad auténtica es el fruto de la sabiduría. Vivir de manera sencilla no significa renunciar a todo, sino elegir conscientemente lo que es verdaderamente importante. Chesterton nos recuerda que una vida llena de cosas innecesarias puede ser más complicada y menos satisfactoria que una vida centrada en lo esencial.

“La simplicidad auténtica surge de la capacidad de manejar la complejidad con sabiduría y propósito.”

La humildad es clave para vivir de manera sencilla. Chesterton enseña que una persona verdaderamente humilde no busca impresionar, sino que vive de acuerdo con sus principios y valores más profundos.

“La humildad es la madre de la simplicidad; la verdadera grandeza reside en vivir de acuerdo con nuestros principios sin pretensiones.”

En contraste, el mundo actual promueve la soberbia y el egocentrismo. Se nos anima a "vender" una imagen perfecta de nosotros mismos, a acumular y mostrar nuestras posesiones, y a buscar la aprobación constante de los demás. Esta cultura del "yo" y de la superficialidad es lo opuesto a la humildad y la simplicidad.

Chesterton utiliza ejemplos concretos para ilustrar su punto de vista. Simplificar tu vestuario, elegir actividades que realmente disfrutes, o dedicar tiempo a relaciones significativas son formas de aplicar estas ideas en tu vida.

"Un hombre puede vivir más plenamente en una casa sencilla y modesta que en un palacio lleno de adornos inútiles."

Santo Tomás de Aquino, en su "Summa Theologiae," explica que la naturaleza tiene un propósito teleológico, orientado hacia Dios: “Todas las criaturas están ordenadas hacia Dios como a su fin último, porque su ser y su bondad derivan de Dios.”

San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, introduce el concepto de "tanto cuanto," que significa que todas las criaturas deben ser usadas en la medida en que nos ayudan a alcanzar nuestro fin último: la salvación.

"El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma. Las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden en la prosecución del fin para el que es creado."

Este principio nos invita a utilizar las cosas del mundo de manera justa y moderada, siempre orientadas hacia nuestro fin último, que es la unión con Dios.

San Francisco de Asís es quizás el ejemplo más prominente de la simplicidad y la humildad en la vida cristiana. Renunció a todas sus riquezas y comodidades para vivir una vida de pobreza y servicio, encontrando alegría y satisfacción en las cosas simples.

“Deseo poca cosa y lo poco que deseo, lo deseo poco.” - San Francisco de Asís

San Francisco nos enseña que la verdadera libertad y felicidad provienen de vivir una vida centrada en lo esencial y en el servicio a los demás. Su vida es un testimonio de cómo la humildad puede conducir a una simplicidad auténtica y liberadora.

La visión de Chesterton sobre la simplicidad, enriquecida por las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino, San Ignacio de Loyola y San Francisco de Asís, es más relevante que nunca. Nos invita a rechazar la superficialidad y a abrazar una vida centrada en lo esencial. Al vivir con autenticidad y sencillez, descubrimos una vida más rica y plena.

Santo Tomás nos recuerda que la verdadera felicidad en esta tierra radica en la virtud y en la otra vida, en la bienaventuranza. La humildad, como madre de la simplicidad, es el camino más adecuado para este propósito. Es más acorde con la naturaleza humana y proporciona un camino más sencillo y liberador, contrario a la soberbia.

La simplicidad es el camino de la sabiduría. La humildad nos lleva a cumplir con nuestro fin último, guiándonos hacia la expresión más perfecta de nuestra naturaleza. En un mundo que promueve la soberbia, optar por la sencillez y la humildad es un acto de sabiduría y valentía.

La próxima vez que te sientas abrumado por la presión de las apariencias, recuerda estas enseñanzas. Pregúntate: ¿Qué es lo que realmente importa? Es realmente necesario?Al vivir con autenticidad y sencillez, encontramos no solo una mayor satisfacción y significado en nuestras vidas, sino también el camino hacia nuestra verdadera felicidad y salvación. 

Viva Cristo Rey.

OMO

martes, 11 de junio de 2024

CHESTERTON TENÍA RAZÓN


Si un hombre piensa que es un pez y siente ser pez, por amor a él debemos hacer todo lo posible por convencerlo de que no trate de vivir debajo del agua pues se ahogaría. Sin equipo es imposible al hombre respirar bajo el agua.

El mayor respeto que podemos mostrar a un ser humano que piensa que es un perro es tratarlo como a un ser humano. 

EL VERDADERO RESPETO 

El que nació varón es un varón y debe ser tratado como tal aunque se sienta mujer. Eso sería realmente mostrarle el respeto que le es debido. Que un hombre crea que es mujer no lo hace ser parte de una minoría que necesita ser tolerada, sino ser parte de un grupo que necesita ayuda... 

Ni el ADN ni la naturaleza con la que se nació puede ser modificada con mutilaciones, adiciones, hormonas, maquillajes, ni ningún artilugio, ni con la falsa convicción de que se es lo que no se es.

Si un ser humano creyera que es un gato, aunque con cirugía intentara parecerlo, no sería respetuoso seguirle el juego y tratarlo como a un gato; debemos ayudarle a ver que es un ser humano. 

Lamentablemente, muchos han abandonado el sentido común y, contra toda lógica, han aceptado la posibilidad de que los sentimientos de cada cual puedan milagrosamente cambiar la realidad biológica de un individuo. Y lo peor del caso es que tales individuos exigen que todos piensen como cierto tal absurdo, pues de lo contrario los acusarán de intolerantes, siendo ellos los únicos intolerantes con la realidad y con la naturaleza misma.

Chesterton profetizó que habría que luchar para sostener la realidad de que el pasto es verde. Ese tiempo ha llegado.

sábado, 20 de agosto de 2022

LA MUJER por Gilbert K. Chesterton


“En su hogar, una mujer puede ser decoradora, cuentacuentos, diseñadora de moda, experta en cocina, profesora... Más que una profesión, lo que desarrolla son veinte aficiones y todos sus talentos. Por eso no se hace rígida y estrecha de mente, sino creativa y libre. Esta es la sustancia de lo que ha sido el papel histórico de la mujer. No niego que muchas han sido maltratadas e incluso torturadas, pero dudo que jamás hayan sido torturadas tanto como ahora, cuando se pretende que lleven las riendas de la familia y, al mismo tiempo, triunfen profesionalmente. No niego que antes la vida era más dura para las mujeres que para los hombres. Por eso nos descubrimos ante ellas.

Es la misma Naturaleza quien rodea a la mujer de niños muy pequeños que requieren que se les enseñe, no cualquier cosa, sino todas las cosas. Los bebés no necesitan aprender un oficio, sino que se les introduzca a un mundo entero. El niño es un ser humano capaz de hacer todas las preguntas posibles, y muchas de las imposibles. Si alguien dice que responder a ese niño insaciable es una tarea agotadora, tiene razón. Si dice que es un cometido desagradable, admito que puede ser tan desagradable como el de un cirujano o un bombero. En cambio, cuando la gente dice que esa tarea femenina no sólo es cansada, sino trivial y odiosa, se me hace imposible entender lo que quieren decir. Si odioso significa insignificante, descolorido e intrascendente, confieso que no lo entiendo. Porque decidir y organizar casi todo; ser ministro de economía que invierte y compra ropa, libros, sábanas y pasteles; ser Aristóteles que enseña lógica, ética, buenos modales e higiene... Todo esto puede dejar a una persona exhausta, lo que no puedo imaginar es cómo podría hacerla estrecha y limitada.

La manera más breve de resumir mi postura es afirmar que la mujer representa la idea de salud mental, el hogar intelectual al que la mente ha de regresar después de cada excursión por la extravagancia. Corregir cada aventura y extravagancia con su antídoto de sentido común no es —como parecen pensar muchos— tener la posición de un esclavo. Es estar en la posición de un Aristóteles o de un Spencer, es decir, poseer una moral universal, un sistema completo de pensamiento. Una mujer así tiene que hacer muchos equilibrios para arreglar y resolver casi todo, para adaptarse a lo que haga falta. Y hacer equilibrios puede ser propio de personas cobardes, que se arriman al más fuerte. Pero también define a las personas de carácter noble, que siempre se ponen al lado del más débil, como el regatista que equilibra un velero sentándose donde se necesita su peso. Así es la mujer, y su oficio es generoso, peligroso y romántico. Su carga es pesada, pero la humanidad ha pensado que valía la pena echar ese peso sobre las mujeres para mantener el sentido común en el mundo”.

Gilbert K. Chesterton, “Mujeres torturadas”, La mujer y la familia.

viernes, 14 de enero de 2022

PORQUÉ SE HIZO CATÓLICO EL GRAN PENSADOR


«La dificultad de explicar "por qué soy católico" radica en el hecho de que existen diez mil razones para ello, aunque todas acaban resumiéndose en una sola: que la religión católica es verdadera. Podría rellenar todo este espacio con distintas frases que empezaran con estas palabras "Es la única que…", como, por ejemplo: 1. Es la única que impide que el pecado se mantenga en secreto. 2. Es la única en la que aquel que es superior no puede serlo desde la arrogancia o la altanería. 3. Es la única que libera al hombre de la degradante esclavitud que supone comportarse como un niño. 4. Es la única que se expresa en términos de autenticidad; como si fuera un mensajero verdadero que rehúsa alterar el verdadero mensaje... 

 A menudo la Iglesia se pone en contra de las modas de este mundo efímero; y desde luego la Iglesia sabe muy bien lo efímeras que son las cosas. 

 La verdad es que nueve de cada diez ideas que consideramos nuevas son viejos errores conocidos. Una de las obligaciones prioritarias de la Iglesia católica consiste en evitar que la gente caiga en estos viejos errores, que se repiten una y otra vez cuando las personas se abandonan a sí mismas...». 

 G. K. Chesterton en su ensayo de 1926, "Por qué soy católico".