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viernes, 20 de enero de 2023

LA GRACIA SANTIFICANTE


  Participar a la naturaleza divina significa participar a la vida divina. Dios es vida. El mismo lo dice en el Evangelio: «Yo soy la resurrección y la vida; Yo soy el camino, la verdad y la vida» (San Juan 11, 25). ¿Dónde está la vida? «In Ipso vita erat: en El está la vida» (ibid. 1, 4). ¿Qué es la vida? «Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti Padre, y a quien enviaste Jesucristo» (ibid. 17, 3). 

 La vida: siempre nos encontramos con la vida cuando hablamos de Dios y cuando nos acercamos a El: vida en la doctrina de Cristo, vida en el Bautismo, vida en la Penitencia, vida en la Eucaristía... Fuentes y ríos de vida. «El que beba mi agua jamás volverá a tener sed, pues mi agua se convertirá en una fuente que salte hasta la vida eterna» le dijo Jesús a la samaritana (San Juan 4, 14). «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» decía Jesús (ibid. 10, 10). 

 LA GRACIA DE DIOS, INCOMPATIBLE CON EL PECADO 

Pues bien vamos a ver ahora cómo la gracia de Dios es la vida de Dios en el alma. La Gracia es incompatible con el pecado. Un alma no puede estar al mismo tiempo en pecado mor­tal y en gracia de Dios. 

 El pecado se define como la muerte del alma. El pecado es como sacar al hierro candente del fuego y enfriarlo, como apartar al espejo de la luz del sol. Y el pecador lo sabe: «Si cometo ese pecado grave sé que voy a perder el mayor tesoro del mundo: la gracia de Dios». No hay término medio. 

 ¡Qué terrible misterio! Mi alma -y lo mismo vale para todas las almas del mundo: o está en gracia de Dios o en pecado. No puede haber nadie que sea indiferente a la gracia. Por más que muchas personas no piensen o no quieran conocer lo que es la gracia, sin embargo están definidas en relación a ella: o tienen la gracia de Dios o carecen de ella y entonces están en pecado mortal. 

 Jesús en el Evangelio compara la gracia a una lámpara encendida. Cuenta aquella parábola de las 10 vírgenes (San Mateo 25), las amigas de la esposa, que esperaban la llegada del esposo para la boda. Cuando llegó el esposo, 5 estaban preparadas con sus lámparas de aceite encendidas y 5 no; y sólo las que tenían la lámpara encendida, pudieron entrar en la fiesta. Sólo hay dos alternativas: o la lámpara está encendida o está apagada. 

 Dios es el Dios de la vida. La gracia es la vida del alma. Por eso desde el mismo instante en el que un alma recupera la gracia de Dios, no hay pecado en ella. Después puede cometer pecados veniales, pero eso no le hace perder la gracia. Así como hemos definido el pecado mortal como la muerte del alma, el pecado venial se puede definir como una mancha o una herida. 

 Imaginemos una niña que hace su Primera Comunión: lleva un vestido hermoso y blanco. Ahora bien: cuanto más hermoso y más blanco sea ese vestido, más feas se verán las manchas que tenga. Por eso no hay que pensar que el pecado venial es un pecado sin importancia: es como una mancha o una herida. Cuantas más heridas acumula una persona más cerca está de la muerte, y cuantos más pecados veniales hacemos con deliberación más cerca estamos del pecado mortal. 

 El que comete un pecado mortal hace lo mismo que hizo en el Antiguo Testamento Esaú, que por un plato de lentejas vendió su derecho de primogeni­tura: pierde todo. 

 Por eso ya vemos que el primer efecto que causa la gracia en el alma es darle la vida de Dios y acabar con la muerte del pecado. 

 LA GRACIA DE DIOS: VIDA DIVINA 

Ahora bien, no se acaban aquí los inmensos beneficios de la gracia. La gracia no sólo nos quita la muerte del alma, sino que nos da una plenitud de vida. Es decir, que la gracia no es una especie de letargia o “coma” espiritual. Los enfermos muy graves que caen en estado de coma están vivos, pero muy poco vivos, si podemos hablar así. Son co­mo plan­tas, porque aunque viven no se mueven. Por eso decimos que la gracia no es un estado de coma sino una plenitud de vida. 

 San Pablo nos dice en su Epístola a los Romanos lo que es el resumen de la gracia bajo este aspecto: «No habéis recibido el espíritu de esclavos sino el de adopción de hijos, con el que clamamos: Abba, Padre. El mismo Espíritu da testimonio en nuestro interior, de que somos hijos de Dios» (Rom. 8, 15). 

 He aquí que la vida divina en nosotros, por la gracia, nos convierte en verdaderos hijos de Dios. Para ser padre es preciso transmitir a otro la propia vida y naturaleza. El artista que fabrica una estatua no se convierte en su padre, sino sólo en su autor. En cambio las personas que nos han dado a nosotros la vida son nuestros padres en el orden natural, porque nos dieron su propia naturaleza humana. 

 Ahora bien: la gracia santificante no nos da esta filiación natural de Dios: ¿por qué? Porque Dios sólo tiene un Hijo según su naturaleza: el Verbo Eterno, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Sólo a El le transmite toda la plenitud de su naturaleza divina, de tal modo que el Hijo es exactamente igual al Padre. Nuestra filiación divina es muy distinta, como dice San Pablo, es adoptiva. 

 FILIACION ADOPTIVA 

Esto no impide que nuestra filiación adoptiva está mil veces por encima de todas las filiaciones adoptivas humanas, pues ésta no es un mero título jurídico, sino que nos comunica la verdadera vida divina. Por eso dice san Juan en su primera epístola: «ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos de verdad» (1 Juan 3, 1). 

 Si se permitiera la comparación, es como si se nos inyectara sangre divina que comienza a circular realmente en las venas de nuestra alma, haciéndonos entrar en la familia misma de Dios. 

 Esta participación de la naturaleza divina es la razón por la que el alma en estado de gracia es lo que Cristo por naturaleza: hijo de Dios. Por ella adquiere en el plano de la adopción el máximo parecido con Jesucristo. A esta gran realidad se refiere san Pablo en su epístola a los Romanos: «Los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo, para que Este sea el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8, 29). Y el mismo Cristo se proclamó abiertamente nuestro hermano: «No temáis: id y decir a mis hermanos que vayan a Galilea y que allí me verán» (San Mateo 28, 10). «Subo a mi Padre y a vuestro Padre» (San Juan 20, 17). 

 Este privilegio de la filiación adoptiva eleva al alma en estado de gracia a una dignidad casi infinita. 

 LA GRACIA: INHABITACION DE DIOS EN EL ALMA 

Pero no acaba aquí el misterio de la gracia. No es sólo la vida de Dios en el alma, sino el mismo Dios en el alma, lo que los teólogos suelen llamar «inhabi­tación» de la Santísima Trinidad en el alma. Qué diferente de la paternidad humana: que da la vida a sus hijos, incluso un parecido: pero el padre nunca vive en sus hijos. 

 El hecho de la inhabitación de la Sma. Trinidad en el alma es una verdad de fe. Nos lo dice Nuestro Señor en el Evangelio y los apóstoles en sus epístolas: 

 “Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos nuestra morada en él” (San Juan 14, 23). 

 “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?” (1 Cor. 3, 16). 

 “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que mora en vosotros?” (I Cor. 6, 19). 

 No cabe pues duda la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma en estado de gracia. Es verdad que san Pablo atribuye esta inhabitación al Espíritu Santo. Esto no quiere decir se trate de una presencia especial de la Tercera Persona, sino que esta inhabitación se le atribuye a El por apropiación, ya que es una obra de amor, y que las obras de amor se le apropian al Espíritu Santo. 

 El modo por el que Dios está presente en nuestra alma es real, pero diferente de su presencia en la Sagrada Eucaristía. En la Eucaristía Dios está presente de un modo particular, pues sabemos que quien está realmente presente en la Eucaristía es Jesucristo, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. 

 La presencia de Dios en el alma es distintinta a la de la Eucaristía. La presencia que establece Dios en el alma justificada por la gracia es la presencia del padre y del amigo en el alma: es decir, una presencia de paternidad divina y de amistad divina. 

 El alma se convierte en hija de Dios por adopción, la cual es muy superior a las adopciones humanas. Desde este momento, Dios, que ya residía en el alma como está en todas partes, comienza a vivir en ella como Padre, y a mirarla como verdadera hija suya. 

 Al infundirse en el alma junto con la gracia santificante, Dios se halla en ella como amigo. La inhabitación de Dios en el alma tiene una finalidad altísima: la presencia de Dios mismo en el alma. La inhabitación es el efecto más grande de la misma gracia santificante, pues gracias a ella tenemos la presencia de Dios. 

 TEMPLOS DE DIOS

 El alma del justo es como un cielo todavía oscuro, pues la Santísima Trinidad está en él y un día la verá con claridad. ¡Qué deberes tan grandes para con este huesped divino! 

 Pensar con frecuencia en El y decirse: «Dios está en mí». Consagrar a Dios todos los momentos y horas del día, diciendo: «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Adorarle: «Mi alma glorifica al Señor». 

 Este es el verdadero camino a la santidad: la experiencia de Dios en nosotros o el desarrollo de la vida de la gracia. Son los santos los que, por haberse dado cuenta de ello, viven como se debe vivir; las demás almas están un tanto dormidas. Es como si un padre para distraer a su hijo que alborota mucho, le diese para distraerse un billete de $ 500. El pobre niño no pudiendo saber el valor de lo que se le da, podría jugar con él e incluso romperlo. 

Pues bien: eso es lo que suele ocurrir con nosotros, que ignoramos estas grandes verdades y fácilmente las perdemos de nuestra alma por el pecado mortal. Pues bien, esperemos que con la ayuda de Dios y de la Santísima Virgen, estas consideraciones nos ayuden a comprender mejor y valorar como se debe todo lo que Dios nos ha dado en este misterio.

sábado, 2 de abril de 2016

LA CONFESIÓN GENERAL, CUÁNDO OBLIGA Y CUÁNDO CONVIENE



Discípulo. –– Padre, la última cosa. ¿Qué es la Confesión General?

Maestro. –– Se llama Confesión General a la acusación de todas las culpas cometidas en toda la vida o en parte notable de ella (por ejemplo, a partir de que se realizó la primera confesión mal hecha, incluyendo las subsecuentes, hasta la fecha actual).

D. — ¿Es necesaria la Confesión General?

M. — Para muchos puede ser necesaria para otros solamente útil y para algunas nocivas.

D. — ¿Cuándo es necesaria?

M. — Es necesaria cuando las confesiones precedentes fueron sacrílegas o nulas.

D. — ¿Y cuándo son sacrílegas y cuándo nulas?

M. — Las confesiones son sacrílegas (y por lo mismo también nulas) cuando, a sabiendas, se callan pecados graves, sabiendo que hay obligación de confesarlos, o bien, cuando falta el dolor o, propósito necesarios; son (solo) nulas cuando la falta de dolor o de propósito de no pecar, no la advertía el penitente en el acto de la confesión.

D. — ¿Quién, pues, se encuentra en la necesidad de hacer Confesión General?

M. — Encuéntrase en la absoluta necesidad de hacer una confesión general, aquellos que, sea por malicia, sea por vergüenza, callaron o negaron algún pecado mortal en las confesiones pasadas, o bien, alguna circunstancia que cambiase la especie del pecado o no se acusaron con precisión del número de los pecados mortales, de que tenían conciencia, o también declararon los pecados al confesor en forma tal, que no entendiese, o bien, si le engañaron con mentiras graves al responder a sus preguntas.

D. — Tenga la bondad de explicarme con ejemplos todas estas cosas.

M. — Supongamos que un pobrecito pecador desde la primera vez que se confesó, calló ciertos pecados por vergüenza de confesarlos; aun cuando hubiera declarado bien todos los demás, sin embargo, por no haber corregido la primera confesión mal hecha, ninguna de las confesiones fue buena, y por lo mismo se encuentra en la absoluta necesidad de subsanarlas todas, con una confesión general en la que, además debe acusarse de los sacrilegios cometidos.

Supongamos otro que desgraciadamente, habiendo cometido en otros tiempos ciertos pecados de obra, al acusarse de ellos siempre hubiera (solo) dicho que tuvo malos pensamientos; también éste se confesó mal y tiene necesidad de confesarse generalmente.

Supongamos todavía otro que tuvo la desgracia de cometer pecados, pero con otra persona; si al confesarlos calló esta circunstancia y lo hizo a caso hecho, cómo la condición particular de haber pecado con aquella persona debía haberla manifestado y culpablemente la calló, se confesó mal y debe confesarse también generalmente.

Supongamos, por último, que otro tuviese la costumbre de cometer cuatro o cinco pecados graves cada semana o cada mes y que al confesarse, en vez de cuatro o cinco pecados declaro sólo dos o tres, o bien tres o cuatro, sabiendo con seguridad que mentía, éste si confesaba, confesaba mal, y se halla en el caso de los anteriores, es decir, que debe hacer Confesión General.

D. — ¡Por Dios!

M. — Aún más. La Confesión General es, en segundo lugar es de absoluta necesidad para quien siempre se ha confesado sin dolor y propósito de no cometer más pecados, según se ha dicho anteriormente, o también para quien no ha cumplido fielmente las obligaciones impuestas por el confesor, como por ejemplo de abandonar la ocasión próxima y voluntaria de los pecados o destruir algún libro prohibido o entregarlo a quien tenga licencia para leerlo o retenerlo, de romper con ciertas relaciones, y así de otros casos semejantes. Todos éstos habiendo faltado a las cualidades sustanciales de la confesión, deben por lo mismo poner en orden y tranquilidad su conciencia mediante una buena Confesión General.

D. — Padre, ¿estos tales son pocos o son muchos?


M. — ¡Plugue a Dios que sea pocos los que se encuentran en estas circunstancias! Mas la experiencia diaria demuestra que el número de ellos es, mucho mayor de lo que se cree, aun entre personas aparentemente buenas.

En la vida de Santa Inés de Monte Pulciano se lee, que un señor rico, estimado por todos como buen cristiano, siendo como era muy devoto de aquella santa y de su monasterio, la socorría con muchas y generosas limosnas; y la santa, en cambio, rogaba mucho por su bienhechor.

Cierto día, estando la santa en oración, fue arrebatada en éxtasis, durante el cual vio en medio del infierno un palacio todo de fuego, y oyó una voz que le dijo: “Inés, este palacio es de tu bienhechor, y cuanto antes vendrá a habitarlo”. Vuelta en sí Inés muy asombrada mandó llamar a aquel señor que viniese a verla. Vino, en efecto, contóle la santa la espantosa visión que había tenido. Aquel señor tembló, palideció y como desvanecido, declaró sinceramente que hacía como treinta años que se confesaba mal, a causa de haber permanecido siempre voluntariamente en ocasión próxima de pecado. Entonces la santa lo animó a hacer una buena Confesión General. Obedeció aquel señor y he aquí, que Inés, tuvo luego otra visión en la que vio aquel palacio en el Paraíso, y oyó la misma voz que le decía: “bien pronto vendrá tu bienhechor a habitarlo”.

Ahora bien, todo aquel que, a causa de sus malas confesiones, tema tener preparado su palacio o su casa en el infierno, ya sabe lo que debe hacer para librarse: confesarse bien.

D. — Padre, cuando uno se dejó algunos pecados en las confesiones pasadas por ignorancia o por olvido y después lleva a conocerlos o a recordarlos, ¿está obligado a repetir las confesiones pasadas o confesarse generalmente?

M. — No, cuando los pecados se dejaron por ignorancia o por olvido, entonces sólo hay Obligación de reparar aquellas omisiones parciales. Para que haya obligación de la Confesión General, es preciso que se trate de haber recibido mal el sacramento a sabiendas y queriendo cometer sacrilegio.

D. —Y cuando dudamos de si tenemos obligación o no, de hacer Confesión General, ¿cómo debemos comportarnos?

M. — En este caso expónganse al confesor las dudas que se tengan, y sígase su resolución.

LA CONFESIÓN GENERAL ES ÚTIL EN OTROS CASOS

D. — Gracias, Padre; y ahora dígame: ¿para quiénes será útil la Confesión General?

M. — 1. Es útil a quien duda acerca del valor de las confesiones pasadas, y tiene necesidad de poner en paz su conciencia.
2. Es útil a todos aquellos que nunca la han hecho, pues suele producir en sus corazones mayor contrición de los pecados y consolidar la firmeza y la eficacia del propósito de no volver a cometer más.
3. Es también muy útil a aquellos que se encuentran en un punto decisivo de su vida o deben escoger o abrazar un estado del cual depende su porvenir espiritual. Estos podrán así recibir del confesor, que hace las veces de Dios, mayor luz y mejor consejo y conseguir mayor seguridad en su elección.

D. — ¿Por ejemplo, los esposos, al aproximarse las bodas?

M. — Así es. También a éstos les es muy útil la Confesión General, ya para disponerse mejor para recibir el sacramento que los ha de unir hasta la muerte de uno de ellos, ya para obtener aquella luz y consejo indispensable para gobernarse debidamente en tal estado. El matrimonio es un sacramento grande ¡ay de quien lo recibe indignamente! Dios no bendecirá nunca un matrimonio en el que interviene el pecado.

D. — ¿Cuándo, Padre, puede intervenir el pecado en el noviazgo?

M. — 1. Cuando se prolonga mucho el noviazgo (prolongarlo innecesariamente expone a faltas graves).

2. Cuando se permiten los novios ciertas libertades en sus conversaciones y en sus tratos.

3. Cuando, estando en pecado los novios, o no se confiesan, o, lo que es peor, se confiesan mal, para casarse.

D. — ¿Es, pues, necesario en tal confesión manifestar que se va a contraer matrimonio, y pedir consejo al confesor en tales circunstancias?

M. — Sin duda. No manifestándolo, ¿cómo puede el confesor ilustrarles en lo concerniente al nuevo estado que pretenden abrazar?

D. — Padre ¿cuál es el tiempo más propicio para hacer una Confesión General?

M. — Si se trata solamente de pura utilidad o devoción, el tiempo más indicado es el de los Ejercicios Espirituales, y mejor al fin de los mismos; más si se trata de ponerse en gracia de Dios, debe hacerse cuanto antes se pueda.

Quien piensa disponer de tiempo (para su conversión), no se demore, dice el proverbio.

D. — ¿Y se deben escribir los pecados para mejor recordarlos?

M. — Generalmente no. El que tuviere necesidad de recurrir a la escritura, hágalo con la debida cautela, y apenas terminada la confesión, destruya aquel escrito, de modo que nadie pueda ya leerlo, ni siquiera el mismo penitente (puede, también, escribirse en clave que solo el penitente entienda).

Entre los muchos episodios chistosos que se leen en la vida de San Juan Bosco, se encuentra el siguiente: Un buen muchacho, deseoso de hacer con la mayor precisión posible su confesión general, había escrito sus pecados, llenando con ellos un cuadernillo. Más sin saber cómo, perdió el pequeño volumen de sus infaustas gestas. Mete una y más veces sus mayos en los bolsillos, busca y vuelve a buscar por todas partes. El manuscrito no aparece. Entonces el pobre muchacho se desconsuela, siente oprimírsele el corazón y rompe a llorar. Por buena suerte, el cuadernito se lo había encontrado Don Bosco. Cuando los compañeros del muchacho lo llevaron llorando ante el Santo, sin haberle podido arrancar la causa de su llanto, Don Bosco le preguntó:

— ¿Qué te pasa, Jaimito? ¿Estás enfermo? ¿Tienes algún disgusto? ¿Te han pegado?

El buen muchacho enjugándose un poco las lágrimas y animándose un poco, le responde, ¡He perdido los pecados! A estas palabras los compañeros prorrumpieron en regocijadas risas, y Don Bosco, que en seguida lo había comprendido todo, le dice discretamente:

—Feliz de ti si has perdido los pecados, y mucho más feliz, si ya no los vuelves a encontrar, porque sin pecados, irás ciertamente al cielo.

Mas Jaimito pensando que no había sido comprendido, se explicó diciendo:

— ¡He perdido el cuaderno en que los tenía escritos!

Entonces, D. Bosco, sacando del bolsillo el gran secreto, le dice:

—Está tranquilo, querido, que tus pecados han caído en buenas manos; ¡élos aquí!

Al verlos el pobrecito se sosegó y sonriendo añadió:

—Si hubiese sabido que era Ud. quien los había encontrado, en vez de llorar me hubiera echado a reír. Esta noche al irme a confesar lo hubiera dicho: Padre, me acuso de todos los pecados que usted se ha encontrado y que tiene en el bolsillo.

D. — Muy chistoso, en verdad, es el caso, y como todos los episodios y escenas de este gran educador y humildísimo santo, lleno de dulzura. 

Y finalmente, Padre, ¿para quiénes podría ser nociva la Confesión General?

M. — Puede ser nociva especialmente para las personas escrupulosas o llenas de ansiedades y de vanos temores: para aquellos que, habiéndola hecho varias veces, no se aquietan nunca y quisieran cada momento decir, desde el principio, lo que tienen dicho ya cien veces. A todos éstos, la confesión general les servirá sólo para suscitarles un avispero de mayores ansiedades y escrúpulos. Estos deben obedecer al confesor, y cuando él les asegura que pueden estar tranquilos... que él responde ante Dios del estado de su alma, ¿por qué dudar? El confesor ve y juzga mejor que ellos. Deben, pues, quedar bien persuadidos de que obedeciendo al confesor, obedecen a Dios mismo.

D. — Entonces, pues, cuando el confesor no permite la Confesión General, ¿debe ser obedecido?

M. — Sin duda, cuando el confesor no permite la Confesión General está en uso de sus plenos derechos y el penitente tiene el deber de obedecer. Solamente a este precio se consigue poco a poco llegar a gozar de aquella tranquilidad tan suspirada. Querer encontrar la paz por otros caminos, es como pedir peras al olmo.

Ya vez, en resumen, de cuánta importancia es la Confesión General. Después de esto no hay por qué maravillarnos que haya sido tan recomendada de los santos, como de un San Ignacio, de un San Carlos Borromeo, de un San Francisco de Sales, de un San Buenaventura, de un Santo Tomás de Aquino, que son los más célebres por su práctica espiritual y por su doctrina.

Animo, pues. Ninguno se deje engañar del demonio; y teniendo necesidad, dispóngase a hacer una Confesión General. Anímemos el pensamiento de que, por su remedio, podemos en cierto modo reconquistar la inocencia bautismal.

En la vida de los santos monjes del desierto se lee que un joven, gran pecador, se presentó al monasterio con el fin de hacerse religioso, al cual el Superior le mandó que hiciera Confesión General el domingo siguiente en la iglesia del monasterio. El joven con este intento se preparó y escribió todos sus pecados para mejor recordarlos y confesarlos. Ahora bien, mientras se confesaba leyendo sus culpas, un monje de los más ancianos y virtuosos vio al mismo tiempo un ángel que iba tachándolos del catálogo que tenía en la mano el joven, hasta dejarlo por fin completamente blanco; como significando la blancura inmaculada con que había quedado adornada el alma de aquel joven.

Un hecho semejante lo refiere Cesáreo, Obispo de Arles. Era cierto estudiante de París, el cual, habiendo sido gran pecador, pero queriéndose convertir de veras y a toda costa, fue a hacer Confesión General con un buen confesor de la Orden Cisterciense. Más no pudiendo declarar sus pecados, por la abundancia de lágrimas y suspiros, el confesor le exhortó a que los escribiese en un papel, lo que el joven hizo de muy buena gana. Púsose luego el confesor a leerlos y encontró allí casos tan enormes, y complicados que no se atrevió a resolverlos por sí mismo, por lo que pidió y obtuvo del penitente la licencia necesaria para consultar acerca de ellos con el Superior. Mas cuando el Abad tomó aquel papel para leerlo, al punto exclamó: “Pero, ¿qué cosa he de leer si no hay nada escrito?” —En efecto, Dios milagrosamente había borrado del papel todos los pecados de aquel joven, así como los había también borrado de su alma.

Más, ¿a qué ir aduciendo ejemplos de los santos, cuando el mismo Jesucristo nos declara que la Confesión General nos devuelve verdaderamente la inocencia bautismal? En confirmación de esto tenemos el de Sta. Margarita María Alacoque.

Estaba la Santa practicando los Santos Ejercicios Espirituales, cuando se le apareció Jesucristo, y le dijo: ––“Margarita, deseo que renueves la Confesión General de los pecados de toda tu vida, y yo te regalaré un cándido vestido”.

Margarita, para complacer a Jesús, puso mano a la obra, y después de un diligente examen, verificó su Confesión General. Inmediatamente después se le apareció de nuevo Jesús, quien llevando en sus manos un blanquísimo vestido se lo vistió diciéndole: “Este es, Margarita, el vestido que te había prometido”. Aquella cándida vestidura era la imagen de la inocencia bautismal.

¡Oh, mil veces bendita sea la Confesión General, que produce en nuestras almas, tan maravillosos efectos, que la purifica más y más y la deja de nuevo tan bella como si entonces acabara de salir de la pila del Santo Bautismo!

D. —Gracias, Padre, lo he entendido todo muy bien, y le agradezco cordialmente su doctrina; la estamparé en mi corazón.

CONFESAOS BIEN

Pbro. Luis José Chiavarino




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sábado, 8 de febrero de 2014

EL ESPÍRITU SANTO Y LA GRACIA. CATECISMO EN VIDEOS. SÉPTIMO TEMA





A continuación publicamos el séptimo tema de esta serie de videos para catequesis. Como explicamos en el primer tema, el material está plenamente apegado al dogma y cuenta con la aprobación del entonces arzobispo primado de México. Está dirigido a niños y adolescentes pero también es útil y aprovechable para adultos. Seguramente muchos lectores adultos aprenderán aspectos que desconocían de su fe y de la historia sagrada.

Es muy aconsejable que los papás lo vean conjuntamente con sus hijos, pues es un material muy didáctico y con doctrina segura, para que lo utilicen como complemento en la catequesis familiar. Por supuesto, será de gran utilidad y apoyo didáctico, también, para el catecismo en grupos de iglesias y parroquias.

Para seguir toda la serie que se irá publicando paulatinamente, basta hacer click en nuestra etiqueta: 

lunes, 8 de febrero de 2010

LA GRACIA SANTIFICANTE ES UN DON PERSONAL


Autor: P. Jorge Loring S.J.

La gracia santificante es una cualidad que hace subir de categoría al hombre dándole como una segunda naturaleza superior.

--La gracia santificante es un don personal sobrenatural y gratuito, que nos hace verdaderos hijos de Dios. La recibimos en el Bautismo--.

1. La gracia santificante es un don sobrenatural, interior y permanente, que Dios nos otorga, por mediación de Jesucristo, para nuestra salvación.

Don sobrenatural: Supera la naturaleza humana.

Don permanente: Mora en el alma mientras se está en gracia, sin pecado mortal. Sólo Dios da la gracia santificante.

Todas las gracias son concedidas por los méritos de Jesucristo.
Dios nos da la gracia santificante para salvarnos.

La gracia santificante es una cualidad que hace subir de categoría al hombre dándole como una segunda naturaleza superior. Es como una «semilla de Dios». La comparación es de San Juan.

Desarrollándose en el alma produce una vida en cierto modo divina como si nos pusieran en las venas una inyección de sangre divina. La gracia santificante es la vida sobrenatural del alma. Se llama también gracia de Dios.

La gracia santificante nos transforma de modo parecido al hierro candente que sin dejar de ser hierro tiene las características del fuego.

«Lo que Dios es por naturaleza, nos hacemos nosotros por la gracia».

La gracia de Dios es lo que más vale en este mundo. Nos hace participantes de la naturaleza divina. Esto es una maravilla incomprensible, pero verdadera. Es como un diamante oculto por el barro que lo cubre.

El siglo pasado Van Wick construyó con guijarros una casita en su granja de Dutoitspan (Sudáfrica). Un día, después de una fuerte tormenta, descubrió que aquellos guijarros eran diamantes: el agua caída los había limpiado del barro. Así se descubrió lo que hoy es una gran mina de diamantes. La gracia es un diamante que no se ve a simple vista.

La gracia nos hace participantes de la naturaleza divina, pero no nos hace hombres-dioses como Cristo que era Dios, porque su naturaleza humana participaba de la personalidad divina, lo cual no ocurre en nosotros.

Dios al hacernos hijos suyos y participantes de su divinidad nos pone por encima de todas las demás criaturas que también son obra de Dios, pero no participan de su divinidad. La misma diferencia que hay entre la escultura que hace un escultor y su propio hijo, a quien comunica su naturaleza.

Cuando vivimos en gracia santificante somos templos vivos del Espíritu Santo. La gracia santificante es absolutamente necesaria a todos los hombres para conseguir la vida eterna. La gracia se pierde por el pecado grave.

En pecado mortal no se puede merecer. Es como una losa caída en el campo. Debajo de ella no crece la hierba. Para que crezca, primero hay que retirar la losa. Estando en pecado mortal no se puede merecer nada.

Quien ha perdido la gracia santificante no puede vivir tranquilo, pues está en un peligro inminente de condenarse.

La gracia santificante se recobra con la confesión bien hecha, o con un acto de contrición perfecta, con propósito de confesarse.

El perder la gracia santificante es la mayor de las desgracias, aunque no se vea a simple vista. Sin la gracia de Dios toda nuestra vida es inútil para el cielo.

Por fuera sigue igual, pero por dentro no funciona: como una bombilla sin corriente eléctrica. Dice San Agustín que «como el ojo no puede ver sin el auxilio de la luz, el hombre no puede obrar sobrenaturalmente sin el auxilio de la gracia divina».

En el orden sobrenatural hay esencialmente más diferencia entre un hombre en pecado mortal y un hombre en gracia de Dios, que entre éste y uno que está en el cielo. La única diferencia en el cielo está en que la vida de la gracia -allí en toda su plenitud- produce una felicidad sobrehumana que en esta vida no podemos alcanzar.

Esta vida es el camino para la eternidad. Y la eternidad, para nosotros, será el cielo o el infierno. Sigue el camino del cielo el que vive en gracia de Dios.

Sigue el camino del infierno el que vive en pecado mortal.Si queremos ir al cielo, debemos seguir el camino del cielo. Querer ir al cielo y seguir el camino del infierno, es una necedad.

Sin embargo, en esta necedad incurren, desgraciadamente, muchas personas. Algún día caerán en la cuenta de su necedad, pero quizá sea ya demasiado tarde.

2. Además de la gracia santificante Dios concede otras gracias que llamamos gracias actuales, que son auxilios sobrenaturales transitorios, es decir, dados en cada caso, que nos son necesarios para evitar el mal y hacer el bien, en orden a la salvación. Pues por nosotros mismos nada podemos. No podemos tener una fe suficiente, ni un arrepentimiento que produzca nuestra conversión.

Las gracias actuales iluminan nuestro entendimiento y mueven nuestra voluntad para obrar el bien y evitar el mal.

Sin esta gracia no podemos comenzar, ni continuar, ni concluir nada en orden a la vida eterna.

Según Pelagio, monje inglés del siglo V, el hombre con sus fuerzas morales puede, hacer el bien y evitar el mal, convertirse y salvarse.

Pero la doctrina católica sostiene que el hombre no puede cumplir todas sus obligaciones ni hacer obras buenas para alcanzar la gloria eterna sin la ayuda de la gracia de Dios. Merecer el cielo es una cosa superior a las fuerzas de la naturaleza humana.

Pero como Dios quiere la salvación de todos los hombres, a todos les da la gracia suficiente que necesitan para alcanzar la vida eterna. Con la gracia suficiente el hombre podría obrar el bien, si quisiera.

La gracia suficiente se convierte en eficaz cuando el hombre colabora.

Los adultos tienen que cooperar a esta gracia de Dios. Dijo San Agustín: «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti».

«Dios ha querido darnos el cielo como recompensa a nuestras buenas obras. Sin ellas es imposible, para el adulto, conseguir la salvación eterna.

»Nuestra salvación eterna es un asunto absolutamente personal e intransferible. Al que hace lo que puede, Dios no le niega su gracia.

»Y sin la libre cooperación a la gracia es imposible la salvación del hombre adulto» .

Con sus inspiraciones, Dios predispone al hombre para que haga buenas obras, y según el hombre va cooperando, va Dios aumentando las gracias que le ayudan a practicar estas buenas obras con las cuales ha de alcanzar la gloria eterna. «Tan grande es la bondad de Dios con nosotros que ha querido que sean méritos nuestros lo que es don suyo».

Esta gracia, que nos eleva por encima de la naturaleza caída, la mereció el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo en la cruz. La obtenemos mediante la oración y los Sacramentos.
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