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martes, 22 de abril de 2025

MEMENTO MORI



Recuerdas que has de morir. La actitud de un cristiano ante la muerte, no debe ser de puro sentimentalismo, sino de fe pura, y gran resignación ante la voluntad divina, incluso de Esperanza. 

Pero la muerte mueve a muchos a un sentimiento de falsa piedad pensando que “absolutamente todos los muertos son buenos”. La correcta actitud de un católico es rezar por las almas del Purgatorio. Lo demás le correponde a Cristo, que si bien es misericordioso también es justo. Y ante Él debemos dar cuenta. 

La muerte nos tocará a todos. Nadie en esta vida se verá exento de las consecuencias del Pecado Original. Solo la Virgen María tuvo ese privilegio. 

Muchos lloran y se lamentan, pero no dan a sus difuntos lo que realmente necesitan: Misas y Oraciones por él. Es lo que piden las almas del purgatorio, es lo que la Iglesia enseña, y las Escrituras. 

“Las almas del Purgatorio son ayudadas por los sufragios de los fieles, especialmente por el sacrificio del Altar”, declaró el Concilio de Trento, instruyendo también a “los Obispos a esforzarse diligentemente para asegurar que la sana doctrina sobre el Purgatorio, transmitida por los Santos Padres y los Sagrados Concilios, sea creída, mantenida, enseñada y predicada en todas partes” (sesión del 3 y 4 de diciembre de 1563).

“Es, pues, un pensamiento santo y saludable el rogar por los difuntos, a fin de que sean libres de sus pecados” (II de Macabeos XII, 46).

Porque si bien todos resucitaremos, algunos lo harán para la vida eterna, y otros tristemente, para la condenación eterna. 

No niegues a los difuntos lo que tanto necesitan, pues con la misma vara con que hoy midas serás medido, y si no usas de misericordia con las almas de tu mayor obligación, tampoco la habrá para ti, en aquel día terrible.


jueves, 3 de abril de 2025

EL GRAN JUICIO: LA HISTORIA DE UN HOMBRE QUE SE CREÍA JUSTIFICADO


 
Había una vez un hombre. Un hombre bueno. O al menos, eso pensaba él.

Era un hombre que creía. Creía con una fe inquebrantable. Creía, con toda la seguridad de un reformador con un martillo en la mano y una puerta frente a sí, que con esa fe bastaba. Que con esa fe, solo con esa fe, era justo ante Dios.

Había leído a Lutero y a Calvino con fervor, había discutido con todos sus amigos católicos, y estaba seguro, absolutamente seguro, de que la salvación era suya, sin obra alguna que demostrarlo. Y en su infinita seguridad, murió.

Y entonces, despertó en un gran salón.

No era un salón terrenal. No tenía muros visibles ni techo, y sin embargo, se sentía encerrado en él. No tenía luz que viniera de alguna parte, y sin embargo, todo estaba iluminado. No tenía voz que hablara y sin embargo, algo en él comprendía que el juicio había comenzado.

Y así, una voz —una voz que no necesitaba presentarse— le preguntó:

— ¿Has sido justo?

El hombre, con la misma seguridad con la que había discutido sobre sola fide en cientos de foros de Internet, levantó la barbilla y declaró:

— ¡Sí, porque tuve fe!

Hubo un silencio, como si el universo entero se hubiese detenido a escuchar su respuesta.

Y entonces, se abrió ante él un libro. Un libro enorme, como una gran cuenta de contabilidad divina. Su nombre estaba ahí, brillante y claro.

Y debajo de su nombre, nada.

Nada.

Ni una obra de misericordia. Ni una obra de caridad. Ni una sola vez en la que hubiera dado de comer al hambriento, vestido al desnudo, visitado al enfermo. Nada.

Y la voz preguntó de nuevo, con una calma que cortaba como una espada:

— ¿Dónde están tus frutos?

El hombre titubeó. Por primera vez en su vida, su seguridad empezó a desmoronarse.

— Pero… yo creí.

Y entonces, sin previo aviso, se oyó otra voz. Una voz escrita hace siglos en las páginas de un apóstol que él había decidido ignorar:

— “Vosotros veis que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe.” (Santiago 2,24)

El hombre sintió un escalofrío recorrer su alma. Pero aún no estaba derrotado. No, él tenía respuestas, respuestas que había repetido una y otra vez en vida.

— Pero, pero… San Pablo dijo que somos justificados por la fe.

Hubo otro silencio. Y entonces, apareció otra página, una carta escrita por el mismo Pablo que él había citado. Y en ella, estas palabras brillaban como fuego:

— “No son los que oyen la ley los justos ante Dios, sino los que la cumplen serán justificados.” (Romanos 2,13)

El hombre sintió que la seguridad se le escapaba de los dedos como arena en el viento.

— Pero… pero… yo fui justo porque Dios me lo imputó. Yo… yo no tenía que hacer nada, solo creer.

Hubo un susurro en el aire, un eco de siglos de sabiduría. Y entonces, desde la nada, surgió la figura de un hombre con una pluma en la mano y la mirada de quien ha derrotado herejías antes del desayuno.

San Roberto Belarmino.

— “Si la justificación consistiera solo en una declaración de justicia sin transformación real del alma, Dios sería un mentiroso, llamando justo a lo que sigue siendo injusto.”

Y por primera vez, el hombre vio el abismo de su error.

Dios no podía ser un mentiroso. Y sin embargo, su doctrina hacía de Dios un mentiroso. Porque si él, sucio, vacío, sin frutos, era llamado justo por un simple acto declarativo, entonces la justicia no tenía sentido.

— Pero… Lutero dijo…

Y en ese instante, otra figura apareció, con la calma de un león y la lógica de una máquina imparable. Santo Tomás de Aquino.

— “La justificación del impío es una transmutación del alma en la que, por la gracia de Dios, el pecador se vuelve verdaderamente justo.” (STh I-II, q. 113, a. 2)

— Pero…

Y entonces, apareció otro hombre. Un obispo de corazón de fuego y lengua afilada, un caballero que había destrozado la herejía con palabras tan dulces como implacables.

San Francisco de Sales.

— “La justificación que no produce un cambio real es un fantasma sin sustancia. Si la fe sin obras está muerta, ¿cómo podría justificar lo que está muerto?”

El hombre sintió que su alma temblaba.

Y entonces, la voz volvió a hablar.

— Dios te creó sin ti, pero no te salvará sin ti.

El hombre reconoció las palabras. San Agustín las había dicho. Las había leído. Pero nunca las había entendido.

Porque toda su vida, él había creído que la salvación era un cheque en blanco. Que podía creer y seguir igual. Que su alma podía ser un cadáver envuelto en un manto de justificación imputada.

Pero ahora lo veía. Ahora lo entendía. El alma debía ser transformada. La fe debía ser acompañada por el amor. La gracia no solo cubría el alma, sino que la hacía nueva.

Y él… él no había hecho nada.

Y en ese instante, comprendió lo que significaba la parábola de los talentos. Comprendió lo que significaban las palabras de Cristo:

— “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber.” (Mateo 25,41-42)

Él creía que Dios no le pediría nada más que fe. Pero ahora veía que Dios esperaba frutos. Y no los tenía.

Y por primera vez en su existencia, el terror le invadió.

La voz habló por última vez.

— Si me amáis, guardad mis mandamientos. (Juan 14,15)

El libro se cerró.

Y el hombre, que había muerto creyéndose justificado, cayó en el abismo.


Epílogo: La Lección

El error protestante es un error fatal. Un error que suena piadoso, pero que en realidad es la mayor traición a la Escritura.

El hombre que confía en una justificación forense, en una justicia que no lo cambia, está viviendo una mentira.

Porque Dios no llama justo a lo que sigue siendo injusto.

Porque la fe sin obras es muerta.

Porque la gracia no solo cubre, sino que transforma.

Porque Dios nos creó sin nosotros, pero no nos salvará sin nosotros.

El hombre del juicio lo entendió demasiado tarde.

Pero tú, que has leído esto, aún estás a tiempo.

OMO

jueves, 28 de abril de 2022

ACUÉRDATE por Fray Luis de Granada


NADIE SABE CUÁNDO NI CÓMO

Acuérdate, pues, ahora, hermano mío, que eres cristiano y que eres hombre. Por la parte que eres hombre, sabes cierto que has de morir, y por la que eres cristiano, sabes también que has de dar cuenta de tu vida, acabando de morir. En esta parte, no nos deja dudar la fe que profesamos; ni en la otra, la experiencia de lo que vemos. Así que no puede nadie excusar este trago, que sea rey, que sea Papa. 

 Guía de pecadores. Fray Luis de Granada.

martes, 5 de abril de 2022

SÚPLICAS A LA VIRGEN SANTÍSIMA, MADRE DEL ETERNO JUEZ


Oh Madre de misericordia, yo me arrojo a vuestros pies, avergonzado y confuso por mis pecados, y temblando de horror por el riguroso juicio que me espera después de mi muerte.

Temo aquel paso tremendo de esta vida a la otra, cuando mi alma entre por la vez primera en aquellas regiones de la eternidad y en aquel nuevo mundo, donde es glorificada la infinita Bondad y la eterna Justicia de Dios: y ¿qué suerte me ha de caber allí para siempre? Oh Madre de misericordia, rogad por mí, miserable pecador.

Temo aquel espantoso Tribunal, donde ha de comparecer mi alma, y donde me he de ver solo frente a frente de todo un Dios para ser juzgado: ¿y qué va a ser de mí en aquel riguroso juicio? Oh Madre de misericordia, interceded por mí, miserable pecador.

Temo la sabiduría infinita del soberano Juez, porque es testigo de todas mis obras, palabras y pensamientos; y ¿qué podré responder si Él me acusa? Oh Madre de misericordia, interceded por mí, miserable pecador.

Temo la rectitud inflexible de aquella divina Justicia que no se tuerce por el favor ni por el interés, sino que pesa en perfectísima balanza las obras de los hombres, para dar a cada uno lo que ha merecido: y ¿en dónde están mis buenas obras y merecimientos? Oh Madre de misericordia, interceded por mí, miserable pecador.

Temo el poder omnipotente del supremo Juez, y desmaya mi corazón al solo pensamiento de que puede condenarme. Y si Él me condena ¿quién podrá ya librarme? Oh Madre de misericordia, interceded por mí, miserable pecador.

Temo la terrible acusación del maligno espíritu, y me lleno de espanto, viendo que podrá decir de mi vida que ha sido una cadena de iniquidades y pecados. Y ¿cómo me defenderé de los cargos que me haga? Oh Madre de misericordia, interceded por mí, miserable pecador.

Temo mi propia conciencia, agitada como las olas del mar y conturbada por los remordimientos, testimonios irrefragables de mi vida culpable. Y ¿qué podré replicar a las voces de mi propia conciencia? Oh Madre de misericordia, interceded por mí, miserable pecador.

Temo aquel examen tan riguroso que se ha de hacer de todos los días y actos de mi vida, del tiempo de mi niñez, del tiempo de mi mocedad, del tiempo de mi edad adulta, de los pecados que he cometido, de los que ocasioné con mis escándalos, de los que no impedí pudiendo estorbarlos, de las buenas obras mal hechas, y de las que dejé de hacer por negligencia culpable: y ¿cuál será la cuenta que podré dar a mi Dios? Oh Madre de misericordia, interceded por mí, miserable pecador.

Temo la misma defensa de mi Ángel Custodio, que tal vez, triste y lloroso apenas podrá responder y volver por mí: y solo podrá oponer a la terrible acusación del demonio, una penitencia poco sincera de mis gravísimas culpas, y algunas obras buenas llenas de defectos y desagradables a los purísimos ojos de Dios: y ¿qué será de mí, si el Ángel de mi guarda me desampara? Oh Madre de misericordia, interceded por mí, miserable pecador.

Temo finalmente la sentencia inapelable del Eterno Juez, y se estremecen mis carnes de horror, al considerar que si me halla indigno de entrar en la mansión celestial de los Justos, me arrojará para siempre de su presencia, y fulminará contra mí el espantoso anatema de la eterna reprobación. No lo permitáis, oh Madre de bondad, y por las entrañas de vuestra misericordia, oíd las súplicas de un pecador arrepentido, que clama a Vos diciendo: Oh Madre de misericordia, interceded por mí, miserable pecador.

Oración. 

Oh piadosísima Virgen María, madre y refugio de los pecadores, a quien el Dios de la justicia cedió el imperio de la misericordia; ya que en aquel riguroso Juicio no podré acudir a vuestra intercesión, os suplico ahora que me alcancéis la gracia de una sincera penitencia, y de una perfecta enmienda de mi vida, a fin de que al comparecer después de mi muerte ante el divino tribunal, merezca una sentencia favorable de eterna salvación. Por los méritos de vuestro Hijo, nuestro Señor, que en unión del Padre y del Espíritu Santo, vive y reina por todos los siglos de los siglos. Amén.

martes, 27 de octubre de 2020

NO DEJES TU CONVERSIÓN PARA EL ÚLTIMO INSTANTE

 


¡Oh momento terrible, del cual depende la eternidad! ¡Oh momentum, a quo pendet æternitas! Este es el que hacía temblar a los santos a la hora de la muerte, y les obligaba a exclamar: ¡Oh Dios mío! ¿En dónde estaré en pocas horas? Porque, como escribe San Gregorio, hasta el alma del justo se turba a las veces con el terror del castigo: Nonnumquam, terror vindicatœ etiam justi anima turbatur. (San Greg. Mor. XXIV). ¿Qué será, pues, de la persona que hizo poco caso de Dios, cuando vea que se prepara el suplicio en el cual debe ser sacrificado? (Job. XXI, 20). Verá el impío con sus propios ojos la ruina de su alma, y beberá el furor del Todopoderoso, esto es, comenzará desde este momento a experimentar la cólera divina... Cuando el moribundo vea... un sudor frío correrá por sus miembros, y no podrá ni hablar, ni moverse, ni respirar. Sentirá que se acerca más y más el momento fatal; verá su alma manchada por los pecados; el juez que le espera, y el Infierno que se abre bajo sus plantas. Y enmedio de estas tinieblas y de esta turbación, se hundirá en el abismo de la eternidad.

Es difícil, convertirse en el último momento,  pero no es imposible. La norma es que como se vive se muere. Pero hay excepciones. Hay unos que en el último momento llegan a realizar un contrición perfecta, esto es arrepentirse por verdadero amor a Dios y otros también a confesarse sinceramente contritos. Ciertamente alcanzarán a salvarse. Lo sabemos por revelaciones privadas, ¡pero qué inconsciente es quien espera ser la excepción de la norma!. ¿Cómo se puede calificar al insensato que deja para el final de su vida el arrepentimiento y la conversión, y en ello confía su destino eterno poniéndose en gravísimo riesgo de condenarse? ¿Tendrá tiempo? ¿Y si lo tiene, sus disposiciones serán sinceras? ¡Cuántas muertes accidentales o inminentes impiden al alma prepararse! Por ello el católico debe vivir siempre sin pecado, en gracia santificante, acudiendo para ello al Confesionario con frecuencia y cumpliendo con las debidas condiciones para que esas confesiones sean válidas.

¡Jesús mío crucificado! no quiero esperar que llegue la hora de la muerte para abrazaros, sino que os abrazo desde ahora. Os amo más que a todas las cosas, y, por lo mismo, me arrepiento con todo el corazón de haberos ofendido y despreciado a Vos, que sois bondad infinita. Yo propongo amaros siempre, ayudado de vuestra gracia, y espero no ofenderos en adelante. Ayudadme, Dios mío, por los méritos de vuestra pasión sacrosanta, para que siempre os ame hasta disfrutar con Vos el cielo, la gloria eterna.


Haz click aquí: http://www.catolicidad.com/2012/03/cinco-pasos-que-se-requieren-para-confesarse.html


lunes, 19 de octubre de 2020

A PROPÓSITO DE LOS SACRILEGIOS CONTRA LOS TEMPLOS DE DIOS

 

 Ese Nazareno a quien maldecís, no hizo jamás daño a nadie. No sólo creó todo lo que existe, y al hombre para que fuese feliz a su lado, sino que viendo la miseria en la cual el mismo hombre se había sumido por el pecado, derramó su sangre en la Cruz para la redención de todo el género humano. 

Pero los hombres nunca han dejado de ultrajarlo. 

No siempre será así. Aquél que se presentó como manso Cordero y se inmoló a sí mismo, regresará un día con la gloria que le pertenece. Ya no se presentará como un pobre que se humilla ante nosotros, simples criaturas, sino un Dios Todopoderoso que cobrará justicia contra todos aquellos que dedicaron su vida a la iniquidad.

Si al ofender a un rey mortal somos castigados tan severamente, ¿qué le espera a los impíos que no han hecho más que ofender y escupir a la cara del Dios Inmortal durante toda su vida? 

 - W. Garcia