domingo, 22 de marzo de 2026
JACARANDAS DE PASIÓN
Por Oscar Méndez Oceguera
En México, la Semana Santa no llega: desciende. Baja por las torres de las parroquias con una lentitud de sudario; se posa en los manteles almidonados de las señoras antiguas, en los cirios que velan como un pequeño ejército doméstico, en la miel morena de la capirotada y en el anís del pan, en el pregón apagado de las campanas que de pronto enmudecen como si el bronce hubiese sentido, antes que nosotros, el pudor de la muerte de Dios. Entra por el zaguán, cruza el patio, roza la cal de los muros y deja en la alacena, junto a la loza y al misal gastado, una gravedad de sacristía.
Y entonces florecen las jacarandas.
No florecen como un jardín de recreo ni como un parque que se ofrece al domingo. Florecen con seriedad litúrgica, con recogimiento de entierro real. Es como si el cielo, al ver que la Iglesia entra en sus días más hondos, quisiera vestirse también de un morado mexicano: no el morado de las cortes, sino ese lila nuestro, un poco polvoso, un poco humilde, un poco triste y un poco glorioso, que cabe igual sobre la capital que sobre la frente recatada de la provincia. Es el color del atrio en la hora violeta, del rebozo limpio, de la solterona piadosa que guarda un relicario, de la tarde que se arrodilla sobre la teja y la cantera.
Porque la Semana Santa en México no se piensa: se anda.
Se anda en la palma del Domingo de Ramos, que entra en la casa como una victoria mansa y verde. Se anda en la procesión del Nazareno, cuya túnica avanza entre rezos como si arrastrara detrás de sí no sólo la cruz, sino el cansancio de nuestros padres, el sudor de la frente, el pan escaso y la tierra trabajada. Se anda en el Jueves Santo, cuando las mujeres más piadosas —y a veces los hombres más silenciosos, los que guardan la fe como una navaja buena en el bolsillo— salen a visitar las Siete Casas. Cada templo es una estación del alma; cada sagrario, una herida de luz; cada campanario, una vigilancia. Y el corazón mexicano mide entonces la distancia en avemarías, en pasos sobre piedra, en suspiros que se quedan prendidos de la reja del atrio.
Qué cosa tan nuestra esa peregrinación de iglesia en iglesia.
No se trata sólo de cumplir una devoción. Se trata de ir recogiendo el temblor distinto de cada templo. En uno huele a incienso noble; en otro, a yeso húmedo y flores de mercado; en otro, a banca vieja, a madera que ha escuchado generaciones de rodillas; en otro, a silencio de cantera. El fiel va de templo en templo como va de herida en herida, buscando al Esposo escondido, siguiendo las huellas de una majestad humillada que esa noche ya no reina desde el trono, sino desde la vulnerabilidad de la carne. Y mientras tanto la ciudad, con sus zaguanes, sus corredores y sus macetas, parece acordarse de pronto de que también tuvo alma.
En las cocinas, la religión se vuelve aroma.
Hierve la miel oscura de la capirotada, y en ella México hace una de sus confesiones más delicadas y más pobres. Nada más nuestro que esa alianza de pan duro, piloncillo, canela, clavo, pasas, queso y memoria. Allí está el pan como cuerpo de pobreza; la miel como dulzura redentora; el queso con ese contraste grave con que la vida corrige la fiesta. La abuela revuelve la cuchara como quien guarda un rito; la loza espera con mansedumbre; la lámpara del Sagrado Corazón vela la vigilia; y hasta el humo parece subir con ese pudor con que a veces suben las mejores oraciones.
En casa de mis tías, que habían traído de Zacatecas no sólo la sangre, sino el luto, la fe y la cocina, nunca había una sola capirotada. Había dos, a veces tres, puestas casi en callada competencia, como si cada una quisiera demostrar que también la penitencia podía tener memoria y gracia. Una llevaba más piloncillo, otra más queso, otra ese secreto mínimo que su autora guardaba con un orgullo manso. Nosotros, los niños, no entendíamos del todo aquella rivalidad buena; sólo sabíamos que cada capirotada sabía distinta y que en cada cazuela humeaba algo más que pan, miel y clavo: humeaba la casa, la familia, Zacatecas entero vuelto dulzura grave sobre la mesa.
Porque nuestro pueblo, cuando era todavía pueblo y no mero gentío, entendía que la fe debía entrar por la boca, por la vista, por la rodilla, por el cansancio de los pies y hasta por el sueño vencido de la madrugada. Por eso callaban las campanas y aparecían las matracas con su estrépito de madera penitente, como si la alegría metálica del mundo hubiese sido suspendida para dejar hablar al hueso seco del dolor. Por eso se cubrían las imágenes. Por eso el altar se entristecía. Por eso las calles sacaban Cristos y Dolorosas entre cirios temblorosos, como quien saca a la noche sus reservas más delicadas. Y en las casas quedaban la palma del año pasado detrás del crucifijo, el rosario sobre la mesa, la estampa dentro del misal: pequeñas fortalezas de una patria que se defendía con costumbres.
Y en medio de todo eso, las jacarandas.
Las jacarandas tienen en estos días una elocuencia que avergüenza a los retóricos. Sus flores caen sobre las banquetas, sobre los atrios, sobre los coches profanos, sobre los zapatos de quienes ya no saben que pisan una metáfora. Caen como cae una gracia fina, sin escándalo, sin aparato. Y uno siente que no están ahí por casualidad botánica, sino por un acuerdo secreto entre la naturaleza y la liturgia, entre la savia y la sangre.
Yo no puedo verlas sin que regresen de golpe ciertas cosas que parecían dormidas: la voz baja de mi madre, el paso más lento de mis abuelos, el rumor de las tías en la cocina, el cansancio de los pies al salir de la séptima iglesia, el brillo de la cera en la tarde, la penumbra del templo, la casa entrando poco a poco en silencio. Todo vuelve, y sin embargo no vuelve igual. La memoria tiene esa piedad y esa herida: nos restituye las escenas cuya sustancia ya no se deja tocar, pero cuya verdad sigue viviendo en nosotros. Uno mira las jacarandas y siente que debajo de su lila pasan otra vez aquellas manos, aquellas voces, aquellos pasos; no como sombras vacías, sino como un bien recibido, como algo que formó el alma y que todavía nos acompaña.
Tal vez por eso la Semana Santa se vuelve más honda con los años. De niño, uno la recibe; después la ama; al final comprende que también le fue confiada. Ya no se anda sólo por memoria, sino por devoción y por fidelidad: devoción a los misterios santos, fidelidad a quienes nos enseñaron a arrodillarnos, a callar, a mirar, a acompañar. Uno entra a los templos con los presentes y con los ausentes. Uno prueba la capirotada y no busca solamente un sabor, sino una casa entera. Uno oye la matraca y no escucha sólo la madera: escucha la transmisión de un mundo. Y entiende, con gratitud y temblor, que todo aquello era bello no sólo para ser recordado, sino para ser conservado y entregado.
En otros países, tal vez la primavera sea apenas una estación. Aquí, cuando se junta con la Semana Santa, se vuelve memoria viva. La tierra florece cuando la Iglesia contempla la muerte. El cielo se adorna cuando el altar se desnuda. La ciudad se pone violeta cuando Cristo entra en sus horas más oscuras. Y esa contradicción, que de niño sólo parecía hermosa, con los años revela su verdad: entre nosotros la hermosura nunca estuvo separada de la herida. La gloria no borra el sacrificio: lo recoge y lo vuelve fecundo.
Por eso el Viernes Santo mexicano no fue para mí un espectáculo, sino una impresión honda. El Santo Entierro avanzaba con una lentitud que todavía gravita en la sangre. Las velas alzaban su arquitectura humilde. Los hombres se descubrían la cabeza. Las mujeres llevaban sus oraciones con la misma naturalidad con que llevan el peso de la casa. Y uno, siendo niño, aprendía que hay tristezas hermosas, y que ciertas solemnidades no pasan: se depositan en el alma como una reserva secreta para la hora en que toque sostenerlas.
Luego venía el Sábado Santo, con esa pobreza desnuda que deja el alma como una casa a medio vaciar. No ocurría nada visible, y sin embargo todo quedaba suspendido. Y aun allí permanecían las jacarandas, no como anuncio ruidoso, sino como promesa derramada. No decían todavía el Aleluya, pero ya preparaban el aire. No rompían el luto: lo perfumaban.
Por eso la Semana Santa mexicana no es folclor, aunque el folclor la ronde; no es turismo, aunque el turismo la explote; no es color local, aunque la tierra y el cielo le presten sus tintas más hondas. Es algo más serio, más tierno y más hondo: una herencia sagrada, recibida en la fe y custodiada en la memoria, transmitida por las manos de las madres, por el paso de los padres, por el silencio de los abuelos, por la paciencia amorosa de las tías. Está escrita en azúcar y en cera, en incienso y en cantera, en la matraca y en la campana muda, en la visita a las Siete Casas y en la capirotada plural de las casas antiguas. Y ahora también, como una pena florecida y fiel, en la lila penitencial de las jacarandas.
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