viernes, 2 de abril de 2021

VIERNES SANTO. EL JUICIO DE JESÚS


JESÚS ANTE PILATOS EL GOBERNADOR ROMANO. — JESÚS EN EL PALACIO ANTONIA. — PILATOS QUIERE EXAMINAR EL PROCESO. — ACUSACION DE REBELIÓN CONTRA EL EMPERADOR. — INTERROGATORIO DE PILATOS. — TRASLADO DE LA CAUSA A HERODES. — MUTISMO DEL ACUSADO. — LA VESTIDURA BLANCA. — DE HERODES A PILATOS. — (Matth. XVII, 11-14. — Marc. XV, 2-5. — Luc. XXIII, 2-12. —Joan. XVIII, 29-38.) 

 Era necesario que el Hijo de Dios muriera, no como un criminal castigado por la justicia de su país, sino como inocente que da su Vida por los culpables. Y para que esta Verdad se imponga a todos los hombres y en todos los siglos, Dios va a obligar a la autoridad competente, a la autoridad suprema, a darle solemnemente y en pleno tribunal un atestado de inocencia, al mismo tiempo que pronunciará contra el procesado un veredicto de muerte. Esto parece imposible, es verdad, pero nada hay imposible para Dios.     

  La autoridad suprema en Jerusalén no pertenecía ya al Sanhedrín, sino al gobernador romano. Veintitrés años hacía que la Judea reducida a provincia del gran imperio, había perdido hasta aquella sombra de soberanía de que gozaba en tiempo de Herodes.     

   Correspondiendo al gobernador administrar el país a nombre del César, aquel se reservaba el derecho de espada, es decir, toda sentencia capital. El gran Consejo de lá nación podía excomulgar, aprisionar, flagelar, pero en ningún caso quitar la vida, derecho exclusivo del soberano. Para aquellos doctores de Israel, la profecía de Jacob: « El cetro no saldrá de Judá hasta que venga Aquel que deba ser enviado, » era letra muerta. El cetro había pasado ya de las manos de Judá á las de emperador; luego el Mesías había llegado. Pero, en lugar de reconocerle, irán a mendigar contra él una sentencia de muerte ante aquel mismo hombre que, merced a la usurpación, tiene empuñado el cetro de Judá.     

  Poncio Pilatos gobernaba la Judea hacía ya cinco años, tiempo suficiente para hacerse detestar de todos sus habitantes. Soberbio y ambicioso, altivo hasta la insolencia con su título de Romano, despreciaba á los Judíos, su religión, sus instituciones y les hacía sentir este desprecio en todas ocasiones. Sus éxacciónes y violencias le habían hecho tan odioso, que los príncipes del pueblo multiplicaban de día en día sus gestiones cerca del emperador para obtener su remoción. El lo sabía y su odio a los judíos se hacía cada vez más profundo; pero el temor de su destitución le obligaba, a guardar ciertos miramientos. Aunque residía en Cesárea a orillas del mar, se trasladaba todos las años a Jerusalén con ocasión de las fiestas pascuales.    

  Allí en el magnífico palacio Antonia, inexpugnable fortaleza que los romanos habían levantado cerca del templo para dominar la ciudad y estar protegidos contra toda tentativa de insurrección. Ante Poncio Pilatos, el orgulloso representante de la Roma imperial, era donde debía terminarse el proceso iniciado por el Sanhedrín. En consecuencia, Jesús fue conducido desde el palacio de Caifás al del gobernador que distaba cerca de mil trescientos pasos. Agobiado de fatiga después de aquella horrorosa noche, arrastrado con cuerdas por los guardias, escoltado siempre por los príncipes de los sacerdotes, por los soldados y en medio de un populacho desenfrenado que vociferaba en contra suya, Jesús descendió de las alturas de Sión a la parte baja de la ciudad; luego volviendo a subir por la avenida que se extiende por el costado occidental del templo, llegó al palacio del gobernador.     

  Eran cerca de las siete. La multitud permanecía estacionada en los afueras del palacio para no mancharse salvando los umbrales de una morada pagana, lo que les habría impedido celebrar la Pascua. Los jefes rogaron, pues, al gobernador que tuviera a bien presentarse en la azotea exterior del palacio para escuchar su demanda. Pilatos conocía perfectamente la disposición de los judíos respecto a Jesús, porque desde hacía tres años, en toda la Judea, en la Galilea y hasta en las naciones extranjeras, no se hablaba sino del Profeta de Nazaret. Su esposa misma, Prócula, iniciada en la doctrina de Jesús, le miraba como a un enviado de Dios. Pilatos se propuso arrancar este inocente a la odiosa venganza de aquellos fariseos hipócritas que él detestaba con todo su corazón.    

    Dirigiéndose, pues, a los jefes del Sanhedrín y señalando a Jesús con un ademán, hízoles esta pregunta: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?».    

  Esta interrogación tan natural en boca de un juez, cayó mal á los judíos. Aguardaban que Pilatos les entregara a Jesús sin forma alguna de proceso y le respondieron bruscamente: –«Si este hombre no fuera un malhechor, no le hubiéramos traído a ti». Evidentemente, según ellos, revisar un fallo del Sanhedrín, no ratificar sin examen una sentencia pronunciada por él, era hacerle una injuria manifiesta. A semejante arrogancia, Pilatos respondió con una ironía que debió herirles profundamente: « Si es así, exclamó, tomad vuestro reo y juzgadle según vuestras leyes.»     

  — Bien lo sabes, vociferaron encolerizados, que nosotros no tenemos poder de condenar a muerte y ahora se trata de un criminal que merece la pena capital(1).    

  — Está bien, observó el gobernador, mas de nuevo os pregunto ¿qué acusación formuláis contra este hombre?».    

  Estaba manifiesto que Pilatos no ratificaría lisa y llanamente la sentencia del gran consejo, antes de pronunciarse sobre ella, procedería a examinarla. Era, pues, absolutamente necesario entablar un acto formal de acusación.     

  Ahora bien, los príncipes de los sacerdotes sabían perfectamente que una acusación de blasfemia no haría más que provocar la hilaridad del pagano Pilatos, aquel filósofo escéptico que no tomaba la religión en sus labios sino para hacerla el blanco de sus burlas. A fin, pues, de impresionar al gobernador, transformaron a Jesús en agitador político. Jesús fue, condenado por un tribunal romano, observa san Juan (XVI, 1, 32) a fin de que se cumpliese una de sus profecías. Había anunciado a sus apóstoles que serla crucificado. Los romanos crucificaban a sus condenados a muerte, mientras que los judíos reprobaban este género de suplicio. Condenado por el Sanhedrín, Jesús no habría sido crucificado, sino apedreado.    

  «¿Preguntas qué crimen ha cometido? Le dijeron. Lo hemos sorprendido tramando una revolución contra el emperador; prohíbe al pueblo pagar tributo al César; pretende ser el Mesías, el rey que debe librar á la nación judía del yugo extranjero». Ni el mismo Satanás habría podido imaginar calumnia más descarada. ¡Imputar á Jesús el crimen de insubordinación! A Jesús que predicaba al pueblo un reino puramente espiritual; que había rehusado la corona que se le ofreciera; que sólo tres días antes de entregarse á los judíos, había enseñado en el templo el deber de pagar tributo al César! A Jesús, a quien, desde tres años hacía, se negaban «los fariseos a reconocer por el Mesías a pesar de los signos más auténticos, sólo porque no lisonjeaba su pasión política, porque no veían en él al Mesías de sus ensueños, al revolucionario, al conquistador que debía libertarlos de la tiranía de Roma. Imputar a Jesús el crimen de una rebelión que siempre se había negado a cometer y que ellos, sí, acariciaban en el fondo de su alma; era el colmo de la perfidia. Cuán profundamente los conocía Jesús cuando les decía: –«Sois hijos del padre de la mentira, de aquel que fue homicida desde el principio». Pilatos no tomó a lo serio las groseras calumnias del Sanhedrín. Sabía mejor que nadie cuál era la secta que tramaba las revoluciones y se alzaba contra el pago del tributo. No obstante, quiso examinar qué había en el fondo de tales acusaciones y por qué los judíos se encarnizaban contra este hombre tan dulce y modesto, tan humilde y a la vez tan digno, presentándolo como un criminal soberanamente peligroso. Dejando, pues, a los judíos vociferar a su antojo, se retiró a la sala del pretorio y ordenó á los guardias traerle al acusado. Jesús subió por la gran escalera de mármol que conducía aquella sala y pronto se encontró solo con el gobernador. Esta escalera de mármol blanco de veintiocho gradas de altura que Jesús regó con su sangre después de la flagelación, fué trasladada a Roma por orden del emperador Constantino. Es la Scala sancta, que se encuentra cerca de San Juan de Letrán. Los fieles suben por ella sólo de rodillas. Preguntóle Pilatos qué significaban los títulos de rey y de Mesías que, según los judíos, él se arrogaba.     

  – «¿Eres tú verdaderamente rey? le dijo. — ¿Me haces esta pregunta espontáneamente para saber quién soy yo? ¿O te la han sugerido mis acusadores?, respondióle Jesús. — ¿Acaso soy yo judío?, replicó Pilatos con desdén. ¿Qué tengo yo que ver con vuestras querellas religiosas? Los pontífices y el pueblo te han traído a mi tribunal como usurpador de la dignidad real y yo te pregunto por qué tomas el título de rey. — Mi reino no es de este mundo, respondió el Salvador. Si fuera de este mundo, mis súbditos combatirían por mí y me defenderían contra los judíos. El estado en que me encuentro te muestra claramente que mi reino no es de acá». Pilatos no comprendió bien de qué reino hablaba Jesús, pero sabía ya lo bastante para convencerse de que el imperio nada tenía que temer de su interlocutor. ¿Qué podía contra el César y sus legiones el rey misterioso de otro mundo? Creyéndole, pues, un soñador inofensivo que tomaba sus quimeras por realidades, díjole como para lisonjear su debilidad: — «¿Con que tú eres rey? — Sí, respondió Jesús con majestad, dices bien, soy rey. He nacido para reinar y he venido al mundo para hacer reinar conmigo la verdad. Todo hombre que vive de la verdad oye mi voz y se hace mi súbdito». — ¡La verdad!, exclamó Pilatos sonriendo. ¿Qué es, pues, la verdad?». El romano había oído hablar de opiniones filosóficas y religiosas más o menos acreditadas, de intereses materiales que importaba tener en cuenta más aún que las opiniones; pero la verdad ¿quién la conocía?¿existía realmente la verdad ? Evidentemente, tenía delante de sí á un visionario, a un hombre sencillo que profesaba doctrinas opuestas a las de los fariseos; pero ¿qué le importaban a él las controversias judaicas? Volvióse, pues, de nuevo a los principes de los sacerdotes y les dijo, mostrándoles a Jesús: «No encuentro nada de reprensible en este hombre y por consiguiente no puedo condenarlo». Apenas, hubo proferido estas palabras, cuando estalló en la asamblea un espantoso tumulto. Los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo acumularon contra Jesús las acusaciones más monstruosas, a las cuales él sólo respondía con el silencio. Pilatos habría debido tratar con rigor a aquellos viles calumniadores, pero los vio en un estado tal de exaltación, que les tuvo miedo. «Ya ves, dijo a Jesús, cuántas acusaciones se levantan contra ti ¿por qué no respondes?» Pero Jesús, sereno e impasible, no desplegó sus labios para defenderse, lo que desconcertó por completo al gobernador.     

  Viendo su turbación, los judíos insistieron en el lado político de la cuestión. Según ellos, Jesús era un sedicioso que fomentaba por todas partes turbulencias e insurrecciones.     

  «Ha sublevado todo el país, clamaron, desde la Galilea en donde inició su predicación, hasta Jerusalén». A esta palabra: Galilea, Pilatos interrumpió a los judíos, viendo en ella una puerta de escape para verse libre de un asunto que ya comenzaba a inquietarle. «¿Es acaso Galileo este hombre?, preguntó. Y como se le respondiera afirmativamente, agregó en seguida: En tal caso, pertenece á la jurisdicción de Herodes quien se halla actualmente en Jerusalén. Llevadle vuestro prisionero para que él lo juzgue, ya que le corresponde de derecho». Esto diciendo, volvió la espalda a los sanhedristas, fariseos y al populacho que veían con esto frustradas sus esperanzas y retiróse q su palacio, contento por haber encontrado tan oportuno expediente para salir del apuro.     

  Ciertamente, había sacrificado la inocencia y traicionado la verdad; pero ¿no estaba su interés de por medio? y por otra parte ¿qué cosa es la verdad? 

  Hacia las ocho de la mañana, un heraldo de Pilatos llegaba a la casa de Herodes anunciándole que su señor por deferencia para con el tetrarca de Galilea, le enviaba un hombre llamado Jesús de Nazaret acusado de diferentes crímenes. Sin duda, él habría podido juzgar a este galileo aprehendido en territorio judío, pero prefería poner esta causa en manos de la autoridad de que Jesús dependía inmediatamente por razón de su origen y domicilio.     

  Herodes se encontró tanto más lisonjeado con esta muestra de benevolencia, cuanto menos lo esperaba, pues desde algunos años estaba en completa desavenencia con el gobernador de Judéa. Además, esta inesperada ocurrencia le procuraba la ocasión largo tiempo deseada, de ver al profeta de Nazaret. El rey disoluto, el marido incestuoso de Herodías, el asesino de Juan Bautista, se alegra de poder hacer conferencia con aquel sabio tan renombrado, con aquel poderoso taumaturgo aclamado por los pueblos tres años hacía.     

  El palacio de Herodes se encontraba a unos cien pasos de la torre Antonia. Jesús, siempre cargado de cadenas, fue conducido allí por los jefes del Sanhedrín en medio de la vocería de un populacho furioso. Aguardábale Herodes sentado sobre su trono, rodeado de cortesanos que se prometían, así como su señor, un espectáculo por demás interesante. Para hombres licenciosos, todo se convierte en espectáculo, todo, hasta el sufrimiento, hasta el martirio y agonía del justo. Pero esta vez, quedaron sus esperanzas frustradas.     

  Durante toda esta entrevista, a pesar de las injurias y atroces calumnias de los judíos, Jesús permaneció con los ojos bajos y en el más absoluto mutismo. Herodes que presumía de docto y sabio, le interrogó largamente sobre las doctrinas controvertidas entre él y los fariseos, sobre sus milagros, proyectos y sobre su reino. De pie, delante de él, el Salvador le escuchó sin dar la menor muestra de emoción, sin pronunciar siquiera una palabra. Herodes y los suyos mirábanse con asombro, confundidos y despechados.     

  Creyendo llegado el momento de arrancar al rey una sentencia de muerte, los príncipes de los sacerdotes le representaron que aquel sedicioso se atrevía a llamarse el Cristo y el Hijo de Dios. Esperaban que el tetrarca de Galilea, el amigo de los romanos, salvaría la religión y la patria inmolando al blasfemo. Herodes invitó á Jesús a disculparse, pero no obtuvo ni una palabra, ni un ademán, ni una mirada, como si el acusado hubiera sido sordo y mudo.    

  Jesús se dignó hablar a Judas, a Caifás, a Pilatos, aún al criado que tuvo la osadía de darle una bofetada; pero no habló a Herodes, porque este había ahogado las dos grandes voces de Dios: la voz de Juan Bautista y la voz de la conciencia. El Hijo de Dios enmudece ante el hombre que por sus crímenes y vicios desciende al nivel del bruto.    

  El tetrarca tomó entonces una determinación en perfecta armonía con sus instintos. Enrojecidas todavía sus manos con la sangre de Juan Bautista, no se atrevía a mancharlas de nuevo con la sangre de otro mártir; prefirió divertirse á expensas de Jesús. Después de todo, díjose, este mudo obstinado no pasa de ser un insensato inofensivo, bueno para costearnos la diversión durante algunos instantes y en seguida volvemos a enviarle a Pilatos para que haga de él lo que quiera. Semejantes ideas, dignas de tal amo, hicieron sonreír a la alegre corte que le rodeaba. Trajeron una vestidura blanca con la cual cubrieron al Salvador en medio del aplauso de los asistentes. Esta vestidura, distintivo de los grandes, de los reyes y de las estatuas de los dioses, era también la librea de los fatuos. Este Jesús que se decía el Mesías y el Hijo de Dios ¿no era acaso a los ojos de aquellos sabios el mayor de los necios, digno por ello del traje de ignominia?     

  A fin de hacerle sentir todo su desprecio, Herodes lo entregó como un juguete en manos de sus criados y soldadesca, y cuando se hubo divertido a su antojo con sus juegos cínicos y burlas sacrílegas, lo devolvió a Pilatos con los mismos que se lo habían traído.     

  No de otra manera obrarán los Herodes de todos los siglos: no pudiendo elevarse desde el lecho de fango en que yacen sumergidos, hasta la inteligencia de las cosas divinas, las despreciarán. Sprevit illum.    

  JESÚS ES CONDENADO A MUERTE 

 TEMORES Y VACILACIONES DE PILATOS. — MENSAJE DE SU ESPOSA. — BARRABÁS y JESÚS. — LA FLAGELACIÓN. — LA CORONACIÓN DE ESPINAS. — « Ecce homo-» — ACUSACIÓN DE BLASFEMIA. —PILATOS PROCLAMA LA INOCENCIA DE JESÚS Y LO CONDENA A MUERTE. (Matth. XXVIII, 15-30. — Marc. XV, 6-19. — Luc. XXIII, 6-25. — Joan. XVIII, 39-40; XIX, 1-16.) 

 Hacia las nueve, los jefes del Sanhedrín seguidos de una multitud cada vez más turbulenta, aparecieron de nuevo ante el palacio de Pilatos pidiendo a grandes voces la muerte de Jesús. Un hombre de conciencia habría declarado solemnemente la inocencia del acusado, y en caso necesario, dispersado por la fuerza a aquellos sanhedristas y demás energúmenos azuzados por ellos; pero dominado siempre por el temor de comprometerse, Pilatos retrocedió ante el deber y púsose a contemporizar con los agitadores, lo que les hizo todavía más audaces.       
 
  El preámbulo de su discurso revelaba no obstante cierta energía. «Hace algunas horas, les dijo, me habéis presentado a este hombre como un sedicioso en abierta rebelión contra la dominación romana; mas después de haberle interrogado en vuestra presencia, no he encontrado en su conducta fundamento alguno para vuestras acusaciones. Enviólo entonces a Herodes y vosotros fuisteis igualmente testigos de que tampoco el tetrarca le juzgó merecedor de la pena capital». Iba a continuar, cuando los revoltosos, presintiendo una sentencia absolutoria, prorrumpieron en gritos y amenazas de un furor diabólico. De tal manera se amedrentó Pilatos que, después de haber declarado la perfecta inocencia de Jesús, terminó su alocución de un modo singular y del todo inesperado. «No mereciendo este hombre la pena de muerte, agregó, lo haré flagelar y en seguida lo dejaré en libertad». Esta cobarde concesión trajo consigo las protestas más violentas. Si Jesús era inocente ¿por qué azotarlo ? Y si era culpable ¿por qué tratarlo con miramientos? De todos los ámbitos de la plaza se dejaron oir aullidos feroces: «¡La muerte! ¡la muerte! ¡queremos que muera!».     

  A la vista de aquella horda de furiosos, Pilatos iba tal vez a ceder, cuando un incidente misterioso le hizo recobrar algún valor. Un mensajero enviado por su esposa le entregó una carta. Claudia Prócula le decía: «No te mezcles en este asunto, ni te hagas culpable de la sangre de este justo. Por su causa, anoche he sufrido horriblemente durante el sueño». Pilatos era incrédulo, pero como buen pagano, también supersticioso: creyó, pues, ver en este sueño un supremo aviso del cielo, en lo que por cierto no se engañaba y resolvió hacer la última tentativa para salvar a Jesús.     

  Era costumbre antigua entre los judíos dar libertad a un preso con ocasión de las fiestas pascuales. El gozo del desgraciado libre de su prisión, les recordaba la alegría de sus padres al salir de la cautividad de Egipto. Dueños de la Judea, los romanos no creyeron conveniente abolir este uso inmemorial y cada año el gobernador ponía en libertad a un reo a elección de los judíos. Pilatos resolvió aprovechar esta circunstancia para conseguir su objeto.     

  Había entonces en la cárcel de Jerusalén un malhechor insigne llamado Barrabás cuyo solo nombre inspiraba espanto. Jefe de una gavilla de bandidos que desde largo tiempo se ocultaba en las montañas de Judá, había sido cogido en una sedición y condenado al suplicio de la cruz.   
     
  Pilatos tomó el partido de dejar al pueblo la elección entre Jesús y Barrabás. Cinco días antes, este mismo pueblo había llevado a Jesús en triunfo ¿iría ahora movido por execrable odio, a posponerlo a Barrabás? Pilatos se resistía a creerlo.        

  Levantando pues la voz para poder ser oído por la multitud, recordó que aquel día era costumbre poner en libertad a un criminal; luego, sin dar tiempo para reflexionar, hizo a los asistentes esta pregunta: «¿A quién de estos dos queréis que os entregue: al bandido Barrabás ó a Jesús, vuestro rey?». Al oir el nombre de Barrabás, prodújose un movimiento de estupor y vacilación entre la muchedumbre ; pero los jefes del Sanhedrín, comprendiendo el peligro, comenzaron a esparcirse entre las masas para atizar las pasiones y persuadir a aquella turba enloquecida que pidiera la libertad de Barrabás. Así, cuando al cabo de algunos instantes Pilatos reiteró su pregunta, sólo se oyó un clamor unánime y ensordecedor que repetía a sus oídos: «¡Barrabás! ¡Queremos a Barrabás! ¡Danos a Barrabás!». Indignado de semejante cinismo, Pilatos exclamó: «¿Qué queréis, pues, que haga de Jesús, rey de los judíos?» ¡Crucifícalo !¡crucifícalo!» prorrumpió el pueblo enfurecido. A pesar de aquel horrible clamor, Pilatos insiste: «¿Qué mal ha hecho?» Pero la multitud no escucha; sólo sabe clamar cada vez más furiosa: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».     

  Pilatos estaba vencido de nuevo. En vez de dictar una sentencia en nombre de la justicia, había temido contrariar las pasiones de un pueblo delirante y ahora aquel mismo pueblo encarnizado sobre su presa se convierte en amo, manda como dueño. Ya no ve ni oye; es un tigre sediento de sangre. Pilatos vuelve a su idea primitiva: ya que el pueblo quiere sangre, la tendrá, pero con cierta medida; hará flagelar a Jesús para dar a los judíos una satisfacción cualquiera y en seguida lo hará poner en libertad. Propúsoles está transacción ya que no era posible aplicar la pena capital y, aunque reclamaban la crucifixión con frenética rabia, ordenó que se procediera á la flagelación.   
     
  Los romanos aplicaban este suplicio con tal crueldad, que a menudo las víctimas expiraban en él. Además, como en esta circunstancia sólo se trataba de excitar la compasión del pueblo, los verdugos recibieron orden de no tener con Jesús conmiseración alguna. El inocente cordero fue llevado á la plaza pública contigua al palacio de Pilatos. Cuatro verdugos le desnudaron hasta la cintura, atáronle las manos a una columna aislada en aquel vasto recinto y tomando en sus manos el terrible látigo armado de bolas de hierro, comenzaron a descargarlo sobre Jesús con un furor verdaderamente infernal. La sangre corría en abundancia, las carnes se desprendían despedazadas, el cuerpo todo desgarrado no era más que una viva llaga. De esta manera se cumplía la profecía:«Ha sido despedazado por nuestras iniquidades». Los verdugos continuaron su obra hasta que el látigo cayó de sus manos. Entonces, desatando al Salvador, le llevaron casi exánime al patio del pretorio en donde se hallaba reunida la cohorte de soldados.
     
  En este patio tuvo lugar una escena de irrisión sacrílega más irritante aún que la flagelación. Como era preciso cubrir de algún modo aquel cuerpo desgarrado y bañado en sangre, los soldados inventaron vestir como rey de burla a aquel mismo Jesús a quien se acusaba de aspirar a la dignidad real. Hiciéronle sentarse sobre un trozo de columna como si fuera un trono, arrojaron sobre sus hombros un jirón de púrpura color de escarlata a guisa de manto real y por cetro pusieron entre sus manos una caña. Faltábale la corona; trenzaron una de espinas y pusiéronla sobre su cabeza. Doblando entonces la rodilla, le decían mofándose: «¡Salud, rey de los judíos!». Y levantándose, le abofeteaban y escupían el rostro, y le golpeaban con la caña la corona hundiendo las espinas en su cabeza ensangrentada. Como en la columna de la flagelación, Jesús sufría estas humillaciones y torturas sin exhalar una sola queja.     

  Después de esta innoble y cruel parodia, los soldados condujeron de nuevo a Jesús a la presencia de Pilatos. Este, movido a compasión; creyó que la vista de aquel espectro cubierto de sangre excitaría por fin la conmiseración del pueblo. Desde lo alto de una galería exterior; dirigióse una vez más a aquella multitud exasperada ya por la tardanza: «Os traigo de nuevo al acusado y vuelvo a declararos que lo juzgo inocente; pero, aunque fuera culpable, vais a ver en el estado en que se encuentra y os daréis por satisfecho».     

  Y Jesús, conducido por los soldados, apareció al lado de Pilatos con el rostro bañado en sangre, la corona de espinas sobre la cabeza y el jirón de púrpura sobre sus hombros. Extendiendo el brazo, Pilatos mostróle al pueblo exclamando con voz poderosa: «¡Ecce Homo!», es decir: ¡Hé aquí al hombre! El infortunado juez imploraba la compasión de los judíos. La voz de los jefes respondió: «¡Crucifícalo!». Y la multitud repitió con gritos de furor: «¡Crucifícalo!¡Crucifícalo!». La vista de la sangre irritaba a aquellos monstruos en vez de calmarlos. Indignóse el corazón del romano ante semejante infamia y arrojando una mirada de desprecio sobre aquella turba dominada por el odio, díjoles: «¡Yo crucificarle! Tomadlo y crucificadlo vosotros. En cuanto a mí, os repito, que no encuentro en él nada que pueda motivar una condenación».     

  Pilatos eliminaba, pues, resueltamente el cargo de sedición con que los judíos habían contado para doblegarlo. Viéndose descubiertos, aferráronse nuevamente al pretendido crimen de blasfemia que le imputaba el Sanhedrín. «Es culpable, vociferaron en tono amenazador, porque ha tenido la osadía de proclamarse Hijo de Dios y según nuestra legislación, ese crimen merece la muerte». A estas palabras: "Hijo de Dios", Pilatos sintió que se le helaba la sangre. Su mirada se detuvo una vez más sobre Jesús siempre tranquilo y paciente en medio de indecibles dolores e ignominias sin número. Viniéronle a la memoria aquellas palabras: «Mi reino no es de este mundo» y preguntóse si no tendría delante de sus ojos a uno de esos genios benéficos que los dioses suelen enviar a los hombres para revelarles algún secreto. Los prodigios llevados a cabo por Jesús, el reciente sueño de Prócula, todo parecía confirmar sus temores. Aterrorizado ante el pensamiento de haber hecho flagelar tal vez a un inmortal, dejó a los judíos y entró de nuevo al pretorio en donde se hallaba Jesús para aclarar aquel misterio. «¿De dónde vienes?» le preguntó. Pilatos conocía el origen humano de Jesús; en cuanto a su generación eterna, era demasiado incrédulo para admitirla. Sabía por otra parte, que si el Cristo se llamaba rey, su reino invisible no debía alarmar al César y eso bastaba para tranquilizarle. Jesús guardó silencio y esto acabó de desconcertar al gobernador. Se sentía subyugado por el ascendiente de un ser del todo superior a los demás hombres.     

  No pudo, sin embargo, dejar de manifestar que aquel silencio le parecía ofensivo a su dignidad. «¿No me respondes? le dijo. ¿Ignoras que tengo todo poder sobre ti y que de mí depende el hacerte crucificar o ponerte en libertad?».    
 
  A esta afirmación del derecho de juzgar sin tomar en cuenta la justicia eterna, opuso Jesús el derecho de Dios. «Tú no tienes otro poder sobre mí, le respondió, que el que te ha sido dado de lo Alto». Al mismo tiempo, su ojo divino penetraba hasta el fondo del alma del gobernador para reprocharle la iniquidad de su conducta. Con todo, teniendo en cuenta los esfuerzos que había hecho para arrancarlo de la muerte, agregó: «Los que me han puesto en tus manos, son más culpables que tú».        

  Trastornado e inquieto, levantóse Pilatos completamente decidido a cumplir con su deber, aunque atrajera sobre sí la cólera de los judíos. Volvió a anunciarles su resolución definitiva de poner a Jesús en libertad; pero los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo aguardaban aquel momento decisivo para asestarle el último golpe. «Si lo pones en libertad, prorrumpieron con ademán furibundo, no digas más que eres amigo del César, pues quien quiera que se llame rey, conspira evidentemente contra el César. » Pilatos cayó como herido por un rayo. Al oir el nombre de César, olvidó a Jesús, olvidó los derechos de la justicia, olvidó el sentimiento de su dignidad personal, lo olvidó todo. El César era el terrible Tiberio rodeado de sus delatores; era el monstruo que, por una simple sospecha, enviaba a la muerte a sus amigos y parientes. Vióse denunciado, destituido, perdido sin remedio y sobreponiéndose el interés a la conciencia, decidióse por fin a sacrificar a Jesús.     

  Sólo faltaba dar a la sentencia las formalidades requeridas por la ley. En la plaza, frente al pretorio, había un sitio elevado formado de piedras de diversos colores, llamado en hebreo Gabbatha, eminencia, y en griego Lithóstrotos, o montículo de piedras. El gobernador romano debía promulgar sus sentencias desde lo alto de aquel tribunal. Ocupando Pilatos aquella especie de estrado desde donde dominaba a la multitud, hizo conducir ante él a Jesús atado y rodeado de guardias. Todos los ojos se fijaron en el juez y la víctima; todos los oídos se pusieron atentos para escuchar los términos de la sentencia que se iba a pronunciar.     

  Pilatos paseó una mirada sobre la muchedumbre como si quisiera pedir gracia por la última vez y mostrando a Jesús cubierto de sangre y heridas, dijo con voz commovida: ¡He aquí a vuestro rey!». Una fuerza superior le obligaba a proclamar la dignidad real de Jesús delante de aquel pueblo sublevado. Su voz quedó ahogada en medio del clamor general: ¡Quita, quítalo! ¡Crucifícalo!».     

  El romano trató de despertar los sentimientos patrióticos de aquellos judíos en otro tiempo tan ufanos de su nacionalidad y de sus príncipes: ¿Queréis entonces les dijo, que haga crucificar a vuestro rey? — ¡No tenemos otro rey que al César!» respondieron cobardemente. He aquí, pues, a este pueblo de Dios, a estos pontífices, escribas y magistrados, a estos judíos que sin cesar se proclamaban los descendientes de Abraham y de David; hélos aquí abdicando su nacionalidad, el reino del Mesías libertador, todas sus glorias del pasado, todas sus esperanzas del porvenir. Aquí están todos de rodillas delante del César reprochando a Pilatos no ser bastante adicto al emperador. Y ¿por qué todo un pueblo se prosterna con tanta impudencia a los pies de los paganos? ¿por qué? ¡Por odio al Cristo Hijo de Dios; para alcanzar de Pilatos que le clave en un patíbulo y que derrame las últimas gotas de su sangre!     

  El odio llevado hasta este extremo, no es ya un sentimiento humano: como el traidor Judas, los judíos de la Pasión, verdaderos secuaces de Satanás, obraban y hablaban como lo hubiera hecho el mismo Satanás.        

  Acosado por los remordimientos, pero más apegado a su puesto que a su deber, Pilatos quería a lo menos, ya que había resuelto inmolar al inocente, lanzar una solemne protesta contra el decreto que se le exigía. Hizo, pues, traer agua y lavándose las manos en presencia de la asamblea, exclamó: «Soy inocente de la sangre de este justo: vosotros responderéis de ella».        

  Un grito formidable salido de millares de pechos, resuena en la ciudad santa: «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».       
  Este grito subió hasta Dios y decidió la ruina de Jerusalén, el exterminio de todo un pueblo y la destrucción de la nación deicida.     

  Un instante después, un heraldo proclamaba la sentencia dictada por Pilatos: «Jesús de Nazaret, seductor del pueblo, despreciador del César, falso Mesías, será conducido a través de la ciudad hasta el lugar ordinario de las ejecuciones y allí, despojado de sus vestiduras, será clavado en una cruz, permaneciendo suspendido en ella hasta su muerte».        

  Así terminó el más inicuo de todos los procesos. Los príncipes de los sacerdotes se felicitaron de su triunfo; la multitud ebria de sangre, batió palmas; Pilatos, taciturno y sombrío, volvió a su palacio para ocultar allí su vergüenza.    
 
 Sólo Jesús, el condenado a muerte, experimentaba en medio de sus dolores una alegría inefable: la hora del sacrificio que debía salvar al mundo, aquella hora por la cual suspiraba desde su aparición en la tierra, había por fin llegado.
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 (1) Advinonius, Theat. terne sánete, p. 163, según antiguas tradiciones. 
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 * Fuente: "JESUCRISTO: su Vida, su Pasión, su Triunfo", Cap. V y VI. por el padre Berthe, SS.RR.

VIERNES SANTO. LA TRIPLE NEGACIÓN DE PEDRO


HUIDA DE LOS APÓSTOLES. — PEDRO Y JUAN EN EL PALACIO DE LOS PONTÍFICES — LA TRIPLE NEGACIÓN DE PEDRO — EL CANTO DEL GALLO. — MIRADA DE JESÚS A PEDRO — LLANTO DE PEDRO. — LA «GRUTA DEL ARREPENTIMIENTO». — (Mdtth. XXVI, 69-75 — Maro. XIV, 66-72 — Luc. XXII, 55-62 — Joan. XVIII, 15-27.)   

 Mientras que los soldados arrastraban al Salvador al palacio de los pontífices ¿Qué sucedía a sus amados Apóstoles? Como Cristo lo había predicho, todos quedaron escandalizados al ver que se que se dejaba aprehender por sus enemigos. Después de haber protestado que jamás abandonarían a su Maestro, ninguno tuvo el valor de acompañarle a Jerusalén. Desde el jardín de Getsemaní de donde habían huido a favor de la oscuridad, se internaron en el sombrío valle de la Gehenna pasando la noche en las cavernas formadas en los flancos de las rocas(1).  

  Sin embargo, pasado el primer momento de terror, dos de ellos, se decidieron seguir de lejos la cuadrilla que llevaba a Jesús. Eran Pedro y Juan. Querían saber qué suerte correría su Maestro, pero sin exponerse a ser cogidos y tratados como él. Cuando llegaron al monte Sión, ya Jesús iba a comparecer delante de los jueces. Juan, menos comprometido que Pedro y menos conocido en el palacio de los pontífices, se introdujo el primero, mientras su compañero se quedaba prudentemente a la puerta. Dió una mirada a los grupos que ocupaban el interior y no viendo ningún indicio peligroso para ellos, volvió a juntarse con Pedro y le hizo entrar al patio. En aquel Tasto recinto cuadrangular formado por los diversos cuerpos de edificios del palacio, velaba un gran número de soldados y de sirvientes. Como la noche era fría, formaban círculo al rededor de un brasero encendido en medio del patio y conversaban sobre su expedición nocturna. Juan se dirigió a la sala en donde se encontraban reunidos los miembros del Sanhedrín y Pedro esperó cerca del fuego el resultado del juicio. El apóstol no veía en torno suyo más que enemigos de su Maestro. Mientras se calentaba, oía las burlas de aquellos hombres groseros contra el profeta de Nazaret; escuchaba los siniestros rumores que ya circulaban sobre la probable sentencia que pronunciarían los jueces. Su alma estaba desolada y en su rostro, a pesar suyo, se pintaba la inquietud y la tristeza. La portera del palacio que le había introducido, viéndole sombrío y silencioso, dijo a los que le rodeaban: –«Estoy segura de que éste es uno de los compañeros del hombre que acaban de prender». Y como todas las miradas se dirigían a Pedro, díjole ella en su propia cara: –«Ciertamente, tú estabas con el galileo». Al oir esta inesperada interpelación, Pedro se creyó perdido; imaginóse ya cogido, atado, llevado al tribunal como su Maestro. –«Mujer, exclamó aterrorizado, no sabes lo que dices; yo no conozco al hombre de quien hablas». Esta negativa formal cerró la boca á la portera; mas viendo Pedro que su persona despertaba sospechas, dejó aquel, sitio y se dirigió precipitadamente á la puerta del palacio. Eran cerca de las dos de la mañana. Pedro Iba a salir, cuando otra criada dijo a las personas reunidas en el vestíbulo: –«Éste estaba también con Jesús de Nazaret». Pedro negó de nuevo; no obstante, para no manifestar que huía, volvió sobre sus pasos y acercóse a los soldados y sirvientes. Pronto se vió rodeado de curiosos que le apostrofaron por todos lados con grande animación: –«¡Tú estabas con esa gente, le gritaban; confiesa que eres uno de sus discípulos!». Esta vez el Apóstol espantado, no se contentó con negar, sino que protestó con todas sus fuerzas que ni conocía Jesús, ni era del número de sus discípulos. Dejáronle tranquilo durante una hora: toda la atención estaba fija en el juicio del prisionero. De cuando en cuando, algunos emisarios salían del tribunal y referían las terribles escenas que acababan de presenciar. Pedro escuchaba atentamente, hacía preguntas para informarse, cuando uno que estaba a su lado notando su acento particular, volvió a la carga y díjole resueltamente: –«Por más que lo niegues, tú eres galileo y discípulo de ese hombre; tu lenguaje te descubre». Los galileos, en efecto, hablaban una lengua bastante grosera, que viciaban además con una pronunciación muy defectuosa. A esta observación, todas las miradas volvieron a fijarse en el apóstol y uno de los criados del gran sacerdote, pariente de aquel Malco a quien Pedro había cortado la oreja, le dijo a su vez: –«Sí, es la verdad, yo te he visto en el huerto con él». A estas palabras, recordando Pedro aquel malhadado golpe de espada, vióse ya en manos de los verdugos; el miedo perturbó su espíritu hasta hacerle proferir juramentos con toda clase de execraciones y anatemas, jurando que no conocía al hombre de quien le hablaban y que por ningún título le pertenecía. Eran las tres. Apenas había acabado de hablar, cuando se dejó oir el canto del gallo. En el acto, se acordó el apóstol de las palabras del Maestro: –«Antes que el gallo cante, tú me habrás negado ya tres veces». Trastornado hasta el fondo del alma, comprendió toda la gravedad de su falta. Él, el pobre pescador del lago de Genezareth, elevado a la augusta dignidad de apóstol y amigo de Jesús; él, la piedra fundamental sobre la cual el Maestro iría a edificar su Iglesia; él, el testigo y objeto de tantos milagros, que poco ha proclamaba abiertamente la divinidad del Cristo, acababa de negarle cobardemente, de jurar que no le conocía y esto después de haberle prometido pocas horas antes que estaba dispuesto a ir con él a la prisión y a la muerte antes que abandonarle. Y su amado Maestro conocía sin duda su horrenda deslealtad, porque nada se escapaba a su divina ciencia.     

  Este pensamiento acabó de anonadarle. Concentrado en sí mismo, no vió ni oyó ya nada de lo que sucedía en torno suyo. Desde lo íntimo de su corazón desgarrado por terribles remordimientos, se exhalaba un gemido de angustia: «¡Señor, ten piedad de mí, pobre pecador!» Como en otra ocasión, sobre las encrespadas olas del mar de Tiberíades, Pedro se sentía sumergido en el abismo y pedía socorro.    

     De repente, horribles gritos que salían de la sala donde juzgaban a su Maestro, le sacaron de su tenenebroso abismo. Oíanse clamores tumultuosos: –«¡La muerte! ¡La muerte! ¡Merece la muerte!» Todas las miradas se volvieron hacia la puerta del tribunal. Pronto se abrió con estrépito y dejóse ver un grupo de soldados que bajaban al patio. Jesús, siempre encadenado, apareció en medio de ellos con los ojos velados por la tristeza, pero con el semblante tan tranquilo como en el momento en que se había entregado a sus enemigos.    

    Terminado ya el juicio, se le conducía a la prisión en donde debía pasar el resto de la noche. Ante este espectáculo, Pedro se sintió vacilante. Sus ojos no se apartaban del Maestro y seguían con atención todos sus movimientos. De improviso, el siniestro cortejo se dirigió hacia donde él estaba; Jesús se acercaba e iba a pasar a su lado. Pedro tenía los ojos arrasados en lágrimas y su alma dolorida pedía gracia. Jesús tuvo piedad de él: en lugar de apartar su rostro, detuvo su mirada sobre el apóstol infiel; pero con tanta bondad, tanto amor y tan dulces reproches, que Pedro sintió su corazón despedazado dentro del pecho.    

    Estalló en sollozos y salió precipitadamente para dar libre curso a sus lágrimas. No a mucha distancia del palacio de Caifás, en el sombrío valle de la Gehenna, se encuentra una caverna solitaria(2). Allí fué donde Pedro se retiró para llorar su pecado y meditar en aquellas palabras de Jesús que su presunción le había impedido comprender, pero que la divina sabiduría le mostraba ahora a costa de dolorosa experiencia: –«Velad y orad para que no caigáis en la tentación: el espíritu está pronto, pero la carne es flaca». 
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 (1) Una de estas grutas o cavernas se llama todavía el "Refugio de los Apóstoles", porque, según la tradición, ocho apóstoles se refugiaron en aquel lugar después del arresto del Salvador. (2) Descendiendo del Monte Sión, los peregrinos visitan aun hoy la Gruta del arrepentimiento de San Pedro. Según tradición, en esta gruta fué donde el apóstol, habiendo salido del palacio de Caifás, lloró amargadamente (Luc. XXII, 62.) Hasta el siglo XII, estaba encerrada en una iglesia que tenía el nombre de "San Petrus in Gallicante" (San Pedro del canto del gallo). Esta iglesia no existe ya**. 
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* Fuente: "JESUCRISTO: su Vida, su Pasión, su Triunfo, Cap. III, La negación de Pedro, por el Rvdo. P. Berthe, SS. RR.
** Dicha iglesia destruida por los turcos y sarracenos, fue reedificada y al día de hoy los peregrinos la visitan.

VIERNES SANTO. JESÚS ANTE CAIFÁS


VIERNES SANTO. Capítulo II Jesús ante Caifás.

 DESDE GETSEMANÍ AL PALACIO DEL SUMO SACERDOTE. — EL TORRENTE CEDRÓN. — ANAS Y SU CRIADO. — JESÚS ANTE CAIFÁS. — ILEGALIDAD DE LA SESIÓN. — LOS TESTIGOS FALSOS. — MUTISMO DE JESÚS. — «¿ERES TÚ EL HIJO, DE DIOS? Ego sum». — EL DECRETO DE MUERTE. (Matth. XX VI, 57-66. —Marc. XIV, 53-64. — Luc. XXII, 54. — Joan. XVIII, 19-24.)

 Dueños por fin de Jesús, los fariseos pudieron satifacer el implacable odio que le habían profesado desde tan largo tiempo. Para humillar á aquel profeta, al falso Mesías, quisieron que se le tratara como a un criminal vulgar. Por órdenes suyas, los soldados de la cohorte le ataron los brazos sobre el pecho, luego, por medio de cuerdas unidas a una cadena que le circundaba el cuerpo, los criados le hicieron marchar delante de ellos como si fuera un ladrón ó un asesino. Desde Getsemaní, el cortejo se puso en marcha hacia el monte Sión, donde se encontraba el palacio de los pontífices. Allí era donde Jesús debía ser juzgado. Al atravesar el puente del Cedrón, los verdugos a instigación de los fariseos, precipitaron a la inocente víctima al cauce del torrente. No teniendo más vestiduras que su túnica y su manto, Jesús cayó penosamente sobre las piedras que formaban el fondo del fangoso canal, lo que dió lugar a renovar los sarcasmos e insultos. ¡Qué alegre espectáculo para aquellos magistrados de Israel, el ver sumergido en el lodo, en el fondo de una cloaca, al taumaturgo que sacaba a los muertos de la tumba! Ignoraban (o no quisieron ver) esos doctores y sacerdotes envilecidos, que en aquel momento mismo se verificaban en Jesús las palabras proféticas: – «Abrebará en el camino el agua del torrente y por esto levantará la cabeza».(1)

  Después de esta caída, el prisionero, arrastrado por los soldados, avanzó con trabajo hacia el palacio del Sumo Sacerdote. Los habitantes de Jerusalén no tenían el menor conocimiento del crimen que sus jefes acababan de cometer, a pesar de que alguna agitación reinaba ya en la adormecida ciudad. Decididos a concluir su obra en la noche misma, los jefes del Sanhedrín habían prevenido a sus colegas para que se reunieran en el palacio de Caifás. Por todas partes corrían los emisarios en busca de falsos testigos a fin de ocultar la infamia con la apariencia de legalidad. En fin, como era necesario dar al juicio cierta publicidad, los fariseos más opuestos al proféta y a sus doctrinas, se dirigieron al tribunal para asistir al interrogatorio y aclamar a los jueces. Por lo demás, el populacho siempre pronto a vociferar contra el inocente a la menor señal de los agitadores, se ponía ya en movimiento. El cortejo llegó al palacio de los pontífices a la una de la mañana. Los soldados condujeron a Jesús a una de las salas en donde funcionaba el magistrado encargado de formular la acusación. Este juez instructor llamado Anás, era suegro de Caifas, quien en su calidad de Sumo Sacerdote, debía pronunciar la sentencia. Después de haber ejercido el soberano pontificado durante largos años, Anás lo había hecho pasar sucesivamente a diversos miembros de su familia, quedando él de hecho la primera autoridad del Sanhedrín. Caifás no obraba sino según las inspiraciones del astuto viejo. Introducido a la presencia del ex-pontífice, Jesús, cargado de cadenas, conservó una actitud firme, un rostro tranquilo y sereno. Anás había preparado cuidadosamente su interrogatorio. Hizo al prisionero muchas preguntas sobre sus discípulos y doctrina, esperando descubrir algún indicio de las maquinaciones tenebrosas contra la Ley Mosaica; pero su esperanza quedó enteramente burlada. Nada dijo Jesús de sus discípulos, pues se trataba de él personalmente y no de los que le habían seguido. En cuanto á su doctrina, se limitó a responder: – Yo he enseñado en las sinagogas y en el templo, nada he dicho en secreto. ¿Para qué interrogarme sobre mi doctrina? Interrogad a los que me han oído; ellos saben lo que yo he enseñado y darán testimonio de la verdad». Nada más sabio que esta respuesta que desconcertó por completo al anciano pontífice. Uno de sus criados vino en su auxilio y acercándose á Jesús, le dió un recio bofetón en el rostro. –«¿Así es, le dice enfurecido, como se habla al pontífice?» Sin dejar aparecer ninguna emoción, Jesús respondió a aquel miserable: –«Si he hablado mal muéstralo, pero si bien ¿por qué me hieres?». El indigno criado guardó silencio lo mismo que su amo. Confundido, avergonzado y consternado, Anás levantó súbitamente la sesión para no exponerse a nuevas humillaciones y ordenó a los soldados conducir al prisionero al tribunal de Caifás donde los miembros del Sanhedrín se hallaban reunidos. Esta asamblea, compuesta de fariseos y saduceos enemigos declarados de Jesús, de pontífices envidiosos de su gloria, de escribas a quienes había confundido tantas veces delante del pueblo, no pensaba ciertamente pronunciar un fallo de justicia, sino ejecutar un proyecto de venganza. Basta recordar que tres veces ya, en conciliábulos secretos, estos mismos jueces habían condenado a Jesús, excomulgado a sus partidarios y finalmente decretado su muerte. En una de esas reuniones ¿no había declarado Caifás que el triunfo de Jesús acarrearía la destrucción de la nación y que por consiguiente su muerte era reclamada como una necesidad de salvación pública? Jesús estaba, pues, condenado de antemano por el presidente del tribunal y por sus consejeros que se habían adherido a su parecer. De manera que aquellos hombres inicuo convirtieron en juguete la violación de todas las leyes. Estaba prohibido a los jueces funcionar en día de sábado y en su víspera, porque debiendo seguir inmediatamente a la sentencia la ejecución del criminal, los aprestos del suplicio habrían hecho necesaria la violación del reposo sagrado.La ley prohibía igualmente bajo pena de nulidad, juzgar una causa capital durante la noche, porque las sesiones debían ser públicas; así el tribunal sólo funcionaba entre el sacrificio de la mañana y el de la tarde. Pero el Sanhedrín atropello resueltamente todas las formalidades legales: arresta a Jesús durante la fiesta de Pascua, la víspera del sábado a media noche y procede al juicio una hora después de la aprehensión. El odio no podía esperar la salida del sol. Era preciso además que el pueblo supiera, al despertar, que Jesús había sido condenado. El entusiasmo, de las turbas se extinguiría sin duda, cuando la alta corte de justicia hubiera declarado al falso Profeta culpable de lesa divinidad y de lesa nación. El Salvador compareció, pues, en la sala del tribunal delante de todo el Sanhedrín. Para motivar una sentencia de condenación, los jueces habían imaginado un complot contra la Ley mosaica y sobornado falsos testigos que, a precio de dinero, debían sostener la acusación; pero contradiciéndose estos unos a otros, fueron sorprendidos en flagrante delito de mentira e impostura, lo que les exponía a graves castigos. Muy contrariados se encontraban los jueces, cuando he aquí que dos miserables formularon una acusación capaz de impresionar vivamente a toda la asemblea. –«Nosotros le hemos oído decir, exclamó uno de ellos, «yo puedo destruir el templo de Dios y reedificarlo en tres días». La deposición del segundo fué algo diferente. Según este, Jesús se había expresado de la manera siguiente: –«Yo destruiré este templo hecho por mano de hombre y en tres días yo reedificaré otro que no será hecho por mano de hombre». Esta acusación era, a los ojos de los judíos, de una extrema gravedad, porque el templo personificaba en cierta "manera a la nación, a la Ley, a todo el mosaísmo. Pero cómo transformar las palabras pronunciadas por Jesús en atentado contra el templo de Dios? El no había dicho: –«Yo puedo destruir» o «yo destruiré este templo en tres días» sino al contrario: «Destruid este templo», es decir, en la hipótesis de la destrucción del templo, yo lo reedificaré en tres días. La amenaza contra el templo que constituía el delito, no era más que pura invención de los testigos. Además, se daba a las palabras de Jesús un sentido material enteramente extraño a su pensamiento. Las expresiones de que se había servido probaban claramente que hablaba del templo de su cuerpo, de aquel cuerpo que los judíos iban á destruir y que él, en prueba de su divino poder, resucitaría después de tres días. Cuando los acusadores dejaron de hablar, Caifás dirigió al divino Maestro una mirada interrogadora y le intimó que respondiera. Jesús guardó silencio. Levantándose entonces encolerizado, como un hombre que se cree ofendido, tomó Caifás la palabra: –«¿Nada tienes que responder á la acusación que estos te hacen?» Mantúvose Jesús silencioso: no se responde á testigos falsos cuyas declaraciones se contradicen, ni a jueces que han sobornado a estos calumniadores. No tiene respuesta la acusación de haberse complotado contra el templo, cuando este cargo va dirigido contra el mismo que arrojó de él a los vendedores para impedir la profanación de la casa de Dios, Callándose, revelaba Jesús la indignidad de sus enemigos y daba cumplimiento a la profecía de David: «Los que buscaban un pretexto para quitarme la vida, decían contra mí cosas vanas y falsas; pero yo estaba en su presencia como un sordo que no oye y como un mudo que no abre su boca». Esté mutismo del profeta no dejaba de inquietar a los consejeros. Si Jesús, decían para sí, si Jesús que tantas veces los había confundido con su sabiduría y elocuencia, se desdeñaba responder a sus acusaciones, era porque los juzgaba indignos de un cuerpo respetable como el Sanhedrín. Caifás lo comprendía así y semejante humillación le ponía convulso de furor. Dejando a un lado cargos que a nada conducían, dirigióse directamente al fin, haciendo a Jesús preguntas que le obligarían a declararse él mismo culpable. Con tono amenazador le dijo: –«Te conjuro por el Dios vivo, que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios». Jesús no estaba obligado a obedecer a aquella intimación, porque la Ley Mosaica prohibía exigir juramento al acusado para no ponerle en la alternativa, o de perjurar, o de acriminarse a sí mismo. Pero Caifás contaba con que Jesús no vacilaría en afirmar su divinidad en esta circunstancia solemne. En todo caso, se decía, ya sea que afirme o que niegue, está igualmente perdido. Si niega, le condenamos como impostor y falso profeta, pues tantas veces ha asegurado delante del pueblo que él era el Cristo e igual al Padre que está en los cielos. Si afirma, le aplicaremos la pena dictada por la ley contra los blasfemos y usurpadores de, títulos divinos. No se engañaba Caifás. A esta interpelación del pontífice sobre su personalidad divina y su cualidad de Mesías, Jesús rompió el silencio que había guardado desde el principio de la sesión. Sabiendo que los jueces sólo esperaban una afirmación de su boca para decretar su muerte, respondió al gran sacerdote con dignidad soberana: –«Tú acabas de decir quién soy yo. Sí, yo soy el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Y ahora, escuchad todos: Llegará un día en que véréis al Hijo del hombre, sentado á la diestra de Dios, descender sobre las nubes del cielo para juzgar a todos los hombres». Apenas había pronunciado esta formidable declaración, cuando Caifás, sin darse un instante para examinarla, exclamó como un energúmeno: –«¡Ha blasfemado! acabáis de oirle; no tenemos necesidad de nuevos testimonios». Y desgarró sus vestidos con indignación, para protestar, como lo prescribía la ley, contra la injuria hecha a Dios. El criminal contra Dios era él, el injusto e indigno pontífice. ¿Con qué derecho declaraba que Jesús había blasfemado? Según la ley, debía tomar el parecer de sus colegas y no imponerle violentamente su opinión. Por otra parte, la más vulgar equidad exigía que se discutieran seriamente las afirmaciones del acusado, antes de reprobarlas como blasfemias. ¿Por qué Jesús no sería el Mesías y el Hijo de Dios según el texto de la declaración? Los caracteres del Mesías indicados en las Escrituras ¿no convenían rigurosamente a Jesús de Nazaret? ¿No había aparecido én la época predicha por Daniel; en el tiempo en que el cetro había salido de Judá, según el oráculo de Jacob; en la ciudad de Belén, como lo había anunciado Miqueas? Su doctrina divina, su vida más divina aún, sus milagros operados desde hacia tres años ante todo el pueblo, los enfermos curados, los muertos resucitados ¿no establecían su divinidad de la manera más evidente? Y entonces ¿por qué condenarle si se proclamaba con tan justos títulos el Mesías y el Hijo de Dios?

  Pero Caifás, dominado por las más innobles pasiones, se mostró menos cuidadoso de ilustrar su conciencia que de satisfacer su odio. Dirigiéndose a sus colegas verdaderamente dignos de él, exclamó de nuevo. «¡Ha blasfemado! Qué os parece? Qué pena merece? — ¡La muerte!» respondieron todos a la vez. Jesús escuchó tranquilo e impasible aquel monstruoso juicio. Fijaba con lástima sus miradas sobre aquellos malvados que, sin examen y a sangre fria, condenaban a muerte al Hijo de Dios, pues divisaba ya el día en que descendería del cielo para revocar ese execrable decreto y tratar a sus autores según los dictados de inexorable justicia.

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 (1) Esta particularidad de la Pasión del Salvador nos ha sido conservada por la tradición. Se ve hoy todavía cerca del puente del Cedrón, una piedra de grandes dimensiones, sobre la cual cayó Nuestro Señor, dejando impresas en ella sus rodillas, pies y manos. La Iglesia ha concedido indulgencias a los peregrinos que se arrodillan sobre la piedra del Cedrón, convertida por esta causa, en una de las estaciones de la Via del Cautiverio. Se llama así el camino que siguió Jesús desde el huerto dé Getsemaní hasta el palacio de Pilatos.
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 * Fuente: "JESUCRISTO: su Vida, su Pasión, su Triunfo", Cap. II, Jesús ante Caifás, por el Rvdo. P. Berthe, SS. RR.

EL ARRESTO DE N.S. JESUCRISTO

 


El desgraciado Judas no había perdido tiempo desde su salida del cenáculo. En una entrevista con los principales miembros del gran Consejo, hízoles saber que Jesús se dirigiría con sus apóstoles al Monte de los Olivos, que pasaría la noche en un lugar solitario perfectamente conocido del traidor y que por consiguiente, sería muy fácil aprehenderle durante la noche sin excitar ningún rumor en el pueblo. Los príncipes de los sacerdotes adoptaron con júbilo el plan propuesto y formaron una cuadrilla de gente armada para ponerlo inmediatamente en ejecución. 

 Componíase aquella de un destacamento encargado de montar la guardia del templo, de satélites o sirvientes del gran sacerdote y de una banda de gente del pueblo, provistos todos de picas y bastones, de antorchas y linternas. Algunos miembros del Sanhedrín acompañaban a la expedición nocturna para tomar las medidas reclamadas por las circunstancias. Colocado a la cabeza de la columna, Judas, les servía de guía. Como los soldados no conocían a Jesús, recibieron la orden de detenerse a la puerta del jardín de Getsemaní, mientras que Judas avanzaría sólo hacia su Maestro y le mostraría a todos por una señal inequívoca: – «Aquel a quien yo besare, les había dicho el infame, ese es. Aseguradle bien y llevadle con gran cuidado, porque muy bien podría escaparse». Dada la señal, Judas debía reunirse con los apóstoles como si ninguna participación hubiera tomado en el nefando crimen que se iba a consumar. De esta manera, evitaría la odiosa mancha de haber hecho traición a su Maestro y los príncipes de los sacerdotes no tendrían que soportar la vergüenza de haber recurrido a un vil expediente para satisfacer su venganza, pero todo estaba calculado sin tomar en cuenta la sabiduría y el poder de Dios. Era media noche cuando llegaron al huerto. Todo estaba obscuro y silencioso en aquel valle y la cuadrilla misma evitaba cuidadosamente el menor ruido que pudiera despertar al pueblo. Según lo convenido, Judas avanzó solo al encuentro de Jesús que en ese momento bajaba con los apóstoles hacia la puerta del jardín. Se aproximó a su Maestro sin ninguna turbación, como si viniera a dar cuenta de una comisión recibida. –«Maestro, le dice, yo te saludo». Y a la vez le da el beso que acostumbraban los judíos entre amigos y parientes. En lugar de rechazar al criminal apóstol, Jesús le contestó con angelical dulzura: – «Amigo ¿qué has venido a hacer aquí? ¡Cómo! Judas ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?» En vez de caer de rodillas para pedir perdón de su falta, Judas, creyendo oir palabras de indignación entre los apóstoles, se desconcertó y replegóse a los suyos. Los soldados pensaron que iba a decirles algo y se produjo un momento de vacilación que dió lugar a una escena de incomparable majestad. Jesús no esperó que viniesen a prenderle, sino que avanzando hacia los soldados, con voz entera les preguntó: –«¿A quién buscáis?» —«A Jesús Nazareno», respondieron. — «Yo soy» dijo Jesús. A esta sola palabra, soldados, criados, sanhedristas, sobrecogidos de súbito terror y como rechazados por invisible mano, retrocedieron y cayeron de espaldas. Cuando se hubieron levantado, Jesús siempre de pie delante de ellos, volvió a preguntarles: —«¿A quién buscáis?»— «A Jesús Nazareno», repitieron temblando. — «Yo soy Jesús Nazareno, replicó el Salvador, os lo he dicho ya; si es a mí a quien buscáis, dejad partir a éstos». Y con un gesto imperativo, designó a los apóstoles que le rodeaban y quienes quería defender, según las palabras pronunciadas por él mismo algunas horas antes: «¡Oh padre! de todos los que me has dado, ni uno solo he perdido». Pero ¿lo conseguiría? Tanto menos probable parecía esto, cuanto que los apóstoles, viendo a su Maestro derribar por tierra a los soldados, se imaginaron que iba a defenderse y se preparaban a la batalla. Guando la cuadrilla, excitada por los príncipes de los sacerdotes, se aproximó a Jesús para echarle mano, los apóstoles indignados, le rodearon gritando a la vez que empuñaban las armas: –«¡Maestro!, ¿nos permites servirnos de la espada?» Pedro, sin esperar la respuesta de Jesús, descargó un recio golpe con su espada sobre la cabeza de un criado del gran sacerdote llamado Malco y le cortó la oreja derecha. Una lucha sangrienta iba a empeñarse, pero Jesús intervino en el acto. –«¡Deteneos!» dijo a Pedro y a sus compañeros. Entonces, manifestando de nuevo su divino poder, se acercó a Malco, tocóle la oreja y la herida quedó perfectamente curada. Luego, dirigiéndose a Pedro y a todos los presentes, declaró que no tenía ninguna necesidad de ser defendido contra sus enemigos, pues si estos se habían atrevido a apresarle, era porque él se les entregaba voluntariamente. –«Pedro, vuelve tu espada a la vaina, porque quien con espada hiere, a espada morirá. ¿Acaso no es necesario que yo beba el cáliz que me presenta mi Padre? Crees que si pidiera a mi Padre que me defendiera, no me enviaría en el acto más de doce legiones de Ángeles? No, no, lo que ahora sucede predicho está y es preciso que se cumplan las Escrituras».  

  Hizo notar Jesús su entrega voluntaria, diciendo a los miembros del Sanhedrín que acompañaban a los soldados: –«Habéis venido a mi encuentro armados de espadas y bastones como si se tratara de un ladrón, pero sabédlo bien, que las armas nada pueden contra mí. Yo estaba todos los días sentado en el templo en medio de vosotros enseñando mi doctrina ¿por qué no me prendisteis? —Porque la hora fijada por mi Padre no había llegado. Mas ahora llega ésta es vuestra hora, la hora del poder infernal del cual vosotros sois instrumentos. Una vez más, es necesario que las predicciones de las Escrituras se cumplan». Pero el odio cegaba y endurecía a aquellos hombres.   

  Mientras más hacía brillar Jesús su divinidad, más aumentaba en ellos el furor. Obedeciendo a sus órdenes, los soldados, una vez que se apoderaron de Jesús, le ataron como si hubiera sido un malhechor. El divino Maestro alargó las manos a sus verdugos, lo que desconcertó a los Apóstoles y los intimidó. Viendo que Jesús no rompía sus cadenas, que los soldados le ultrajaban impunemente, que los sacerdotes y escribas blasfemaban contra él y que el populacho comenzaba a vociferar amenazas e imprecaciones contra ellos, olvidaron todas sus protestas y huyeron cada uno por su lado. Sólo un joven discípulo, acudiendo precipitadamente al ruido que hácían los soldados, quiso seguir a su Maestro. Recibieron éstos la orden de arrestarle y ya le tenían asido por la ropa, cuando él, dejándola entre sus manos, se puso también en fuga.   

  Como lo había anunciado, Jesús quédó solo en medio de sus enemigos.        
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* Fuente: "JESUCRISTO": su Vida, su Pasión, su Triunfo", Cap. I, La Agonía y el arresto, por el Rvdo. P. Berthe, SS. RR.

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jueves, 1 de abril de 2021

JUEVES SANTO (2.ª parte)


La Última Cena. 
El lavatorio de los pies. 

 El día comenzaba entre los judíos a la seis de la tarde. Al aparecer las v primeras estrellas del viernes, primer día de los ázimos, Jesús se dirigió al cenáculo con sus apóstoles. Tomó lugar en medio de la mesa, Pedro y Juan a sus dos lados y los otros se colocaron en semicírculo en torno del Maestro. El contento había huido de los corazones en aquellas tristes circunstancias y todos tenían el presentimiento de que grandes cosas iban a ocurrir durante aquella cena; el amor de que Jesús les había dado tantas pruebas, desbordaba de su corazón y se mostraba más sensiblemente en su noble rostro: – «Con gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de morir, les dijo, porque, añadió tristemente, es la última vez que la celebraré en vuestra compañía, hasta que juntos la comamos en el reino de Dios. Tomando entonces la copa que se hacía circular al comenzar la cena, dió gracias y pasándola a sus apóstoles, les dijo: – «Ya no beberé más del fruto de la vid hasta qué llegue el reino de Dios». Los apóstoles no sabían bien de qué reino quería él hablar, pero comprendieron que asistían al festín de despedida y sus corazones se acongojaron más y más. Entonces comenzó el festín pascual en conmemoración de aquel gran día eb que Dios sacó a Israel de la servidumbre del Egipto. Los ritos y manjares recordaban todas las circunstancias de la última comida que hicieron los Hebreos el día de su libertad. Jesús sirvió primero a sus apóstoles lechugas silvestres y otras yerbas amargas, en recuerdo de las amarguras con que los egipcios habían acibarado la vida de sus padres; luego panes sin levadura, porque en el día de la Pascua los hebreos, huyendo de sus perseguidores, no tuvieron tiempo de dejar fermentar la masa; en fin, el cordero pascual cuya sangre detuvo al Ángel exterminador. Al observar los ritos de la Pascua de los hebreos, Jesús veía en ellos otras tantas figuras de la nueva Pascua, de la redención que él traía. La verdadera cautividad no era la del Egipto, sino la del infierno y para escapar a los golpes del ángel exterminador, era necesaria la sangre del verdadero Cordero Pascual figurado por los corderos inmolados en el templo. Este era el gran misterio que Jesús quería revelar a sus apóstoles antes de dejar el mundo. En el momento de celebrar la Pascua de la nueva alianza, quiso preparar los corazones de sus apóstoles llenos de ideas terrestres, para que gustasen de las cosas del cielo. Aprovechóse de una discusión de nuevo suscitada entre ellos durante la cena, para darles una lección memorable. Se trataba siempre de saber quién sería el primero y el más grande en el reino: – «Los reyes de las naciones, les dijo Jesús, mandan como dueños; pero entre vosotros no ha de ser así. El que es más grande, debe hacerse el más pequeño y el que gobierna, convertirse en servidor de todos. ¿Quién es más grande, el que sirve o el que está sentado a la mesa? ¿No es verdad que el que está sentado? Pues bien, yo, vuestro maestro, quiero ser aquí el que sirve». Y agregando la acción a las palabras, se levantó de la mesa, dejó su manto y ciñó su cintura con una toalla. Luego, habiendo puesto agua en un lebrillo, se hizo rodear de sus discípulos y como el ésclavo que lava cada noche los pies de sus amos, arrodillóse para lavarles los pies y enjugarlos con la toalla de que estaba ceñido. Todos le miraban mudos de emoción. Se aproximó primero al apóstol Pedro, el cual exclamó con gran viveza: – «¡Vos, Señor, lavarme a mí los pies, jamás! Jesús le contestó: – Pedro, lo que ahora no comprendes, lo comprenderás después. Más Pedro, insistió: — ¡Jamás, Señor, permitiré que me laves los pies! Replicóle Jesús y dijo: – Entonces no tendrás parte en mi amistad. Esta amenaza espantó al apóstol que le contestó con su fogosidad ordinaria: – «¡Lávame, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le contestó: – No, el que sale del baño, sólo necesita lavarse los pies para estar perfectamente limpio». Exento de faltas graves, basta que te purifiques del polvo e las imperfecciones que siempre se pegan a los pies del hombre. Habiendo dicho estas palabras, agregó con un tono de profunda tristeza: – «Vosotros estáis limpios, aunque no todos» Alusión muy significativa al que iba a traicionarle. Pero Judas fingió no comprender, y permitió que Jesús le lavase los pies como a los otros. Terminado este oficio de esclavo, el Salvador volvió a tomar su manto, se sentó á la mesa y dijo a sus apóstoles:– «¿Habéis visto o que acabo de hacer? Me llamáis vuestro Maestro y Señor, y tenéis razón porque en realidad lo soy. Si yo, pues, siendo vuestro Maestro y Señor, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Os he dado el ejemplo, a fin de que hagáis lo mismo que acabo de hacer. El criado no es superior a su amo, ni el Apóstol mayor que el que le ha enviado. Seréis felices si practicareis las cosas que os he enseñado. No digo esto de todos los que estáis aquí, sino que me dirijo a aquellos que he escogido porque necesario es que se cumplan estas palabras de la Escritura: – «El que come mi pan, levantará su pie contra mí». Y yo os hago esta predicción para que después de su cumplimiento, creáis que vuestro Maestro es realmente el Cristo. En cuanto a vosotros que me habéis sido fieles en todas mis tribulaciones, haced lo que acabo de practicar y os introduciré en el reino que mi Padre me prepara, en donde comeréis y beberéis en ¡mi mesa y os sentaréis en tronos para juzgar las doce tribus de Israel». Esta escena tan tierna, no era sin embargo sino el preámbulo de otra más sublime y más conmovedora aún. El lavatorio de los pies, era sólo el símbolo de la purificación del corazón que Jesús obraría en sus apóstoles para hacerlos dignos del don sublime que quería regalarles antes de separarse de ellos.

  Institución de la Eucaristía.

  El cordero pascual figurado desde siglos atrás por el que acababan de comer, era el mismo Jesús. Su sangre iba a derramarse al día siguiente por la salvación del género humano. Pero eso no bastaba al Cordero de Dios: quería quedar siempre vivo en medio de los hombres, inmolarse siempre por sus pecados y ser siempre comido por ellos para sustentarles durante su peregrinación a la Tierra prometida. Había llegado la hora de realizar la promesa que había hecho un día, de darles a comer su carne y a beber su sangre. Al fin de la cena, después de haber instruido a sus Apóstoles sobre el prodigio de amor que su corazón iba a realizar, Jesús tomó en sus santas y venerables manos uno de los panes ázimos, lo bendijo, y lo partió y lo entregó a sus Apóstoles diciendo: – «Tomad y comed todos de él: porque esto es mi cuerpo, este mismo cuerpo que va a ser entregado por vosotros». Luego, acabada la cena, tomando su copa llena de vino, la bendijo y se las presentó diciendo: – «Tomad y bebed todos de él: porque este es el cáliz de mi sangre, del nuevo y eterno Testamento, Misterio de fe: que por vosotros y por muchos será derramada para la remisión de los pecados». Y Jesús añadió: – «Cuántas veces esto hiciéreis, hacedlo en memoria mía". A fin de que los apóstoles y sus sucesores, sacerdotes de la Nueva Alianza, perpetuasen su Sacrificio, no ya por una Pascua conmemorativa como los sacerdotes de la antigua ley, sino por la nueva inmolación del Cordero divino que vendría a ser el alimento de las almas y la prenda de la vida eterna. La Cena llegaba a su fin.

  Predicción de la traición de Judas.

  Los Apóstoles departían afectuosamente con su Maestro, pero pronto notaron en su fisonomía una turbación profunda. Jesús no podía pensar en Judas, en aquel corazón insensible, en el sacrilegio que acababa de cometer, en crimen más horrendo aún que meditaba, sin sentir su alma desgarrada por el dolor. Era uno de sus miembros, uno de sus apóstoles que se le separaba violentamente para ejecutar en su Maestro la obra de Satanás.

  Quiso una vez más traerle al arrepentimiento, poniendo a sus ojos la enormidad de su crimen y el castigo que le aguardaba. Dirigiéndose a los apóstoles, les dijo: – «En verdad, os lo aseguro, que uno de vosotros, uno de los que están sentados a esta mesa y comen conmigo, va a traicionarme y a entregarme a mis enemigos». Con esta declaración, los apóstoles entristecidos y consternados, se miraban unos a otros preguntándose si en realidad podría haber entre ellos un traidor bastante malvado para entregar a su Maestro. Y como la sospecha pesaba sobre cada uno de ellos, todos juntos clamaron: – «¿Soy yo, Señor? Jesús respondió con un tono grave y sereno: — «Os lo repito, es uno de los que aquí cenan conmigo. Y añadió estas palabras formidables: – El hijo del hombre se va, como de él está escrito; pero ¡desgraciado de aquel por quien el hijo del hombre será entregado! ¡Más le valdría no haber nacido!».

  Todos estaban aterrados; sólo Judas se mostraba en calma. Tuvo aún la audacia de preguntar como los otros: – «¿Soy yo, Señor?» Sus palabras se perdieron en el bullicio, pero Jesús le respondió de manera que él sólo pudiera oirle: –«Tú lo has dicho, eres tú». Esta respuesta que habría debido confundirle, no le arrancó ni un suspiro, ni una lágrima, ni un movimiento de sorpresa o de horror de manera que los apóstoles no encontraron en él mayor motivo de sospecha que en los otros. Queriendo a toda costa salir de una incertidumbre qué despedazaba su corazón, Pedro hizo un signo a Juan para que interrogase al Maestro. Juan se inclinó hacia el pecho de Jesús y le dijo: –«¿Quién es el traidor? Respondióle el Salvador y le dijo: – Aquél a quien voy a presentar un pedazo de pan mojado». Mojó un pedazo de pan en un plato y lo presentó a Judas, el cual recibió sin la menor emoción esta nueva muestra de amistad. Apenas hubo comido este bocado, cuando quedó convertido, no sólo en esclavo, sino en verdadero secuaz de Satanás. Entonces, viéndole perdido sin remedio, le dijo Jesús: –«Lo que estás resuelto a hacer, hazlo pronto». No comprendieron los apóstoles el sentido de estas palabras; creyeron que daba órdenes a Judas de comprar algún objeto para la fiesta o de distribuir limosnas a los pobres, y el maldito, dejando el cenáculo a toda prisa, se fué directamente a concertar con sus cómplices las últimas medidas para apoderarse de Jesús en esa misma noche. Unas cuantas horas más y el crimen quedaría consumado.

  El Testamento de Amor.

  Apenas había salido Judas del Cenáculo, Jesús viendo venir la muerte prorrumpió en un cántico de alegría: – «Llega por fin la hora del triunfo, dijo, la hora que glorificando al Hijo dará gloria al Padre». Luego bajando su mirada sobre sus discípulos entristecidos: – «Hijitos míos, añadió con ternura, sólo me quedan algunos momentos que pasar con vosotros. Por ahora no podéis seguirme a donde yo voy. Sed fieles a mi mandamiento: amados los unos a los otros, como yo mismo os he amado. En esta unión fraternal se os reconocerá por mis verdaderos discípulos.» No pudiendo persuadirse de que su Maestro iba a morir, los apóstoles se preguntaban qué significaría aquel discurso. «Señor, díjole Pedro, tú nos hablas de dejarnos; pero ¿a dónde vas? Y Jesús le respondió: — Me voy adonde tú no puedes seguirme ahora, pero a donde más tarde me seguirás. Pedro que comenzaba a comprender, replicó: — Mas ¿por qué no luego? yo estoy pronto a dar mi vida por ti. Y Jesús le contestó: — ¡Tú, pronto a dar la vida por mí! Yo te digo que esta noche, antes que el gallo cante, tú me habrás negado ya tres véces.» Protestó Pedro que afrontaría la prisión y todos los suplicios antes que renegar de su Maestro. Jesús aprovechó este incidente para instruir a sus discípulos sobre los peligros que iban a correr y para ponerles en guardia contra su propia debilidad. «¡Simón, Simón, le dijo, Satanás va a cribaros a todos como se sacude el trigo en el arnero! Pero yo he rogado a mi Padre por ti para que no desfallezca tu fe y tú, cuando estés plenamente convertido, confirma en ella tus hermanos. Todos vais a quedar escandalizados en esta noche por causa mía porque está escrito: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. Mas después de mi resurrección volveré a encontraros en Galilea». No escuchando más que a su amor al Maestro, Pedro exclamó con viveza: «¡Aun cuando todos te abandonaran en presencia del peligro, yo nunca te abandonaré». Y yo te repito, replicó Jesús, que antes del canto del gallo, tres veces me habrás negado.» Y Pedro contestó: — «¡Jamás! ¡Jamás! aunque fuera necesario morir contigo, nunca te negaré». Los otros apóstoles protestaron, como Pedro, de su inquebrantable fidelidad. Hízoles notar Jesús que para permanecer fiel en tiempo de guerra, es preciso armarse de valor: –«Cuando, hace poco, os envié en medio del mundo sin dinero y sin calzado, ¿os faltó algo de lo necesario? Los apóstoles respondieron: – No, nada. Jesús prosiguió: — Pues bien, ahora es preciso que cada uno tome su bolsa y su saco y si alguien no tuviere espada, que venda hasta sus vestidos para procurarse una, porque va a cumplirse lo que la Escritura dijo de Mí: – «Fue puesto en el número de los malvados». Creyendo los apóstoles que Jesús les recomendaba armarse, no de valor contra la tentación, sino de espadas contra el enemigo, le dijeron: – «Señor, aquí hay dos espadas. Respondiendo Jesús, les dijo: – Basta con eso porque no es con la espada como venceréis». Pedro, no obstante, tomó una para defender a su Maestro por si se atrevieran a atacarle. En éste momento, la tristeza de los apóstoles llegaba hasta la desconfianza. Ignoraban lo que se tramaba contra Jesús y contra ellos; pero evidentemente estaban amenazados de una espantosa desgracia. Jesús anunciaba que uno de ellos le haría traición, que Pedro le negaría, que todos le abandonarían y que él mismo sería tratado como un criminal y condenado a muerte de cruz. Acababa de decirles que iba a dejarles para ir a donde nadie podía seguirle. Pero ¿cómo explicar estos enigmas? y en todo caso ¿qué suerte les estaría reservada una vez privados de su Maestro y abandonados sin defensa en medio de encarnizados enemigos? Al verlos Jesús sumergidos en aquella mortal angustia, silenciosos, desalentados, abatidos, sintióse conmovido hasta el fondo del alma y entonces, para consolarlos y fortalecerlos, brotaron de su corazón acentos qué sólo podía abrigar el corazón de un Dios. «Hijitos míos, Ies dice, no os inquietéis con el pensamiento, de mi partida. Creed en Dios y creed en Mí. Me voy a la casa de mi Padre y allí donde las mansiones son numerosas, voy a prepararos una. Entonces volveré a vosotros para conduciros adónde yo mismo voy. Ya sabéis a donde voy y cuál es el camino. Respondió ingenuamente Tomás y dijo: — No, Señor, nosotros no sabemos ni el lugar a donde vas, ni el camino que allá conduce. Y Jesús le respondió: — Tomás, voy a mi Padre y Yo soy el camino que a Él conduce. «Yo soy el camino» que es necesario seguir, «la verdad» que es necesaria creer, «la vida» que es necesaria poseer para llegar a mi Padre. «Si me conocierais, conoceríais a mi Padre. Pero vosotros le habéis visto ya. Felipe que también deseaba como Tomás ver antes de creer, exclamó: – Señor, muéstranos al Padre y nada más pediremos. Respondióle Jesús y dijo: –¿Cómo? hace tánto tiempo que estoy con vosotros y ¿todavía no me conocéis? Felipe, el que me ve a Mí, ve a mi Padre de quien soy una perfecta imagen. ¿Cómo, pues, podéis decir: Muéstranos al Padre? ¿Acaso no creéis que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? El es quien habla por mi boca, él, quien hace las obras que yo ejecuto. En vista, pues, de esas obras prodigiosas, creed que el Padre está en mí y yo en él». Mediante estas consideraciones tan propias para alentar su fe, los Apóstoles sintieron renacer la esperanza. Jesús agregó que su separación en nada les impediría extender el reino de Dios por toda la tierra como se los había prometido. El les comunicaría un poder tal, que realizarían prodigios más maravillosos aún que los milagros hechos por él mismo. Todo cuanto pidieran al Padre en su nombre se les concedería, a fin de glorificar por medio de ellos a su Padre muy amado.

  La tristeza invadía sus corazones al pensar que no gozarían más de su presencia y de sus íntimas comunicaciones, pero aun de esta pérdida Jesús encontró medios de indemnizarlos: – «Si me amáis de veras, les dijo, yo rogaré a mi Padre y él os enviará el Espíritu consolador que estará siempre con vosotros; ese Espíritu de verdad que el mundo no puede recibir, ni conocer, ni gustar y que se hará sentir en vosotros porque residirá en vuestro corazón. Y yo mismo no os dejaré huérfanos, sino que vendré a estar con vosotros. En poco tiempo más el mundo no me verá; pero vosotros me veréis interiormente, porque viviremos con la misma vida. Entonces comprenderéis que yo estoy en mi Padre y en vosotros, y vosotros en mí. Yo me manifiesto íntimamente al alma que me ama y mi Padre y yo establecemos en ella nuestra morada. ¿Por qué pues, preguntó Felipe no te manifiestas al mundo de la misma manera? Respondió Jesús: — Porque el mundo no me ama, ni hace caso de mis mandamientós». Para consolarlos, el Salvador agregó que el Espíritu Santo explicaría y completaría la enseñanza que ya habían recibido. Al apartarse de ellos, les dejaba la paz de Dios, esa paz que el mundo no puede dar. Su partida no debía causarles ni inquietud ni temor, porque él volvería como lo tenía prometido. Antes bien, por amor a él, debieran regocijarse al verle regresar a su Padre. «Si ós anuncio mi partida, es para que, cuando la veáis realizarse, no vacile vuestra fe. Pero no prolonguemos más esta conferencia, pues el príncipe de este mundo se acerca, no porque tenga algún poder sobre mí, sino porque es necesario probar al mundo que amo a mi Padre y que le obedezco siempre cualquiera que sea su voluntad. Levantaos y salgamos de aquí».

  Eran las diez de la noche. Rodeado de sus apóstoles, bajó Jesús por la pendiente del monte Sión y se encaminó a través del valle del Cedrón hacia el monte de los Olivos. Los apóstoles agrupados en torno de su Maestro, avanzaban lentamente comunicándose sus impresiones y confiando al Salvador los sentimientos que sus predicaciones y recomendaciones despertaban en sus almas. Entonces, en una nueva efusión de su amor, hablóles de la misión salvadora que iban a llenar, misión que sería infructuosa, si no permanecían íntimamente unidos a él: – «Yo soy la vid plantada por el celeste viñador y vosotros sois los sarmientos. Así como estos no producen fruto sino cuando están unidos a la cepa, así también vosotros seréis infecundos si no estuviereis como ingertados en mí. Sin mí, nada podéis producir; sin la savia que de mí brota, sois un sarmiento estéril que se seca y sólo sirve para el fuego. Al contrario, si estuviereis unidos a mí, alcanzaréis todo cuanto pidiereis, pues toca a la gloria de mi Padre el reconocéros como verdaderos discípulos de su Hijo, mediante los abundantes frutos que produjereis.»

  Si ellos aman a su Maestro, deben ser uno con él y esparcir en todos los corazones la vida que han bebido en su corazón. «Es necesario, les dijo, que os améis unos a otros como yo mismo os he amado. Yo os he amado con el mayor amor posible, que consiste en dar la vida por los que se ama. Os he amado hasta hacer de vosotros, no servidores, sino íntimos amigos; pues el sirviente ignora los secretos de su señor, en tanto que yo os he comunicado todo lo que he aprendido de mi Padre. Os he amado hasta elegiros, antes que vosotros os dierais a mi, por mis embajadores cerca de los pueblos, llevando la misión de producir en las almas abundantes y permanentes frutos de salvación. Yo os pido ahora que améis a vuestros hermanos como yo os he amado a vosotros y que afrontéis los peligros, aun el de la muerte, por salvarlo». «No podéis propagar el reino de Dios sin encontrar adversarios; pero si el mundo os aborrece, no olvidéis que primero me ha aborrecido a mí. Si fuerais del mundo, gozaríais de sus favores; mas os perseguirá con su odio, porque yo os he apartado del mundo para formaros a mi imagen. Os perseguirán como a mí me han perseguido y despreciarán vuestra palabra como a mi me han despreciad». «Consolaos con el pensamiento de que seréis tratados de esta manera por odio a mi nombre, porque no han querido conocér a Aquel que me ha enviado. Y su pecado no tiene excusa, porque yo he obrado en medio de ellos prodigios que ningún otro ha ejecutado: los han presenciado y con todo me han aborrecido, tanto a mí como a mi Padre, pues, aborrecerme a mí es lo mismo que aborrecer a mi Padre. De este modo han realizado la palabra de la Escritura: Me han aborrecido gratuitamente, sin motivo, por pura malicia. Pero su odio no impedirá a los pueblos glorificar mi nombre. Cuando venga el Espíritu Santo que yo os he de enviar, el Espíritu que procede del Padre, él dará testimonio de mí y vosotros los que me habéis seguido desde el principio, seréis también testigos míos en medio del mundo.

  «Si os hablo claramente, es para poneros en guardia contra la tentación. Cuando os arrojen de las sinagogas y os quiten la vida, creyendo ofrecer con esto un sacrificio agradable a Dios, os acordaréis que yo os he predicho estas persecuciones. Mientras mi presencia bastaba para alentaros, sólo os dejaba entrever las pruebas que os aguardán; pero en este momento en que vamos a separarnos, necesario es que os abra mi corazón. En lugar de entristeceros por mi partida, deberíais más bien regocijaros, pues es ventajoso para, vuestra misión el que yo me vaya. El Espíritu Santo no vendrá a vosotros antes que yo haya vuelto a mi Padre.

  Entonces vendrá él a promulgar solemnemente, el crimen que el mundo ha cometido por su infidelidad, la santidad del Justo que se han atrevido a condenar y el juicio que quita su poderío al príncipe de este mundo. Mucho más tendría aún que deciros; pero el Espíritu Santo que vais a recibir os enseñará oportunamente toda verdad y os revelará los secretos del porvenir».

  Jesús agregó para consolarlos: – « Poco tiempo más y ya no me veréis; pero poco tiempo después, volveréis a verme.» Siempre con la ilusión sobre la próxima muerte y resurrección de su Maestro, los apóstoles le interrogaban con sus miradas sobre el sentido de estas palabras misteriosas.

  «En verdad os digo, continuó diciendo, un poco más de tiempo y ya no me veréis; gemiréis y lloraréis entonces, mientras que el mundo se alegrará; pero poco después volveréis a verme y vuestra tristeza se convertirá en gozo. Laméntase una mujer en la hora de su alumbramiento porque ha llegado para ella el momento de los dolores; pero una vez libre de ellos, ni se acuerda de sus pasados sufrimientos embargada como está con el gozo de haber dado un niño al mundo. Así también vosotros, por ahora os encontráis angustiados; pero pronto se regocijará vuestro corazón y nadie podrá arrebataros vuestro contento. Iluminados por el Espíritu Santo, no tendréis ya necesidad de interrogarme; unidos íntimamente a mí, todo lo que pidiereis en mi nombre lo obtendréis de mi Padre y sentiréis la satisfacción colmada de vuestros deseos. Yo os he enseñado en parábolas los misterios del reino de Dios, pero llega la hora en que hablaré de mi Padre abiertamente y sin figuras. Veréis entonces que podéis pedirle cuanto queráis, porque El os amá y os ama porque vosotros me habéis amado y creído que he salido de Dios. Sí, creedlo firmemente, que yo he salido del Padre y venido a este mundo; ahora me retiro del mundo y vuelvo a mi Padre».

  Los apóstoles creyeron comprender lo que hasta entonces sólo habían penetrado muy imperfectamente: – «Hablas ya sin parábolas, le dijeron, y vemos que todo lo sabes, pues respondes a nuestras preguntas aun antes de hacértelas. Creemos firmemente que tú has salido de Dios. Jesús que veía el fondo de sus almas, exclamó: – Ahorá creéis, pero hé aquí que llega la hora en que os dispersaréis y me dejaréis solo, solo con mi Padre.» Detúvose un instante; luego, con Voz conmovida pero siempre firme, continuó: «Todo lo que acabo de deciros, lo he dicho para que encontréis en mí el reposo de vuestras almas. El mundo os pondrá bajo el lagar, pero estad tranquilos: yo he vencido al mundo.»

  En este momento, la obra de la redención apareció toda entera a las miradas de Jesús. Vió a sus enviados coriéndo en busca de las almas hasta el fin de lós siglos; vió a esas almas sumergidas en las tinieblas, abrirse por millones a la luz del Evangelio y glorificar a Aquel que reina en los cielos. Radiantes de amor, sus ojos se levantaron entonces hacia su Padre y abiertos los brazos, dirigióle esta sublime oración: –«Padre mío, llégala hora tan largo tiempo esperada; glorifica a tu Hijo, para que él te glorifique a ti. Me has hecho cabeza del genero humano a fin de comunicar la vida eterna a los que me diste, esa vida eterna que consiste en conocerte a ti, único Dios verdadero y a Jesucristo a quien enviaste. Yo te he glorificado en la tierra; he terminado la obra que me confiaste; a ti toca ahora, Padre mío, glorificarme en tu seno con aquella gloria de que en tí he gozado desde la eternidad». «He manifestado tu nombre a los que me diste. Ellos han escuchado tus palabras que yo les he transmitido; saben que yo he salido de tí y creen que tú me has enviado. Por ellos ruego Yo. No ruego por el mundo que no te conoce; sino por éstos que me diste, porque tuyos son; y también son míos. Van a quedar en este mundo que dejo para ir a ti. Padre, guárdalos en tu amor, a fin de que sean uno como nosotros somos uno. Estando en medio de ellos, los he guardado a todos; ninguno de los que me diste ha perecido, salvo el hijo de perdición predicho por la Escritura. Ahora voy a ti y ruego por ellos antes de dejarlos, a fin de que encuentren en sí mismos la plenitud de mi gozo».

  «Les he predicado tu palabra y el mundo los ha aborrecido porque, marchando tras las huellas de su Maestro, no son ya de este mundo. No te pido que los saques del mundo» que ellos deben llenar con la gloria de tu nombre, «sino que los preserves del mal, que los santifiques en la verdad y que los consagres a tu gloria como lo estoy yo».

  «Ruégote por ellos y también por todos los que, mediante su palabra, creerán en mí. Que sean uno como nosotros somos uno, viviendo yo en ellos y tú en mí; que sean consumados en la unidad y así conozca el mundo que tú me has enviado y que amas a los míos como me amas a mí mismo. ¡Oh Padre mío! quiero que estos amados míos lleguen cerca de mí y que sean testigos de mi gloria, de esa gloria que yo recibí de tu amor desde antes de la creación del mundo. Padre, invoco aquí tu justicia: el mundo no te ha conocido, pero estos han creído que tu me has enviado y han aprendido de mí á conocerte. Yo llenaré su espíritu con el conocimiento de tu nombre, a fin de que los ames como me amas a mí mismo».

  Jesús cesó de hablar. Enteramente abstraído con aquella celestial conferencia, el colegio apostólico había atravesado el torrente Cedrón y se encontraba al pie del monte donde Jesús acostumbraba pasar la, noche. Tenían delante un jardín plantado de olivos al cual entró el Salvador seguido de sus apóstoles. Al ver la calma y la serenidad de su Maestro, ninguno sospechaba que en esa misma hora iba a comenzar el drama más horroroso que el mundo haya jamás visto: La Pasión del Hijo de Dios.

  EL JARDÍN DE GETSEMANÍ. — LA GRUTA DE LA AGONÍA. — LOS TRES FIAT — EL SUDOR DE SANGRE. — EL ÁNGEL CONSOLADOR. —  

El recinto en que Jesús acababa de penetrar se llama Getsemaní, nombre que significa "Lagar del aceite", porque era el lugar en donde se aprensaban las aceitunas que se cosechaban con abundancia en aquel Monte de los Olivos. Allí era donde Dios esperaba al nuevo Adán para exprimirle en el lagar de la eterna justicia. Al verle entrar en el jardín de Getsemaní, el Padre no miró en su Hijo más que al representante de la humanidad decaída, degradada por todos los vicios y manchada con todos los crímenes. Jesús, el leproso voluntario, consintió en ser sólo el "hombre de dolores". Dejó eclipsarse su divinidad y que la humanidad con sus flaquezas, debilidades y desolaciones, entrase sola, en lucha con el sufrimiento. Para no someter sus apóstoles a tan dura prueba, ordenóles que le aguardaran a la entrada del huerto: – «Sentaos aquí, les dijo, mientras yo me retiro para orar». Tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, los mismos que habían sido testigos de su gloriosa transfiguración en el Monte Tabor. Sólo ellos, fortificados por aquel gran recuerdo, eran capaces de asistir al espectáculo de su agonía sin olvidar que era el Hijo de Dios.  

Apenas estuvo solo, cuando cayó en el más completo abatimiento. Habiendo suspendido su influencia la divinidad, la humanidad del Cristo se encontró en presencia de la visión pavorosa del martirio que debía sufrir. Un profundo tedio, junto con espantoso temor y amarga tristeza, se apoderó de su espíritu, hasta el punto de hacerle lanzar este gemido de suprema angustia: – «¡Mi alma está triste hasta la muerte!».  

Sin un milagro de lo alto, la humanidad del Cristo hubiera sucumbido bajo el peso del dolor. Los tres discípulos, conmovidos y aterrados, le miraban con ternura sin atreverse a pronunciar palabra. –«Quedaos aquí y Velad, díjoles con trémula voz, mientras yo voy a ponerme en oración».  

Alejóse con dificultad a la distancia como de un tiro de piedra hasta la gruta que desde entonces se llamó la gruta de la Agonía, pero siguiéndole siempre la terrible visión a aquella sombría caverna. Apenas hubo llegado allí, vió pasar delante de sus ojos toda clase de instrumentos de suplicio, cuerdas, azoteas, clavos, espinas, cruz; verdugos profiriendo burlas y blasfemias; un populacho delirante hartándole de injurias sin número. Por un momento, retrocedió horrorizado; pero cayendo de rodillas, con la frente pegada al polvo, exclamó: –«Padre mío, si es posible, que se aparte de mí este cáliz; sin embargo, cúmplase tu voluntad y no la mía».  

Dios quería que bebiera hasta la hez el cáliz de amargura. Tembloroso, cubierto de sudor, levantóse y se arrastró penosamente hacia los tres apóstoles para buscar en ellos algún consuelo, pero la tristeza los había acongojado y adormecido.  

Sumergidos en una especie de letargo, apenas reconocieron a su Maestro. Quejóse Jesús de este abandono y dirigiéndose especialmente a Pedro que acababa de hacer tan magníficas promesas: –«¿Duermes Simón? le dijo. ¡Cómo! ¿no has podido vélar ni siquiera una hora conmigo? ¡Ah! velad y orad para que no sucumbáis en el momento de la prueba. El espíritu está pronto para prometer, pero la carne es flaca».  

Habiendo alentado así a los apóstoles, volvió por segunda vez a la gruta. La visión reapareció más espantosa aún. El, el Santo de los santos, se vió cargado con una montaña de pecados: todas las abominaciones y todos los crímenes, desde la prevaricación de Adán hasta la última maldad cometida por el último de los hombres, se presentaron a sus ojos y se le adhirieron como si de ellos hubiera sido culpable. Y una voz le decía: – "Mira todas estas iniquidades a ti cumple expiarlas por sufrimientos proporcionados a su número y malicia". Prosternado en el polvo, desgarrado el corazón, casi muerto de dolor al aspecto del pecado, tuvo todavía fuerza bastante para repetir con sublime resignación: –«¡Padre mío, si es necesario que yo beba este cáliz, que se cumpla tu santa voluntad!» Fuése de nuevo hacia sus apóstoles en busca del aliento que necesitaba su desolado espíritu; pero estos se hallaban a tal punto abatidos y agobiados por la tristeza, que no acertaron a decirle una palabra.  

Por tercera vez, entró en la gruta para sufrir allí una agonía mortal. Cubierto con todos los pecados de los hombres, sufriendo tormentos inauditos en su cuerpo y en su alma, vió millones y millones de pecadores rescatados al precio de su sangre, que le perseguirían con sus desprecios y odio encarnizado por toda la duración de los siglos. Viólos haciendo guerra a su Iglesia, pisoteando la Hostia Santa, despedezando su cruz, blasfemando contra su divinidad, degollando a sus hijos y trabajando con todas sus fuerzas en precipitar al infierno a aquellos mismos por quienes él iba a inmolar su vida. En presencia de tan horrenda ingratitud, cayó como anonadado. Su cuerpo estaba empapado en sudor, en sudor de sangre; copiosas gotas de sangre brotaban de todos los poros y corrían por sus mejillas y por todo el cuerpo hasta regar la tierra. Con todo, no cesaba de orar, repitiendo a su Padre con voz moribunda, que estaba resuelto a apurar hasta el fondo el cáliz del dolor.  

A aquella dolorosa agonía iba sin duda a seguir la muerte, cuando he aquí que un Ángel bajó del cielo para consolarle y fortificarle. Al instante mismo recobró su calma y tranquilidad y acercándose a sus Apóstoles, díjoles con su ordinaria indulgencia: –«Ahora, dormid y reposad tranquilos, no tenéis ya necesidad de velar conmigo». Pero, apenas habian cerrado los ojos, cuando exclamó: –«Levantaos y marchemos, ha llegado la hora en que el Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores. El que me ha de entregar está cerca de aquí». Y a la luz de las antorchas que iluminaban el valle, vieron un grupo de gente armada que se dirigía al jardín de Getsemaní, era Judas a la cabeza de los soldados que debían apoderarse de Jesús.  
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* Fuente: "JESUCRISTO; su Vida, su Pasión, su Triunfo": Cap. VIII y IX, La Última Cena, Cap. I, La Agonía y el arresto, del Rvdo. P. Berthe, SS. RR.