sábado, 1 de febrero de 2025

ACERCA DE LAS ENFERMEDADES


De las enfermedades que nos vienen por nuestros pecados, en la que resplandece la divina justicia con su misericordia. – Por el Padre Luis de Lapuente.

   Aunque es verdad que algunas enfermedades son enviadas por algunos fines de la gloria de Dios, como después veremos, a ti te conviene considerar que las tuyas son castigo de tus pecados, o de los que conoces, porque sabes bien que has ofendido a Dios, o de los ocultos que no conoces, pero conócelos el juez, que justamente te castiga por ellos. Los muy santos, dice San Dionisio, padecen estas cosas por la gloria de Dios solamente, porque han sido inocentes y están libres de culpas graves; pero yo, miserable pecador, padezco las enfermedades por mis pecados, y confieso que merezco estos castigos, y en mí se cumple lo que dijo David: Por su maldad castigaste al hombre, e hiciste que su vida se secase como una araña. Vuelve, pues, los ojos a lo que padece tu cuerpo flaco y desvirtuado, y por ello sacarás lo que eres en el alma. Y ¿qué ha sido tu alma, sino una araña ponzoñosa, cuya ocupación era desentrañarse, tejiendo telas de vanidad que se lleva el viento, y urdiendo telas de codicia para cazar a los prójimos con engaño, y sustentarte de la sangre inocente, o quitándoles la hacienda o la fama y honra? ¿Qué araña hay tan seca como tu espíritu? El cual, habiendo de ser como abeja que coge miel de las flores, es como araña sin jugo, ni devoción o ternura, y seca como una arista. Luego justo es que Dios castigue a tal alma, poniendo su cuerpo también enfermo, flaco y seco como araña. Pues ¿de qué te turbas, miserable, si te dan lo que mereces y te ponen el cuerpo como tú has puesto el alma? Por esto añade David: Verdaderamente en vano se turba el hombre cuando está enfermo y atribulado, pues él ha dado la causa para ello. Por tanto, Señor, yo me vuelvo a ti, y te suplico que oigas mi oración y atiendas mis lágrimas y pongas fin a mis miserias.

   De aquí has de subir más alto a considerar el orden justísimo de la divina justicia, que resplandece en castigar tus culpas con las enfermedades y amarguras que padeces, diciendo con David: Justo eres, Señor, y justo tu juicio. Y con el profeta Miqueas: Yo llevaré sobre mí la ira y castigo de Dios, porque pequé contra él. Justo es que quien usó mal de la salud, la pierda con la enfermedad, y qne pague con dolores lo que se desenfrenó en los deleites. La divina justicia me ha puesto en esta cruz; no tengo que decir sino lo que el buen ladrón: Recibo lo que merecen mis obras, y el justo castigo de que soy digno por ellas; y pues la divina justicia es tan buena y tan santa como su divina misericordia, porque en Dios ambas son una cosa, justo es que yo adore, venere y ame su justicia, y me goce de que la tenga, pues sin ella no fuera Dios. Y pues ella ha de hacer su oficio en los pecadores, gózome de que la haga en mí en esta vida, para que, pagando en ella, quede libre en la otra. Mas en esta consideración no has de mirar a la justicia divina por si sola; porque de esta manera no es mucho que te atemorice y espante con sus terribles y espantosos juicios, antes bien has de decirle con David: Señor, no me castigues con tu furor, ni me arguyas con tu ira, si va desnuda de tu misericordia. Has, pues, de mirar a la justicia, como está en Dios, hermanada con la sabiduría, caridad, misericordia, clemencia, paciencia, longanimidad y otras divinas perfecciones, con cuya compañía se hace amable y deseable, porque ellas templan el rigor, y hacen que las obras de la justicia vayan con su número, peso y medida, compadeciéndose de nuestra miseria. De aquí es que cuando te vieres apretado de las enfermedades y dolores, no puedes ni debes quejarte, si no es de ti mismo y de tus pecados, ni has de abrir la boca sino para acusarte de ellos. Para lo demás has de estar como mudo, diciendo con el Profeta rey: Enmudecí, porque tú, Señor, lo hiciste; aparta de mí tus plagas. No enmudezco por lo que yo hice, que es la culpa, antes bien la confieso; sino que enmudezco por lo que tú haces, que es la pena, aceptándola por ser obra de tu justa justicia; pero con todo eso te suplico que apartes de mí tus plagas. Tuyas son, Señor, y mías: tuyas, porque tú las envías, y mías, porque descargas sobre mis espaldas; tuyas, porque nacen de tu justicia, y mías, porque yo te provoqué con mis culpas. Perdóname lo que yo hice, y quita de mí lo que tú haces, si así conviene para servirte con más alivio.

“LA PERFECCIÓN EN LAS ENFERMEDADES”

viernes, 31 de enero de 2025

LA BENDICIÓN DEL PADRE (RELATO)


Era una noche tibia en la casa de los abuelos, con el aroma del pan recién horneado y el leve crujir de la madera en el viejo piso de la sala. Sofía, una niña de diez años con cabellos oscuros y ojos brillantes, estaba sentada en el sofá con su abuelo Don Joaquín, un hombre de barba blanca y voz pausada, que disfrutaba contar historias a la luz de la lámpara.

—Abuelito, ¿me cuentas una historia antes de dormir? —preguntó Sofía, acomodándose en su regazo.

El abuelo sonrió y acarició su cabeza.

—Claro, pequeña. Pero antes dime, ¿ya le pediste la bendición a tu papá?

Sofía bajó la mirada y movió los pies inquieta.

—Mmm… no. A veces me olvido, abuelito. Mamá dice que igual Dios me cuida…

El abuelo frunció el ceño con ternura y, con un suspiro, le tomó la mano.

—Déjame contarte una historia, pero escucha bien, porque es sobre algo muy importante…

Sofía asintió con curiosidad.

El Secreto de la Bendición

Hace mucho tiempo, en la tierra de Canaán, vivía un anciano llamado Isaac. Tenía dos hijos, Esaú y Jacob. Un día, Isaac estaba muy viejo y quiso dar su bendición antes de morir. Ahora, la bendición de un padre no es solo palabras bonitas, Sofía, es como si el mismo Dios hablara a través de él. En la Biblia dice que Isaac puso sus manos sobre Jacob y le dijo:

“Que Dios te conceda el rocío del cielo y la fertilidad de la tierra, abundancia de trigo y mosto. Que los pueblos te sirvan y las naciones se inclinen ante ti…” (Génesis 27:28-29).

—¿Y funcionó, abuelito? —preguntó Sofía con los ojos muy abiertos.

El abuelo asintió.

—Por supuesto, hija. Esa bendición acompañó a Jacob toda su vida, y sus descendientes fueron el pueblo elegido por Dios. Pero esto no es solo historia antigua. En nuestra fe, cuando un padre bendice a su hijo, es Dios mismo quien extiende Su mano. Santo Tomás de Aquino decía que la paternidad terrenal es un reflejo de la Paternidad de Dios (Summa Theologiae II-II, q.102, a.1).

Sofía frunció el ceño.

—¿Entonces… es como si Dios hablara a través de papá?

El abuelo sonrió y tocó la punta de su nariz.

—Exactamente. Es un gran misterio, pero así lo quiso Dios. ¿Recuerdas lo que dice la Biblia? “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen en la tierra” (Éxodo 20:12). No es solo una sugerencia, es una promesa.

—¿Y si no lo hago?

El abuelo suspiró.

—La Escritura también dice que la bendición del padre afianza la casa de los hijos, pero la maldición de la madre arranca los cimientos (Eclesiástico 3:8-11). Cuando un hijo desprecia la bendición de su padre, es como si cerrara la puerta a un regalo del Cielo.

Sofía miró sus manos con seriedad.

—Pero abuelito, a veces me da pena pedirle la bendición a papá… ¿y si le da igual?

El abuelo negó con la cabeza.

—No lo creas, pequeña. El corazón de un padre se llena de amor cuando su hijo le pide la bendición. ¿Recuerdas cuando Jesús era niño y vivía con la Virgen María y San José? Dice la Biblia que “les estaba sujeto” (Lucas 2:51), es decir, obedecía y honraba a sus padres. Y si el mismo Hijo de Dios hizo esto, ¿cuánto más deberíamos hacerlo nosotros?

Sofía se quedó en silencio, pensativa.

—Entonces… si papá me bendice, ¿Dios me protege más?

El abuelo asintió con una gran sonrisa.

—Claro que sí. Mira lo que dijo San Juan Crisóstomo: “Los hijos que desprecian la bendición de sus padres son semejantes a aquellos que rechazan la bendición de Dios” (Homilía sobre Efesios 20). Cuando tu papá pone su mano sobre tu cabeza y dice ‘Dios te bendiga, hija’, es como si Dios mismo te abrazara y te cubriera con su manto.

Sofía sintió un nudo en la garganta. Pensó en todas las veces que se había acostado sin pedir la bendición.

—Abuelito… creo que voy a ir a pedirle la bendición a papá.

El anciano le dio un beso en la frente.

—Eso es lo que quería oír, pequeña. Ve con confianza, porque al recibir su bendición, recibirás también la de Dios.

Sofía corrió por el pasillo y encontró a su papá leyendo en la sala. Se detuvo frente a él, de pie, nerviosa.

—Papá… ¿me das tu bendición?

El hombre alzó la mirada sorprendido y luego sonrió. Se levantó, puso su mano sobre la cabeza de su hija y, con voz firme, dijo:

—El Señor te bendiga y te guarde.

—El Señor te proteja y te defienda.

—Muestre su hermoso rostro y tenga piedad de ti.

—El Señor te bendiga y te dé la paz.

Sofía sintió un calorcito en el pecho, como si una luz invisible la envolviera. Cerró los ojos y, por primera vez, entendió el poder de aquellas palabras.

Desde aquella noche, nunca volvió a dormirse sin la bendición de su padre.

Y Dios la acompañó todos los días de su vida.

OMO

jueves, 30 de enero de 2025

MENSAJE DE JESUCRISTO PARA TU ALMA

 

Este diálogo espiritual es una joya literaria y devocional que ofrece un camino hacia la serenidad y la confianza en medio de las tribulaciones de la vida. Es una invitación constante a abrir el corazón a Cristo, quien promete transformar las miserias humanas en templos de su gloria.

En este contexto se presentan las palabras, que expresan la voz de Cristo dirigiéndose al alma con un amor personal e incondicional:

“Amado mío, tu corazón inquieto no hallará paz hasta que repose en mí. Yo soy el descanso de los fatigados, el consuelo de los afligidos, el refugio de los que buscan la verdad. Ábreme tu alma, y yo la colmaré de mi amor.”

“Mira, no temas la oscuridad de tu interior, pues en medio de tus miserias brilla mi luz. Conócete a ti, para que comprendas cuánto te he amado: tú eres barro, pero yo soy tu alfarero; eres polvo, pero en ti he soplado mi aliento divino.”

“No busques fuera lo que solo puedes hallar dentro. Yo estoy en tu corazón, esperando a que me dejes entrar. Dime, ¿qué puede ofrecerte el mundo que iguale mi amor? ¿Un tesoro? Yo soy la perla escondida. ¿Un amigo? Yo soy el que dio su vida por ti.”

“No temas. Yo llevo tus cargas contigo. Cada lágrima que derramas la recojo y la convierto en una joya que adorna tu alma. Aprende a verme en tu cruz: yo caminé ese camino primero, y estoy contigo siempre.”

“Dame todo tu corazón, incluso los rincones donde guardas tus miedos y dudas. Yo no busco tu perfección, sino tu amor. Confía en mí, y haré de ti una morada santa, un templo para mi gloria.”

“Mi paz os doy, no como el mundo la da. Es una paz que brota del abandono en mis manos, del amor que no pide nada a cambio. Vive en mí, y tu alma será como un río que fluye sereno hacia la eternidad.”

El texto "Alloquia Jesu Christi ad animam fidelem" de Juan Justo de Landsberg (o Lanspergio) es una obra profundamente espiritual, enmarcada en la tradición devocional de los místicos cristianos del siglo XVI. Este escrito, cuyo título se traduce como “Diálogo de Jesucristo con un alma fiel”, refleja una íntima conversación entre el Señor y el alma creyente, con el propósito de consolar, guiar y fortalecer la vida interior de quien lo medita.

Landsberg, monje cartujo y escritor piadoso, compone estas palabras con un estilo cálido y espiritual, orientado a despertar en el lector el deseo de una relación más profunda con Cristo. El texto invita al alma a confiar plenamente en Dios, a reconocer sus propias limitaciones y debilidades, y a descansar en el amor infinito de Cristo.

Cada párrafo es un recordatorio del amor personal de Jesucristo por el alma humana, destacando temas como la paz interior, la aceptación de la cruz, el abandono confiado y la búsqueda de Dios dentro de uno mismo. El lenguaje, impregnado de ternura divina, busca sanar las heridas del lector y guiarlo hacia una unión más íntima con nuestro Dios.


martes, 28 de enero de 2025

TEOLOGÍA DEL DOLOR: UN CAMINO HACIA LA LUZ DIVINA


INTRODUCCIÓN: EL SUFRIMIENTO COMO PUERTA AL MISTERIO

El dolor, en su aparente inutilidad, es el gran interrogante de la humanidad. Sin embargo, bajo la luz de la fe, se convierte en un misterio cargado de sentido, una participación en la vida misma de Dios. La tradición cristiana no se limita a explicar el sufrimiento: lo eleva, lo transfigura, lo llena de gracia. En palabras de San Juan Crisóstomo:

“No hay mayor tesoro que un alma que sabe transformar el dolor en gloria.”

1. CRISTO, ALFA Y OMEGA DEL DOLOR

Todo sufrimiento encuentra su clave en Cristo. Él asumió en su humanidad el dolor de todos los hombres, y en su cruz, el sufrimiento se convirtió en puente hacia la redención. Como dijo San Gregorio Magno:

“Aquel que es impasible en su divinidad quiso experimentar el dolor en su humanidad para hacer de nuestra miseria un camino hacia su gloria.”

La cruz no es un símbolo de derrota, sino de victoria: el lugar donde la aparente ausencia de Dios se convierte en su presencia más radical. Como afirmó San Bernardo de Claraval:

“La cruz es la cátedra desde la que Cristo enseña el amor más puro.”

2. EL DOLOR COMO ESCALERA HACIA EL CIELO SEGÚN SAN AMBROSIO

San Ambrosio consideraba el sufrimiento como un medio privilegiado para alcanzar la santidad. En su visión, las pruebas no son castigos, sino gestos pedagógicos de Dios:

“El Señor no permite que suframos porque nos odia, sino porque nos ama más allá de nuestra comprensión. El dolor no es una caída, sino un peldaño en la escalera hacia la eternidad.”

El santo veía en la paciencia ante las tribulaciones una virtud esencial, ya que el sufrimiento purifica al alma de todo lo terrenal y la eleva hacia lo celestial:

“El oro se purifica en el fuego; así también las almas se perfeccionan en el crisol de las pruebas.”

3. SAN AGUSTÍN: EL ORDEN DEL AMOR Y EL DOLOR

Para San Agustín, el sufrimiento está ligado a la capacidad de amar. Sólo quien ama puede sufrir, y cuanto más se ama, mayor es el dolor. Sin embargo, este sufrimiento, cuando está orientado hacia Dios, se convierte en fuente de gloria y santificación:

“El sufrimiento tiene un propósito oculto: ordenar nuestros amores hacia el bien eterno y alejarnos de los bienes pasajeros.”

El obispo de Hipona reconocía que, en medio del dolor, Dios no sólo prueba al alma, sino que la fortalece:

“En la fragua del sufrimiento, el oro de la fe brilla con más intensidad.”

4. SANTO TOMÁS DE AQUINO: EL VALOR REDENTOR DEL DOLOR

El Doctor Angélico ve el sufrimiento como un medio por el cual el hombre participa en la obra redentora de Cristo. En la Summa Theologiae escribe:

“El sufrimiento adquiere un valor infinito cuando se une a los méritos de la Pasión de Cristo, pues Él es la cabeza de la Iglesia y nosotros sus miembros.”

Para Santo Tomás, el dolor no es un fin en sí mismo, sino una oportunidad de crecer en virtud y acercarse a Dios:

“La paciencia en el sufrimiento perfecciona las virtudes y dispone al alma para la gloria eterna.”

5. SAN JUAN DE LA CRUZ: LA NOCHE OSCURA DEL DOLOR PURIFICADOR

El místico carmelita ofrece una de las reflexiones más sublimes sobre el dolor. Para él, el sufrimiento es una noche oscura en la que el alma se purifica de todo lo creado para unirse plenamente a Dios. En La Subida al Monte Carmelo, escribe:

“El alma que quiere llegar a la unión divina debe pasar por el crisol del sufrimiento, donde todas sus imperfecciones son quemadas por el fuego del amor.”

Lejos de ser un castigo, el sufrimiento es una prueba de amor:

“Dios, al despojar al alma de sus consuelos, la prepara para el abrazo más íntimo con Él.”

6. PADRE PÍO: LA ALEGRÍA DE SUFRIR CON CRISTO

El Padre Pío vivió el dolor como un don divino, manifestado en los estigmas y en su constante ofrecimiento de sufrimientos por la salvación de las almas. Decía con frecuencia:

“El sufrimiento es un regalo demasiado grande para almas pequeñas, porque sólo las almas grandes pueden llevar la cruz con amor.”

Su espiritualidad estaba marcada por la unión con Cristo crucificado:

“Cuando sufrimos con amor, nuestras almas son como cálices que recogen la Sangre de Cristo y la vierten sobre las almas necesitadas.”

7. SANTA TERESA DE ÁVILA: EL DOLOR EN LA VIDA INTERIOR

Santa Teresa enseña que el sufrimiento, lejos de ser un obstáculo, es una herramienta que Dios utiliza para moldear el alma según su voluntad:

“No entendemos lo que pedimos cuando pedimos amor a Dios sin pedir también sufrimientos, porque el verdadero amor se prueba en el dolor.”

La santa describe sus propias pruebas como “dulces tormentos”, pues a través de ellas alcanzaba una mayor intimidad con Cristo.

8. EL DOLOR COMO MISTERIO DE REDENCIÓN Y SANTIFICACIÓN

Los santos coinciden en que el sufrimiento no es absurdo, sino un misterio que, al ser abrazado con fe, se convierte en fuente de vida y redención. Como dijo Santa Catalina de Siena:

“En la cruz, el alma encuentra la llave de todas las puertas: del amor, de la gracia y de la gloria.”

El sufrimiento, cuando se ofrece con amor, tiene un valor infinito. No sólo transforma al alma, sino que la convierte en corredentora con Cristo.

9. APLICACIONES PRÁCTICAS DEL DOLOR TRANSFORMADO

 • Aceptar el sufrimiento con serenidad: Reconocerlo como una oportunidad para crecer en virtud.

 • Ofrecer el dolor con amor: Uniéndolo a los méritos de Cristo por la salvación de las almas.

 • Buscar refugio en la oración: Especialmente en la meditación de la Pasión y en la devoción a la Eucaristía.

 • Dejarse moldear por Dios: Abandonando las resistencias y confiando plenamente en su voluntad.

EPÍLOGO: EL CANTO DE LA CRUZ

“En la cruz está la vida y el consuelo,

y ella sola es el camino para el cielo.

En la cruz está el Señor de cielo y tierra,

y el gozar de mucha paz, aunque haya guerra.

Toma, pues, la cruz de buen grado,

que en ella está el camino para el descanso.”

(San Juan de la Cruz)


OMO


BIBLIOGRAFÍA

 • San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios.

 • San Ambrosio, De Officiis Ministrorum.

 • San Agustín, La Ciudad de Dios.

 • Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae.

 • San Bernardo de Claraval, Sermones sobre el Cantar de los Cantares.

 • San Juan de la Cruz, La Subida al Monte Carmelo.

 • Santa Teresa de Ávila, Las Moradas.

 • Santa Catalina de Siena, Diálogo de la Divina Providencia.

 • Padre Pío, Cartas y Escritos Espirituales.

 • San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo.

viernes, 24 de enero de 2025

EL ESPEJO DE CLARA


En el rincón más olvidado de un mundo que no sabe mirar lo pequeño, habitaba una mujer a quien llamaban Clara. Su nombre significaba luz, y luz era lo que parecía ella portarse en su humilde caminar por los días de su existencia. No había gestos heroicos en ella, ni discursos elocuentes que se alzaran sobre las multitudes. Su heroísmo, invisible a ojos humanos, se escondía en la sencillez de sus manos gastadas por el trabajo, en sus rodillas marcadas por la oración y en su corazón habitado por un fuego que nunca se extinguía.

Era una de esas almas que comprenden que la grandeza no se mide por las alturas del ruido, sino por las profundidades del silencio. Su vida, tejida con el hilo del sacrificio cotidiano, parecía ser un misterio que sólo los ojos del cielo podían descifrar.

El enigma de Clara

Un día, llegó al pueblo un joven seminarista. Lleno de sueños y vigor, aspiraba a las glorias de la vida consagrada, a las empresas que estremecen al mundo. Observaba a Clara, curiosa, intentando descifrar el secreto de su paz. ¿Qué tenía esa anciana que barría el atrio de la iglesia con el mismo fervor con el que otras naciones conquistadoras? ¿Qué encontraba en la monotonía de su rutina que parecía transformarla en algo eterno?

Con el ímpetu de la juventud, se acercó a ella una tarde y le preguntó:

“¿Cómo puedes usted, madre, dedicar su vida a cosas tan pequeñas? ¿No deseas hacer algo más grande, algo que deje huella en el mundo?”

Clara alzó la vista, y en sus ojos se encendió una chispa que parecía venir de otro mundo. Sonrió con ternura y, sin responder directamente, le dijo:

“Ven mañana al amanecer, hijo, y te mostraré lo que mi vida ha llegado a ser”.

El Espejo: Símbolo del Alma

Al día siguiente, cuando el sol apenas despertaba y las sombras aún jugaban con la luz, Clara esperaba al joven en la capilla. Entre sus manos llevaba un espejo antiguo, gastado por el tiempo. Sin pronunciar palabra, caminó hasta el altar y lo colocó en el suelo, justo debajo del crucifijo que dominaba el pequeño templo.

“¿Qué es esto?”, preguntó el joven, extrañado.

Clara lo invita a acercarse. “Mira este espejo cuando lo sostengo frente a mí. ¿Qué ves?”

El seminarista lo tomó en sus manos y vio su propio rostro reflejado, un rostro joven, lleno de ambiciones y deseos.

“Ahora, observa lo que ocurre cuando el espejo se coloca en el suelo”. Clara inclinó el espejo hasta que reflejara el cielo que se colaba por las ventanas. “Dime, ¿qué ves ahora?”

El joven, confundido, murmuró: “Veo el cielo. Veo la cruz. Ya no me veo a mí”.

Clara, con la paciencia de quien ha aprendido del silencio, respondió:

“Así es mi vida, hijo. Cuando busco mirarme a mí misma, sólo veo mis límites, mi cansancio, mis arrugas. Pero cuando me ofrezco a Dios como este espejo en el suelo, mi vida deja de ser mía. Refleja el cielo. Cada pequeña acción que hago, cada sacrificio que entrego, se convierte en algo eterno porque ya no es mío, sino suyo.

OMO

jueves, 23 de enero de 2025

ORACIÓN PARA OBTENER LA PRESERVACIÓN DE LA INOCENCIA DE LOS NIÑOS Y SU PERSEVERANCIA PERPETUA EN EL BIEN


Virgen Santísima, llena de gracia, que habéis agradado al Señor, díganos inclinar vuestros ojos llenos de dulzura hacia los hijos de los hombres, en medio de quienes la Divina Sabiduría ha dicho que es su delicia habitar. Pero mirad más particularmente a la niñez que está hoy, más que nunca, expuesta a los peligros del mundo. El dragón del Apocalipsis no quiere dejar en el mundo nada que lleve o que pueda llevar el nombre de Díos y quisiera manchar la inocencia de las almas infantiles con el fin de agotar en ellas para siempre todo impulso hacia Dios.

Vos qué habéis mostrado siempre una predilección particular por los niños, no permitáis que este torrente de iniquidad que se derrama sobre la tierra corrompa irreparablemente las excelentes disposiciones de sus almas. Acordaos que ellos son vuestra herencia más amada, y que en unión con vuestro divino Hijo, os han costado un altísimo precio, que vuestro Corazón Inmaculado se digne  tomarlos bajo vuestro patrocinio, los confirme en la inocencia y sobretodo que la humanidad se convierta en su particular refugio y providencia, que vuestro Corazón les obtenga las gracias divinas, especialmente la de la fidelidad a la Verdad Divina, y haga que a su imagen,  el fuego que encienda en sus corazones no se apague ni se manche jamás. Amén.

¡Nuestra Señora de Guadalupe, preserva a los niños!

¡Santifica a los niños!

¡Salva a los niños!